“Para, ‘Mis Costillas Ya Están Rotas,’ Susurró — Pero Él La Sostuvo a Través del Dolor”

“Para, ‘Mis Costillas Ya Están Rotas,’ Susurró — Pero Él La Sostuvo a Través del Dolor”

Leyenda bajo la nieve de Nuevo México

El sol se hundía en el horizonte como una bala perdida, tiñendo de sangre el desierto nevado de las montañas de Nuevo México. Un disparo retumbó en el aire gélido, y el cuerpo de Elena cayó al suelo, el pecho ardiendo como si un demonio le hubiera clavado sus garras. Pero no era un demonio, era el plomo de un revólver disparado por el hombre que juraba amarla.
¿Cómo había llegado a esto? ¿Era traición o destino?

.

.

.

El viento aullaba como un coyote herido, y en ese momento Elena supo que su vida pendía de un hilo más delgado que el humo de una fogata apagada. Juan “el Lobo” Ramírez, el pistolero más temido de Texas a la frontera, la miró con ojos fríos como el acero. Había sido su protector, su amante bajo las estrellas solitarias. Pero ahora, con la nieve cubriendo sus botas gastadas, él apretaba el gatillo de nuevo.
¿Por qué?

El secreto que Elena guardaba en su vientre era demasiado peligroso: un hijo que no era de él, sino del sheriff corrupto que los perseguía. Suspenso en el aire: ¿dispararía de nuevo o el arrepentimiento lo detendría?

Elena jadeaba, el dolor recorriendo su cuerpo como un río de fuego. “Mis costillas ya están rotas”, susurró, pero Juan la sostuvo a través del dolor. Sus manos, callosas por años de empuñar armas, la levantaron del suelo helado. No era ternura, era supervivencia. Tenían que huir antes de que la pandilla los alcanzara.

La cabaña abandonada en el bosque de pinos era su único refugio. ¿Sobrevivirían a la noche?
Retrocedamos al principio, a ese pueblo polvoriento llamado Río Seco, donde todo comenzó.

Elena era la hija de un ranchero arruinado, con ojos azules como el cielo de Arizona y un espíritu indomable que atraía a los hombres como moscas a la miel. Llegó Juan, montado en un caballo negro como la medianoche, con una cicatriz cruzando su mejilla izquierda, recuerdo de una emboscada en las minas de plata.

—Busco trabajo —dijo con voz grave, pero sus ojos decían “busco problemas”.

Don Miguel, el ranchero, lo contrató como capataz. Al principio, solo miradas robadas en el corral, pero pronto las noches se llenaron de susurros apasionados en el granero.

—Te llevaré lejos de aquí —prometía Juan, mientras sus labios rozaban los de ella.

Pero el sheriff Vargas, un hombre gordo y ambicioso con bigote retorcido, también la deseaba. Controlaba el pueblo con puño de hierro, cobrando protección a los rancheros y traficando opio desde México.
Una noche de tormenta, Vargas forzó a Elena, dejándola con un secreto que ardía como pólvora. Cuando Juan descubrió el embarazo, su furia fue como un tornado.

—¿De quién es? —rugió empuñando su cuchillo.

Elena lloró, confesando la violación. Pero en el oeste el honor era todo. Juan juró venganza, y esa noche irrumpieron en la oficina del sheriff. Balas volaron como estrellas fugaces. Vargas cayó muerto, pero no sin herir a Juan en el hombro. Huyeron al amanecer con una recompensa de mil dólares sobre sus cabezas.

Ahora, en las montañas nevadas, el pasado los alcanzaba.
La pandilla de antiguos socios de Vargas los rastreaba como lobos hambrientos.

Elena, herida por el disparo accidental de Juan durante una emboscada, se aferraba a la vida.

—No me dejes —suplicó mientras él la cargaba hacia la cabaña.

El humo salía de la chimenea. ¿Amigo o enemigo?

Juan empujó la puerta de un puntapié, revólver en mano. Dentro, un viejo minero con barba blanca y ojos hundidos levantó las manos.

—No disparen, solo busco refugio del frío.

Se llamaba Pitt, un veterano de la guerra civil que había perdido todo en las fiebres del oro. Les ofreció sopa de frijoles y fuego, pero Juan lo ató a una silla por si acaso. Mientras Elena yacía en una manta raída, el dolor en sus costillas era insoportable.

