Ella Dijo “No Soy Como Otras Mujeres”, el Vaquero Dijo “Por Eso Te Quiero”
No soy como las otras mujeres
El sol se hundía en el horizonte como una bala perdida, tiñendo el desierto de sangre.
De repente, un disparo rasgó el silencio y el cuerpo de un hombre cayó de su caballo con los ojos abiertos en eterno asombro.
La mujer, con el revólver aún humeante en la mano, sonrió fríamente.
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—Uno menos —murmuró mientras el polvo se arremolinaba a sus pies.
Nadie en aquel pueblo olvidado de Dios esperaba que una forastera como ella, con trenzas rubias y vestido negro ajustado, fuera la muerte encarnada.
Pero en el viejo oeste, las apariencias mataban más que las balas.
Se llamaba Rosalía, aunque nadie sabía si era su nombre verdadero.
Había llegado a Santa Fe un mes atrás, montada en un caballo robado, con una cicatriz en el cuello que contaba historias de cuchillos y traiciones.
No era como las otras mujeres del pueblo, que bordaban manteles y criaban hijos bajo el yugo de maridos borrachos.
Rosalía entraba al saloon como si fuera la dueña, pedía tequila puro y jugaba póker con los vaqueros más duros.
Ganaba siempre, no por suerte, sino porque leía las almas como un libro abierto.
—Las cartas mienten, los hombres no —decía con esa voz ronca que hacía temblar las rodillas.
Aquella noche el saloon estaba abarrotado.
El humo del tabaco flotaba como niebla y el piano desafinado tocaba una melodía lúgubre.
Rosalía se sentó a la mesa, su falda corta revelando botas polvorientas con espuelas afiladas.
Frente a ella, un grupo de hombres la miraban con mezcla de deseo y miedo.
Entre ellos estaba Diego, el vaquero errante, alto, con sombrero beige y una bandana roja al cuello.
Llevaba un cinturón con hebilla de plata que brillaba como trofeo de batallas ganadas.
Su rostro, marcado por el sol y las cicatrices, escondía ojos negros que parecían pozos sin fondo.
Había oído hablar de ella, la mujer que escapó de una cárcel en Juárez, dejando un rastro de cuerpos.
El juego comenzó. Rosalía repartió las cartas con manos expertas, uñas pintadas de rojo como la sangre que había derramado.
—A ver qué traen, caballeros —dijo con sorna.
Los hombres apostaban monedas de oro, pero Diego apostó algo más: su revólver plateado, grabado con iniciales misteriosas.
—Si gano, me cuentas tu secreto —dijo él, mirándola fijamente.
Ella rió, una risa que helaba la sangre.
—Y si pierdes, mueres.
El saloon se silenció.
Era una broma, pero el aire se cargó de tensión como antes de una tormenta.
Las cartas volaron. Un full para uno, escalera para otro.
Rosalía mostró su royal flush con una sonrisa triunfante.
—Mía la pota —anunció recogiendo las monedas, pero Diego no se inmutó.
—No jugaba por el dinero —murmuró, levantándose.
La siguió fuera, al callejón oscuro donde las sombras bailaban con el viento.
Allí, bajo la luna llena que iluminaba el desierto como un faro siniestro, la confrontó.
—¿Por qué mataste a ese hombre esta tarde? —preguntó, su mano cerca del revólver.
Rosalía se giró, sombrero negro ladeado.
—Porque me miró mal. Y porque puedo.

Su voz era un susurro venenoso.
Diego dio un paso adelante, el corazón latiéndole como tambor de guerra.
—No eres como las otras mujeres —dijo, casi en un aliento.
Ella levantó la vista, sus ojos azules brillando con fuego salvaje.
—Lo sé.
No lloro por hombres, los entierro.
Y entonces, en un movimiento relámpago, sacó su cuchillo, presionándolo contra su cuello.
—¿Me vas a matar a mí también? —preguntó él sin retroceder.
El suspense se colgaba en el aire como humo de pólvora. Rosalía dudó por primera vez en años.
Diego era diferente. No la temía, la deseaba.
Bajó el cuchillo lentamente.
—Tal vez no hoy.
Caminaron juntos hacia el desierto, dejando el pueblo atrás.
El carro abandonado en la distancia parecía un fantasma del pasado, con ruedas rotas y pintura roja descolorida.
Montaron en los caballos de Diego, galopando hacia el horizonte donde México se fundía con el territorio americano.
—Huyo de la ley —confesó ella mientras el viento azotaba sus trenzas—. Maté a un sheriff en Chihuahua. Me acusaron de brujería, pero fue venganza.
Diego la miró de reojo.
—Yo huyo de mí mismo. Fui bandido en Sonora. Robé bancos para sobrevivir.
Pero tú… tú eres fuego puro.
