Lo obligaron a casarse con la viuda del sheriff — Un beso encendió de pasión la tranquila pradera

Lo obligaron a casarse con la viuda del sheriff — Un beso encendió de pasión la tranquila pradera

Donde la Ley y el Fuego se Encuentran

Si crees que puedes negarte, piénsalo de nuevo. El alcalde escupió, su voz resonando sobre el suelo reseco de la sala comunal. El pueblo de Red Creek se había reunido en tensa expectativa, los susurros cruzando la multitud como fuego en la pradera. Allí estaba él: Cole Maddox, delgado y sombrío, el sombrero ocultando la tormenta en sus ojos. El sheriff había muerto meses atrás, y su viuda, Elellanar Hart, se sentaba al otro lado del salón, pálida como la escarcha del amanecer, aferrándose al borde de su silla como si fuera un salvavidas.

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—No puedo —musitó Cole, la mandíbula apretada.

—Debes hacerlo —replicó el alcalde, golpeando la mesa—. El pueblo los necesita a ambos. El acto está hecho. Por ley, ella no puede heredar la propiedad del sheriff sin un esposo, y lo último que necesitamos es un vacío sin ley.

Cole sintió un peso más grande que cualquiera que hubiera levantado en los campos, obligado a casarse con una mujer apenas conocida, una viuda cuya pena parecía tallada en la llanura misma.

Los ojos de Elellanar se encontraron con los suyos, y por primera vez, Cole vio algo más allá del duelo. Miedo, sí, pero también una extraña y silenciosa rebeldía. Era una mujer que había luchado contra la tragedia y sobrevivido. Y ahora la ley le exigía casarse con un extraño para mantener su hogar.

La realidad lo apretaba como el sol del mediodía. Cole tragó saliva, intentando silenciar la voz de rebelión que susurraba en su interior.

La ceremonia fue programada al borde del pueblo, la mañana siguiente. Cole llegó antes del amanecer, el viento frío de la pradera cortándole el abrigo, los pensamientos inquietos como las nubes cruzando el cielo. Elellanar esperaba en la puerta de la capilla, los dedos entrelazados, los ojos sin mostrar esperanza. Pero al acercarse, Cole percibió su perfume: lavanda, sutil pero inconfundible, y algo se agitó en su pecho.

El ministro, un anciano de manos retorcidas, comenzó los votos, pero las palabras sonaban huecas en la vasta soledad de la capilla.

—¿Tomas a Eleanor Hart como tu legítima esposa? —preguntó.

La voz de Cole se atascó en la garganta, le pareció ajena incluso a sí mismo.

—Sí —murmuró finalmente, una ráfaga de viento sacudiendo la puerta.

La mano de Elellanar rozó la suya, accidental al principio, pero luego permaneció más tiempo del esperado. El roce de su piel fue como fuego encendiendo la hierba seca de la pradera. Ninguno habló, pero ambos sintieron la chispa innegable.

La multitud aplaudió educadamente, pero dentro de la capilla el silencio los envolvía, lleno de tensión y promesas no dichas.

Antes de irse, Cole se volvió hacia la cámara. O hacia el público, si te imaginas allí.

Si crees que esta historia trata sólo de un matrimonio forzado, no has visto nada aún. Pulsa “me gusta”, suscríbete y observa cómo la pradera silenciosa prende fuego.

Al terminar la ceremonia, la nueva pareja salió al porche. El cielo ardía con los colores del amanecer, franjas de naranja y carmesí reflejando el calor inquietante que Cole sentía en el pecho. La pradera, callada por meses, parecía contener la respiración. Este matrimonio, nacido de la obligación, llevaba un potencial peligroso. Un beso, un toque fugaz, podría encender algo que ni la ley ni el duelo podrían contener.

Los primeros días fueron campos de batalla silenciosos. Cole se retiraba a su cuarto sobre el granero. Elellanar atendía la antigua oficina del sheriff, evitando conversaciones más pesadas que las alforjas que ambos cargaban. Pero por las noches, cuando el viento sacudía las contraventanas y los coyotes aullaban a la luna, sus caminos se cruzaban inevitablemente.

Una tarde, Elellanar encontró a Cole en el porche, mirando el horizonte, la mandíbula tensa, las manos jugando con el sombrero gastado.

—No tienes que odiarme —dijo suavemente, rompiendo el silencio.

