«Tú pagaste por mí… ahora hazlo» – El ranchero lo hizo. Y después… tuvo esposa»
Tú pagaste por mí, yo pagué por ti
El viento del desierto de Sonora soplaba caliente y seco aquel día de 1887, cuando el subastador golpeó tres veces el madero.
—Lote número 17. Mujer apache cautiva, 22 años, sana, fuerte, tomada a medias. Se vende tal cual. ¿Quién da principio?
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En la plaza de polvo de Casas Grandes, entre vaqueros borrachos, soldados federales y comerciantes chinos, solo un hombre levantó la mano con calma. Don Luis Alberto Terrazas, dueño del rancho La Esperanza, viudo desde hacía cinco años, 42 años de edad, ojos grises como el acero de su revólver.
—Pesos mexicanos —dijo con voz que no admitía réplica.
Nadie pujó más. La muchacha de nombre Nayeli, que en apache significa “la que ama”, fue empujada hacia él con las muñecas atadas con mecate.
Vestía el vestido roto de una mujer de ranchería, el cabello negro suelto y salvaje, y en los ojos un odio tan puro que parecía fuego. Cuando don Luis la tomó del brazo, ella le escupió en la cara.
Él se limpió lentamente con el dorso de la mano, en silencio, y la subió a la carreta como quien carga un saco de maíz.
Así empezó todo.
En el rancho La Esperanza, a tres días de camino hacia el norte, cerca de la frontera con Arizona, Nayeli fue encerrada en el cuarto de los aperos. Don Luis no la tocó esa primera noche ni la segunda, solo le mandaba comida por intermedio de la cocinera Jacki, la vieja Concha.
Al séptimo día entró él mismo con una tijera y un peine.
—Si vas a vivir bajo mi techo, al menos vas a estar limpia.
Ella le clavó los dientes en la mano hasta sacarle sangre. Don Luis no gritó, solo la miró serio y se fue.
Pero la guerra ya había empezado mucho antes, allá en las sierras. Dos años atrás, los apaches chiricahuas de Ju y Gerónimo habían bajado como tormenta sobre los ranchos mexicanos.
Quemaron La Esperanza. Mataron a la esposa de don Luis, Isabela, y a su hijita de cuatro años. Colgaron sus cuerpos del mezquite que aún se veía desde la ventana principal.
Desde entonces, don Luis no sonreía y rezaba menos.
Cuando los rurales mexicanos capturaron a Nayeli en una razia cerca de Babispe, ella cargaba un rifle Winchester y tenía la cara pintada de guerra. Era hija de un jefe menor llamado Tasa el Rojo. Su hermano mayor había muerto en la masacre de Tres Castillos defendiendo a Victorio. Su madre fue violada y asesinada por soldados federales delante de sus ojos cuando ella tenía quince años. Por eso odiaba, por eso escupía, por eso, cuando don Luis le quitó las cuerdas al décimo día y le dijo:
—Aquí no eres esclava. Trabaja y te doy comida. Quédate o vete cuando quieras.
Ella no le creyó, pero se quedó.
Primero limpiando corrales, luego ayudando a errar potros. Tenía manos rápidas y no le temía a nada. Los vaqueros la miraban con deseo y miedo a partes iguales. Ella los miraba como quien mira a perros arnosos.
Una noche de tormenta, un potro salvaje se salió del corral. Todos los hombres estaban borrachos por la fiesta de San Juan. Nayeli, descalza, con el pelo empapado, corrió tras el animal, lo lazó con una soga de maguey y lo trajo de regreso antes de que don Luis pudiera montar su caballo. Él la vio entrar al patio temblando de frío, con el lazo aún en la mano, y algo se quebró dentro de su pecho. Algo que creía muerto desde que enterró a Isabela y a la niña.
A la mañana siguiente le regaló un caballo:
—Se llama Rayo de Luna. Es tuyo.

Ella acarició el cuello del animal y, por primera vez, no lo miró con odio.
Los meses pasaron. La guerra apache seguía rugiendo. Gerónimo aún no se rendía. De vez en cuando llegaban noticias de ataques, de soldados muertos, de mujeres y niños llevados al sur como esclavos.
Una tarde llegaron al rancho rastreadores norteamericanos buscando fugitivos. Traían perros y rifles Spencer. Pidieron permiso para acampar en La Esperanza. Don Luis se los negó.
—Aquí no hay indios salvajes, solo gente que trabaja.
El capitán Yankee, un hombre gordo llamado Slade, soltó una carcajada.
—Esa cuacha que anda suelta por tu corral. Dicen que es hija de Tasa el Rojo. Vale mil dólares viva en Arizona.
Esa noche intentaron llevársela. Nayeli despertó con una mano en la boca. Eran tres. La arrastraron hacia los caballos. Ella mordió, arañó, pero uno le dio un culatazo en la sien.
Cuando estaba a punto de perder el sentido, sonó un disparo. Don Luis, en calzoncillos y con el Winchester humeando, mató al primero de un tiro en la cabeza. Al segundo le voló la rodilla. El capitán Slade levantó las manos.
