Por favor, sé amable… No me han amado en años | Emotiva historia de amor del Lejano Oeste
Por favor, ve despacio
En el año del Señor de 1878, cuando el ferrocarril apenas arañaba la piel de Sonora y los bandidos todavía colgaban de los mezquites como fruta madura, vivía en el rancho La Esperanza una mujer que parecía tallada en piedra de cantera.
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Se llamaba doña Esperanza Valenzuela, aunque todos la conocían como la viuda de hierro. Tenía 42 años, el cabello plateado recogido en un moño apretado y unos ojos grises que habían visto más muertos que vivos. Su marido, don Refugio, había muerto diez años atrás en una riña de cantina por una baraja marcada. Le metieron tres balas en el pecho y una en la dignidad. Desde entonces, Esperanza criaba sola a su hijo Anselmo, manejaba el ganado, pagaba peones y dormía con un Winchester bajo la almohada.
La Esperanza era un rancho mediano: doscientas cabezas de ganado, un pozo que nunca se secaba y una casa de adobe con portal de vigas de mezquite. Los vaqueros la respetaban, las comadres la temían. Decían que no volvía a sonreír desde que enterraron a Refugio en el panteón de Álamos. Decían que su corazón era un desierto donde ni los cactus querían crecer.
Una tarde de mayo, cuando el calor hacía bailar el aire como tequila en vaso caliente, llegó al rancho un hombre que nadie esperaba. Venía montado en un caballo alazán con una pata vendada, el sombrero lleno de agujeros de bala y una guitarra colgada al hombro como si fuera rifle.
Se llamaba Silverio Lobo Mendoza, aunque él decía que el apodo se lo había ganado por cantar, no por morder. Era alto, flaco, con bigote negro que parecía pintado con carbón y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda como un río seco. Había sido soldado en la guerra contra los franceses, después trotamundos, después cantante de cantinas y ahora buscaba trabajo.
—Buenas tardes, patrona —dijo quitándose el sombrero—. Vengo de Hermosillo. Mi caballo cojea y mi estómago canta más que yo. ¿Tiene un rincón para un guitarrero sin suerte?
Esperanza lo miró desde el portal. Vio el polvo en sus botas, la guitarra rota, los ojos cansados pero vivos. Algo se movió dentro de ella, pero lo aplastó rápido.
—Aquí no hay cantinas, Lobo. Solo trabajo. Si sabe lazar, arrear y no hablar de más, hay un catre en el corral y frijoles tres veces al día.
Silverio sonrió. Era una sonrisa de hombre que había perdido todo menos las ganas de vivir.
—Sé lazar, patrona. Y callar cuando hace falta.
Así empezó. Silverio se quedó, arregló el corral, curó al caballo alazán, ayudó a marcar terneros. Era bueno con las manos y mejor con los animales. Los peones decían que hablaba con los caballos como si fueran mujeres. Por las noches, después de la cena, sacaba la guitarra y tocaba corridos bajito para no molestar.
Esperanza lo oía desde su cuarto, con la ventana entreabierta. Las notas se colaban como humo y por primera vez en años no cerró la cortina.
Pasaron semanas. El rancho floreció, el pozo dio más agua, las vacas parieron terneros sanos. Silverio nunca se acercaba demasiado a la casa grande. Comía con los peones, dormía en el henil y cuando veía a Esperanza se quitaba el sombrero y bajaba la vista.
Ella lo observaba desde lejos: cómo cargaba sacos de maíz sin quejarse, cómo cantaba a los caballos para calmarlos, cómo reía con Anselmo cuando el muchacho le enseñaba a tirar la reata.
Una noche de luna llena, cuando el aire olía a jazmín y a cuero curtido, Esperanza no pudo dormir. Salió al portal con una taza de café amargo. Silverio estaba en el corral, tocando una melodía suave que parecía llorar.
—¿Qué canción es esa? —preguntó.
Silverio levantó la vista. La luna le pintaba la cicatriz de plata.
—Es una que compuse, patrona. Se llama “La viuda de hierro”. Pero no se enoje, no es burla, es respeto.
Esperanza sintió que el corazón le daba un vuelco. Nadie había compuesto nada para ella desde que Refugio le cantaba a la norteña en las ferias.
—Tócala otra vez —dijo.
Silverio obedeció. Las notas eran tristes, pero fuertes, como un río que lleva piedras. Cuando terminó, Esperanza tenía lágrimas en los ojos, pero no las dejó caer.
—Hace años que nadie me dedica nada —dijo—. Mi marido sí cantaba, pero ya no.
Silverio guardó la guitarra.
—Patrona, el amor no muere. Se esconde como el agua en la tierra seca. Solo hay que cavar.
