No Me Reconoces, Vaquero? Soy Tu Amor de la Infancia — Dijo laOeste
Sombras en el desierto
El sol ardía sobre el pueblo polvoriento y cada sombra parecía un secreto enterrado en la arena. Los cascos de los caballos resonaban como truenos lejanos mientras los forasteros cruzaban la calle principal. Pero aquel día había un silencio extraño, un aire denso que anunciaba tormenta, aunque el cielo estuviera limpio. El vaquero entró despacio, sombrero ladeado y la mano cerca del revólver.
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Nadie lo reconocía, o quizá fingían no hacerlo, porque en los ojos de todos se reflejaba el temor de quien conoce su propio pecado. Caminó hacia la cantina buscando solo whisky y olvido, pero lo que encontró fue mucho más que eso: el destino esperándolo, vestido de mujer, más salvaje que el mismo desierto.
La puerta chirrió y allí estaba ella, de pie bajo la luz del mediodía, con el cabello negro azotado por el viento y la piel tostada por el sol.
Sus ojos brillaban como brasas y sus labios se movieron con un veneno que lo atravesó como cuchillo.
—¿No me reconoces, cowboy?
Soy tu amor de infancia —dijo con voz grave y dulce, como una melodía rota—. Soy la belleza apache que juraste no olvidar jamás.
El vaquero sintió que el tiempo se desgarraba. Recordó los días en que corrían juntos por las praderas, cuando la inocencia todavía tenía lugar en su corazón. Ella era la hija del jefe apache, la niña que lo miraba con curiosidad mientras él trataba de enseñarle a montar, la que reía bajo la lluvia de verano. Pero esa niña ahora era mujer y en su mirada no quedaba ni rastro de risa, solo fuego, venganza y un secreto que podía destruirlo.
—Tú no puedes ser… —murmuró, temblando como si un fantasma lo hubiera alcanzado.
Ella dio un paso adelante, dejando que el sol delineara cada curva de su cuerpo adornado con collares de turquesa y cicatrices que contaban su historia.
—Soy yo y he vuelto para cobrar lo que me debes.
El pueblo entero guardó silencio, como si los clavos de madera y el polvo mismo contuvieran la respiración.
El vaquero supo que aquello no era un reencuentro cualquiera, sino el principio de algo mortal.
Quiso hablar, pero los recuerdos lo golpearon con la fuerza de un látigo.
Años atrás, en una masacre que nunca pudo olvidar, los hombres blancos habían arrasado la aldea: casas incendiadas, gritos, humo y, entre el caos, él huyendo, incapaz de protegerla.
Creyó que había muerto.
Creyó que todo se había perdido, pero ella estaba viva y en sus ojos brillaba la promesa de ajustar cuentas.
—Pensé que estabas muerta —dijo apenas, con voz rota.
—Y así debía ser —respondió ella, con una sonrisa amarga—. Pero los dioses del desierto me mantuvieron con vida para este momento.
Los hombres de la cantina se miraban entre sí, algunos con miedo, otros con curiosidad morbosa. Nadie se atrevía a interrumpir. Afuera, el viento levantó una nube de polvo que oscureció el horizonte, como si la tierra misma quisiera presenciar el duelo.
Él trató de acercarse, pero ella desenfundó un cuchillo con un movimiento tan rápido que el aire se cortó como seda.
—Un paso más y te rajo la garganta.
El vaquero no levantó las manos, solo la miró con una mezcla de culpa y deseo.
—Si quieres matarme, hazlo. No he vivido un día sin el peso de ese recuerdo.
Ella titubeó, porque no esperaba que él hablara con tanta calma. Sus labios temblaron, pero su mirada seguía ardiendo.
—No vine a matarte todavía, cowboy. Vine a que recuerdes quién soy. Vine a que el pueblo entero escuche la verdad.
El viento sopló fuerte y los ventanales se sacudieron. La gente empezó a murmurar. Algunos decían que era brujería, otros que era justicia. El vaquero supo que el pasado había regresado con un rostro hermoso y peligroso, y que no podría escapar.
