Eres Demasiado Pequeña,Pero Lo Haré Encajar El Enorme Vaquero Le Dijo Su Temblorosa Novia por Correo

Eres Demasiado Pequeña,Pero Lo Haré Encajar El Enorme Vaquero Le Dijo Su Temblorosa Novia por Correo

Reina del Desierto

En el polvoriento pueblo de Río Seco, bajo el sol que caía como una bala ardiente sobre el horizonte, la joven Elena temblaba bajo su vestido raído, el viento cargado de arena azotándola como un látigo invisible. Había cruzado medio continente en un tren traqueteante, respondiendo a un anuncio en un periódico amarillento:
Busco esposa fuerte para rancho solitario. Recompensa, protección y tierra.

Nada la preparó para el gigante que la esperaba en la estación abandonada.

—¿Eres tú la que viene de Boston? —gruñó una voz ronca, como trueno en la distancia.

Elena alzó la vista y su corazón se detuvo. Allí estaba él, un coloso de más de dos metros, puro músculo forjado en el yunque del desierto. Sombrero vaquero ensombreciendo unos ojos negros como pozos sin fondo, pecho desnudo bajo el chaleco de cuero, venas gruesas como cuerdas, revólver colgando bajo, mano grande como una pala extendida hacia ella.

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—Soy Jack, el Toro Harlen. Y tú eres mía ahora.

Elena tragó saliva, las piernas flaqueando. Había huido de una vida de miseria en la ciudad, soñando con un marido gentil, pero este hombre parecía salido de una pesadilla.

—Señor Harlen, yo no esperaba… —balbuceó.

Jack soltó una risa gutural que hizo eco en el vacío.

—¿Esperabas un debilucho? Aquí en el oeste las cosas son crudas, y tú, chiquita, pareces demasiado frágil para lo que viene.

Su mano se cerró sobre su brazo, tirando de ella con una fuerza que la hizo jadear.

—No te preocupes. Eres pequeña, pero haré que encajes.

Las palabras la golpearon como un puñetazo. ¿Qué significaban? El pánico se enroscó en su estómago mientras él la arrastraba hacia su caballo, un semental negro que resoplaba impaciente. El pueblo los observaba desde las sombras de las cantinas, murmullos de “pobre muchacha” flotando en el aire.

Elena sintió un escalofrío. Rumores decían que Jack Harlen había matado a tres hombres en duelos, y que sus esposas anteriores desaparecían.

Montaron en el caballo, su cuerpo masivo presionándola contra el pomo de la silla. El galope era brutal, el desierto extendiéndose como un mar de espinas.

—¿Por qué yo? —preguntó ella, voz ahogada por el viento.

Jack se inclinó, aliento caliente en su oreja.

—Porque necesito una mujer que aguante. El rancho es duro y la noche más aún.

Su mano se deslizó por su cintura, posesiva. Elena se tensó, imaginando horrores que la hicieron cerrar los ojos.

Llegaron al rancho al anochecer: una cabaña solitaria rodeada de cactus y corrales vacíos. El viento aullaba como almas perdidas y en el cielo nubes de tormenta se arremolinaban. Jack la bajó del caballo de un tirón, casi rompiéndole el brazo.

—Adentro, mujer. La cena no se hace sola.

Elena entró tambaleando, el interior oscuro y polvoriento, olor a cuero viejo y humo. Sobre la mesa, un cuchillo clavado en la madera como advertencia.

Mientras cocinaba con manos temblorosas —frijoles y tortillas que él le ordenó preparar— Jack se sentó en una silla que crujió bajo su peso, quitándose las botas con un gruñido.

—Cuéntame de ti, chiquita. ¿Por qué una bostoniana fina responde a un anuncio como el mío?

Elena mintió, hablando de padres muertos y deudas, pero sus ojos la traicionaban. Jack sonrió mostrando dientes amarillos.

—Mientes bien, pero aquí las mentiras se pagan caro. Mi última esposa mintió y mira dónde está ahora.

Señaló la ventana hacia el desierto infinito, una cruz torcida en la arena.

El corazón de Elena latió con furia. Era una amenaza. La tormenta estalló afuera, relámpagos iluminando su rostro anguloso. Ella sirvió la comida, pero cuando se acercó, él la agarró por la muñeca.

—Eres temblorosa como un potrillo. Pero yo te domaré.

La atrajo hacia su regazo, su cuerpo como una montaña de hierro. Elena forcejeó, inútilmente. Sus brazos la envolvieron como cadenas.

—Por favor, señor… no tan pronto —suplicó, lágrimas rodando por sus mejillas.

Jack rio, un sonido que helaba la sangre.

—Pronto o tarde, da igual. Eres mi esposa por ley y esta noche aprenderás lo que significa ser de Jack Harlen.

Sus manos subieron por su vestido, rasgando la tela con facilidad. Elena gritó, pero el trueno ahogó su voz. ¿Era el fin… o el comienzo de un infierno peor?

