“Mi cuerpo es demasiado grande… no soy material para criar” —dijo la Novia Gigante, pero….
Las trampas del desierto
En el año de 1876, cuando el sol abrazaba la tierra del norte de Sonora como si quisiera fundir las piedras mismas, don Anselmo Carrillo pastoreaba su vida en el rancho La Cruz de Hierro.
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El rancho no era grande ni ostentoso, apenas unas cien hectáreas de mezquite y nopal, un pozo que nunca se secaba del todo y una casa de adobe con techo de ocote. Pero era suyo, ganado con sudor tras veinte años de arrear ganado desde Chihuahua hasta Arizona, y defendido con plomo cuando los rurales mexicanos o los rangers tejanos se ponían ambiciosos.
Don Anselmo tenía sesenta y tres años, la espalda encorvada como arco apache y una barba que parecía hecha de alambre de púas. Sus ojos, dos carbones apagados, veían más de lo que decían. La gente de Cumpas lo llamaba el viejo, aunque él prefería que le dijeran Anselmo a secas.
Vivía solo desde que su mujer, doña Refugio, se lo llevó la fiebre amarilla diez años atrás, y desde que su único hijo, Pancho, desapareció en una estampida cerca del río Babispe. Decían que los apaches lo habían levantado; otros, que se había ido al otro lado buscando oro. Anselmo no preguntaba. Preguntar dolía.
Aquella mañana de julio, el viento traía olor a polvo y a algo más: a guerra.
Anselmo lo supo antes de que el perro viejo, Canelo, empezara a ladrar como poseído. Desde la loma del este venía una nube que no era de tormenta. Eran jinetes. Muchos. Demasiados.
—Apaches —musitó Anselmo, escupiendo el tabaco mascado.
Contó con el catalejo que le había quitado a un teniente francés en la batalla de Puebla: primero cien, luego doscientos, luego trescientos. Chiricahuas, sin duda. Plumas de águila, lanzas con puntas de obsidiana, rifles Winchester robados a los soldados de Porfirio Díaz. Venían en formación de media luna, como si el desierto mismo se hubiera levantado para tragarse el rancho.
Anselmo no tembló. Había visto peores cosas. Había visto a su compadre Desiderio colgado boca abajo en un mezquite, con las tripas al sol. Había visto a los niños de Magdalena quemados dentro de la iglesia. Sabía que los apaches no venían por ganado: venían por todo.
Cerró el catalejo y entró a la casa. Sacó del arcón el rifle Spencer que había comprado en Tucson, cargó los siete tiros y luego abrió el cajón secreto bajo el piso. Allí guardaba su orgullo: tres barriles de pólvora negra, cien metros de mecha lenta y un mapa dibujado a mano con tinta de nogal.
El mapa mostraba cada piedra, cada barranca, cada nopal viejo del rancho. Y mostraba algo más: la trampa. Años atrás, cuando aún tenía a Pancho, Anselmo había cavado un canal subterráneo desde el pozo hasta la loma del oeste. El canal era ancho como un hombre y profundo como un ataúd. Lo había llenado de agua del río en temporada de lluvias, y luego lo había tapado con tablas cubiertas de tierra y mezquite. Arriba parecía terreno firme. Debajo era un río escondido. Pero la trampa no era el agua; era lo que había puesto en el agua.
Venado, cabras, vacas viejas. Todo podrido, todo envenenado con estricnina. Había comprado la estricnina en Hermosillo diciendo que era para los coyotes. Nadie preguntó. Nadie nunca preguntaba al viejo.
El plan era simple: atraer a los apaches al terreno falso, hacer que cruzaran el canal y luego volar los barriles escondidos en las paredes de adobe del corral. La explosión rompería las tablas, el agua envenenada inundaría el terreno y los caballos beberían. Los apaches también. La estricnina mataba en minutos.
Anselmo sabía que no era honorable. Sabía que los apaches también tenían mujeres y niños esperando en las sierras, pero también sabía que si no los detenía no quedaría nada: ni rancho, ni pueblo, ni México.
Montó su caballo, un alazán flaco llamado Rayo, y cabalgó hacia Cumpas. Necesitaba testigos. Necesitaba que alguien viera lo que iba a hacer para que no lo llamaran cobarde después.
