«Quiero un hijo tuyo» – La apache que le cambió la vida a un ranchero solitario

«Quiero un hijo tuyo» – La apache que le cambió la vida a un ranchero solitario

Seis palabras y un sí

En el año del Señor de 1887, en un rincón olvidado entre la sierra Tarahumara y el desierto de Sonora, vivía un hombre solo llamado Comoliri. Tres años llevaba sin cruzar palabra con alma cristiana ni pagana. Su jacal estaba en el fondo de un valle donde el viento silbaba como alma en pena y los coyotes cantaban misa de medianoche.

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Con era irlandés de nacimiento, pero la frontera lo había golpeado hasta dejarlo medio mexicano, medio fantasma. Hablaba poco, trabajaba mucho y todavía rezaba. Todos los días eran iguales: ordeñar las tres vacas flacas, remendar cercas, cortar leña, contemplar cómo el sol se ponía detrás de los cerros color sangre. Los vecinos más cercanos estaban a dos días de caballo y nunca venían. Con no los extrañaba.

Había llegado huyendo de algo que ni él mismo nombraba: una mujer muerta en Dublín, una bala perdida en la guerra de los yankees, un hermano colgado por cuatrero en Texas. Todo eso lo llevaba bien guardado bajo el sombrero.

Una mañana de marzo, mientras clavaba alambre de púas en el potrero del oriente, sintió que alguien lo miraba. Alzó la vista y ahí estaba ella: una mujer apache montada en un alazán sin marca. Llevaba el cabello suelto hasta la cintura, negro como ala de cuervo, y un vestido de gamuza que le llegaba a media pierna. No traía rifle ni arco, solo un cuchillo en la cintura. Lo miraba fijo, sin parpadear, como si lo midiera para ataúd o para cama.

Con dejó el martillo en el suelo. El corazón le dio un brinco, pero no retrocedió. La mujer espoleó al caballo y se acercó despacio hasta quedar a tres varas.

—Buenos días —dijo en español.

Por costumbre, él no contestó el saludo. Ella lo miró de arriba abajo, como quien revisa un caballo antes de comprarlo, y habló en español claro, pero con ese tono seco de la sierra:

—Necesito un hijo tuyo.

Con sintió que el mundo se le venía encima. Abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. Ningún sonido salió. La mujer esperó. No sonreía, no se burlaba, solo esperaba.

—¿Cómo te llamas? —logró balbucear él.

—Kiona, hija de Nioli, de los Netnight. Última sangre pura que queda en estas tierras.

Con tragó saliva. Había oído hablar de los Netnight, los más fieros, los que nunca firmaron paz con nadie, ni mexicanos ni gringos. Se decía que ya casi no quedaban.

—¿Y por qué yo? —preguntó con voz ronca.

—Porque te estuve mirando cinco días —respondió ella sin titubear—. Te vi curar al becerro cojo sin pegarle. Te vi hablarle bajito al caballo viejo cuando ya no podía más. Te vi enterrar al perro que se te murió sin maldecir al cielo. Los hombres que pegan, gritan y matan por gusto están por todos lados. Tú no. Tú eres de los que aguantan. Yo quiero que mi hijo tenga esa sangre también.

Con sintió que la tierra se movía bajo sus botas. Nunca nadie le había hablado así. Ni su madre, ni la mujer que dejó en Irlanda, ni los compañeros de armas.

—No soy valiente —dijo al fin—. Tengo miedo de casi todo.

—Por eso mismo —respondió Kiona—. El valiente de mentira es el que no siente miedo. El hombre de verdad es el que tiembla y no corre. Ven.

Y sin más, dio media vuelta y se alejó al trote. Con se quedó parado como idiota, con el martillo en la mano y el corazón latiéndole en las sienes.

Esa noche no pegó ojo. Se sentó en el porche con una botella de mezcal que guardaba desde hacía dos años. Tomó un trago, otro y otro. Cuando el gallo cantó, ya había decidido que si la mujer volvía, él no la iba a correr. Y volvió. Al tercer día apareció al atardecer, esta vez a pie, llevando una manta y un morral. Entró al jacal sin pedir permiso, miró alrededor, olió la olla de frijoles y dijo:

—Mañana viene Tecacuita. Es el guerrero que el consejo quería darme por marido. Va a querer matarte. Si te matan, yo me busco otro. Pero preferiría que no te mataran.

Con sintió frío en la espalda.

—¿Y qué hago?

—Nada. Quédate quieto. Si corres, te mata. Si sacas pistola, te mata. Si le tienes miedo pero no te mueves, quizá no te mate.

Eso fue todo. Kiona se acostó en la esquina sobre una piel de venado y durmió como si estuviera en su propia casa.

Al día siguiente llegó Tecacuita. Venía con tres guerreros más, todos pintados de guerra, plumas de águila y lanzas. Tecacuita era alto como un pino, con cicatrices que le cruzaban el pecho como caminos. Bajó del caballo y caminó directo hacia Con, que estaba sentado en una silla remendando un lazo.

—Este hombre blanco no sirve ni para abono —dijo Tecacuita en apache, pero lo bastante alto para que Con entendiera el tono.

Kiona salió del jacal y se plantó al lado de Con.

—Este hombre blanco es el que yo elegí —respondió en la misma lengua—. El consejo puede discutir conmigo, no con él.

Tecacuita escupió al suelo.

—Una mujer no elige. El consejo elige.

—Entonces que el consejo venga y me lo diga a la cara.

Hubo un silencio que pesaba como plomo. Los otros guerreros miraban a Tecacuita. Este levantó el puño para golpear a Con. Con no se movió ni levantó la vista del lazo. Temblaba por dentro, pero las manos seguían trabajando el cuero como si nada. Tecacuita detuvo el golpe a media altura. Miró a Kiona, miró a Con. Vio algo en los ojos del irlandés que no esperaba: miedo puro, pero sin súplica. Bajó el brazo.

