Lo que me pasó cuidando a un señor de 80 años te dejará tocado

Lo que me pasó cuidando a un señor de 80 años te dejará tocado

El Rancho del Viejo Lobo

Nunca imaginé que aceptar ese trabajo en el rancho olvidado de las afueras de Durango cambiaría mi vida para siempre.

Era 1885 y yo, María, joven viuda de apenas 25 años, necesitaba dinero para sobrevivir en ese desierto polvoriento del norte de México. El viejo don Esteban, ranchero de ochenta años con más arrugas que un mapa viejo, me contrató para cuidarlo. Decían que era rico pero solitario, con un pasado que nadie mencionaba.

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La hacienda era una ruina rodeada de cactus y coyotes que aullaban por las noches. “Solo ayúdame con las comidas y las medicinas”, me dijo con voz ronca, como si el viento le hubiera raspado la garganta.

Pero desde la primera noche, sentí que algo andaba mal. Sus ojos hundidos y amarillentos me seguían como los de un lobo acechando a su presa.

Al principio, todo parecía rutinario: le preparaba pozole con chile guajillo, le cambiaba las sábanas empapadas de sudor y le leía la Biblia para calmar sus delirios. Don Esteban hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus historias eran como balas perdidas: duelos en Zacatecas, bandidos robando diligencias, y una mujer que lo había traicionado hace décadas.

—Ella era como tú, María —me susurraba a veces, con una sonrisa torcida que me erizaba la piel.

Yo fingía no oírlo, pero por dentro un escalofrío me recorría la espalda. ¿Qué secretos guardaba ese viejo? Porque su habitación siempre olía a humo de pistola y a algo podrido, como si la muerte ya estuviera merodeando.

Una tarde, limpiando el ático polvoriento, encontré una caja de madera tallada con iniciales. Dentro había cartas amarillentas, atadas con un lazo rojo descolorido. Las leía a escondidas, el corazón latiendo como tambor de guerra. Eran de una tal Magdalena, jurando amor eterno, pero terminaban en amenazas:

“Si no regresas, te maldeciré para siempre.”

Esa noche, don Esteban me llamó a su cama.

—María, acércate —murmuró.

Me senté a su lado y su mano arrugada tomó la mía con fuerza sorprendente.

—Tú eres ella, ¿verdad? Has vuelto para atormentarme.

Sus palabras me helaron la sangre. Intenté soltarme, pero apretó más fuerte y en sus ojos vi el brillo loco de un pistolero antes de disparar. Los días siguientes se volvieron una pesadilla.

Don Esteban empezó a mejorar milagrosamente, como si mi presencia le inyectara vida, pero sus atenciones se tornaron extrañas, casi obscenas. Me rozaba el brazo al pasar, me pedía masajes en la espalda que duraban horas y por las noches oía sus gemidos como si reviviera fantasmas eróticos.

Una vez entré sin llamar y lo encontré desnudo, mirándome con una lujuria que no pegaba con su edad.

—Ven, Magdalena, termina lo que empezamos —dijo.

Huí horrorizada, pero el rancho estaba aislado. El pueblo más cercano quedaba a dos días a caballo. ¿Quién me creería?

Entonces llegó la tormenta. Una noche de truenos que sacudían la tierra como cañonazos, don Esteban me despertó a golpes en la puerta.

—María, ayúdame. ¡Los bandidos vienen! —gritó.

Corrí a su lado y lo encontré temblando bajo las cobijas, pero no había bandidos, solo sus delirios. Me obligó a quedarme y me contó su secreto más oscuro: hace cincuenta años fue un forajido temido, conocido como el viejo lobo. Robó oro de una mina en Chihuahua, matando a sus socios en un duelo sangriento.

—Magdalena era mi amante —confesó con voz quebrada—. La maté cuando intentó traicionarme. La enterré bajo el piso de esta casa.

Mi estómago se revolvió. Miré el suelo de madera, imaginando huesos debajo. Pero lo peor vino después.

—Tú eres su reencarnación. Lo siento en tu piel, en tu aliento.