En el pueblo, la campana de la iglesia tocaba arrebato. Doña Chabela, la dueña de la cantina, corría con un crucifijo en la mano. El padre Ramírez bendecía a los hombres que cargaban mosquetes oxidados. Había veintitrés hombres en total, contando al herrero y al borracho del pueblo.
Anselmo los miró y negó con la cabeza.
—No vengan —dijo—. Esto es mío.
Pero lo siguieron igual. El miedo los hacía valientes.
Regresaron al rancho al atardecer. Los apaches ya estaban cerca. Se veían sus fogatas en la loma del este, como ojos rojos en la oscuridad.
Anselmo ordenó a los hombres del pueblo que se escondieran en la casa y en el corral. Les dio rifles y les dijo:
—Disparen cuando yo dispare. No antes, no después.
Él se quedó afuera, solo, en medio del terreno falso. Llevaba el Spencer en la mano y una tea encendida en la otra. La mecha lenta estaba conectada a los barriles. Solo tenía que encenderla y correr.
Los apaches llegaron con la luna. Primero los exploradores, luego la masa. El jefe era un hombre alto con una cicatriz que le cruzaba la cara como un río seco. Lo llamaban Naché. Anselmo lo conocía: había comerciado con él años atrás, cuando los chiricahuas aún aceptaban café y tabaco a cambio de pieles.
Naché alzó la lanza. Los apaches gritaron. Era un grito que helaba la sangre, un grito de cientos de gargantas que decían: hoy morirá el hombre blanco.

Anselmo esperó. Los primeros jinetes cruzaron la línea invisible del canal. Los caballos relinchaban, olfateando el agua debajo de la tierra. Naché cabalgaba al frente con el rifle alzado.
Entonces, Anselmo encendió la mecha y corrió.
La explosión fue como si la tierra se abriera y vomitara fuego. Los barriles estallaron en cadena, levantando una nube de polvo y adobe. Las tablas del canal se rompieron como huesos viejos. El agua envenenada brotó como una fuente negra, inundando el terreno. Los caballos bebieron. Los apaches bebieron.
El primer hombre cayó a los treinta segundos. Era un joven, no más de diecisiete años. Se agarró la garganta, los ojos en blanco. Luego cayeron diez, luego cincuenta. Los caballos se encabritaban, echando espuma por la boca. Naché intentó retroceder, pero su caballo ya había bebido. Cayó de rodillas, escupiendo sangre negra. Desde la casa, los hombres del pueblo disparaban. No era necesario. Los apaches morían solos.
Anselmo caminaba entre los cuerpos. El Spencer humeaba en su mano. No disparaba, solo miraba.
Naché aún vivía. Estaba de rodillas, con las manos en el estómago. Miró a Anselmo y habló en español torpe:
—Tú envenenaste el agua.
Anselmo se agachó frente a él.
—Tu gente quemó mi jacal en el 62. Mataron a mi mujer, se llevaron a mi hijo. Esto no es venganza, es supervivencia.
Naché sonrió. Una sonrisa horrible, con sangre en los dientes.
—Mi hijo también murió por tu gente en el río.
Anselmo no respondió. Sacó su cuchillo y cortó la garganta de Naché. Rápido, sin odio.
Cuando amaneció, el terreno estaba cubierto de cuerpos. Trescientos apaches, ninguno vivo. Los hombres del pueblo vomitaban. Algunos lloraban.
Anselmo no recogió su catalejo. Montó a Rayo y cabalgó hacia el pozo. El agua estaba limpia. Siempre lo había estado. El canal envenenado era solo para la trampa.
Enterraron a los apaches en una fosa común. Nadie rezó, nadie cantó, solo tierra sobre tierra.
Años después, cuando el ferrocarril llegó a Sonora y los gringos compraron el rancho, encontraron los huesos. Preguntaron qué había pasado. Los viejos del pueblo contaron la historia, pero siempre terminaban igual:
“El viejo no era malo, era necesario.”
Anselmo nunca volvió a Cumpas. Se fue al norte, dicen que a Arizona. Algunos dicen que lo vieron en Tombstone vendiendo caballos. Otros, que murió en una mina de plata. Nadie sabe.
Pero en las noches de luna llena, en el rancho La Cruz de Hierro, se escucha un caballo relinchando y un hombre viejo con barba de alambre camina entre los nopales contando estrellas.
Porque las trampas del desierto nunca mueren, solo esperan.