La Arrojaron al Río por Envidia de su Belleza… más Fuerte que el Río Fue la Mano que la Sostuvo

La Arrojaron al Río por Envidia de su Belleza… más Fuerte que el Río Fue la Mano que la Sostuvo

Más fuerte que el río

La arrojaron al río por envidia de su belleza. Pero más fuerte que el río fue la mano que la sostuvo.

En las áridas tierras de Sonora, donde el sol quema la piel como hierro al rojo y los cactus se yerguen como centinelas mudos, Isabella vivía en un rancho olvidado por Dios y por los hombres. Era una mujer de ojos negros como la noche sin luna, cabello en cascadas de ébano y piel morena que brillaba bajo la luz del desierto, como si el oro de las minas abandonadas se hubiera fundido en ella. Pero su belleza era maldición.

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Sus seis hermanas, endurecidas por la aspereza del viejo oeste mexicano, rostros surcados por el polvo y el resentimiento, la miraban con veneno en la mirada.
—¿Por qué ella? —murmuraban en las noches calurosas, tejiendo mantas en el porche—. ¿Por qué los vaqueros la cortejan y nos dejan a nosotras como yeguas viejas?

Don Arturo, el padre, había muerto dos años atrás en una emboscada de bandidos apaches, dejando el rancho en manos de sus hijas. Isabella, la menor, era la joya que atraía forasteros: pistoleros errantes, mineros con bolsas de pepitas, hasta el sheriff de Hermosillo cabalgaba millas solo para verla sonreír.

Pero las hermanas mayores —María, coja de nacimiento; Teresa, de labios finos y corazón amargo; Rosa, la más fuerte, brazos como troncos; y las otras tres, sombras de envidia— tramaban en secreto.
—Nos roba todo —susurraban—. Los hombres, la herencia, hasta el aire que respiramos.

El plan nació como un susurro. El río Colorado, monstruo serpenteante que marcaba la frontera con el norte gringo, testigo de muchas muertes, sería su cómplice.

—La llevaremos a lavar la ropa —propuso María, sonrisa torcida—. Un accidente, nadie preguntará.

Isabella, inocente como un cordero, no sospechaba nada. Aquella mañana, el sol apenas despuntaba cuando partieron hacia la orilla, cestas de mimbre en mano, faldas polvorientas rozando la arena.

Mientras Isabella se agachaba para enjuagar una blusa, Rosa la sujetó por los hombros con brutalidad.

—¿Qué haces, hermana? —gritó Isabella, ojos abiertos de terror.

Teresa la tomó de un brazo, María del otro, las demás formaron una cadena humana, empujando con saña.

—Por tu belleza —rugió Rosa, escupiendo las palabras como balas—. Nos has robado la vida.

Isabella pataleó, uñas arañando la tierra, pero el río rugía hambriento abajo. Con un último empujón, la lanzaron al vacío. Su cuerpo golpeó el agua con estruendo sordo y las corrientes la arrastraron como hoja en tormenta.

Bajo el agua, el mundo era un caos verde y burbujeante. Isabella abrió la boca en un grito silencioso, el aire escapando en burbujas que subían como almas perdidas. Sus pulmones ardían. El vestido azul se enredaba en sus piernas como cadenas.

“Dios mío, no”, pensó, mientras la oscuridad la envolvía.
Visiones de su vida pasaron: el rancho, los bailes en la plaza de Sonora, el beso robado de un vaquero bajo la luna. ¿Era el fin?

El río, más fuerte que cualquier hombre, la succionaba hacia el fondo, donde rocas afiladas esperaban como dientes de coyote. Pero el destino, caprichoso como un revólver cargado, tenía otros planes.

Río arriba cabalgaba Juan Valdés, pistolero errante, cicatrices de duelos y corazón endurecido por la frontera. Había cruzado de Arizona huyendo de una recompensa por matar a un cacique corrupto, o eso decían las leyendas.

Su mustang negro relinchó al oír el chapoteo distante. Juan frunció el ceño, mano al colt en la cadera.

—¿Qué demonios…? —murmuró, espoleando hacia la orilla.

Allí vio la escena que helaría la sangre de cualquier hombre: seis mujeres con rostros contorsionados por el odio, observando cómo una séptima se hundía en las aguas.

Isabella emergió un segundo, tosiendo, agitando los brazos en pánico.

—¡Ayuda! —gritó antes de que la corriente la sumergiera.

Las hermanas petrificadas no se movieron. Rosa sonrió, creyendo en la victoria.

Juan no dudó. Saltó del caballo, sombrero y chaqueta al suelo.

—¡Malditas brujas! —bramó, lanzándose al río.

El agua, helada como cuchillos, cortaba su piel. Nadó con furia, músculos tensos por años de peleas y persecuciones. Isabella se hundía, fuerzas fallando, mundo desvaneciéndose en negro. De repente, una mano la aferró por la muñeca: fuerte, callosa, inquebrantable. Más fuerte que el río.