Intenté huir, pero él me agarró y en un forcejeo sentí su cuerpo frágil pero insistente presionándose contra mí. Fue asqueroso, un viejo con deseos prohibidos, susurrando promesas de placer mientras el relámpago iluminaba su rostro demacrado.

Al día siguiente decidí confrontarlo. Bajé al sótano, armada con una lámpara de queroseno y un cuchillo de cocina. El aire era fétido, como tumba abierta. Encontré un baúl oxidado y al abrirlo el horror me golpeó como una bala: huesos humanos envueltos en un vestido raído con iniciales. Grité, pero nadie oyó.

Don Esteban apareció en la puerta, cojeando con su bastón.

—Ahora lo sabes todo —dijo con una risa macabra—. Pero no puedes irte. El tesoro está aquí y tú serás mi guardiana.

Reveló que el oro estaba enterrado con el cadáver y que por años había buscado a alguien como yo para compartirlo… y algo más. Sus avances se volvieron violentos. Me acorraló contra la pared, sus labios secos rozando mi cuello, murmurando obscenidades sobre noches pasadas con Magdalena.

Luché, lo empujé y cayó golpeándose la cabeza. Sangre brotó como río rojo en el polvo. Pensé que estaba muerto, pero no. Se levantó como un demonio, persiguiéndome por la hacienda.

Corrí al establo, monté el único caballo y galopé bajo la lluvia. Detrás, sus gritos:

—Magdalena, regresa. El oro es nuestro.

El desierto tragaba mis lágrimas, pero el terror no me dejaba.

Llegué al pueblo de San Miguel, exhausta, y conté mi historia al sheriff, hombre curtido con bigote espeso y revólver al cinto.

—Don Esteban es una leyenda —me dijo—. Nadie ha vuelto de su rancho vivo.

Organizó una partida. Vaqueros armados con rifles Winchester, listos para el duelo final. Regresamos al atardecer, el sol pintando el cielo de sangre.

La hacienda parecía un fantasma. Entramos y encontramos a don Esteban en su cama, sonriendo como si nos esperara.

—Bienvenidos al infierno —susurró.

En un instante sacó una derringer oculta y disparó al sheriff. El caos estalló. Balas volando como avispas, vidrios rompiéndose, hombres gritando.

Yo me escondí detrás de un barril, pero don Esteban me vio.

—Tú y yo para siempre —rugió, avanzando.

Agarré un rifle caído y disparé. La bala le atravesó el pecho y cayó como un saco de huesos. Pero el horror no terminó.

Mientras los vaqueros saqueaban el sótano, encontraron el oro, monedas relucientes, y junto a ellas no solo los huesos de Magdalena, sino un diario.

Lo leí esa noche en la cantina del pueblo, con un trago de mezcal que quemó la garganta. Magdalena no era su amante, era su hija. La había violado y matado cuando amenazó con delatarlo. El viejo era un monstruo, y yo, sin saberlo, había revivido su pesadilla.

¿Era coincidencia que me pareciera a ella, o el destino me había enviado para vengarla?

Meses después, con mi parte del oro, compré un rancho propio en las afueras de Torreón. Pero las noches son eternas. Sueño con sus ojos, sus toques, sus secretos. A veces oigo su voz en el viento:

—María… Magdalena…

Y me pregunto si el mal del viejo lobo no se ha pegado a mí. ¿Seré la próxima en guardar tesoros sangrientos?

El desierto guarda muchos secretos, y el mío es el más oscuro. Lo que me pasó cuidando a ese señor de ochenta años me dejó marcada para siempre.

Cada sombra en la pared me recuerda que los muertos no descansan y los vivos pagan el precio. El pueblo habla de mí como de una heroína, la mujer que mató al fantasma del oeste. Pero yo sé la verdad: en ese rancho no solo cuidé a un viejo, desperté a un demonio.

Y en las cantinas, cuando los vaqueros cuentan historias alrededor del fuego, la mía es la que deja a todos en silencio, con el corazón latiendo fuerte.

Porque quién sabe qué horrores acechan en las haciendas olvidadas.

¿Aceptarías tú un trabajo así? Piénsalo, amigo.

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