“Eso está prohibido…”, susurró ella. El vaquero lo entendió. Y eso sacudió a todo el pueblo.

“Eso está prohibido…”, susurró ella. El vaquero lo entendió. Y eso sacudió a todo el pueblo.

El Legado Prohibido

Lan guardaba un secreto capaz de dividir familias enteras, y Beto lo descubrió demasiado tarde. Cuando ella susurró, “Eso está prohibido”, el vaquero comprendió que no era un simple temor, sino un legado que podía sacudir todo el pueblo.

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El sol de Kansas caía implacable sobre la pradera cuando Beto divisó algo oscuro entre la hierba amarillenta. Creyó que era un ciervo muerto, pero su instinto lo obligó a acercarse con cautela. Al aproximarse, el viento movió ligeramente el hábito negro y Beto quedó petrificado: no era un animal, sino una mujer joven, una monja extendida bajo el cielo ardiente, inmóvil como si la tierra misma la hubiera derribado.

Beto desmontó y se arrodilló junto a ella. Sus pies, descalzos y llenos de cortes resecos, contaban una historia de huida desesperada. El hábito olía a sudor, a tela quemada por el sol y a miedo. Beto tomó su muñeca con suavidad y sintió un calor anormal bajo su piel. Sus labios se movieron apenas:

—Eso es prohibido —murmuró.

Beto acercó el oído, creyendo haberse engañado, pero ella repitió la frase, temblando como si pronunciarla fuera un acto castigado por el cielo. En sus 52 años, Beto había visto tormentas, sequías, pestes, duelos y pérdidas, pero jamás había encontrado a una monja tirada en medio de la nada con el terror grabado en los ojos.

Ella abrió los párpados apenas. Sus ojos azules, borrosos por el sol y la fiebre, mostraban un miedo antiguo. Beto la sostuvo suavemente de la cabeza y sintió ese calor insoportable, señal de agotamiento extremo. Cuando tocó su hombro buscando heridas, Lan volvió a susurrar la misma frase.

Beto humedeció un paño y lo colocó sobre su frente. Ella se estremeció, luego pareció rendirse al alivio. A lo lejos se oyeron cascos. Sin pensarlo, Beto la cargó hasta el caballo y la sostuvo firme contra él mientras avanzaban hacia el arroyo del rancho Hollister.

En la cabaña, Beto la depositó en su cama y volvió a mojar el paño para bajar su fiebre. Ella abrió los ojos, miró la cabaña y dejó escapar un suspiro de alivio. Cuando por fin habló, su voz era apenas un hilo:

—¿Dónde estoy?

—En el rancho Hollister, a unas millas de Dodge City. Te encontré desmayada en la pradera —respondió Beto.

Ella asintió débilmente.

—Soy Sister Lan —susurró.

Era evidente que escapaba de algo más peligroso que la fiebre o el sol. Intentó incorporarse, pero él la detuvo con suavidad.

—Tómatelo con calma. Nadie viene por ti aquí.

Pero el miedo en sus ojos regresó instantáneo.

—No te temo a ti —dijo ella—. Le temo a quienes podrían encontrarme si saben que sobreviví.

Beto frunció el ceño. ¿Quién perseguiría a una monja en mitad del verano?

—Si preguntan por mí, debes decir que nunca me viste —suplicó. Eso hizo que Beto se tensara.

—¿Quién te busca, Lan?

Ella respiró hondo y soltó la verdad que la atormentaba:

—No escapé de Dios, escapé de la gente dentro de la iglesia.

Sus palabras cayeron pesadas como un trueno. Beto retrocedió incrédulo.

—En la misión ya no quedaba nada santo —confesó ella.

Beto sintió un nudo frío en el estómago. Conocía ese lugar como sitio respetado, pero la mirada de Lan decía que la verdad era mucho más oscura.

—Hay un hombre allí —continuó—. Uno que todos veneran, pero no es lo que aparenta. Encontré cartas, registros, números que no tenían sentido. Se lo conté a una hermana mayor y desapareció. Vi al sheriff hablando con Father Whlock esa misma noche. Después de eso, él comenzó a vigilarme, a seguirme, a preguntarme dónde dormía y con quién hablaba. Sabía que si me quedaba, yo también desaparecería. Así huí en un carro de carga, viajé hasta el río y caminé hasta que mis piernas dejaron de obedecerme.

