¡Tenemos diez putos años con hambre de mujer,cabrona! dijeron los tres hombres gigantes la viuda…
Los Cuatro Vientos
En el año de 1889, en las tierras áridas y olvidadas del norte de Chihuahua, llegó una mujer sola en un carro tirado por dos mulas flacas. Se llamaba Bun Web Wedmore, tenía 32 años, el cabello del color del trigo seco y unos ojos verdes que parecían haber visto ya demasiadas traiciones.
Venía de San Luis Potosí, donde vendió todo lo que tenía: la casa de su difunto esposo, las joyas de su madre, hasta el reloj de bolsillo de su padre, para comprar —a través de un abogado borracho— una hacienda perdida que se llamaba Los Cuatro Vientos.
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Tres días de camino infernal, sol que quema el alma, polvo que se mete hasta los huesos, coyotes que aúllan como almas en pena. Cuando al fin divisó el caserón de adobe entre mesquites y nopales gigantes, el corazón le dio un salto, pero no estaba sola.
En el corral había tres hombres. Tres hombres que parecían tallados en la misma piedra de la sierra, altos como pinos, anchos de hombros, brazos como troncos de encino, barbas espesas y ojos que habían aprendido a no parpadear ante nada. Uno era rubio, quemado por el sol; otro, moreno con cicatriz en la mejilla; el tercero, el más alto, de piel cobriza y trenza negra hasta la cintura.
Los tres la miraban sin moverse. Bon apretó las riendas. El rifle Winchester estaba bajo el asiento, pero sabía que si lo buscaba no llegaría a tocarlo.
—Buenas tardes, señora —dijo el rubio con voz que retumbó como trueno lejano—. Usted debe ser la nueva dueña.
—Así es —respondió ella, tratando de que no le temblara la voz—. Bon Whitmore. ¿Y ustedes?
—Nosotros —dijo el de la cicatriz, dando un paso— somos lo que quedó del trato con don Marcos Vences.
El nombre le cayó como plomo. Marcos Vences era el antiguo dueño, el que le vendió la tierra por telegrama y desapareció con su dinero.
—¿Qué clase de trato? —preguntó, y su mano ya rozaba disimuladamente la culata del revólver que llevaba al cinto.
El indio de trenza habló por primera vez, con voz profunda y lenta.
—Don Marcos nos prometió tres cosas: trabajar la tierra juntos, repartir ganancias y compartir mujer. Dijo que la nueva dueña aceptaría todo lo que él dejaba pendiente. Lo puso por escrito, confirma y sello. Aquí lo tenemos.
Sacó del morral un papel amarillento, doblado mil veces. Bon lo tomó con dedos que no querían obedecer. Leyó. Era verdad. En la última cláusula, con letra temblorosa de borracho, Marcos Vences había escrito: “El nuevo propietario, sea hombre o mujer, asumirá todas mis obligaciones, incluso las de compañía y cama con mis socios Ezequiel, Trinidad y Hilario.”
El mundo se le vino abajo. Los tres hombres la miraban sin sonreír, pero tampoco con maldad. Solo esperaban.
Bon retrocedió hasta el carro. El corazón le latía tan fuerte que creía que lo oían.
—No sé qué clase de animales son ustedes —dijo sacando el revólver—, pero yo no soy parte de ningún trato de putas.
El rubio, Ezequiel, levantó las manos abiertas.
—Señora, baje el arma. Nadie la va a tocar si no quiere. El papel ese no vale ni el culo del diablo si usted no lo quiere. Nosotros no somos violadores.
—Entonces, ¿qué quieren? —gritó ella.
—Queremos que nos escuche —dijo Trinidad, el de la cicatriz—. Cinco minutos. Después, si quiere irse, váyase. Pero vea primero lo que hicimos con esta tierra.
La llevaron a recorrer la hacienda. Bon, aunque seguía con el dedo en el gatillo, no pudo evitar quedarse con la boca abierta. Habían abierto un canal desde el río Conchos que corría a diez leguas. El agua llegaba limpia y constante. Habían sembrado maíz, frijol, calabaza. Los surcos eran rectos como flechas. El corral tenía cincuenta cabezas de ganado gordo, caballos pura sangre, gallinero con más de doscientas gallinas. Hasta un pequeño viñedo empezaba a dar uvas dulces. Todo hecho con las manos de estos tres hombres en tres años.
—Y todo esto —dijo Hilario, el indio— lo hicimos creyendo que éramos socios. Don Marcos se llevó el dinero de la venta de las primeras cosechas y nos dejó deudas en Chihuahua, en Parral, en Jiménez. Deudas que ahora son suyas también, según los papeles.
Bon sintió que la tierra se abría. Las deudas eran enormes, casi todo lo que ella había pagado por la hacienda.