Juan tiró con todo su ser, luchando contra la corriente que rugía como toro enloquecido.

—¡Aguanta, mujer! —gritó, voz ahogada por el estruendo.

Isabella sintió el tirón y emergió jadeando, escupiendo agua. Él la arrastró a la orilla, botas hundiéndose en el lodo, mientras las hermanas observaban horrorizadas.

—¿Quién es ese…? —susurró Teresa, retrocediendo.

En la arena húmeda, Juan depositó a Isabella, pálida, respirando con dificultad. Se arrodilló a su lado, mano aún sosteniéndola.

—Estás a salvo —murmuró, apartando el cabello mojado de su rostro.

Isabella abrió los ojos y se encontró con los de él, grises como humo de disparo, pero con calidez inesperada.

—¿Quién eres…? —balbuceó.

—Juan Valdés. A tu servicio —respondió él, acento mezclado de norte y Yankee.

Miró a las hermanas, ahora temerosas. Rosa sacó un cuchillo, brillando bajo el sol.

—Esto no te concierne, forastero. Ella es nuestra sangre y condena.

Juan se puso de pie, mano al revólver. El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta.

—Sangre… Lo que vi fue asesinato. Retrocedan o juro por la Virgen de Guadalupe que las mando al infierno.

Las hermanas vacilaron. María dio un paso atrás, pero Rosa avanzó, cuchillo en alto.

—¡Muere, intruso!

El disparo resonó como trueno. La bala rozó el brazo de Rosa, quien soltó el arma, gritando. Las demás huyeron despavoridas hacia el rancho.

Juan no las persiguió. Su prioridad era Isabella. La levantó en brazos, cuerpo liviano como pluma, y la llevó a su caballo.

—Te llevaré a un lugar seguro —dijo, montando con ella delante.

Cabalgando bajo el sol poniente, Isabella se recuperaba poco a poco. El rancho quedó atrás, pero el peligro no. Rumores de bandidos acechaban en cañadas y las hermanas, ahora enemigas juradas, no olvidarían.

—¿Por qué me salvaste? —preguntó ella, voz temblorosa.

—Vi belleza en peligro y algo más. Una chispa que el mundo necesita —respondió Juan, mirada fija en el horizonte.

Pero en su mente bullían recuerdos oscuros: una hermana perdida en un río similar, años atrás, ahogada por celos de una madrastra. Esto era redención.

Llegaron a San Miguel, pueblo polvoriento, bullicio de vaqueros y prostitutas. Juan la instaló en una posada, pagando con monedas de plata.

—Descansa —dijo.

Pero la noche trajo suspense: un golpe en la puerta. Isabella se incorporó, corazón latiendo. Era Juan, con comida.

—Come. Mañana cruzaremos la frontera.

El alba trajo caos. Gritos en la calle.

—¡Los apaches atacan!

Flechas silbaban, caballos relinchaban. Juan sacó el revólver, protegiendo a Isabella mientras corrían al establo.

—¡Sube! —ordenó.

Galoparon hacia el norte, balas zumbando a su alrededor. En una emboscada, un apache saltó sobre ellos. Juan luchó cuerpo a cuerpo, cuchillo contra cuchillo, sangre salpicando la arena. Ganó, pero herido en el hombro.

Heridos y exhaustos, llegaron al río Colorado de nuevo.

—Aquí empezó todo —murmuró Isabella, temblando.

Juan la miró y, bajo la luna, sus labios se encontraron en un beso ardiente, lleno de promesas.

—Juntos somos más fuertes que cualquier río —dijo él.

Pero el suspense no acababa. Las hermanas, aliadas con bandidos, los rastreaban. En una cueva oculta planeaban el asalto final. Rosa, vendada, juraba venganza.

—La belleza muere esta noche.

Juan e Isabella cabalgaron hacia Arizona, pero en un cañón estrecho la trampa se cerró. Disparos desde las rocas. Juan devolvió el fuego, protegiendo a Isabella.

—¡Corre! —gritó.

Ella tomó las riendas, pero una bala rozó su caballo. Cayeron rodando en el suelo, rodeados. Parecía el fin.

Rosa emergió, pistola en mano.

—Hermana, tu belleza te trajo aquí. Ahora muere.

Apuntó. Un disparo, pero no de Rosa.

El sheriff de Hermosillo, alertado por rumores, apareció con sus hombres. Balas volaron, bandidos cayeron. Rosa fue capturada, gritando maldiciones.

Libres al fin, Juan e Isabella cruzaron la frontera. Se casaron en un pueblo gringo, empezando una nueva vida. El rancho quedó para las hermanas, malditas por su envidia. Isabella, con su belleza intacta, y Juan, con su mano salvadora, cabalgaron hacia el atardecer.

Más fuerte que el río fue la mano que la sostuvo.
En el viejo oeste, donde la envidia mata pero el amor redime, su historia se convirtió en leyenda, susurrada en cantinas y fogatas.

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