«Por favor, no te vengas con tu leche adentro de mí porque estoy muy chiquita para eso»le dijo la…’
Hijos de la libertad
Una historia del Viejo México. Año de nuestro Señor de 1864.
En el polvo ardiente de Santa Esperanza, donde el sol quema hasta los pensamientos, se levantaba el mercado de carne humana. Era miércoles de feria grande y el aire olía a sudor, a tequila rancio y a miedo. En el centro del corralón, sobre una tarima hecha de cajones viejos, estaba Isabel Montes. Descalza, con el vestido desgarrado que alguna vez fue blanco, los pies sangrando por las caminatas desde Veracruz. Tenía 23 años y una espalda llena de latigazos que contaban su historia mejor que cualquier papel.
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El martillero gritaba en español mezclado con inglés para los compradores yankees que venían del norte.
—Señores, miren esta pieza. Fuerte, sana, buena para el campo y para la cama. 23 años, dientes perfectos, caderas de parir.
La gente reía. Algunos tocaban sus piernas como quien prueba un caballo. Isabel no bajaba la mirada. Sus ojos negros, profundos como pozos de agua en la sierra, desafiaban a cada hombre que se atrevía a mirarla. No lloraba. Ya no le quedaban lágrimas desde que los rurales mataron a su padre y vendieron a su madre al otro lado del Bravo.
En la primera fila, montado en un alazán negro que parecía tallado en noche, estaba don Rafael Montes Negro, hacendado de Monte de Luz, la hacienda más grande entre Durango y Zacatecas. Vestía completamente de negro, sombrero ancho, botas con espuelas de plata que tintineaban como campanillas de muerto. Tenía 38 años, pero parecía más viejo. Seis años atrás, el vómito negro se había llevado a su esposa Catalina y a sus dos pequeños, Rafaelito y María de la Luz, en menos de una semana. Desde entonces no sonreía, desde entonces no dormía.
Vio a Isabel y algo se movió dentro de él, algo que él creía muerto. Alzó la mano sin prisa.
—Mil doscientos en oro —dijo con voz que no admitía competencia.
El martillero abrió los ojos como platos. Era el doble del precio más alto del día.
—Adjudicada al señor Montes Negro.
La multitud murmuró. Rafael bajó del caballo, subió a la tarima y delante de todos tomó a Isabel por la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Te compré caro, mujer —dijo en voz baja, pero que todos oyeron—. Te voy a usar todas las noches hasta que me des muchos hijos. Esa será tu única función en mi casa.
Un silencio helado cayó sobre el mercado. Isabel lo miró directo a los ojos sin parpadear.
—Mi cuerpo podrás comprarlo, patrón —respondió con voz tan firme que hasta el viento pareció detenerse—, pero mi alma nunca estará en venta.
Rafael sintió que algo le quemaba por dentro, pero no supo si era rabia o vergüenza.
La bajó de la tarima, la subió al caballo delante de él y partieron rumbo a Monte de Luz sin mirar atrás.
La hacienda era un castillo de adobe y piedra rodeado de magueyes muertos. Las casas de los peones parecían tumbas alineadas. En el casco grande, los espejos estaban cubiertos con telas negras desde el luto. Los criados caminaban de puntillas para no molestar al amo que gritaba en sueños.
Isabel fue llevada a una habitación en el ala de servicio. Le dieron un vestido gris de indiana y le dijeron que al día siguiente empezaría a trabajar en la cocina. Nadie le explicó cuándo empezaría la otra parte del trato. Ella tampoco preguntó.
Los días se volvieron semanas. Isabel amasaba tortillas antes del amanecer, lavaba ropa en el pilón, ayudaba en el telar. Hablaba poco, pero escuchaba todo. Escuchaba a las otras mujeres: a Lupita, que había sido vendida por su propio padre; a Juana, que lloraba por sus hijos arrancados; a la vieja Marcelina que repetía que el amo ya no es hombre, es puro demonio con cara de hombre. Y escuchaba también los gritos de Rafael en la noche. Gritos que no eran de hombre fuerte, sino de niño asustado.
Lo veía llegar borracho al corral, golpear a los peones por nada, azotar caballos hasta hacerlos sangrar. Pero también lo veía desde la ventana de la cocina, sentado en la tumba de su familia bajo el mesquite con la cabeza entre las manos.
Una noche de tormenta, el cielo se abrió como si Dios quisiera lavar todos los pecados del mundo. El viento aullaba y la lluvia golpeaba los techos de teja como balas. Isabel estaba sola en el granero guardando el maíz cuando la puerta se abrió de golpe. Era Rafael, empapado, con la camisa pegada al cuerpo, los ojos rojos de tequila y de llanto.
—Vine por lo que es mío —dijo con voz ronca.
Isabel no se movió, lo miró como quien mira a un animal herido.
—Aquí estoy, patrón —respondió—. Haga lo que tenga que hacer.