—¿Y qué proponen? —preguntó ya más calma.
—Que nos quedemos —dijo Ezequiel—. Nosotros trabajamos la tierra como siempre. Usted pone el dinero para pagar las deudas. Todo legal ante notario. Sin tocarla si no quiere. Pero si un día quiere, nosotros estamos.
Los días siguientes fueron raros. Bon dormía con el rifle al lado, pero los tres hombres nunca cruzaron la puerta de la casa grande sin llamar. Le dejaban la comida preparada, le arreglaban el tejado, le traían flores silvestres que ponían en un jarro sobre la mesa sin decir palabra.
Una noche, después de contar el dinero que le quedaba y ver que apenas alcanzaba para pagar la mitad de las deudas, Bon salió al corral. Los tres estaban sentados alrededor del fuego bebiendo café negro.
—Está bien —dijo ella—. Acepto, pero con mis reglas.
Los tres alzaron la vista.
—Primero —continuó—, vamos mañana mismo a Chihuahua a ver al notario. Todo por escrito, nuevo contrato. Segundo, el dinero que pongo es préstamo con interés. Tercero, lo de compartir cama se verá cuando yo quiera, como yo quiera, y si alguna vez digo no, es no para siempre. ¿Entendido?
Los tres asintieron sin pestañar.
—Entendido, patrona —dijo Trinidad. Y por primera vez sonrió.
Los meses pasaron como agua de acequia. Primero fue el trabajo. Bon descubrió que los tres eran máquinas. Ezequiel sabía de ganado como nadie. Trinidad tomaba potros que parecían demonios. Hilario hablaba con la tierra y hacía crecer hasta piedras. Ella, que había sido maestra en San Luis, llevó los libros, negoció precios, escribió cartas.
En tres meses pagaron todas las deudas y aún sobró para comprar un toro semental de pura raza.
Una noche de lluvia fuerte, Bon salió al corredor. Ezequiel estaba allí fumando bajo el alero.
—¿Frío? —preguntó él.
—Un poco.
Él se quitó la chamarra y se la puso. Sus manos se rozaron. Bon no las retiró. Después vino Trinidad con una botella de sotol que había destilado él mismo. Brindaron. Luego Hilario, que trajo su guitarra y cantó una canción yaqui que hablaba de una mujer que tenía tres soles en el cielo.
Cuando Bon despertó al día siguiente, estaba en la cama grande de la casa, desnuda, con tres cuerpos calientes alrededor. No recordaba cómo había llegado allí, pero sí recordaba que había dicho sí muchas veces.
Desde entonces, la hacienda Los Cuatro Vientos fue otra. Por fuera parecía lo mismo, los mismos campos, los mismos corrales. Pero dentro de la casa grande había cuatro platos en la mesa, cuatro sillas alrededor del fuego, una cama enorme hecha con cuatro postes de mezquite que Ezequiel talló con sus manos. Bon ya no dormía con rifle. Dormía en medio, a veces con la cabeza en el pecho de Trinidad, a veces con la espalda contra el calor de Hilario, a veces con Ezequiel besándole la nuca mientras ella se reía bajito.
Trabajaban de sol a sol, pero las noches eran suyas. Aprendieron los cuerpos del otro como quien aprende un nuevo idioma: lento, con errores, con risas, con gemidos que se perdían entre los muros de adobe.
Un año después, la hacienda era la más próspera en cien leguas a la redonda. Vendían ganado a los Estados Unidos, maíz a los mineros de Parral, vino a los ricos de Chihuahua.
La gente hablaba de la gringa loca que vive con tres hombres, pero nadie se atrevía a decirlo muy alto porque Bun Wedmore ahora llevaba dos revólveres al cinto y los tres hombres a su lado parecían capaces de detener un tren con las manos desnudas.
Una tarde, sentados los cuatro bajo el mesquite grande, Bon sacó el viejo papel de Marcos Vences, lo hizo pedazos y los tiró al viento.
—Esto ya no vale nada —dijo.
—No —respondió Hilario, tomándole la mano—. Ahora vale esto.
Y señaló el horizonte, los campos verdes, los corrales llenos, el canal que brillaba como plata bajo el sol. Y señaló sus corazones.
En Los Cuatro Vientos nunca volvieron a hablar de Marcos Vences, ni de deudas, ni de miedo. Solo hablaban de la próxima cosecha, del próximo potro que domarían, de la próxima noche en que los cuatro cuerpos se encontrarían otra vez bajo las sábanas de lino que Bon había comprado en la capital.
Y así, en medio del desierto más duro de México, nació una familia que nadie entendía, pero que era más fuerte que cualquier otra, porque estaba hecha de sudor, de risas, de deseo y, sobre todo, de una palabra que los cuatro repetían cada noche antes de dormir: juntos.