Elías Buen Rostro y la flor del desierto

Elías Buen Rostro y la flor del desierto

En las tierras áridas del norte de Sonora, año de 1887, cuando el viento traía olor a mezquite quemado y a cuero curtido, vivía don Elías Buen Rostro, ranchero de pura cepa, hombre de pocas palabras pero de palabra firme. Su rancho, el Buenaventura, quedaba al pie de la sierra del Pinacate, donde los toros bravos todavía mandaban más que los hombres.

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Elías era viudo desde hacía diez años. Su mujer se la había llevado la fiebre puerperal, y con ella se fue también la risa de la casa. Desde entonces, el ranchero andaba solo con sus vaqueros, su fiel caporal Chon López y una tristeza que cargaba como si fuera otra silla de montar.

Una mañana de polvo y sol rabioso, Elías ensilló su alazán Rayo de Luna y se echó al camino rumbo al rancho Miller, allá por el rumbo de Caborca. Decían que el viejo Caleb Miller tenía unos potros cuarto de milla que parecían hechos de viento. Elías necesitaba un buen caballo para el próximo rodeo grande en Magdalena. Llevaba en las alforjas oro en polvo y la esperanza de regresar con algo que valiera la pena.

Cuando llegó al rancho Miller, el lugar parecía muerto. Ni un alma en el corral, ni un relincho, solo el viento moviendo la puerta del granero como si fuera un ahorcado. Elías desmontó, ató alazán y entró. El olor lo golpeó primero: sangre vieja, orines, miedo.

En un rincón oscuro, sobre un montón de estiércol seco, una mujer joven hecha ovillo. Lloraba sin fuerza, como quien ya no tiene lágrimas nuevas. Era Hann Miller, la mujer de Caleb. Veintiún años apenas, pelo negro largo enredado, la cara hinchada de golpes antiguos. Pero lo que le heló la sangre a Elías fue ver sus piernas abiertas a la fuerza, llenas de llagas abiertas, la carne podrida por la infección, los muslos temblando sin poder juntarse. Alguien la había quebrado por dentro y por fuera.

—Dios bendito —musitó Elías quitándose el sombrero.

Hann levantó la vista, los ojos verdes llenos de terror.

—No me toque, por favor, ya no más.

Elías se arrodilló despacio, como quien se acerca a un potrillo herido.

—No voy a hacerle daño, muchacha. Soy Elías Buen Rostro del rancho Buenaventura. ¿Quién le hizo esto?

Ella soltó un sollozo roto.

—Mi marido Caleb, desde que nos casamos todos los días dice que soy suya para romperme como quiera.

Elías sintió que algo se le rompía también a él por dentro. No podía dejarla allí. Ni un minuto más.

—Vamos a sacarla de aquí. ¿Puede caminar?

Hann negó con la cabeza avergonzada.

—No, no puedo cerrar las piernas, me duele todo.

Sin pedir permiso, pero con una delicadeza que nadie le conocía, Elías la levantó en brazos. Pesaba menos que un costal de maíz. La envolvió en su zarape y la llevó hasta Rayo de Luna. La subió de lado, como a una niña, y montó atrás para sostenerla. Ella se aferró a la crin del caballo temblando.

—Agárrese fuerte, Hann. Ya no vuelve a ese infierno.

Y así, con el sol quemándoles la espalda, cabalgaron las tres leguas hasta el Buenaventura.

Cuando llegaron, la casa grande parecía despertar de un sueño largo. La vieja cocinera Refugio soltó un grito al ver a la muchacha medio muerta en los brazos del patrón.

—¡Virgen de Guadalupe! ¿Qué es esto, don Elías?

—Preparen agua caliente, vendas limpias y que alguien vaya por el doctor Mendoza a Caborca. Rápido.

Durante semanas, el rancho entero se convirtió en hospital y refugio. El Dr. Mendoza, un hombre curtido que había visto de todo en la frontera, palideció al examinar a Hann. Infecciones graves, desgarros internos, huesos fisurados. Tardó tres días en limpiar y coser lo que se podía coser. Le dio láudano para el dolor y caldo de gallina para el alma. Hann dormía dieciocho horas al día. Cuando despertaba, encontraba a Elías sentado en una silla junto a la cama, leyendo la Biblia en voz baja o simplemente velando. Nunca la tocó más que para cambiarle las vendas o ayudarla a sentarse. Le hablaba despacio, como se habla a los caballos asustados.

—Aquí nadie le va a hacer daño nunca más. Se lo juro por mi madre muerta.

Y Hann por primera vez en años empezó a creer que existían hombres que no pegaban.

Una tarde, cuando ya podía caminar apoyada en un bastón, salió al corredor. El sol se estaba poniendo detrás de la sierra y pintaba todo de oro. Elías la vio y sonrió apenas. Esa sonrisa que le salía torcida desde que era niño.

—¿Se siente mejor?

—Como si hubiera nacido otra vez, don Elías.

—Aquí no hay don, solo Elías.

Ella bajó la mirada.

—Nunca podré pagarle lo que ha hecho.

—Las deudas de vida no se pagan, Hann. Se llevan en el corazón.

Y así empezó todo.

Pero Caleb Miller no era hombre de olvidar. Una mañana de octubre, cuando el aire ya olía a leña, apareció en el camino principal con ocho hombres armados. Venían borrachos de mezcal y de rabia. Caleb iba al frente, la cara colorada, los ojos inyectados.