La noche se extendió como una eternidad. Jack la llevó a la cama, una pila de mantas en el suelo, la desvistió con rudeza.

—Eres demasiado pequeña —murmuró, voz cargada de lujuria y algo más oscuro—. Pero lo haré encajar aunque duela.

Elena cerró los ojos, rezando por un milagro mientras el relámpago iluminaba su silueta imponente.
Fuera, la lluvia golpeaba el techo como balas y en la distancia un coyote aullaba presagiando muerte. Pero Elena no era tan frágil como parecía.

En su maleta, escondida bajo la ropa, llevaba un pequeño deringer que su padre le había dado antes de morir. “Úsalo solo si no hay salida”, le había dicho.

Mientras Jack se inclinaba sobre ella, aliento apestando a whisky, Elena alcanzó la maleta con dedos temblorosos. El suspense la ahogaba; un movimiento en falso y él la aplastaría como a un insecto.

De repente, un estruendo sacudió la cabaña. No era trueno, era la puerta volando en pedazos.
Tres hombres enmascarados irrumpieron, revólveres en mano.

—¡Harlen, paga lo que debes! —gritó el líder, un bandido con cicatrices.

Jack saltó desnudo y furioso, agarrando su arma.

—Malditos coyotes, esta es mi noche de bodas.

El tiroteo estalló como fuegos artificiales en el infierno. Balas silbaban, rompiendo vidrios y madera. Elena se acurrucó en el suelo, deringer en mano. Jack derribó a uno de los bandidos con un disparo certero, sangre salpicando las paredes; los otros dos lo acorralaron.

—Te robaste nuestro oro, Harlen. Ahora mueres.

En el caos, Elena vio su oportunidad. ¿Ayudaría a su esposo o dejaría que los bandidos lo mataran? El suspense era insoportable, su dedo en el gatillo temblando. Jack giró hacia ella, ojos suplicantes por primera vez.

—Ayúdame, mujer. Somos uno ahora.

Ella disparó. La bala impactó en el hombro del bandido líder, quien cayó gritando. Jack aprovechó, matando al segundo con un puñetazo que le rompió el cuello. El tercero huyó en la tormenta, dejando un rastro de sangre.

Jack se volvió hacia Elena, jadeando, una sonrisa salvaje en el rostro.

—Bien hecho, chiquita. Tal vez no seas tan pequeña después de todo.

La levantó del suelo, su abrazo ahora protector, pero aún posesivo.

—Esta noche te haré mía de verdad. Como recompensa…

Elena se dejó llevar, adrenalina corriendo por sus venas. El desierto los había unido en sangre y fuego, pero en su mente una duda persistía: ¿era amor o solo supervivencia?

La tormenta rugía afuera y en la oscuridad sus cuerpos se entrelazaron, el dolor mezclándose con un placer inesperado.

Los días siguientes fueron un torbellino. Jack la entrenó en el rancho: montar caballos salvajes, disparar al blanco, sobrevivir al sol implacable.

—El oeste no es para débiles —decía, sus manos guiándola con rudeza que se volvía tierna.

Pero las noches, ah, las noches eran su dominio.

—Eres demasiado pequeña, pero encajas perfecto ahora —ronroneaba mientras la poseía bajo las estrellas.

Rumores de más bandidos llegaron al pueblo. El líder herido, un tal El [ __ ] Rojo, juraba venganza.

—Harlan y su [ __ ] nueva pagarán —decían los mensajeros.

Elena temblaba, pero Jack la calmaba con besos fieros.

—Juntos los enfrentaremos. Eres mi reina del desierto.

Una noche, bajo la luna sangrienta, los bandidos atacaron el rancho. Fuego y balas iluminaron la oscuridad. Jack luchaba como un demonio, su cuerpo masivo derribando enemigos. Elena, armada con un rifle, disparaba desde la ventana, puntería letal.

—¡Por nosotros! —gritaba, el suspense de cada disparo haciendo latir su corazón.

El [ __ ] Rojo la acorraló en el corral, rostro deformado por la rabia.

—Te haré sufrir antes de matarte.

Elena retrocedió, pero recordó las palabras de Jack. Sacó el deringer oculto y disparó al pecho del bandido. Él cayó, gorgoteando sangre. Jack llegó a tiempo para ver el final.

—Mi valiente esposa —dijo, levantándola en brazos.

El rancho ardía, pero ellos vivían. Huyeron al desierto, cabalgando hacia un nuevo horizonte.

Años después, en un pueblo lejano, Elena y Jack reinaban como leyendas.
Él, el gigante invencible; ella, la novia por correo que se convirtió en guerrera.
Pero en las noches tranquilas, cuando él la tomaba con esa fuerza primal, ella recordaba el primer encuentro.

—Eres demasiado pequeña, pero lo haré encajar.

Y sonreía, sabiendo que había encajado perfecto en su mundo salvaje.

El oeste los había forjado en hierro y fuego, un amor nacido de sangre y deseo.
¿Duraría?
Solo el desierto lo sabía, susurrando secretos en el viento eterno.

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