“Quiero algo dulce, así que esta noche te tendré” – Susurró el vaquero rico a una joven de 20 años
No Suplicamos
El sol se hundía en el horizonte como una bala perdida, tiñendo el desierto de sangre.
En el pueblo olvidado de Río Seco, al norte de Chihuahua, el polvo bailaba con el viento mientras un forajido conocido solo como El Lobo entraba a caballo, su sombrero calado hasta las cejas y una cicatriz cruzándole la mejilla como un río seco. Nadie sabía su nombre verdadero, pero todos temían su revólver, que había mandado a más de una docena al infierno.
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Esa noche, sin embargo, no buscaba plomo. Buscaba a ella.
La mujer que había visto en un saloon semanas atrás, con ojos que ardían como chile habanero y un vestido rojo que prometía pecados que ni el cura se atrevería a confesar. El Lobo desmontó frente a la cantina La Serpiente, donde el aire olía a tequila rancio y humo de cigarro. Dentro, los vaqueros jugaban cartas, sus risas roncas cortadas por el sonido de una guitarra desafinada, pero él no prestó atención.
Sus botas resonaron en el piso de madera astillada mientras se dirigía al fondo, donde ella bailaba sobre una tarima improvisada.
Se llamaba Rosa, o eso decían. Su piel morena brillaba bajo las lámparas de kerosene y su falda se arremolinaba como una tormenta de arena. Los hombres la miraban con hambre, pero ella no les daba ni una migaja. Bailaba para sí misma, como si el mundo fuera su enemigo y el ritmo su venganza.
De repente, un disparo rasgó el aire. Un borracho, celoso de su indiferencia, había sacado su pistola y apuntado al techo.
—Baila para mí, maldita puta —gritó tambaleándose.
La multitud se congeló, pero Rosa no. Sus ojos se clavaron en el idiota, fríos como el acero. Antes de que pudiera reaccionar, El Lobo cruzó la sala en tres zancadas, su mano volando al gatillo. Un tiro limpio y el borracho cayó muerto con un agujero humeante en el pecho. El silencio fue ensordecedor.
Rosa lo miró no con miedo, sino con curiosidad.
—¿Por qué? —murmuró.
Él solo sonrió, una sonrisa torcida que ocultaba secretos.
—¿Por qué no suplicas? —respondió en voz baja y se fue, dejando el cadáver como advertencia.
Esa fue la chispa. Al día siguiente, el pueblo bullía de rumores.
“El Lobo había matado por ella”, decían. Pero Rosa sabía que no era tan simple. Vivía en una cabaña al borde del desierto, un refugio de adobe y madera donde criaba gallinas y cultivaba maíz en un pedazo de tierra árida.
Había huido de un marido abusivo en Sonora, un hacendado que la trataba como ganado.
Ahora era libre, o eso creía. Pero la libertad en el viejo oeste mexicano era un espejismo, siempre acechada por bandidos y federales corruptos.
El Lobo apareció esa tarde, su caballo atado fuera.
Llevaba el torso desnudo bajo los tirantes, músculos forjados por años de fuga y pelea, una bandana azul al cuello y el revólver colgando bajo. Golpeó la puerta con el puño y cuando Rosa abrió, el viento trajo el olor a cuero y sudor.
—Vengo por ti —dijo directo como una bala.
Ella se rió, amarga.
—Todos vienen por lo mismo. Mi cuerpo.
Lo acusó con la mirada, cruzando los brazos sobre su vestido rojo, el mismo que usaba para bailar.
Él negó con la cabeza, sentándose en una silla sin invitación.
—No te quiero porque suplicas.
Sus palabras colgaban en el aire cargadas de misterio. ¿Qué significaba eso?
Rosa sintió un escalofrío, no de miedo, sino de algo más profundo, como si él viera a través de su armadura. La noche cayó como un manto negro y con ella llegó la tormenta. Relámpagos iluminaban el desierto, revelando siluetas de cactus como guardianes espectrales.
Dentro de la cabaña, El Lobo contó su historia alrededor de una fogata improvisada.
Había sido un peón en una mina de plata en Durango hasta que el patrón lo acusó falsamente de robo y lo azotó casi hasta la muerte. Escapó matando a su verdugo y desde entonces vagaba, robando a los ricos para sobrevivir.
—He visto mujeres que ruegan por misericordia —dijo su voz ronca—. Pero tú, tú luchas. Eres como el desierto: dura, hermosa, implacable.
Rosa lo escuchaba, su corazón latiendo fuerte.
Por primera vez en años no se sentía sola, pero entonces un trueno retumbó y con él un golpe en la puerta. Eran los hombres del hacendado, su exmarido. Habían seguido su rastro desde Sonora. Una banda de seis pistoleros con rifles Winchester y ojos sedientos de venganza.
—Sal, maldita y trae al cabrón que mató a nuestro compadre en el saloon —gritó el líder, un tipo con bigote espeso y cicatrices de viruela.
