“Llévame a través de la noche”, suplicó ella. “Lo haré”, prometió él, mientras el amanecer quemaba el cielo del desierto.

“Llévame a través de la noche”, suplicó ella. “Lo haré”, prometió él, mientras el amanecer quemaba el cielo del desierto.

A TRAVÉS DE LA NOCHE DEL DESIERTO

El desierto estaba oscuro, silencioso e infinito, extendiéndose como un océano de arena bajo un cielo cubierto de estrellas. Cada ráfaga de viento traía consigo el aroma de la artemisa y el humo lejano, susurrando historias de supervivencia… y de peligro.

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En medio de esa inmensidad avanzaba Leela, una joven mujer negra de mirada afilada y corazón decidido. Su vestido estaba cubierto de polvo, desgastado por el sol y por un viaje que parecía no tener fin. Tropezaba entre las dunas, exhausta, mientras su voz rota se perdía en la noche.

—Por favor… alguien… cualquiera…

Había corrido durante horas. El miedo golpeaba su pecho sin tregua. Los saqueadores habían amenazado el pequeño pueblo donde buscaba refugio, obligándola a huir hacia el desierto abierto, donde la ayuda parecía tan lejana como el horizonte.

De pronto, una silueta emergió de las sombras.

Un hombre alto, de hombros anchos, recortado contra la luz de la luna. Su abrigo largo ondeaba con el viento, el sombrero inclinado ocultando parte de su rostro. Montaba su caballo con calma, como si el desierto le perteneciera.

Era Ethan Callahan, un ranchero conocido en tres condados por su valentía silenciosa y su honor inquebrantable.

—¿Está bien? —preguntó, con una voz baja y firme que atravesó el silencio de la noche.

Leela tragó saliva.
—N-no lo sé… Solo necesito sobrevivir esta noche. No puedo quedarme aquí.

Ethan desmontó y le tendió la mano.
—Entonces venga conmigo. Yo la ayudaré a atravesarla.

Ella lo miró con el corazón desbocado. Miedo… y algo nuevo. Esperanza. Finalmente, puso su mano en la de él. El calor de su agarre fue firme, tranquilizador. Por primera vez en horas, el desierto pareció menos hostil. Las estrellas los guiaban como faroles mientras avanzaban entre las dunas.

La noche fue larga. Silencios profundos, interrumpidos por el aullido lejano de los coyotes y el susurro del viento entre los arbustos. Leela se aferraba al caballo detrás de Ethan, aprendiendo a confiar otra vez, respiración a respiración.

—Está a salvo —le susurró él en un momento.

Y ella decidió creerle.

Al amanecer, los primeros rayos de sol pintaron el cielo de naranja y carmesí. Ethan la condujo hasta un pequeño cañón donde su campamento se escondía entre rocas y arena, como un oasis secreto. La cabaña olía a leña, pan recién horneado y hogar. El fuego crepitaba con una calidez acogedora.

—Puede descansar aquí —dijo Ethan, entregándole una manta—. Nadie le hará daño.

Leela se envolvió en ella, con lágrimas asomando en los ojos.
—¿Por qué? ¿Por qué me ayuda?

Él sonrió con suavidad.
—Porque nadie debería enfrentar la noche sola. Y porque alguien tenía que hacerlo.

Durante los días siguientes, Leela recuperó fuerzas. Ethan le enseñó a montar, a leer el viento, a encontrar agua en un desierto implacable. Trabajaban juntos, y en cada sonrisa compartida, en cada gesto cuidadoso, el lazo entre ellos se fortalecía.

Una tarde, mientras el sol incendiaba el cielo, Ethan la llevó a lo alto de una duna. Leela contempló el horizonte infinito, el viento jugando con su cabello, el corazón lleno de una libertad que no había sentido en semanas.

—Aprende rápido —dijo él.

—He tenido un buen maestro —respondió ella, sosteniéndole la mirada.

Por un instante, el mundo desapareció. Solo quedaron el calor, el silencio y esa conexión intensa.

—Creo que confío en usted —susurró Leela al caer la noche.

Ethan tomó su mano con firmeza.
—Entonces confíe del todo. La sacaré adelante… esta noche y todas las que vengan.

No todas las noches fueron tranquilas. Bandidos y merodeadores acechaban el desierto. En una ocasión, sombras se movieron demasiado cerca. Ethan se colocó frente a ella, alerta, mano junto al arma.

—No tiene que enfrentar esto sola —dijo.

—No tengo miedo si estoy con usted —susurró Leela, apoyándose en él.

Ese vínculo, nacido del peligro y la confianza, se volvió inquebrantable.

Al amanecer de un nuevo día, el horizonte ardía en tonos rosados y dorados. Ethan ayudó a Leela a subir la duna más alta.

—Lo logró —dijo con orgullo.

Ella sonrió.
—Lo logramos juntos.

De pie en la cima, con el sol elevándose sobre el desierto, Leela entrelazó su mano con la de Ethan. Las sombras del miedo se desvanecieron bajo la luz.

—Me lo prometió —murmuró—. Dijo que me ayudaría a atravesar la noche.

—Y cumpliré —respondió él—. En cada noche, cada tormenta, mientras respiremos.

Leela apoyó la frente en su pecho.
—Nunca me había sentido tan a salvo… Usted me hace sentir que pertenezco. Que importo.

—Importa más de lo que imagina —susurró Ethan—. Y pasaré mi vida demostrándoselo.

Sus miradas se encontraron. Sin miedo. Sin dudas. Solo amor nacido de la supervivencia compartida. Ethan se inclinó y la besó. Un beso suave, profundo, lleno de promesas eternas.

El desierto pareció suspirar a su alrededor.

Juntos descendieron la duna, cabalgando lado a lado, mientras la arena brillaba bajo la luz del nuevo día. No era solo el final de una noche oscura.

Era el comienzo de una vida donde nadie volvería a enfrentar la oscuridad en soledad.

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