La Familia La Vendió Por Ser "Coja"… Pero El Hombre De La Montaña Encontró La Verdad En Sus Ojos

La Familia La Vendió Por Ser "Coja"… Pero El Hombre De La Montaña Encontró La Verdad En Sus Ojos

La Mujer de Fuego

Parte 1: El precio de una mentira

Elena siempre había sido la sombra de su familia. Desde niña, su padre Mateo repetía que había nacido torcida, un castigo de Dios por algún pecado oculto de su madre Isabel. Su hermana mayor, Rosa, era el sol de la casa: hermosa, ágil, con una sonrisa que conquistaba a todos en Alborada. Elena, en cambio, era la mancha, el recordatorio constante de la imperfección.

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Pero nadie, excepto ella misma, conocía la verdad. Su cojera era una armadura, una mentira cuidadosamente construida el día en que, con apenas diez años, escuchó a los hombres del capitán hablar. Eran reclutadores, bestias con uniformes que peinaban los pueblos más pobres en busca de mercancía fresca para los burdeles de la ciudad portuaria. Solo las sanas y fuertes, decían, las que aguanten el trabajo duro.

Aquella noche, mientras su familia dormía, Elena salió al patio trasero, cogió una piedra pesada y se golpeó la rodilla con todas sus fuerzas, ahogando un grito de dolor contra su propio puño. Al día siguiente, cuando los reclutadores pasaron por su casa, su padre la presentó con vergüenza. Ellos la miraron, vieron su cojera exagerada y su rostro pálido por el dolor real, y se rieron.

—No queremos mercancía rota —escupió uno de ellos antes de marcharse.

Así se salvó. O eso creyó ella. La mentira la protegió del burdel, pero la condenó a una vida de servidumbre y desprecio dentro de su propia casa. No podía ayudar en el campo, no podía acarrear agua con la rapidez de Rosa, no podía hacer nada que requiriera la fuerza que ocultaba con tanto celo. Se convirtió en la inútil, la carga.

Ahora, con veinte años, esa carga se había vuelto demasiado pesada para su familia.

—Sube al cuarto y ponte el vestido menos roto que tengas —le ordenó su padre esa tarde sin mirarla a la cara.

El tono definitivo, cortante, heló la sangre de Elena.

—¿Qué pasa, padre? —preguntó con un susurro tembloroso, manteniendo su papel de criatura frágil.

Mateo se giró, sus ojos fríos y duros como piedras de río la taladraron.

—Viene un hombre a verte. Un trato. Te vas a casar.

El mundo de Elena se detuvo. ¿Casarse? ¿Quién querría casarse con ella?

—¿Pero… quién? —balbuceó.

—Un hombre de la montaña no hace preguntas. Solo necesita una mujer para su casa y está dispuesto a pagar. Aunque sea poco —añadió con desdén—. Por lo menos servirás para algo.

El nudo en su garganta se hizo tan grande que apenas podía respirar. La estaban vendiendo, la habían despreciado por su defecto y ahora ese mismo defecto era la razón por la que podían deshacerse de ella por una miseria, sin preguntas, sin condiciones.

Rosa entró en la habitación, una sonrisa maliciosa jugando en sus labios.

—Así que la cojita por fin encontró un dueño. Debe ser un ciego o un desesperado. ¿Qué te pondrás, hermanita? ¿El vestido gris que parece un saco de patatas? No te preocupes, seguro que un montañés no entiende de moda.

Elena no respondió. Subió las escaleras, cada paso fingido un martillazo en su corazón. En su diminuto cuarto se miró en el trozo de espejo roto. Vio un rostro pálido, unos ojos grandes y oscuros llenos de un miedo que no era fingido. Pero debajo de ese miedo, muy en el fondo, ardía una llama de ira y supervivencia. La misma llama que la había hecho golpearse la pierna hacía diez años.

Este hombre de la montaña sería su nuevo carcelero, o quizá una extraña y retorcida forma de libertad. No lo sabía. Pero mientras se ponía el vestido viejo, su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa. La farsa debía continuar. Su cojera era lo único que tenía, su única defensa en un mundo que no entendía, y se aferraría a ella hasta que descubriera a qué nueva jaula la estaban enviando.

El hombre llegó con el atardecer. Se llamaba Damián y no se parecía a nadie que Elena hubiera visto antes. Era alto, de hombros anchos, con la piel curtida por el sol y el viento. Su pelo oscuro era largo y algo salvaje, y una barba corta ensombrecía una mandíbula cuadrada y firme. Pero lo más impactante eran sus ojos. Eran de un color avellana profundo y no miraban las cosas, las estudiaban.

Cuando su padre lo hizo pasar, Damián llenó la pequeña sala con su sola presencia. No dijo mucho, sus palabras eran escasas y directas, su voz grave como el retumbar de una tormenta lejana. Mateo habló por los codos, ensalzando las pocas virtudes que podía inventar sobre Elena.