—Este hombre no tiene huevos —dijo al fin—. Pero tampoco tiene miedo de morir. Eso es raro.

Dio media vuelta y se fue con los suyos. Nadie lo persiguió.

Cuando los caballos se perdieron en el horizonte, Kiona se acercó a Con.

—¿Te orinaste encima? —preguntó con una media sonrisa que era la primera que Con le veía.

—Poco faltó —respondió él y por primera vez en años se rió. Una risa seca, como madera que cruje.

Esa noche hubo tormenta. El cielo se abrió como si lo partieran con un machete. El viento arrancaba tejas del jacal. El agua entraba por todas partes. Kiona miró el techo y dijo:

—Sube y arréglalo o nos ahogamos los dos.

Con miró la escalera rota, los relámpagos, la lluvia que caía como balas. Las piernas le temblaban.

—No puedo —dijo—. Me caigo.

—Entonces nos morimos —respondió ella, tranquila.

Con respiró hondo, se santiguó aunque ya no creía en nada y subió. Cada paso era una oración sin palabras. El viento lo empujaba, el agua le cegaba los ojos, pero clavó las tejas una por una con las manos sangrando. Cuando bajó, Kiona lo esperaba con una cobija.

—Te dije que no quería un hombre sin miedo —susurró—. Quería un hombre que tuviera miedo y aún así hiciera lo que debe hacer.

Con la miró. La tormenta rugía afuera. Adentro solo se oía el latido de dos corazones que ya no estaban solos.

Seis días después de aquel primer encuentro, bajo una luna llena que parecía una moneda de plata recién acuñada, Kiona y Con se unieron como hombre y mujer en la orilla del arroyo. No hubo sacerdote ni chamán, solo el agua, los grillos y la promesa callada de que ya no volverían a estar solos.

Tres lunas después, Kiona sintió al niño moverse dentro de ella. Lo supo antes de que nadie más lo notara. Una mañana se acercó a Con, que estaba herrando un caballo, y le puso la mano en el pecho.

—Va a ser niño —dijo—. Lo siento fuerte como un potrillo.

Con dejó caer el martillo, se quedó mirando la mano de ella sobre su camisa, luego la panza que apenas empezaba a redondearse.

—¿Estás segura? —preguntó con voz temblorosa.

—Tan segura como que el sol sale por el oriente.

Entonces Con hizo algo que no había hecho en años. Lloró. Lloró como hombre, sin vergüenza, con la cara escondida en el cuello de Kiona.

Días después llegaron los ancianos del consejo. Venían a caballo lentos, envueltos en mantas a pesar del calor. El más viejo, un hombre llamado Vini, con el rostro como cuero curtido, desmontó frente al jacal.

—Escuchamos que la mujer Netnight eligió al hombre blanco —dijo sin preámbulos.

Kiona salió con la cabeza alta.

—Lo elegí. Y ya lleva mi hijo.

Los ancianos se miraron. Hubo murmullos. Vini se acercó a Con, que estaba de pie junto a la puerta, sin sombrero, con las manos abiertas para mostrar que no llevaba armas.

—¿Tú estás dispuesto a aprender nuestra lengua, nuestras historias, nuestras leyes?

Con miró a Kiona, luego al viejo.

—Estoy dispuesto a aprender lo que sea necesario para que mi hijo no tenga que elegir entre un mundo y otro. Que pueda caminar en los dos sin avergonzarse de ninguno.

El viejo lo observó largo rato, después asintió despacio.

—Entonces te enseñaremos, pero si un día fallas a esta mujer o a este niño, te cortaremos el cuello y dejaremos tu cuerpo para los sopilotes. ¿Entendido?

—Entendido —respondió Con sin pestañar.

Los ancianos se quedaron tres días. Enseñaron a Con las primeras palabras en apache. Le contaron cómo los Netnight habían luchado contra españoles, mexicanos y americanos sin rendirse nunca. Le enseñaron a hacer fuego sin cerillos, a rastrear venados, a cantar las canciones que se cantan cuando nace un niño.

Cuando se fueron, Kiona y Con se quedaron solos otra vez, pero ya no era lo mismo.

Una noche, meses después, cuando la panza de Kiona ya parecía una sandía madura, se sentaron en el porche a ver las estrellas.

—¿Te acuerdas de lo primero que me dijiste? —preguntó Con.

Kiona sonrió en la oscuridad.

—Claro que me acuerdo.

—Seis palabras no más —dijo él—. Seis palabras que me cambiaron la vida.

—¿Cuáles fueron mis seis palabras?

—Necesito un hijo tuyo. Eso dijiste.

—¿Y tú qué contestaste, Comoliri?

Él tomó la mano de ella, la puso sobre su corazón.

—Contesté la palabra más corta y más valiente que he dicho en mi vida.

—¿Cuál?

—Sí.

Kiona se acercó, apoyó la cabeza en su hombro y con ese sí empezó todo, susurró.

En la primavera siguiente nació el niño. Lo llamaron Yol, como el abuelo apache y como el padre que ya no era extranjero. Tenía los ojos verdes del irlandés y el cabello negro como la noche de la madre. Cuando lloró por primera vez, los coyotes callaron y hasta el viento pareció detenerse para escuchar.

El hombre que había vivido tres años muerto en vida, ahora tenía una mujer que lo había elegido sin pedirle nada a cambio, un hijo que llevaba dos mundos en la sangre y un corazón que ya no tenía miedo de sentir.
Y todo por seis palabras y por una sola respuesta.

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