El Lobo se puso de pie, revólver en mano. Rosa agarró un cuchillo de la cocina, su hoja brillando a la luz del fuego.
—No suplicaré —murmuró ella, y él sonrió.
La puerta se astilló bajo una patada y el infierno se desató. Balas volaron como avispas enojadas.
El Lobo disparó primero, derribando al líder con un tiro en la frente. Rosa apuñaló a otro que se acercó demasiado, la sangre salpicando su vestido rojo como pintura fresca.
Rodaron por el piso luchando en la penumbra mientras afuera la lluvia convertía el desierto en lodo. Un pistolero agarró a Rosa por el cabello, pero ella le clavó el cuchillo en el cuello, un chorro caliente empapando el suelo. El Lobo, herido en el hombro, recargó su Colt con dedos temblorosos.
—¡Corre! —le gritó, pero ella negó.
—No suplico ni huyo.

Juntos acabaron con los últimos dos en un tiroteo feroz. El eco de los disparos perdiéndose en la tormenta.
Amaneció con el desierto lavado, el sol naciente pintando todo de oro. El Lobo yacía en la cama, Rosa vendando su herida con tiras de su propio vestido.
Él la tomó de la mano, sus ojos encontrándose en un silencio cargado.
—Me quieres por mi cuerpo —lo acusó ella de nuevo, pero esta vez con una sonrisa juguetona.
—No —replicó él—. Te quiero porque no suplicas.
Eres mi igual, no mi presa.
Se besaron entonces, un beso que sabía a sangre y libertad mientras el viento susurraba promesas fuera.
Pero la paz duró poco.
Días después, un mensajero llegó al galope.
El hacendado en persona venía con un ejército de federales comprados, jurando venganza por sus hombres muertos.
El Lobo y Rosa sabían que no podían quedarse.
Empacaron lo esencial: municiones, agua, un mapa robado y montaron en el caballo de él, cabalgando hacia el norte, hacia la frontera con Texas. El desierto era un mar de arena interminable, con coyotes aullando en la distancia y buitres circundando como presagios.
En una noche sin luna, acamparon en un cañón oculto. Alrededor del fuego, Rosa confesó su secreto más oscuro.
Había matado a su marido antes de huir, no solo escapado. Lo envenenó con arsénico en su café, viéndolo retorcerse hasta el final.
—No suplico por mi vida —dijo, lágrimas en los ojos.
El Lobo la abrazó, sus cuerpos entrelazados bajo las estrellas.
—Por eso te quiero —murmuró.
Hicieron el amor entonces, apasionado y urgente, como si el mundo terminara al amanecer.
Pero al alba oyeron cascos. Los perseguidores estaban cerca. La persecución fue brutal. Galoparon por tunas y cañones, balas silvando a su alrededor.
El caballo del Lobo cojeó, herido por una bala perdida.
Tuvieron que abandonarlo y correr a pie, escondiéndose en una cueva. Dentro, en la oscuridad, planearon su contraataque.
—Usaremos el terreno —dijo él—. El desierto es nuestro aliado.
Rosa asintió, cargando un rifle robado.
Salieron al atardecer, emboscando a los federales en un paso angosto. Disparos resonaron como truenos, cuerpos cayendo como sacos de harina.
El hacendado, un hombre gordo con uniforme adornado, gritó órdenes hasta que una bala de Rosa le atravesó el pecho. Murió gorgoteando, sus ojos llenos de sorpresa.
Con los enemigos derrotados, El Lobo y Rosa emergieron victoriosos, pero marcados.
Él tenía una nueva cicatriz en la pierna, ella una herida en el brazo.
Cabalgaron hacia un pueblo nuevo, uno donde nadie los conocía.
Allí compraron una pequeña ranchería con el oro robado del hacendado. Vivieron como marido y mujer. Aunque nunca se casaron, la ley no era para ellos.
Criaron caballos y cultivaron frijoles, pero siempre con revólveres al alcance.
Años pasaron y el desierto cambió, pero ellos no.
Una noche, sentados en el porche, Rosa lo miró.
—¿Aún piensas que no suplico? —preguntó.
Él río.
—Por eso te quedaste conmigo.
Su amor era como el cactus espinoso, resistente, floreciendo en la adversidad.
Pero el destino tenía un último giro.
Un viejo enemigo del Lobo, un bandido de su pasado minero, los encontró. Llegó con una pandilla exigiendo venganza.
La batalla final fue épica.
En las calles polvorientas del pueblo, Rosa luchó como una leona, disparando desde una ventana mientras El Lobo enfrentaba al líder en un duelo clásico.
—¡Por mi hermano, cabrón! —gritó el bandido.
El Lobo fue más rápido, su bala acertando en el corazón.
Al final, con el humo disipándose, se abrazaron.
—No suplicamos —dijo ella.
—Luchamos.
Y así, en el viejo oeste mexicano, su leyenda creció.
La pareja que no rogaba, que tomaba lo que quería con fuego y acero.