Se Mudó a una Granja Abandonada — ¡Pero 2 Mujeres Gigantes Ya Estaban Ahí!

Se Mudó a una Granja Abandonada — ¡Pero 2 Mujeres Gigantes Ya Estaban Ahí!

La Granja de las Gigantas

El sol se ponía como una bala de cañón en el horizonte del desierto, tiñendo el cielo de rojo sangre, como una advertencia de peligros ocultos. Javier Ruiz cabalgaba solo, polvo pegado al sombrero raído y al poncho desgastado. Huía de un pueblo minero en Sonora, donde una partida de cartas terminó en balazos y en la muerte de un hombre que no merecía morir. Con unas cuantas monedas y un revólver cargado, buscaba refugio en una vieja granja abandonada que había oído mencionar en una cantina.

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—Está maldita —le dijeron los vaqueros, riendo con sorna—. Nadie dura ahí más de una noche.

Javier no creía en maldiciones, solo en la suerte y en las balas. Al llegar, la granja parecía un esqueleto olvidado: casa de adobe agrietada, corral vacío salvo por unos huesos blanqueados por el sol y un pozo seco que olía a muerte.

Desmontó de su mustang flaco, Rayo, y ató las riendas a un poste torcido. El viento silbaba entre las vigas, como si el lugar susurrara secretos. Javier empujó la puerta chirriante y entró, pisando tablones que crujían bajo sus botas. El interior estaba oscuro, muebles cubiertos de polvo y telarañas colgando como velos fúnebres. Encendió una lámpara de queroseno y la luz temblorosa reveló algo inesperado: huellas frescas en el suelo. Huellas enormes, de botas gigantes, que no pertenecían a ningún hombre que él conociera.

Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Quién demonios ha estado aquí? —murmuró, sacando el revólver.

Exploró la casa, habitación por habitación, el corazón latiéndole como un tambor de guerra. En la cocina encontró restos de comida, tortillas recientes y un guiso que aún humeaba levemente en una olla de barro. No estaba solo.

De repente, un ruido sordo vino del exterior, pasos pesados que hacían temblar la tierra. Javier corrió a la ventana, apartando una cortina raída. En el corral, bajo la luna que empezaba a asomar, vio dos siluetas imposibles: mujeres altas como árboles, músculos tensos bajo piel bronceada, túnicas de cuero que apenas cubrían sus formas colosales.

Una, con trenza negra como la noche, levantó una viga del corral como si fuera una ramita. La otra, idéntica pero con una cicatriz en la mejilla, reía con una voz profunda que retumbaba en el aire. Javier se pegó a la pared, sudor frío bajándole por la sien. ¿Gigantas en el viejo oeste? Pensó que el desierto le jugaba una mala pasada, que el tequila había sido envenenado. Pero eran reales, al menos dos metros y medio, hombros anchos como yugos de bueyes, piernas que podrían aplastar a un hombre de un pisotón. Se movían con gracia felina, hablando en un dialecto mixto de español e inuat que Javier apenas entendía.

—Él llegó —dijo la de la cicatriz, señalando la casa—. Lo huelo.

La otra asintió, sus ojos negros brillando como obsidiana bajo la luna. Javier retrocedió, tropezando con una silla que cayó con estrépito. Las gigantas se volvieron hacia la puerta. El pánico lo invadió.

Corrió al sótano, bajando escaleras podridas que gemían bajo su peso. Allí abajo, en la penumbra, encontró algo peor: cadenas oxidadas clavadas en la pared, manchas oscuras que parecían sangre seca y un altar improvisado con cráneos de animales y plumas de águila.

¿Qué clase de lugar era ese?
Recordó leyendas de los indios junto a la fogata: guardianas ancestrales, mujeres guerreras bendecidas por los dioses para proteger tierras sagradas. Pero estas no parecían protectoras, parecían depredadoras.

Un rugido de viento subió desde el pozo conectado al sótano y Javier juró oír voces susurrando su nombre. Arriba, las pisadas retumbaban como truenos.

—¡Sal, cobarde! —gritó una, su voz haciendo vibrar las paredes.

Javier se ocultó detrás de un barril, el revólver temblando en la mano. La puerta del sótano se abrió con un crujido y una sombra gigantesca descendió: la de la trenza, su figura llenando el marco como un eclipse. Bajó paso a paso, cada uno haciendo caer polvo del techo.

Javier contuvo el aliento, pero su caballo relinchó afuera, traicionándolo. La giganta giró la cabeza, sus ojos perforando la oscuridad.

—Te veo, pequeño hombre —dijo con una sonrisa de dientes afilados.

Javier disparó. La bala rebotó en su piel como si fuera piedra, dejando solo una marca roja. Ella rió, un sonido que helaba la sangre.

—Las balas de los blancos no nos tocan. Somos hijas de la tierra.

