«No puedo cerrar las piernas» le confesó la mujer gigante al apache solitario…Él bajó la mirada….

«No puedo cerrar las piernas» le confesó la mujer gigante al apache solitario…Él bajó la mirada….

La giganta del desierto y el apache solitario

“No puedo cerrar las piernas”, le dijo la mujer gigante al apache solitario. Él miró hacia abajo y vio algo increíble.

En el año del Señor de 1887, por los llanos resecos del norte de Sonora, donde el sol quema hasta el alma, caminaba solo el apache chiricahua llamado Tasunka Loco. Ya no tenía tribu. Los soldados mexicanos lo habían dispersado todo, mujeres, niños, caballos, hasta el último perro flaco. Solo le quedaba su rifle Winchester del 73, medio caja de cartuchos y un odio que le pesaba más que la sed.

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Iba rumbo al sur, buscando cruzar la sierra antes de que lo alcanzara la columna del coronel Terrazas, cuando al tercer día de caminar sin agua vio algo que ni en los delirios del peyote se le hubiera ocurrido.

Delante de una peña enorme, como si la hubiera parido la misma montaña, estaba una mujer blanca, pero no era mujer común. Medía fácil sus tres varas de alta, más de ocho metros, y eso que estaba sentada con la espalda contra la roca. Tenía el pelo rubio recogido en una trenza gruesa como lazo de vaquero, los brazos más fuertes que los muslos de un toro de lidia y unas piernas, Dios mío, unas piernas que parecían dos mezquites centenarios.

La mujer lloraba, no a gritos, sino con ese llanto hondo que sale cuando ya no queda esperanza. Tasunka se acercó despacio con el rifle listo, porque en aquellos tiempos nada era lo que parecía.

—¿Qué haces aquí, mujer? —preguntó en español duro de frontera.

Ella levantó la cara. Tenía los ojos azules, pero rojos de tanto llorar.

—No puedo cerrar las piernas —dijo con voz que retumbó como trueno lejano—. Y por eso me van a matar.

Tasunka frunció el ceño, miró y sí, las piernas de la gigante estaban abiertas, cada una apoyada contra un lado de la peña y entre ellas había algo que brillaba como si fuera un nido de oro puro, pero más grande que un carromato.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó el apache.

—Mi maldición —respondió ella—. Me llamo Brenildr, aunque aquí todos me dicen la gringa del desierto. Nací normal en un pueblo de Wisconsin, pero a los quince años empecé a crecer. Un día tras otro, mi padre me vendió a un circo ambulante. Recorrí media República Mexicana como la mujer más alta del mundo. Gané buen dinero, pero la gente solo quería ver el espectáculo. Nadie me tocó nunca hasta que llegué a un pueblo llamado Caborca.

Tasunka se sentó en una piedra sin bajar el rifle, pero ya no apuntaba. Escuchaba.

—Allí conocí a un hombre rico, don Prax Gándara, dueño de la mina de plata La Herradura. Me ofreció matrimonio. Yo, tonta, creí que alguien me quería de verdad. La noche de bodas, él me emborrachó con mezcal y me llevó a una cueva secreta en la sierra. Allí había un ídolo antiguo de los antiguos dueños de esta tierra, de tus antepasados, apache, un dios serpiente de obsidiana. Don Praxedes me obligó a tocarlo mientras él rezaba en una lengua que no entendía. Al amanecer desperté así, gigante, y con esto entre las piernas.

Señaló el brillo dorado.

—Es el tesoro de los antiguos. Cientos de kilos de oro en pepitas, placas y joyas que los españoles nunca encontraron. El ídolo lo guardaba. Ahora está pegado a mí como si me hubiera salido del cuerpo. No puedo cerrarlo. No puedo moverme más de dos pasos sin que duela como si me partieran en dos. Si intento arrancarlo, sangro y el oro vuelve a crecer. Don Praxedes se llevó la mitad la primera noche, pero no puede sacar el resto sin matarme. Por eso me dejó aquí, vigilada por sus pistoleros, hasta que encuentre la forma de cortarme sin que yo muera.

Tasunka se acercó más. El olor del oro era fuerte, como a sangre caliente. Vio que, en efecto, la carne de la mujer parecía fundida con el metal, como si hubiera nacido así.

—¿Y tus piernas, por qué no las juntas?

—Porque si las cierro, el tesoro se hunde dentro de mí y me ahogo en oro líquido. Ya lo intenté una vez. Estuve tres días vomitando pepitas. Por eso estoy así, abierta como puerta de corral, esperando que alguien me mate o me libere.

El apache se quedó callado un rato largo, luego se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.

—¿Y si te ayudo a llevarlo? —preguntó—. Yo conozco estas sierras. Puedo guiarte hasta la frontera. Allí tal vez algún médico yankee sepa cómo separarte de esa cosa.

La gigante soltó una risa amarga que hizo temblar la arena.

—¿Llevarlo tú? Si apenas llegas a mi rodilla, indio. Además, los hombres de Gándara están a menos de una legua. Vienen todas las noches a ver si ya estoy muerta o si el oro creció más.

Tasunka miró al sol. Faltaban tres horas para que anocheciera.

—Entonces hay que apurarse —dijo.

Sacó su cuchillo y empezó a cortar cuero de su propia camisa. Con tiras hizo una especie de arnés gigante. Luego trepó por la pierna de Brenildr como si fuera un risco. Ella lo miraba con ojos asustados.

—¿Qué vas a hacer?

—Voy a subir hasta ahí y ver si puedo aflojar algo. Aguanta.

