¿Siempre Tienes la Mente en lo que Hay Debajo de mi Falda? La Viuda dijo al Joven Vaquero
Bajo la falda de la viuda
La viuda se inclinó sobre el fuego crepitante, su falda blanca rozando las llamas como un fantasma en la noche del desierto. El joven vaquero, con el sombrero ladeado y el revólver aún caliente en la cartuchera, no podía apartar la mirada.
Pero no era su curva lo que lo hipnotizaba, era el secreto que se ocultaba allí, un secreto que podía matarlo en un instante.
—Siempre tienes la mente en lo que hay debajo de mi falda —dijo la viuda al joven vaquero, con una sonrisa que cortaba como un cuchillo abajo.
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Juanito el tejano, como lo llamaban en los ranchos fronterizos, había cabalgado desde El Paso bajo un sol que quemaba como el infierno. Era 1885 y la frontera entre Texas y México era un nido de víboras, bandidos, federales corruptos y viudas con ojos que prometían paraíso, pero entregaban veneno. Juanito era joven, apenas 22 años, con una cicatriz en la mejilla izquierda de un duelo perdido contra un cuatrero en Chihuahua.
Su caballo, un Mustang negro llamado Sombra, cojeaba después de la larga travesía, pero él no se detenía. Buscaba trabajo, o eso decía. En realidad, huía de un sheriff que lo acusaba de robar ganado que no era suyo.
El pueblo de San Miguel era un agujero polvoriento en el corazón de Coahuila, con salones donde el tequila fluía como sangre y las cantinas cantaban corridos de traición. Al llegar, Juanito ató a Sombra fuera del salón El Coyote Rojo. Dentro, el aire estaba espeso de humo de cigarro y risas forzadas.
Pidió un trago de mezcal y escuchó las habladurías.
—La viuda Rosario —murmuraban los vaqueros—. Su marido, el viejo don Emilio, apareció muerto en el río con la garganta rebanada como un cerdo. Dicen que ella lo hizo, pero nadie prueba nada. Ahora maneja el rancho sola y contrata hombres jóvenes, pero ninguno dura mucho.
Juanito sintió un escalofrío. No era miedo, sino curiosidad.
Esa noche cabalgó hasta el rancho de la viuda, una hacienda grande con corrales llenos de caballos salvajes y un pozo que decían estaba maldito. La viuda lo recibió en la puerta, vestida de negro como una sombra viviente.
Era hermosa, con cabello oscuro como la medianoche y ojos verdes que brillaban como esmeraldas robadas.
—¿Buscas trabajo, muchacho? —preguntó con voz suave, pero sus labios se curvaban en una sonrisa que escondía colmillos.
—Sí, señora. Soy bueno con las reces y el lazo —mintió Juanito, aunque su verdadero talento era el gatillo rápido.
Ella lo miró de arriba a abajo, como evaluando una pieza de carne.
—Entra. La noche es fría en el desierto.
Dentro de la cabaña principal, el fuego ardía en la chimenea, iluminando las paredes de adobe. Había un olor a chile y tortilla fresca, pero también algo metálico, como hierro oxidado. La viuda se quitó el reboso, revelando un camisón blanco que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel.
Juanito se sentó en una silla de madera fingiendo indiferencia, pero su corazón latía como un tambor apache.
—¿Por qué un joven como tú viene a un lugar como este? —preguntó ella, sirviendo café negro en tazas de barro—. La frontera come hombres vivos.
—Busco fortuna, señora, y quizás una aventura.
Ella rió, un sonido que erizaba la piel.
—Aventura… Sí, aquí hay mucha. Mi marido la buscó y encontró la muerte.
Se acercó al fuego, agachándose para atizar las brasas con un hierro. Su falda se levantó ligeramente, revelando piernas bronceadas por el sol mexicano. Juanito tragó saliva, su mente vagando a lugares prohibidos.
De repente, ella se giró captando su mirada.
—Siempre tienes la mente en lo que hay debajo de mi falda —dijo con tono juguetón, pero sus ojos eran fríos como el acero de un Colt.
Juanito enrojeció, balbuceando.
—No, señora, yo solo…

—¿Mientes, vaquero? Todos los hombres mienten.
Se enderezó, acercándose a él con pasos lentos.
—Pero quizás te muestre lo que hay ahí abajo. No es lo que piensas.
El corazón de Juanito se aceleró. Era una invitación o una trampa. En el desierto, las viudas solitarias a veces eran brujas, decían los viejos, o peor, aliadas de bandidos.
Ella levantó el borde de su falda lentamente, revelando no piel suave, sino una funda de cuero atada al muslo. Dentro brillaba la hoja de un cuchillo curvo, manchado de sangre seca.
—Esto mató a mi marido —susurró— y a los tres hombres que contraté después.
Juanito saltó de la silla, mano en el revólver.
—¿Qué demonios…?
—Tranquilo, muchacho, siéntate. Te contaré una historia que te helará la sangre.
La viuda se sentó frente a él, el fuego danzando en sus pupilas.
Don Emilio no era un santo. Robaba tierras a los indios tarahumaras, mataba por diversión. Una noche lo encontré con una mujer en nuestro lecho. Lo degollé como a un borrego. Los federales no investigan mucho por aquí, un soborno y listo.
Juanito sudaba.
—¿Entonces por qué me cuentas esto?
—Porque necesito un socio. Hay oro en las minas abandonadas al sur, oro que Emilio escondió antes de morir. Pero hay guardianes, los fantasmas de los mineros muertos, y bandidos reales como El Lobo que merodea con su pandilla.