Ella bajó el cuchillo, pero no lo guardó. Se acercó lo suficiente como para que él pudiera oler el humo de leña en su piel, escuchar el retumbar de su corazón.

—Cuando éramos niños, me prometiste que me protegerías de todo mal. Pero cuando los rifles sonaron, huiste como un cobarde. Yo vi cómo volteaste la cara mientras mi gente caía.
Y ahora vienes a este pueblo con tu sombrero y tu revólver como si fueras un héroe.
Él cerró los ojos, tragándose el veneno de aquellas palabras.
—Nunca quise dejarte. Intenté volver… —su voz se quebró—. Yo era un muchacho asustado.
Ella lo miró con desprecio, pero también con un dolor que la desarmaba por dentro.
—El niño murió y lo que queda de mí ya no sabe amar como antes.
De pronto, un grupo de forajidos entró a la calle. Eran los mismos hombres que tenían al pueblo bajo su yugo, ladrones de caminos que extorsionaban cada rancho y que ahora habían encontrado espectáculo gratis. El líder, un tipo enorme con cicatrices en la cara, se echó a reír.
—Miren nada más. El vaquero y la india enamorada. Qué farsa tan tierna.
Los hombres se carcajearon, pero el vaquero y la apache no apartaron la mirada uno del otro.
El jefe de los forajidos sacó su escopeta.
—Acabemos con esta escena de una vez.
Ella se volteó como un rayo y, antes de que él disparara, lanzó el cuchillo que se hundió en el cuello del bandido. La sangre salpicó la arena y los demás hombres desenfundaron sus armas. El vaquero no lo dudó. Sus pistolas cantaron como siempre lo habían hecho, rápidas y mortales.
En segundos, la calle se convirtió en un infierno de plomo, gritos y polvo. El pueblo entero se escondió tras puertas y ventanas, pero todos sabían que estaban presenciando algo legendario: el reencuentro de dos almas rotas en medio de un duelo sangriento.
Cuando el último bandido cayó al suelo jadeando, ella recogió su cuchillo manchado y lo miró fijamente.
—¿Ves? La muerte siempre me acompaña.
No tengo hogar, no tengo tribu, solo tengo esta furia.
Él guardó su revólver y se acercó lentamente, ignorando la amenaza.
—Tienes a alguien más —susurró—. ¿Me tienes a mí?
Ella quiso empujarlo, gritarle, decirle que lo odiaba, pero en el fondo sabía que la soledad pesaba más que el rencor. Se dejó tocar apenas con la yema de sus dedos en su brazo. Sintió un escalofrío, un recuerdo escondido, la risa de dos niños corriendo en la hierba. Una promesa que quizá aún podía cumplirse.
—No me pidas que olvide —dijo ella, temblando.
—No te pido que olvides —contestó él—. Te pido que me dejes demostrarte que todavía puedo pelear por ti.
El silencio volvió, pero ya no era de miedo, sino de expectativa.
El pueblo entero miraba escondido entre rendijas, sabiendo que esa historia apenas comenzaba.
Ella levantó la barbilla orgullosa, pero en sus ojos había lágrimas que no dejó caer.
—Si de verdad quieres estar a mi lado, cowboy, tendrás que seguirme al infierno, porque allí es donde pertenezco.
Él sonrió con tristeza, colocó su sombrero y dio un paso hacia ella.
—Entonces, muéstrame el camino.
Y juntos, bajo el sol abrazador del desierto, caminaron entre cadáveres y polvo, como dos fantasmas condenados a amarse en medio de la sangre.
El viento los envolvió y en el murmullo seco de la arena parecía escucharse un eco antiguo, la risa perdida de dos niños que alguna vez soñaron con un futuro distinto.
Pero en el salvaje oeste no había futuro, solo promesas rotas, balas y un amor que dolía tanto como la muerte.