—Buen Rostro, devuélveme a mi mujer, hijo de la chingada.

Los vaqueros del Buenaventura salieron con los rifles. Chon López, el caporal, escupió al suelo.

—Aquí no entra nadie que no sea bienvenido, Caleb. Y tú nunca lo fuiste.

Elías salió al portal con el Winchester en la mano, pero sin apuntar todavía.

—Hann ya no es propiedad tuya, Miller. Se acabó.

Caleb soltó una carcajada rota.

—Propiedad. Es mi esposa ante Dios y ante la ley. Me la llevo aunque tenga que quemar este rancho maldito.

Hann, que había escuchado todo desde la ventana, salió cojeando, pero con la cabeza alta. Su voz tembló al principio, pero luego se hizo fuerte como el acero.

—Ya no soy tuya, Caleb. Prefiero morirme antes que volver contigo.

Los hombres de Caleb levantaron los rifles. Los del Buenaventura hicieron lo mismo. El aire se llenó de olor a pólvora que todavía no había disparado.

Elías habló calmado, pero todos oyeron la muerte en su voz.

—El primero que dispare se muere y tú, Caleb, serás el segundo. Váyanse. Esta es la única advertencia.

Algo en los ojos de Elías hizo retroceder hasta el más valiente. Caleb maldijo, escupió, prometió venganza, pero dio la vuelta. Se fueron dejando polvo y amenazas.

Esa misma semana, Elías llevó a Hann a Sonora capital. El Dr. Mendoza escribió un informe que hizo llorar hasta el escribano. Vecinos que habían visto morado el cuerpo de Hann durante años declararon y ella, de pie frente al juez, con la voz quebrada pero firme, contó todo. Los golpes, las violaciones, los años de cárcel dentro de su propia casa. El juez, un hombre chapado a la antigua, escuchó en silencio. Al final golpeó el mazo.

—Se concede orden de protección. Caleb Miller no podrá acercarse a menos de diez leguas de Hann Meller, ni del rancho Buenaventura, o pena de cárcel. Y que Dios se apiade de su alma, porque yo no pienso hacerlo.

Cuando salieron del juzgado, Hann lloró contra el pecho de Elías. Eran lágrimas distintas, de alivio, de victoria.

Los meses pasaron como agua bendita. Hann se hizo fuerte. Aprendió a montar, a lazar, a curar ganado. Ayudaba a Refugio en la cocina y cantaba corridos con los vaqueros por las noches. Volvió a reír, y cuando reía parecía que todo el desierto florecía.

Una mañana de primavera, cuando los ocotillos estaban rojos como sangre de toro, Hann fue a buscar a Elías al corral. Él estaba herrando un potro y no la vio llegar.

—Elías.

Él levantó la vista, limpiándose el sudor con el dorso de la mano.

—¿Qué pasa, muchacha?

Ella se llevó la mano al vientre, apenas un gesto.

—Voy a tener un hijo.

El martillo se le cayó al suelo. El potro se asustó y Elías ni lo notó.

—¿Tuyo? —preguntó con voz ronca.

—No, de antes. De él. Pero este niño va a nacer libre. Va a nacer aquí, donde nadie le pegará nunca.

Elías se acercó despacio, como si tuviera miedo de romper algo muy frágil. Puso su mano grande sobre la de ella.

—Entonces será mi hijo también y llevará mi apellido, si tú quieres.

Hann levantó la cara. Había lágrimas, pero también una luz que nunca había tenido.

—¿Me querrías así, con todo lo que traigo?

Elías la abrazó con cuidado, como quien abraza un milagro.

—Te quiero desde el día que te saqué de ese granero. Te quiero rota, te quiero entera, te quiero siempre.

Y se besaron bajo el sol de Sonora, con los vaqueros mirando de reojo y sonriendo como tontos.

Lejos, en un jacal perdido cerca de la frontera, Caleb Miller recibió la noticia por boca de un arriero borracho: que su mujer estaba gorda de hijo, que vivía feliz en el Buenaventura, que Elías Buen Rostro la cuidaba como a una reina. Caleb se emborrachó tres días seguidos, rompió espejos, pateó perros, lloró como niño, pero ya no podía hacer nada. La ley, los rifles del Buenaventura y algo más fuerte que todo eso lo tenían atado: el amor que ya no era suyo.

En el rancho, una noche de luna llena, nació el niño. Lo llamaron Santiago porque nació el día de Santiago Apóstol. Era fuerte, gritón, con los ojos verdes de su madre y la barbilla firme de quien nunca conocerá el miedo.

Hann lo arrullaba en el corredor, mientras Elías miraba desde la puerta con el corazón tan lleno que le dolía.

—¿Sabes qué, Elías? —dijo ella sin voltear.

—Dime, amor.

—Creí que nunca volvería a ser feliz. Creí que el infierno era para siempre.

Elías se acercó, la rodeó con los brazos por atrás, apoyando la barbilla en su cabeza.

—El infierno existe, Hann, pero también existe esto. Y esto es más fuerte.

Y allá afuera el desierto seguía siendo duro, seco y cruel. Pero en el rancho Buenaventura, bajo las estrellas de Sonora, florecía una flor que nadie pudo arrancar.

Porque a veces basta con un hombre bueno para que el mundo entero cambie.
Y esa, amigos, es la pura verdad.

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