Esperanza lo miró. Vio en sus ojos un desierto que también había llorado. Vio manos callosas que sabían ser suaves. Vio un hombre que no pedía, solo ofrecía.

—Ven —dijo—. Entra a la casa. Hace frío.
Silverio dudó, pero siguió sus pasos. Dentro, la casa olía a ocote y a café. Esperanza le sirvió un trago de mezcal en una copa de plata que había sido de su madre. Se sentaron frente a la chimenea. El fuego crepitaba.
—Lobo —dijo ella—, ¿por qué viniste aquí? No mientas. Un hombre como tú no se queda en un rancho perdido por frijoles.
Silverio tomó el mezcal de un trago.
—Porque vi sus ojos, patrona. Desde la puerta cuando llegué. Eran ojos de mujer que carga un mundo y yo sé lo que es cargar mundos. Mi mujer murió en el parto hace quince años. Mi hija con ella. Desde entonces canto para no volverme loco.
Esperanza sintió que algo se rompía dentro de ella, como un muro de adobe viejo que al fin cede.
—Refugio me dejó con un hijo y un rancho —dijo—. Yo lo amaba. Pero el amor duele más que la bala. Duele todos los días.
Silverio se acercó, puso una mano sobre la de ella. Era cálida, áspera.
—Esperanza. ¿Puedo llamarla así?
Ella asintió.
—Hace años que no me tocan —susurró—. Ni un abrazo, ni una caricia. Tengo miedo, Lobo. Miedo de volver a querer y volver a perder.
Silverio no dijo nada, solo la abrazó. Fue un abrazo lento, como quien abraza a un caballo herido. Esperanza se tensó, luego se dejó ir. Lloró contra su pecho. Lloró por Refugio, por Anselmo, por los años solos. Silverio la sostuvo hasta que las lágrimas se secaron.
Después la besó. Fue un beso como quien prueba el agua de un pozo nuevo. Esperanza respondió. Sus manos temblaban. Se apartó.
—Por favor, ve despacio —susurró—. Hace años que no me aman.
Silverio asintió. No pidió más.
Pasaron meses. La relación creció como un mezquite, lento, pero con raíces profundas. Silverio se mudó a la casa grande, pero dormía en el cuarto de los peones. Por las noches tocaba para Esperanza en el portal. Ella empezó a reír otra vez. Anselmo lo quería como a un padre. Los peones decían que la viuda de hierro se había vuelto de carne.
Una mañana de noviembre llegaron noticias malas. Un grupo de bandidos, los hermanos Gurola, había robado ganado en Acosari y venía hacia el sur. Decían que La Esperanza era el próximo blanco. Esperanza reunió a los peones. Silverio se ofreció a ir a Álamos por refuerzos, pero ella no lo dejó.
—Aquí te necesito —dijo.
La noche antes del ataque no durmieron. Sentados en el portal con el Winchester cargado y la guitarra al lado.
—Si muero mañana —dijo Silverio—, quiero que sepas que volví a vivir por ti.
Esperanza lo tomó de la mano.
—Yo volví a amar por ti. Pero no vas a morir. No te lo permito.
Al amanecer, los bandidos llegaron. Eran doce, armados con rifles y machetes. Los peones se atrincheraron en el corral. Esperanza disparaba desde la ventana con una precisión que asustaba. Silverio cantaba un corrido mientras cargaba el rifle, como si la muerte fuera una fiesta.
La batalla duró una hora. Dos peones cayeron. Un bandido huyó con una bala en la pierna. Al final, los Gurola se retiraron, dejando tres muertos y el ganado intacto.
Cuando el polvo se asentó, Esperanza corrió al corral. Silverio tenía una herida en el hombro, pero sonreía.
—¿Ves? —dijo—. Ni una bala me toca cuando canto pa’ ti.
Ella lo abrazó sin importar la sangre.
—Te amo, Lobo. Te amo como no amé nunca.
Se casaron en diciembre, bajo el mezquite del portal. Anselmo llevó los anillos. Los peones tocaron guitarras. No hubo cura, pero sí mezcal y tamales. Esperanza llevó un vestido negro con encaje que había guardado diez años. Silverio, una camisa limpia y su guitarra.
Los años pasaron. La Esperanza creció. Tuvieron una hija llamada Refugio, en honor al pasado, pero todos la llamaban Luz. Silverio enseñó a cantar a los tres niños. Esperanza dejó el Winchester en la pared, pero nunca dejó de ser fuerte.
Y cuando las comadres de Álamos preguntaban cómo la viuda de hierro había vuelto a amar, ella respondía:
—Me amó despacio. Como quien riega una planta seca, gota a gota, hasta que volví a florecer.
Así termina la historia de la mujer que había olvidado el amor hasta que un guitarrero le pidió que fuera despacio porque hacía años que no la amaban, y ella por primera vez se dejó querer.