—Es callada, obediente, sabe coser, no dará problemas.

Damián apenas pareció escucharlo. Sus ojos se posaron en Elena, que estaba de pie en un rincón, con la cabeza gacha y el peso de su cuerpo apoyado en su pierna buena. Pero, a diferencia de todos los demás, él no miró su pierna. Su mirada se fijó en su rostro, en sus manos fuertemente apretadas y, sobre todo, en sus ojos, cuando ella se atrevió a levantarlos por un segundo.

Fue una mirada intensa, analítica, como la de un cazador que evalúa a su presa, pero no había crueldad en ella, sino una profunda e insondable curiosidad.

El trato se cerró con unas cuantas monedas de plata que Mateo contó con avaricia. Ni siquiera la dejaron despedirse. Su madre le entregó un pequeño bulto con sus pocas pertenencias, evitando su mirada. Rosa la observaba desde la puerta con una expresión de triunfo.

El viaje hacia la montaña fue en silencio. Damián la ayudó a subir a su caballo, su toque firme y fuerte en su cintura, enviando una extraña corriente por todo su cuerpo. Él montó detrás de ella y Elena sintió la dureza de su pecho contra su espalda, el calor que emanaba de su cuerpo. El silencio era denso, roto solo por el sonido de los cascos del caballo y el viento que susurraba entre los árboles a medida que se alejaban del pueblo.

Por primera vez en muchos kilómetros, el terreno se volvió abrupto y Elena, concentrada en su papel, fingió perder el equilibrio. Se inclinó bruscamente hacia un lado, soltando un pequeño grito. Antes de que pudiera caer, un brazo como el acero la rodeó, sujetándola con una fuerza que la dejó sin aliento. La apretó contra su pecho con una facilidad pasmosa.

—Cuidado —fue todo lo que dijo, pero su voz, tan cerca de su oído, le erizó la piel.

Su corazón latía desbocado, no solo por el susto, sino por esa inesperada proximidad. Su olor era a pino, a tierra húmeda y a cuero, un aroma limpio y salvaje que contrastaba con el olor rancio a sudor y resignación de la casa de su padre. Cuando la enderezó, su mano permaneció en su cintura un instante más de lo necesario.

Elena se atrevió a mirar por encima de su hombro y sus miradas se encontraron de nuevo. Él no miraba su cuerpo frágil, sino directamente a sus ojos.

—Aférrate a mí —le ordenó suavemente—. El camino es traicionero.

Elena obedeció, sus manos temblorosas aferrándose al pomo de la silla, pero por dentro una extraña sensación comenzó a crecer. Este hombre, su comprador, su dueño, no la trataba con desprecio, la trataba como si fuera algo valioso que podía romperse. Era una sensación tan nueva que la asustaba más que su silencio.

Llegaron a la cabaña bien entrada la noche. Era una construcción robusta de madera y piedra, enclavada en una ladera rodeada de árboles imponentes y el vasto silencio de la montaña. Dentro, un fuego crepitaba en el hogar y todo estaba ordenado y limpio, aunque de forma austera. Había una sola habitación grande que servía de sala y cocina y una puerta que Damián le señaló.

—Ese es tu cuarto —dijo—. La comida está en la alacena. Siéntete libre de preparar algo si tienes hambre.

Se movió por el espacio con una familiaridad silenciosa y Elena lo observó manteniendo su cojera mientras exploraba tímidamente su nuevo entorno. Él se sentó junto al fuego afilando un cuchillo con una piedra y el sonido rítmico llenaba la estancia. Elena sintió sus ojos sobre ella mientras preparaba un poco de pan y queso, cada uno de sus movimientos calculadamente torpes y lentos.

La tensión era insoportable. Esperaba una orden, una demanda, un acto de posesión, pero no llegó nada. Cuando terminó de comer, él simplemente asintió hacia la puerta de su cuarto.

—Descansa, mañana será un día largo.

Elena se retiró a la pequeña habitación, el corazón latiéndole con fuerza. La cama era sencilla, pero el colchón era de paja fresca y las mantas de lana eran gruesas y cálidas. Se tumbó escuchando los sonidos de la casa y de la noche en la montaña. Escuchó a Damián moverse un poco más y luego el silencio total. No intentó entrar a su cuarto. No hizo ningún movimiento para reclamar lo que había comprado, simplemente la dejó en paz.

Elena cerró los ojos, pero no pudo dormir. Por primera vez en su vida, no se sentía despreciada ni vista como una carga. Se sentía observada, como un enigma que este hombre silencioso estaba decidido a resolver. Y eso, por alguna razón, era mucho más aterrador y al mismo tiempo mucho más esperanzador que cualquier cosa que hubiera conocido antes.

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