Lan rompió en llanto por primera vez desde su fuga. Beto la observó sin apartar la mirada, permitiéndole llorar sin juicio.

—Yo también callé cuando no debía —confesó él, recordando a su esposa fallecida—. Cargar con ese silencio ha sido mi castigo todos estos años. Por eso, Lan, si tú tienes el valor de hablar, yo no voy a dejarte sola.

Se levantó, miró por la ventana y el paisaje silencioso pareció tomar nuevo significado. Algo dentro de él había despertado.

—Si lo que dices es verdad, esto es más grande que tú y yo —murmuró Beto.

Lan asintió, sabiendo que enfrentarse a la iglesia y al sheriff era casi una sentencia, pero también sabía que la verdad no podía seguir enterrada.

—No puedo regresar sola.

—No lo harás. No mientras yo respire.

Así, sin juramento, quedó sellado un pacto. La lucha que venía sería la clase de tormenta que sacude un pueblo entero.

La noche cayó sobre el rancho de Beto con un silencio tan profundo que parecía contener la respiración del mundo. Dentro de la cabaña, el fuego crepitaba mientras Lan dormía, pero él no conseguía apartar la mente de sus palabras. El viento golpeó la ventana. Algo en su instinto le advertía que no debía confiar en la calma. Los hombres que buscaban a Lan no descansarían.

Beto se acercó a la puerta y observó la oscuridad extendida sobre el campo. La luna iluminaba un sendero pálido, pero no había movimiento. Regresó a la cama donde Lan respiraba con dificultad. El sudor brillaba en su frente. Beto la cuidó como quien protege una esperanza frágil.

—No tienes que quedarte despierto —susurró Lan.

—No pienso dejarte sola, no esta noche ni ninguna que venga si aún deseas quedarte bajo este techo.

Ella quiso sonreír, pero el cansancio la venció. Beto tomó una silla y se sentó a su lado, decidido a vigilar hasta el amanecer.

Cerca de la medianoche, una sombra pasó frente a la ventana. Beto reaccionó de inmediato, tomando el rifle. Solo vio un arbusto movido por el viento, pero su corazón no se calmó. Sabía que la paranoia había mantenido a muchos hombres con vida en tierras donde la ley era más promesa que realidad.

Un trote se escuchó a lo lejos, un solo caballo. Beto se puso de pie, apagó el fuego y tomó posición junto a la puerta. El caballo se detuvo frente al rancho. Beto apuntó el rifle y esperó. Una voz grave rompió el silencio:

—Beto, soy yo.

Era Mateo Salter, viejo amigo y carretero de Dodge City. Beto lo dejó pasar y corrió a observar si Lan seguía dormida.

—La ciudad entera anda revuelta. Father Whlock pidió al sheriff que desplegara hombres. Buscan a alguien importante para la iglesia.

Beto supo de inmediato a quién se referían.

—Si estás protegiéndola, no lo hagas solo. La sombra de Whlock llega más lejos de lo que imaginamos.

Un gemido surgió desde la cama. Lan despertaba. Beto la tranquilizó:

—Es amigo, vino a advertirnos. No temas.

Mateo observó a Lan, que le confesó:

—No cometí ningún pecado, solo descubrí la verdad que otros ocultan.

Mateo asintió, comprendiendo el peso que cargaba.

—Necesitamos un lugar donde no puedan encontrarnos —dijo Beto.

—Tengo una vieja mina abandonada al norte. Nadie se acerca, ni exploradores ni cazadores. Es peligroso, pero seguro.

Lan intentó incorporarse, pero su cuerpo aún estaba débil.

—No podemos quedarnos aquí —dijo—. Ellos vendrán antes del amanecer.

—Lo sé —respondió Beto, viendo en sus ojos la certeza de quien conoce demasiado bien a sus perseguidores.

Debían moverse antes de que el cielo aclarara. Afuera, la noche aguardaba silenciosa. Lan respiró hondo, reuniendo la poca fuerza que le quedaba. Beto tomó su abrigo y lo colocó sobre ella con cuidado.

—Esta noche dejamos de huir —dijo Beto—. Esta noche empezamos a luchar.

Lan miró como si esas palabras fueran la primera luz después de una tormenta interminable. A su lado, Mateo sostuvo el rifle. Estaban juntos y no darían marcha atrás.

