La Familia La Vendió Por Ser "Coja"… Pero El Hombre De La Montaña Encontró La Verdad En Sus Ojos
Parte 2: El fuego bajo la piel
Los primeros días en la cabaña de Damián se asentaron en una rutina extraña y silenciosa. Elena mantenía su actuación con una disciplina férrea. Limpiaba la casa con lentitud, cocinaba con cuidado para no tener que moverse demasiado y pasaba largas horas sentada junto a la ventana, cosiendo o remendando la ropa de Damián.
Él era un hombre de pocas palabras. Salía al amanecer con su hacha o su rifle al hombro y regresaba al atardecer, a menudo con leña o alguna pieza de caza. Comían juntos en un silencio que Elena encontraba cada vez menos opresivo y más cómodo. Damián nunca le preguntaba por su pasado ni por su pierna. De hecho, parecía ignorar su cojera por completo.
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Sin embargo, ella sentía su mirada constantemente. Mientras lavaba los platos, él podía estar al otro lado de la habitación reparando una correa de cuero, pero ella sabía que estaba observando el reflejo de sus manos en el agua. Manos que, a pesar de su cuerpo “roto”, se movían con una agilidad y precisión que contradecían su historia.
Una tarde, mientras remendaba una de sus camisas, Damián se acercó y se quedó de pie a su lado. Elena tensó todos los músculos, esperando una crítica o una orden. En su lugar, él dijo con su voz grave:
—Tus puntadas son perfectas, firmes y uniformes, como si hubieran sido hechas por una araña.
Elena mantuvo la cabeza gacha, sintiendo el calor subir a sus mejillas.
—Mi madre me enseñó. Era lo único que podía hacer sentada sin estorbar —respondió con la historia que llevaba años perfeccionando.
Él no dijo nada más, pero ella sintió el peso de su escepticismo en el aire. No era un escepticismo cruel, sino curioso, inquisitivo. Él veía las contradicciones. Veía sus ojos que seguían el vuelo de un halcón fuera de la ventana con una agudeza depredadora, o cómo su cabeza se giraba a la velocidad del rayo ante el crujido de una rama en el bosque. Pequeños destellos de la verdad que ella se esforzaba tanto por ocultar.
Un día, Damián regresó a mediodía, algo inusual. Traía consigo un potro joven de color castaño brillante que se movía con nerviosismo y recelo.
—Necesito tu ayuda —dijo Damián, y por primera vez le pidió algo directamente—. Es joven y asustadizo. Sostén la cuerda mientras le reviso una pata.

Elena sintió un nudo de pánico. Estar cerca de un animal tan grande y nervioso requería agilidad, un equilibrio que supuestamente no poseía. Pero negarse despertaría sospechas. Asintió y, cojeando ostensiblemente, se acercó al animal. Damián le entregó la soga.
—Habla con él. Tu voz es suave. Quizá lo calme.
Elena tomó la soga, su corazón martilleando contra sus costillas. Miró al potro y en sus grandes ojos oscuros vio el mismo miedo que a menudo sentía ella. Instintivamente empezó a susurrarle palabras sin sentido, un murmullo tranquilizador. El animal seguía nervioso, pero dejó de retroceder. Damián se agachó para examinar la pata trasera del potro y entonces ocurrió.
Un pájaro salió volando de un arbusto cercano con un grasnido agudo. El potro se asustó. Se encabritó violentamente, relinchando y tirando de la soga con una fuerza descomunal. Elena fue arrancada de su sitio. El manual de la coja inútil decía que debía caer, soltar la cuerda, gritar pidiendo ayuda. Pero diez años de instintos reprimidos emergieron con una fuerza volcánica. Sin pensarlo, su cuerpo reaccionó.
Plantó los dos pies firmemente en el suelo, su pierna “mala” soportando el tirón con la misma solidez que la buena. Se inclinó hacia atrás usando su propio peso corporal como contrapeso y tiró de la cuerda con una técnica que no sabía que poseía.
—Calma, tranquilo, shh, ya pasó —dijo con una voz firme y segura que no parecía la suya.
El potro se agitó un par de veces más, pero la resistencia firme y tranquila de Elena, la ausencia de pánico en ella, pareció comunicarle una sensación de seguridad. Poco a poco, bajó las patas delanteras, su respiración todavía agitada, pero ya no luchaba. Todo el episodio no duró más de diez segundos. Diez segundos en los que Elena olvidó por completo su mentira.
Cuando el peligro pasó, se dio cuenta de su error. Su corazón se detuvo. Lentamente giró la cabeza. Damián ya no estaba agachado. Estaba de pie mirándola. No miraba al caballo, la miraba a ella. Su expresión era indescifrable, una mezcla de sorpresa, cálculo y algo más, algo que parecía admiración.
Elena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Empezó a temblar, no por el esfuerzo, sino por el terror. La farsa se había hecho añicos. Intentó recuperar la compostura, dejando caer el peso sobre su pierna buena de nuevo, soltando un gemido de dolor fingido.
—Me… me he lastimado —susurró.
Pero las palabras sonaron huecas, falsas, incluso para sus propios oídos. Damián dio un paso hacia ella y otro, se detuvo justo delante de ella, tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos color avellana. Él no dijo nada. Simplemente levantó una mano y, con una delicadeza que la sorprendió, apartó un mechón de pelo que se le había pegado a la frente sudorosa. Su pulgar rozó su cien y una descarga eléctrica recorrió todo su ser.