Pararon en un cañón oculto donde el eco de sus voces se multiplicaba como amenazas.
Encendieron una fogata, las llamas danzando como almas en pena.
Rosalía sacó una botella de mezcal de su alforja, bebiendo a tragos largos.
—Las otras mujeres sueñan con casitas y niños. Yo sueño con oro y libertad.
Diego se acercó, su mano rozando la de ella.
—Por eso te quiero —susurró.
Pero el idilio duró poco.
Al amanecer, un ruido los despertó: cascos de caballos aproximándose.
—La banda del Lobo —gritó Diego, reconociendo las siluetas.
Eran cinco hombres armados hasta los dientes, liderados por un gigante con bigote espeso y cicatriz en la cara.
—Rosalía, perra traidora, devuélveme mi oro —rugió el Lobo, disparando al aire.
Ella se levantó de un salto, revólver en mano.
—Vete al infierno, cabrón. Ese oro es mío ahora.
La balacera estalló como trueno. Balas silbaban, rebotando en las rocas.
Diego cubrió a Rosalía, matando a dos con tiros precisos, pero el Lobo era astuto.
Flanqueó por detrás, agarrando a Rosalía por el cuello.
—Te mataré lento —siseó.
Ella, con fuerza sobrenatural, le clavó el tacón de la bota en el pie, girándose para dispararle en el hombro.
—¡No tan rápido, Lobo!
Diego remató al resto, pero una bala rozó su brazo, tiñendo su camisa de rojo.
Huyeron de nuevo, cabalgando hacia un pueblo fantasma en la frontera.
Allí, en una cantina abandonada, vendaron sus heridas.
—Casi nos matan —jadeó Diego.
Rosalía lo miró con ojos fieros.
—Pero no lo hicieron. Soy invencible.
Él tomó su mano.
—No eres como las otras mujeres.
Ella sonrió, pero era una sonrisa cargada de secretos.
—Lo sé. Y por eso me quieres, ¿verdad?
Asintió, besando la compasión desesperada.
Sus cuerpos se fundieron bajo las estrellas en un amor salvaje como el desierto.
Sin embargo, el suspense no acababa.
Al día siguiente, mientras planeaban robar un tren cargado de plata, Rosalía reveló su verdadero plan.
—No vine por amor, vaquero. Vine por venganza.
Diego frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Ella sacó un medallón de su bolsillo.
Dentro, una foto amarillenta de un hombre que se parecía a él.
—Tu hermano me violó en Juárez. Lo maté, pero juré acabar con su sangre.
El shock lo paralizó.
—Mi hermano era un santo.
Rosalía rió amargamente.
—Los santos no dejan cicatrices como esta —señaló su cuello.
Diego sacó su revólver, apuntándola.
—Me usaste.
Ella no se inmutó.
—Tal vez. Pero te di algo real: excitación, peligro.
El dedo en el gatillo temblaba.
La mataría.
El viento aullaba fuera como lamento de fantasmas.
En ese momento, un disparo lejano los alertó. Más perseguidores.
—Decide rápido, amor —dijo ella, sarcástica.
Corrieron al tren que pasaba rugiendo por el cañón.
Saltaron a bordo, luchando contra guardias armados.
Rosalía era un torbellino. Disparaba, pateaba, gritaba órdenes.
Diego, confundido pero atraído, la siguió.
Robaron las bolsas de plata, saltando del tren en movimiento.
Rodaron por la arena, riendo como locos.
—Lo logramos —exclamó él.
Pero ella lo miró con ojos fríos.
—Ahora el final.
En un claro bajo el sol ardiente se enfrentaron.
—No puedo perdonarte —dijo Diego.
Rosalía sacó su cuchillo.
—Entonces, mátame. Pero recuerda, no soy como las otras mujeres.
Él dudó, y en ese instante ella atacó. Forcejearon, rodando por el polvo.
El cuchillo rozó su piel, pero Diego la desarmó.
—Te quiero por eso —jadeó, besándola de nuevo—. Por ser diferente, por ser letal.
Pero el giro final llegó con estruendo.
El Lobo, herido pero vivo, apareció en el horizonte con refuerzos.
—¡Los tengo! —gritó.
La pareja, unida en la traición y el deseo, luchó espalda con espalda.
Balas volaban, cuerpos caían. Rosalía recibió un tiro en el hombro, pero no se rindió.
—¡Por la libertad! —aulló, matando al Lobo de un disparo certero en la cabeza.
Heridos y exhaustos, se alejaron en el carro abandonado hacia México.
—No soy como las otras mujeres —dijo ella débilmente.
El vaquero, con lágrimas en los ojos, respondió:
—Por eso te quiero.
El sol se ponía y el desierto guardaba sus secretos, pero su historia, llena de sangre y pasión, perduraría en leyendas susurradas en salones polvorientos.