Lan sabía que nada sería igual después de compartir su secreto con Beto. Ahora ambos estaban implicados en algo mayor.

El silencio entre ellos pesaba, pero también los acompañaba como un manto protector. Cuando Lan miró a Beto, él percibió el miedo disfrazado en su serenidad. No era miedo a él, sino a lo que pudiera desencadenarse si alguien más descubría lo que había revelado.

La confesión de Lan seguía resonando en la mente de Beto como un eco imposible de apagar. Había escuchado rumores en el pueblo, historias que parecían exageraciones, pero ahora comprendía que escondían fragmentos de una verdad cuidadosamente disimulada bajo miedo y silencio.

Lan explicó que lo prohibido no era solo un acto, sino una alianza que su gente jamás perdonaría. Había reglas impuestas desde generaciones atrás, reglas que nunca se desafiaban sin consecuencias devastadoras. Beto sintió un escalofrío al imaginar las represalias que podrían enfrentar.

Ella le contó sobre una vieja historia de su comunidad, un relato de una mujer que rompió las normas y pagó con su libertad. La historia era advertencia, pero Lan siempre sospechó que guardaba un mensaje oculto de resistencia.

Mientras hablaba, Beto vio en ella una fuerza silenciosa. Era la determinación de alguien que por primera vez consideraba elegir un rumbo distinto, aún si era peligroso.

La noche se volvió más oscura. Desde la colina, el pueblo se veía en calma, sin imaginar la tensión que se cocinaba entre sombras. Lan sabía que esa paz aparente podía romperse en cualquier momento.

Sugirió mantener distancia unos días. Aunque sus palabras eran racionales, su voz cargaba tristeza. Beto negó con suavidad, incapaz de apartarse justo cuando ella lo necesitaba más.

Había pasado años aislado, pero ahora sentía que debía permanecer a su lado sin importar el costo. Un sonido lejano entre los árboles los alertó. Ambos se tensaron, compartiendo una mirada de alerta. El ruido cesó, pero la ausencia de movimiento era un presagio.

Para tranquilizarla, Beto la llevó a un claro rodeado de pinos altos, impregnado de olor a tierra húmeda y resina fresca. Allí, Lan continuó revelando detalles de su historia. Explicó cómo la presión de su comunidad había moldeado su vida. No buscaba compasión, sino comprensión.

Beto le contó que lo prohibido no era un simple capricho, sino una estructura diseñada para mantener el control, una estructura que aplastaba la libertad y reprimía cualquier intento de cuestionar la autoridad.

El vaquero compartió una historia de su infancia, cuando desafió a un grupo de hombres que querían expulsar a su familia del rancho por una deuda injusta. Esa lucha le enseñó que a veces lo correcto era enfrentar a los poderosos sin miedo.

Lan escuchó con atención, percibiendo que Beto no hablaba para enaltecerse, sino para mostrarle que la resistencia era posible. Sus palabras sembraron en su corazón una esperanza nueva.

La brisa se volvió más fría, obligando a ambos a acercarse para protegerse del viento. El contacto endureció aún más la tensión emocional entre ellos. Finalmente, Beto le prometió que no permitiría que nadie la lastimara.

La luna comenzó a elevarse entre los árboles, bañando la escena con una luz plateada. En ese momento entendieron que el camino que debían recorrer sería largo, complejo y lleno de obstáculos. Pero también comprendieron que lo que habían comenzado ya no podía detenerse.

La mañana llegó con un silencio extraño. Beto despertó inquieto por la sensación de que algo había cambiado en el rancho. Mientras preparaba café, su mente regresó a las palabras de Lan y al miedo oculto en sus ojos.

Lan apareció en la puerta del establo, envuelta en una manta ligera. Sus pasos eran suaves, pero su mirada mostraba una determinación nueva. Confesó que había escuchado voces cerca de la casa durante la madrugada. Beto sintió un nudo en el estómago.

Recorrieron los cercos y el arroyo. Beto encontró huellas frescas de botas que no pertenecían a ninguno de sus trabajadores. Lan palideció. Esas huellas confirmaban que alguien los había seguido.

Beto decidió aumentar la seguridad del rancho y enseñarle a Lan cómo defenderse. Entre los ejercicios, Lan mencionó a Hermo, un anciano que siempre la había protegido. Recordó historias sobre alianzas rotas, traiciones ocultas y decisiones que cambiaron el destino de generaciones.