—Tienes la fuerza de un roble en la tormenta —dijo él. Su voz apenas un murmullo.
No era una acusación, era una afirmación, una verdad que él había desenterrado. Elena sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. La humillación, el miedo a lo que vendría ahora, la abrumaba, la golpearía, la devolvería a su padre llamándola embustera, la echaría a la montaña a su suerte. Se preparó para lo peor.
—Yo… yo puedo explicarlo —empezó a decir con la voz rota.
Damián negó lentamente con la cabeza. Sus ojos nunca la abandonaron.
—No necesitas explicar nada. Lo he estado viendo desde el primer día.
Suavemente tomó la soga de sus manos que no habían dejado de temblar.
—No en tu caminar. En tus ojos he visto el fuego que escondes. Hoy solo le has permitido salir a bailar un poco.
Se quedó sin palabras. Él no estaba enfadado. No se sentía engañado. Parecía satisfecho, como si una de sus sospechas se hubiera confirmado.
Aquella noche el silencio durante la cena fue diferente. Ya no era una prueba ni un espacio vacío. Estaba lleno de preguntas no formuladas y de una verdad recién descubierta. Después de limpiar el último plato, Elena se armó de valor. No podía seguir viviendo así con la mentira flotando entre ellos. Se giró hacia Damián, que estaba sentado junto al fuego, observando las llamas.
—Es verdad —dijo ella, su voz clara y firme por primera vez desde que lo conocía—. No soy coja.
Él se giró para mirarla, su rostro iluminado por el baile de las llamas. No había sorpresa en su expresión, solo una serena expectación.
—¿Por qué? —preguntó él simplemente.
Y Elena se lo contó todo. Le habló sobre los reclutadores del capitán, sobre la crueldad de su pueblo, sobre su padre y el desprecio de su familia. Le habló del miedo de una niña de diez años y de la decisión desesperada que tomó para salvarse. Una decisión que la encadenó a otra clase de prisión. Habló durante casi una hora, vaciando el veneno y el dolor que había guardado durante una década.
Cuando terminó, el silencio volvió a caer en la cabaña, pero esta vez era un silencio de comprensión. Damián se levantó y se acercó a ella. Elena, por costumbre, retrocedió un paso, pero él se detuvo dándole su espacio.
—Te vendieron por inútil —dijo él. Y por primera vez Elena escuchó una emoción en su voz, una ira fría y contenida—. Y sin embargo, eres la persona más fuerte e inteligente que he conocido. Sobreviviste, usaste tu mente para proteger tu cuerpo.
Se acercó un poco más y esta vez ella no se movió. Levantó la mano, pero en lugar de tocar su rostro, la posó suavemente sobre su hombro.
—Esa farsa te mantuvo a salvo allí abajo, pero aquí en mi montaña, no la necesitas. Aquí nadie va a hacerte daño, Elena. Aquí puedes caminar libre.
Las lágrimas que había contenido antes comenzaron a caer silenciosas y calientes. Pero no eran lágrimas de miedo o de humillación, eran lágrimas de alivio, de una liberación tan profunda que sacudió su alma. Este hombre rudo y silencioso, este extraño que la había comprado, la había visto. Había mirado a través de su armadura rota y había visto a la guerrera que había dentro.
Damián no se apartó. Esperó pacientemente a que sus sollozos se calmaran. Luego, con una delicadeza que seguía dejándola sin aliento, tomó su mano entre las suyas. Sus manos eran grandes, callosas y ásperas por el trabajo, pero su agarre era gentil, protector.
—Mañana —dijo—, te enseñaré a montar a caballo como es debido y a rastrear y a disparar un arco. Te enseñaré todo lo que sé. La montaña no juzga, Elena, solo pide respeto y fuerza, y tú tienes de sobra ambas cosas.
Elena levantó la vista, sus ojos llorosos encontrándose con los de él. En la cálida luz del fuego, su rostro ya no parecía tan duro. Había una suavidad en la línea de su boca, una calidez en su mirada que la envolvía como la manta más suave. Y en ese momento, una nueva emoción extraña y poderosa comenzó a florecer en el pecho de Elena, justo al lado de su recién encontrada libertad.
Era algo que se parecía mucho a la esperanza y también—y eso la asustó y la emocionó a partes iguales—a un incipiente y peligroso deseo.
Él se inclinó ligeramente, como si fuera a decir algo más. Sus rostros estaban muy cerca, tanto que Elena podía sentir su aliento cálido en su piel. El mundo se redujo a ese pequeño espacio entre ellos, cargado de una tensión que era completamente nueva. Era la tensión de dos almas que por fin se veían con claridad, sin mentiras ni disfraces.
—Ahora ve a descansar —susurró él, y su voz era más ronca de lo normal—. Mañana, mañana empieza todo de nuevo. Tu vida de verdad.
Él soltó su mano y retrocedió dándole la espalda para volver a mirar el fuego. Pero Elena se quedó allí de pie, inmóvil, sintiendo todavía el calor de su mano en la suya y el eco de su promesa en su corazón.
Por primera vez en diez años, cuando se fue a su habitación, caminó sin cojear y cada paso firme sobre el suelo de madera sonaba como la música más dulce que jamás había escuchado. En la oscuridad se tocó los labios, imaginando cómo se sentiría ser besada por un hombre que había encontrado la verdad no en sus mentiras, sino en lo más profundo de sus ojos.