Él dio un paso, luego otro, y de pronto cayó de rodillas en el suelo lleno de paja mojada. Su cuerpo temblaba.
—No puedo —sollozó—. No puedo tocarte. No puedo hacerte eso. Eres… eres igual que ella. Tienes sus ojos.
Y rompió a llorar como un niño con unos llantos que parecían arrancados del fondo del infierno. Isabel se acercó despacio, se arrodilló frente a él y, sin decir palabra, lo abrazó. Él se aferró a ella como náufrago a tabla. Lloraron los dos bajo la lluvia que entraba por las rendijas.

Al amanecer, Rafael la llevó a su despacho.
Sobre el escritorio estaba el libro de registro de la hacienda. Tomó una pluma y escribió con mano temblorosa la carta de libertad de Isabel Montes. La firmó, puso el sello de cera con el escudo de los Montes Negro y se la entregó.
—Eres libre —dijo sin mirarla a los ojos—. Puedes irte hoy mismo. Te doy un caballo y dinero para que llegues a donde quieras.
Isabel tomó el papel, lo leyó despacio y lo dobló con cuidado.
—¿Y las demás? —preguntó—. Lupita, Juana, Marcelina, las niñas del telar… ellas también son personas, no animales.
Rafael apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—No puedo cambiar el mundo en un día, Isabel, pero puedo empezar por mi casa si tú te quedas. Si tú me ayudas.
Ella lo miró largo rato. Afuera el sol salía rojo como sangre fresca.
—Me quedo —dijo al fin—, pero no como esclava, como mujer libre. Y si un día quiero irme, me iré sin pedir permiso.
Rafael asintió. Por primera vez en seis años, una sonrisa pequeña, casi tímida, asomó en su rostro.
Los cambios no fueron de un día para otro.
Primero echaron al capataz Ignacio el cruel, un hombre que disfrutaba azotando. Luego redujeron las horas de trabajo. Después construyeron una escuela chiquita donde Isabel enseñaba a leer a los niños y a las mujeres. Prohibieron los castigos corporales. Las tierras se repartieron en parcelas para quien quisiera trabajarlas por su cuenta.
Los hacendados vecinos decían que don Rafael se había vuelto loco, que una mujer lo había embrujado. Él solo contestaba:
—No estoy loco. Por primera vez en años estoy despierto.
Una tarde, sentados bajo el mezquite donde descansaban Catalina y los niños, Rafael tomó la mano de Isabel.
—Pensé que con dinero y poder llenaría el vacío —dijo—. Pero tú me enseñaste que el vacío solo se llena con libertad y con amor que no se compra.
Isabel apoyó la cabeza en su hombro.
—Yo también aprendí algo, Rafael. Aprendí que el odio no libera. Solo el perdón nos hace verdaderamente libres.
Se casaron un domingo de mayo en la capilla de la hacienda con las campanas repicando como si anunciaran el fin del mundo viejo. No hubo lujo, solo flores de maguey y las mujeres vestidas con sus mejores rebozos. Lupita fue la madrina. Marcelina llevó las arras hechas con monedas que alguna vez fueron cadenas.
Los años pasaron.
Monte de Luz dejó de ser hacienda para convertirse en pueblo libre. Las casas ya no eran de adobe gris, sino pintadas de cal blanca y azul. Los niños corrían descalzos, pero con libros bajo el brazo.
Una mañana de 1871, Isabel estaba en el porche con su primer hijo en brazos. Lo había llamado Libertad, aunque en el bautismo le pusieron José Libertad Montes. El niño tenía los ojos de su madre y la sonrisa de su padre.
Rafael se acercó, la abrazó por detrás y besó su cabello.
—¿Te acuerdas de aquella frase en el mercado? —preguntó ella en voz baja.
—¿Cuál?
—Te compré caro. Te voy a usar hasta que me des muchos hijos.
Rafael se quedó callado. Luego soltó una carcajada triste.
—Qué estúpido fui.
Isabel se dio la vuelta y lo miró a los ojos.
—Aquel día no compraste una esclava, Rafael. Compraste la oportunidad de ser mejor hombre. Y yo… yo elegí quedarme para ser mejor mujer.
El niño estiró su manita y agarró el dedo de su padre.
—Mira —dijo Isabel sonriendo—, este no es hijo de una compra, es hijo de una elección, hijo de la libertad.
En la distancia, el viento traía el canto de los peones, que ya no cantaban tristes corridos de esclavos, sino alegres sones de hombres libres. Y en el cielo de Durango las nubes dibujaban formas de alas abiertas.
Porque en Monte de Luz aprendieron algo que pocos aprenden: que ningún ser humano puede ser propiedad de otro, que el cuerpo se encadena, pero el alma siempre encuentra la forma de volar.
Y así termina esta historia, no con el sonido de cadenas rotas, sino con el latido de corazones que eligieron amarse siendo libres.