Según Hermo, lo prohibido no era un castigo divino, sino un mecanismo de control disfrazado de tradición. Beto entendió que el problema no era solo el temor de Lan, sino un sistema entero diseñado para mantenerla atrapada.

El sonido de un caballo interrumpió la calma. Era Candelario, viejo amigo de Beto. Avisó que algunos hombres discutían sobre la presencia de una mujer extraña y que podrían acudir al rancho para verificar rumores.

Lan sabía que las próximas horas serían cruciales. Si alguien la reconocía, la situación sería irreparable. Beto explicó que debían preparar un plan de contingencia. Lan recordó que Hermo guardaba registros antiguos sobre decisiones del Consejo de Ancianos, documentos que podían demostrar la inconsistencia de las leyes que la condenaban.

Si lograban recuperarlos, podrían detener cualquier ataque. Hermo vivía a dos días de camino en una región aislada y vigilada. Beto insistió en acompañarla. Lan aceptó su apoyo, entendiendo que el camino que compartían era irreversible.

La tarde avanzó cubriendo el rancho con un tono ocre. Mientras preparaban provisiones, Beto encontró una marca extraña en la cerca norte: una señal hecha con cuerda trenzada usada por la comunidad de Lan para identificar casas que debían vigilarse. Ambos comprendieron su significado. Esa marca era una advertencia directa.

Beto la rompió con firmeza, como símbolo de desafío. La noche cayó sin piedad. Lan y Beto comprendieron que el destino había comenzado a moverse alrededor de ellos. Nada sería casualidad. El viaje para buscar los documentos de Hermo no solo definiría su futuro, sino que pondría en juego la estabilidad del pueblo entero.

El amanecer los encontró en movimiento, preparando todo para partir. El cielo rojizo se extendía sobre ellos como una advertencia silenciosa. Beto revisó dos veces las monturas. Lan observaba en silencio, admirando su precisión.

Antes de partir, Lan dejó un símbolo en la puerta del granero, un gesto antiguo para invocar protección. Cuando se alejaron, el silencio de la mañana se convirtió en un compañero incómodo.

El paisaje se transformaba en colinas ásperas y senderos ocultos. Lan recordó haber recorrido esos caminos en su infancia, pero jamás con tanto miedo. Ahora, cada sombra parecía un presagio de peligro.

Beto rompió el silencio contando una anécdota de sus primeros años como vaquero. Lan compartió un recuerdo donde Hermo la salvó de un castigo injusto. Ese momento le enseñó que incluso dentro de un sistema rígido podían existir personas dispuestas a arriesgar todo por proteger la verdad.

El camino se estrechó al llegar a un paso rocoso. Beto desmontó para ayudar a Lan mientras guiaba a los caballos. Ella sintió que la proximidad le transmitía seguridad.

Una hora después escucharon un crujido extraño. Beto tomó su rifle y se adelantó. Era un caballo sin jinete, cubierto de barro y herido. Lan lo reconoció como un animal de su comunidad. Eso significaba que su perseguidor seguía cerca.

La tensión subió como una ola. Mientras avanzaban, Lan relató una leyenda sobre un guardián del bosque que castigaba a quienes irrumpían en territorios prohibidos. Beto habló sobre el miedo como herramienta de control.

Al mediodía, hicieron una pausa junto a un arroyo. Lan bebió agua con manos temblorosas. Beto le aseguró que si eran rápidos podrían llegar a la cabaña de Hermo antes de que los perseguidores descubrieran su dirección.

Retomaron el camino cruzando un tramo boscoso. Lan sintió nostalgia y temor. Pronto encontraron huellas frescas de un hombre, posiblemente herido o asustado. Lan reconoció el patrón: eran marcas de alguien de su comunidad, probablemente enviado por los ancianos para detenerlos.

Decidieron cambiar de ruta. El sol descendía, anunciando la noche. Encontraron una cueva natural escondida entre dos colinas. Beto encendió una fogata pequeña. Lan confesó que descubrir la verdad podría cambiar no solo su destino, sino el de toda su comunidad.

Beto le aseguró que no la dejaría enfrentar nada sola.

La noche los envolvió. Al amanecer, avanzaron hacia el borde de un viejo puente, donde el río golpeaba con fuerza. Lan respiró hondo, sabiendo que lo que estaba por confesar tendría consecuencias para todo el pueblo.