El apache era ágil como puma. Llegó hasta la ingle de la mujer. El calor era infernal. El oro brillaba con luz propia. Tasunka metió la mano con cuidado. Tocó donde la carne se juntaba con el metal. Estaba caliente, pero no quemaba. Palpó algo duro, como una raíz.

—Es una especie de ombligo de oro —dijo—. Creo que si corto aquí…

—¡No! —gritó ella—. La última vez que lo intentaron me desangré.

Tasunka la miró a los ojos desde abajo.

—¿Prefieres quedarte aquí hasta que te pudras viva?

Brenildr apretó los dientes. Tenía lágrimas del tamaño de huevos de gallina rodando por sus mejillas.

—Hazlo —dijo al fin.

El apache respiró hondo, tomó el cuchillo con las dos manos y dio un tajo rápido, profundo. La mujer soltó un alarido que hizo huir a los coyotes a tres leguas. Brotó sangre, pero también oro líquido. Tasunka se detuvo. Siguió cortando, como quien abre un costal de maíz. De pronto, algo se dio. El tesoro entero se desprendió con un sonido húmedo, como si arrancaran una placenta. El bloque de oro cayó pesadamente al suelo, levantando una nube de polvo.

Brenildr gritó otra vez, pero esta vez de alivio. Intentó cerrar las piernas. Lo logró. Por primera vez en meses, sus muslos se juntaron. Se miró las manos temblando.

—Soy libre —susurró.

Tasunka bajó de un salto. Estaba cubierto de sangre y sudor, pero sonreía.

—Ahora sí podemos correr —dijo.

Pero no hubo tiempo. Desde el horizonte llegó el ruido de cascos. Eran doce jinetes, los hombres de Gándara, con rifles y antorchas. Los vieron, gritaron, dispararon al aire.

—¡La gringa! ¡Se escapó el oro!

Brenildr se puso de pie. Por primera vez en meses andaba erguida. Era tan alta que su sombra cubrió a los jinetes como un eclipse. Tasunka cargó su Winchester.

—Quédate atrás —le dijo ella, con voz que ya no temblaba.

Los pistoleros llegaron galopando. El primero levantó el rifle. Brenildr dio un paso. Su pie, grande como un yunque, cayó sobre el hombre y su caballo. Se oyó un crujido horrible. Los otros frenaron en seco.

—¡Disparen, idiotas! —gritó el capataz.

Pero ya era tarde. La gigante caminó hacia ellos. Cada paso era un terremoto. Agarró a dos jinetes por el cuello, uno con cada mano, y los estrelló contra el suelo como si fueran muñecos de trapo. Otro intentó huir. Ella lo alcanzó en tres zancadas y lo levantó hasta el cielo.

—Dile a don Práxedes que ya no soy su mina —dijo y lo arrojó tan lejos que desapareció entre los cerros.

En menos de un minuto no quedó nadie vivo. Los caballos corrían despavoridos hacia el norte. El desierto quedó en silencio otra vez.

Tasunka miraba todo con la boca abierta. Nunca había visto algo así. Brenildr se agachó, tomó el bloque de oro como quien levanta una silla y lo miró.

—¿Qué hacemos con esto?

El apache se encogió de hombros.

—Enterrarlo otra vez. El oro solo trae muerte.

Ella asintió. Juntos cavaron un hoyo enorme con las manos, metieron el tesoro. Encima pusieron la peña grande que había servido de respaldo a la mujer. Nadie lo encontraría jamás.

Cuando terminaron, el sol ya se ponía. Brenildr miró al apache, ahora que estaba de pie, él apenas le llegaba a la cintura.

—¿Y ahora qué?

Tasunka Loco: Ahora caminas conmigo hasta la frontera. Allá tal vez encuentres un lugar donde nadie te mire como raro.

—¿Y tú? ¿Qué ganas tú?

El apache se ajustó el sombrero.

—Compañía. Hace mucho que no hablo con nadie que no quiera matarme.

Caminaron hacia el norte. Ella con pasos de gigante que cubrían leguas, él corriendo a su lado como un perro fiel. A veces ella lo cargaba en el hombro para que descansara. Cruzaron ríos secos, sierras peladas, pueblos fantasmas donde los niños salían a verlos con la boca abierta.

Una noche, junto a una fogata pequeña, porque Brenildr ya no cabía en ninguna casa, ella le preguntó:

—¿Nunca te dio miedo tenerme cerca?

Tasunka negó con la cabeza.

—El miedo es para los que no han perdido todo. Yo ya no tengo nada que perder.

Ella lo miró largo rato, luego con mucho cuidado lo levantó y lo puso sobre su regazo como si fuera un niño.

—Entonces, quédate conmigo siempre —dijo—. Yo tampoco tengo nada más.

Y así fue. Nunca llegaron a la frontera. Se quedaron en un valle escondido entre la Sierra Madre y el desierto de Altar. Construyeron una casa enorme con troncos de mezquite. Brenildr cazaba venados con las manos. Tasunka enseñó a los pocos pastores de por allí que no se acercaran si no querían terminar aplastados.

Con los años nació la leyenda de la giganta del desierto y su apache. Decían que quien se perdía en esas tierras era encontrado al día siguiente, sano y salvo, con una marca de pie gigantesco al lado. Y el tesoro quedó enterrado para siempre bajo la peña, sin dueño, sin maldición.

Porque a veces la libertad vale más que todo el oro del mundo.
Y porque una mujer que ya no tiene que mantener las piernas abiertas por fuerza puede cerrarlas cuando quiera y abrirlas solo para quien ella decida.

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