Avanzó hacia él, manos enormes extendidas. Javier retrocedió, cayendo en una trampa: un pozo disimulado que lo arrastró a las profundidades. Gritó mientras caía, el aire silbando a su alrededor.

Aterrizó en agua fría y fétida, en una cueva subterránea iluminada por hongos luminosos. Tosió, escupiendo lodo y miró arriba: el agujero era un círculo lejano, con las gigantas asomadas riendo. La cueva era un laberinto de túneles con pinturas rupestres que contaban historias de gigantes devorando intrusos. Javier se arrastró, agua hasta las rodillas, buscando salida. Oyó ecos de pasos arriba, pero también algo más: un gruñido animal en la oscuridad.

Se volvió y vio ojos amarillos brillando. Un jaguar enorme y negro acechaba desde las sombras.

—¿Qué demonios…? —jadeó.

El animal saltó, pero Javier rodó a un lado, disparando de nuevo. Esta vez la bala dio en el blanco y el jaguar aulló, retrocediendo herido. Pero el ruido atrajo a las gigantas. Una cuerda bajó por el pozo y la de la cicatriz descendió, aterrizando con un golpe que lo salpicó.

—Ahora eres nuestro —dijo, agarrándolo por el cuello como a un pollo.

Javier pataleó, inútil. Su fuerza era sobrenatural. Lo arrastró de vuelta a la superficie, donde la otra gigante esperaba junto a una hoguera encendida en el corral. Lo ataron a un poste, como a un sacrificio.

—Hace años esta tierra era nuestra —explicó la de la trenza, avivando el fuego—. Los colonos vinieron, nos expulsaron, pero volvimos más fuertes gracias al espíritu de la montaña.

Javier vio que no eran solo grandes, eran inmortales o algo parecido. Cicatrices antiguas cubrían sus cuerpos, heridas de batallas olvidadas.

La noche se llenó de suspense. Javier forcejeaba con las cuerdas, su mente girando en busca de escape. Recordó una historia de su abuelo: las guardianas solo podían ser derrotadas con fuego sagrado, no con balas. Miró la hoguera. Fingió desmayarse y las gigantas se relajaron, discutiendo en su lengua antigua sobre qué hacer con él.

—Lo cocinaremos —dijo una—. O lo usaremos para atraer a más.

El corazón de Javier latía con furia. Con esfuerzo, soltó una mano y alcanzó su cuchillo oculto en la bota. Cortó las cuerdas en silencio, el sudor perlando su frente. Cuando se liberó, saltó hacia la hoguera, agarrando un leño ardiente.

—¡Atrás! —gritó, blandiendo el fuego como un arma.

Las gigantas retrocedieron, sus ojos mostrando miedo por primera vez.

—El fuego de los dioses… —murmuró una.

Javier las enfrentó, el leño chisporroteando, pero la de la cicatriz sonrió de pronto.

—Eres valiente, pequeño, pero no sabes todo —señaló el horizonte.

Una tormenta se acercaba, relámpagos iluminando nubes negras.

—La lluvia apagará tu fuego.

El suspense creció. Javier corrió hacia la casa, las gigantas persiguiéndolo con pasos que sacudían el suelo. Entró, barricando la puerta con muebles. Afuera, ellas golpeaban la madera, astillándola.

En un cajón encontró un viejo libro de hechizos indígenas, polvoriento y amarillento. Lo abrió febrilmente: rituales para invocar espíritus, pero uno hablaba de debilitar a las guardianas con sal y hierbas. Buscó en la cocina: había sal, y en el jardín seco unas plantas marchitas que reconoció como salvia sagrada. Mezcló todo en un cuenco, murmurando las palabras del libro. El viento aullaba, la tormenta rompiendo con truenos.

Las gigantas irrumpieron, derribando la puerta. Javier les arrojó la mezcla y al tocarlas humearon como si ardieran. Gritaron, retrocediendo.

—¡Maldito! —rugió la de la trenza.

Pero la lluvia empezó, apagando la hoguera exterior y diluyendo la mezcla. Javier huyó al sótano de nuevo, bajando al pozo. En la cueva encontró un túnel que salía al desierto. Corrió bajo la lluvia, el barro pegándose a sus botas. Las gigantas lo seguían, sus voces secas como maldiciones.

Encontró una cueva más profunda, con un altar antiguo. Allí, un cristal brillaba: el corazón de su poder. Lo rompió con el mango del revólver y un estruendo sacudió la tierra. Las gigantas aullaron desde arriba, sus formas encogiéndose, volviéndose normales.

¿O era una ilusión?

Amaneció. Javier salió exhausto. La granja estaba vacía, las mujeres desaparecidas.
¿Habían sido reales?
Encontró huellas gigantes que se desvanecían en la arena. Montó en Rayo y cabalgó lejos, pero en su mente el suspense perduraba.

¿Volverían?
El desierto guardaba secretos, y ahora él era parte de ellos.

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