Explicó que el símbolo encontrado en la cabaña era un marcador que su familia debía proteger desde generaciones olvidadas. Su madre fue la última guardiana y su desaparición nunca fue voluntaria. La familia Delgado intentó apropiarse del símbolo, convencidos de que les daría autoridad sobre rutas comerciales y acceso a un santuario natural con recursos medicinales.

Beto comprendió que el secreto era mucho más grande de lo esperado. No era magia ni superstición, sino conocimiento ancestral capaz de transformar vidas.

Lan explicó que el símbolo respondía únicamente a miembros legítimos de su linaje. Beto recordó el momento en que el símbolo brilló cuando Lan lo tomó en la cabaña: era el llamado del santuario, reconociéndola como heredera legítima.

Ella confesó que evitó mencionarlo por miedo. Beto aseguró que nada lo amedrentaría mientras ella necesitara su ayuda. Lan le dijo que necesitarían aliados, pues los Delgado no tardarían en descubrir que alguien más conocía el secreto.

Beto mencionó a Tomás y Efraín, amigos de confianza. Lan reveló que había recibido un mensaje anónimo advirtiéndole que dejara el asunto antes de que fuera demasiado tarde. El papel tenía un olor a resina quemada, señal de que otra facción oculta movía hilos en silencio.

Decidieron actuar sin apresurarse. Cada paso debía ser calculado. Beto tomó su mano, invitándola a alejarse del río hacia un lugar más seguro.

Juntos se alejaron del puente, sus pasos marcando el comienzo de una nueva fase de su búsqueda.

En el granero abandonado, Beto presentó a Tomás y Efraín. Lan los saludó con cautela. Tomás preguntó por la importancia del símbolo. Beto explicó el peligro de quienes intentaban manipularlo. Efraín confesó haber visto figuras encapuchadas rondando los bosques del norte.

Lan mostró el símbolo, que brilló tenuemente. Explicó que respondía solo a miembros del linaje guardián. Efraín sugirió moverse antes del amanecer.

El grupo se dispuso a salir hacia los bosques. Al entrar, el símbolo brilló más, guiándolos por un sendero invisible. Tomás descubrió una trampa hecha para capturar humanos. El grupo se desvió hacia terrenos elevados.

El símbolo vibró suavemente en las manos de Lan, indicando que estaban cerca. Descubrieron una grieta que daba acceso a una caverna iluminada por un resplandor natural. El aire tenía aroma a resina fresca. Lan comprendió que quienes intentaban guiarla no necesariamente buscaban hacerle daño.

La caverna se abrió hacia una cámara amplia donde una fuente brotaba de la roca, iluminando marcas antiguas. Lan reconoció símbolos familiares. Era el santuario oculto durante décadas.

Colocó el símbolo en una ranura tallada en la roca y la fuente reaccionó con un destello, dándole la bienvenida. Comprendió que debía proteger aquel lugar y evitar que cayera en manos equivocadas.

Beto juró que no permitiría que los Delgado ni ningún otro grupo manipulara el santuario. Ella respiró profundamente, sintiendo el peso de generaciones enteras sobre sus hombros. Pero la presencia de Beto y sus aliados le daba certeza de que el camino no sería solitario.

Efraín sugirió reforzar los accesos y preparar rutas alternativas. Tomás se ofreció a vigilar los alrededores.

Beto y Lan salieron al exterior para observar el amanecer. La luz era un recordatorio de que la verdad, aunque peligrosa, finalmente salía a la superficie.

Ella apoyó su cabeza en el hombro de Beto, agradeciendo su valentía. Él le aseguró que lo prohibido no era descubrir la verdad, sino permitir que otros la usaran para destruir.

Juntos romperían ese ciclo impuesto durante años.

Mientras descendían hacia el interior nuevamente, Lan sintió que por primera vez tenía control sobre su destino. Ya no era la mujer perseguida por sombras, sino la heredera en pie, decidida a proteger el legado de su madre.

Beto tomó su mano mientras el santuario volvía a iluminarse. Sabían que la lucha apenas comenzaba, pero ahora tenían la verdad, aliados confiables y una causa justa.

Y eso, más que cualquier secreto, era lo que realmente sacudiría al pueblo.

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