Cole se estremeció, poco acostumbrado a la dulzura. No era odio lo que sentía. Era confusión, frustración y un nudo de emociones desconocidas.

Elellanar se acercó, su sombra cubriéndolo, irradiando calor a pesar de la noche fría.

—No pido amor —susurró—. Sólo paz.

Cole negó con la cabeza. La paz era un lujo que no conocía desde que la granja de su padre ardió. Y sin embargo, allí, sintiendo el roce de su manga contra el brazo, algo se encendió en él, una brasa frágil de conexión.

Los días se volvieron semanas. Compartieron comidas, repararon cercas juntos y cabalgaron por las vastas llanuras. La pradera, antes vacía y silenciosa, parecía latir de tensión cada vez que sus manos se rozaban. Cole notaba su risa, rara pero genuina, y Elellanar notaba cómo él observaba el horizonte, siempre alerta, siempre protector. La chispa creció sin que lo notaran, hasta que se volvió imposible de ignorar.

Sucedió una tarde. Una tormenta llegó del oeste, nubes oscuras rodando sobre la pradera, el viento levantando espirales de polvo. Elellanar cayó de su caballo cerca de la colina, el animal en pánico. Cole corrió bajo la lluvia, el corazón latiendo fuerte, la recogió en sus brazos. El agua corría por sus rostros, mezclándose con el polvo, el cabello pegado a las mejillas. Sus ojos se encontraron, la respiración entrecortada, y en ese instante la barrera de la obligación se rompió. Cole la besó, primero tímido, luego feroz, como si la pradera misma lo exigiera. El fuego los recorrió y la tormenta afuera reflejaba el caos interno. El beso, robado pero inevitable, ardió más que cualquier incendio.

Elellanar lo abrazó, y por un momento infinito, el mundo se redujo a ellos dos. Empapados de lluvia y emoción, la tormenta pasó, dejando una calma sobre la pradera. Pero ahora el aire entre ellos chisporroteaba con una tensión imposible de ignorar. El pueblo pudo haber forzado su matrimonio, pero la pradera reclamó sus corazones.

No todos los fuegos arden a la vista. Algunos laten bajo la superficie, esperando un viento para encenderse. El pasado de Cole tenía garras, y Red Creek era rápida para recordárselo. Rumores, viejos enemigos de sus días de forajido, y la sombra de la muerte misteriosa del sheriff amenazaban con apagar el calor que comenzaba a florecer entre él y Elellanar.

Una noche, llegó un forastero, alto, de hombros anchos, con un rifle colgado casualmente en la espalda.

—Maddox —llamó, la voz áspera como grava.

La mandíbula de Cole se tensó. El hombre había sido rival en otra vida, una que Cole pensó enterrada. Pero la pradera no olvida, y los rencores son profundos. Elellanar miraba desde el porche, el corazón en la garganta. Cole enfrentó al hombre con calma feroz. Se cruzaron palabras, amenazas murmuradas, manos acercándose a las armas. Pero cuando sonó el primer disparo, no fue hacia Cole, sino hacia Elellanar. Él se movió más rápido que el instinto, la empujó tras de sí, recibiendo la bala en el hombro. La sangre empapó su camisa, el dolor brillando, pero no la soltó. Las manos de Elellanar en su rostro, desesperadas. Y en ese instante, miedo y amor colisionaron.

Cole susurró contra su cabello:

—No voy a perderte. No ante nadie. No esta vez.

El atacante huyó, dejando un silencio tenso sobre Red Creek. Por primera vez, Elellanar comprendió que ese hombre, esposo reacio convertido en protector, había entregado su vida por ella. No por obligación, ni deber, sino por elección. Y esa elección forjó un vínculo más fuerte que la ley o cualquier agravio pasado.

La primavera amaneció sobre Red Creek, la pradera viva de luz dorada. Cole y Elellanar, manos entrelazadas, finalmente soltaron el peso de la obligación. Una tarde, Elellanar susurró:

—No quiero ser tu viuda nunca más.

Cole sonrió, apartando su cabello.

—Entonces sé mía, por completo.

Su beso, feroz y tierno, encendió la pradera silenciosa, transformando el deber en deseo. El pueblo observó, los susurros se volvieron admiración, mientras el viento llevaba la promesa de que el amor, una vez encendido, nunca se extingue.

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