La propuesta era tentadora. Oro significaba libertad, un rancho propio, lejos de la ley. Pero el cuchillo en su muslo era un recordatorio: traición igual muerte.
—Acepto —dijo Juanito, aunque el miedo le mordía las entrañas—, pero con condiciones. Mitad y mitad.
Ella sonrió.
—Hecho. Mañana cabalgamos.
Esa noche Juanito durmió en el establo, soñando con ojos verdes y cuchillos sangrientos.
Al amanecer partieron hacia las sierras, Sombra y el caballo vallo de la viuda pisando arena caliente. El sol azotaba como un látigo y el viento llevaba ecos de aullidos lejanos.
—¿Crees en maldiciones, vaquero? —preguntó ella mientras ascendían un cañón rocoso.
—Solo en las que se disparan con plomo —respondió él, vigilando las sombras.
Llegaron a la mina al atardecer, una boca negra en la montaña rodeada de cruces improvisadas.
—Aquí murieron veinte hombres en un derrumbe —explicó la viuda—. Emilio los dejó atrapados para quedarse el oro.
Entraron con antorchas, el aire húmedo y opresivo. Juanito sentía ojos invisibles observándolos. De pronto, un ruido. Pisadas.
—¡Bájate! —gritó la viuda, sacando su cuchillo.
De las tinieblas surgió El Lobo, un bandido alto con bigote espeso y ojos locos, flanqueado por cuatro hombres armados.
—Rosario, mi amor, sabía que vendrías por el oro.
Juanito sacó su revólver, pero estaba superado.
—¿Lo conoces?
—Ese cabrón era el amante de mi marido. Juntos robaron el oro. Yo los descubrí y maté a Emilio, pero El Lobo escapó.
El bandido rió.
—Ahora te mataré a ti, perra, y al cachorro este.
El tiroteo estalló como trueno. Juanito disparó, acertando a uno en el pecho. La viuda lanzó su cuchillo, clavándolo en el cuello de otro. Pero El Lobo era rápido. Baleó a Juanito en el hombro, sangre caliente brotando. Cayó al suelo, visión borrosa.
La viuda luchaba como una leona, esquivando balas y cortando tendones.
—¡Levántate, vaquero! —gritó con esfuerzo.
Juanito se incorporó, disparando a ciegas. Acertó a El Lobo en la pierna, derribándolo. Los dos bandidos restantes huyeron en la oscuridad.
Heridos, pero vivos, encontraron el oro: sacos llenos de pepitas brillantes ocultos en una caverna.
—Mitad y mitad —jadeó la viuda, vendando la herida de Juanito.
Pero mientras cargaban el tesoro, un derrumbe empezó, rocas cayendo como lluvia mortal.
—¡Maldición! —gritó Juanito—. ¡Corre!
Escaparon por poco, el polvo ahogándolos.
Fuera, bajo la luna, la viuda lo miró.
—Sobrevivimos. Ahora, ¿qué hay de lo que hay debajo de mi falda? ¿Aún curioso?
—Solo si no hay más cuchillos —rió Juanito, dolorido.
Pero la historia no acababa. Días después, de vuelta en el rancho, Juanito descubrió una carta en las alforjas de la viuda: un pacto con federales para entregar a El Lobo a cambio de inmunidad. Lo usaría a él como cebo.
La noche siguiente, junto al fuego, ella se inclinó de nuevo.
—Siempre tienes la mente en lo que hay debajo de mi falda.
Esta vez él vio no solo el cuchillo, sino un tatuaje: una serpiente enroscada, símbolo de traidores.
—Sí —respondió, mano en el revólver—. Y creo que hay más secretos ahí.
Ella se enderezó, ojos centelleando.
—Tal vez, pero en el oeste los secretos matan.
Juanito disparó primero, la bala rozando su oreja.
—No me traiciones, viuda.
Ella rió.
—No lo haré si compartes el oro y la cama.
Así empezó su alianza precaria, cabalgando por el desierto, oro en las alforjas y muerte en los talones. Pero en cada fogata, Juanito se preguntaba qué más escondía bajo esa falda: ¿un corazón negro, quizás, o la llave a su propia tumba?
Meses pasaron. El dúo se volvió leyenda: la viuda sangrienta y el tejano rápido, robando a ricos hacendados y evadiendo la ley. En un pueblo llamado Durango enfrentaron a un sheriff corrupto que los rastreaba. El duelo fue épico: balas volando bajo el sol del mediodía, cuerpos cayendo como moscas, pero el suspense crecía.
Juanito encontró un medallón en las cosas de la viuda. Pertenecía a su hermana muerta, asesinada por Emilio.
—¿Venganza? —preguntó una noche.
—Sí —admitió ella.
—¿Y yo soy parte de ella?
El golpe vino en una emboscada. Bandidos atacaron su campamento. En la lucha, la viuda fue herida, falda rasgada. Bajo ella, no solo el cuchillo, sino una cicatriz horrenda, quemadura de hierro candente, marca de esclava.
—Fui vendida de niña —confesó, lágrimas raras en sus ojos—. Emilio me rescató, pero solo para usarme. Lo maté por eso.
Juanito sintió piedad, luego amor.
—Te protegeré.
Pero el giro final: El Lobo sobrevivió y regresó con un ejército.
En la batalla final, en las ruinas de una misión abandonada, balas y cuchillos danzaron. Juanito mató a El Lobo, pero la viuda fue baleada en el pecho. Moribunda, susurró:
—Bajo mi falda hay un mapa tatuado. Al oro mayor. Vívelo por mí.
Juanito lloró, enterrándola bajo un cactus florido. Cabalgó solo, el secreto en su mente, pero el desierto susurraba:
Valió la pena.