—Mis costillas ya están rotas —murmuró, lágrimas congelándose en sus mejillas.

Juan la sostuvo, sus brazos fuertes envolviéndola como un escudo.

—Aguanta, mi amor. Sobreviviremos.

Pero el viento traía ecos de cascos lejanos. La pandilla se acercaba. Tensión al límite. ¿Cómo escaparían con Elena herida y un viejo atado?

La noche cayó como un manto negro y con ella los lobos humanos.
Un bandido mexicano con sombrero ancho y cicatrices lideraba a diez hombres armados hasta los dientes. Habían seguido el rastro de sangre en la nieve.

—¡Salgan, cobardes! —gritó, su voz resonando en el bosque.

Balas silbaron, astillando la madera de la cabaña. Juan respondió con fuego preciso, derribando a dos. Pitt, liberado por Elena en un acto de piedad, agarró un rifle oxidado.

—Luché en Gettysburg, no moriré aquí como un ratón.

Los tres resistieron, pero Elena, débil, se desmayó del dolor. Juan la revivió con agua helada.

—Quédate conmigo —imploró, besando su frente magullada.

En un giro inesperado, Pitt reveló su secreto: era un marshal encubierto persiguiendo a la banda por años. Tenía un plan: había un pasadizo bajo la cabaña, cavado por indios apaches.

Mientras Juan cubría la puerta, Pitt y Elena bajaron al túnel húmedo, lleno de raíces y oscuridad. Juan los siguió, pero una bala rozó su pierna. Sangre y suspense: ¿saldrían vivos?

El túnel llevaba a un cañón oculto donde caballos robados esperaban. Montaron y galoparon bajo la luna llena, la pandilla pisándoles los talones. Elena, atada al pecho de Juan, sentía cada bote como una puñalada.

—No puedo más —gimió.

Pero él la sostuvo firme.

—Sí puedes. Por nuestro hijo.

Llegaron a un río congelado, el único escape. La banda los acorraló en la orilla.

—¡Ríndanse! —aulló disparando.

Juan devolvió el fuego, matando al caballo del bandido. En el caos, el hielo crujió. Catástrofe inminente: los enemigos cayeron al agua gélida, arrastrados por la corriente en una avalancha de gritos.

Libres al fin, cabalgaron hacia el sur, hacia México, donde Juan tenía aliados en Chihuahua.
Elena dio a luz meses después en una hacienda, un niño fuerte con ojos como los de su madre.

Pero el oeste no olvida. Años después, rumores de un nuevo sheriff vengativo llegaron. El pasado regresaría. Juan, ahora ranchero, empuñaba su viejo revólver.

—Mis costillas ya están rotas —diría Elena en broma, recordando.

Pero él siempre la sostendría a través del dolor. La vida en la frontera era dura, llena de polvo, balas y promesas rotas.

Elena y Juan construyeron un hogar en las llanuras de Sonora, criando ganado y evadiendo la ley. Pitt, el marshal, les envió una carta: sobrevivió, pero viene por venganza.

Juan preparó trampas, entrenando a su hijo en el arte del tiro. Una noche tormentosa, el enemigo apareció como un fantasma con media cara quemada por el frío.

—¡Por Vargas! —rugió irrumpiendo en la casa.

Balas volaron de nuevo. Elena, ahora fuerte, agarró un Winchester y disparó, hiriendo al bandido. Juan lo remató en un duelo bajo la lluvia.

—Se acabó —dijo, abrazando a su familia.

Pero el oeste siempre tiene un último truco en su lecho de muerte.
Años después, Elena confesó otro secreto: el niño era de Juan, no de Vargas. La violación había sido una mentira para protegerlo de su propia ira.

Juan lloró, sosteniéndola hasta el final.

—Mis costillas ya están rotas —susurró ella por última vez.

Él la sostuvo a través del dolor hasta que su corazón dejó de latir.
Y así, en el vasto desierto, su leyenda perduró. El pistolero y la mujer que desafiaron al destino, unidos por amor y balas.
El viento aún susurra su historia en las montañas nevadas, recordando que en el viejo oeste el dolor forja leyendas eternas.

Related Posts

Our Privacy policy

https://rb.goc5.com - © 2026 News