—Esto es un error, Terrazas. Ella es propiedad del gobierno de México.
Don Luis lo miró con esos ojos grises que parecían hielo.
—Ella es mi mujer y tú estás en mi tierra.
Disparó otra vez. El capitán Slade cayó con un agujero en la frente. Los vaqueros del rancho, despertados por los tiros, llegaron corriendo. Don Luis les ordenó enterrar los cuerpos en el cañón del Diablo y no decir nunca nada.
Cuando volvió a la casa, Nayeli estaba sentada en el suelo del corredor con la cabeza sangrando. Él se arrodilló, le limpió la herida con aguardiente. Ella temblaba, pero no de frío.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó en español torpe.
—Porque tú pagaste por mí y yo pagué por ti esta noche.
Entonces ella por primera vez lloró. Lloró como si todo el desierto se derrumbara dentro de su pecho.
Él la abrazó y ella no lo rechazó.
Después de eso ya no hubo cuarto de aperos. Nayeli durmió en la casa grande, en la cama que había sido de Isabela. Don Luis dormía en el sofá de la sala.
Una noche de diciembre, con la Sierra Nevada a lo lejos, ella entró a la sala envuelta en una cobija.
—Tengo frío —dijo.
Él abrió los brazos sin hablar. Ella se acostó junto a él. No pasó nada más que el calor de dos cuerpos que habían perdido todo y se encontraron en medio del odio.
En primavera de 1888, Nayeli descubrió que estaba embarazada. Don Luis lloró como hombre en silencio mirando el horizonte.
—Será libre —dijo él—. Nacerá libre.
Ella asintió con la mano en la barriga apenas abultada.
Pero la guerra no perdona.
En julio llegaron los rurales mexicanos con orden de captura contra don Luis por la muerte de los rancheros yankees. El coronel Porfirio Díaz quería hacer ejemplo. Lo tomaron desprevenido en el pueblo de Janos mientras compraba tela para el vestido de bautizo. Lo golpearon delante de todos, le rompieron dos costillas, lo iban a colgar en la plaza.
Nayeli, con siete meses de embarazo, montó a Rayo de Luna y cabalgó toda la noche hasta el rancho. Reunió a los vaqueros leales, a los peones yaquis, incluso a los antiguos prisioneros apaches que don Luis había liberado años atrás. Cuarenta hombres armados bajaron a Janos al amanecer.
El tiroteo duró quince minutos.
Murieron doce rurales. Nayeli, montada a la cabeza, mató al capitán que tenía la soga en la mano con un tiro certero entre los ojos. Cuando llegaron al calabozo, don Luis estaba encadenado, casi inconsciente. Ella cortó las cadenas con un hacha. Él la miró como quien ve un milagro.
—Te dije que no te metieras en problemas por mí —murmuró él.
—Tú pagaste por mí, ahora yo pago por ti —respondió ella, y lo besó delante de todos.
Huyeron hacia el norte. Cruzaron la frontera en la Sierra Madre, perseguidos por soldados mexicanos y por exploradores apaches de Caiteane que querían la cabeza de Nayeli por traidora, por parir un hijo del enemigo.
En una cueva cerca de Cloverdale, Nuevo México, Nayeli dio a luz una niña. La llamó Isabel Nayeli por la mujer que nunca conoció y por ella misma. Don Luis cortó el cordón con su cuchillo Bowie. Los tres lloraron juntos bajo la luz de una vela de cebo.
Afuera seguía la guerra. Gerónimo aún peleaba.
Y un día, en 1889, llegó hasta ellos.
El viejo guerrero, flaco como un coyote, con los ojos llenos de siglos de dolor, miró a Nayeli con su hija en brazos y a don Luis con el rifle descansando en las rodillas.
—Dicen que traicionaste a tu sangre —dijo Gerónimo en apache.
Nayeli respondió sin bajar la mirada.
—Mi sangre está aquí, en mi hija, en este hombre que mató por mí y por quien yo maté.
Gerónimo se quedó callado mucho rato, luego sacó un collar de cuentas y plumas de águila y se lo puso al cuello a la niña.
—La guerra se acaba, pero ustedes ya encontraron la paz.
Se fue sin más.
Don Luis y Nayeli vivieron diez años más en un valle escondido de Arizona.
Criaron vacas, maíz y tres hijos más. Nunca volvieron a México. Nunca se casaron por la iglesia. Se casaron una noche bajo las estrellas con la vieja Concha como testigo y un apache anciano cantando la bendición antigua.
Cuando don Luis murió en 1902 de una fiebre que agarró ayudando a parir una yegua, Nayeli lo enterró bajo el mezquite más grande del rancho. Puso encima la silla de Rayo de Luna y el Winchester que salvó su vida.
Ella vivió hasta 1934. Murió a los setenta y tantos años, sentada en el porche, mirando el mismo desierto que una vez los odió.
Los nietos contaban que su última palabra, dicha en español perfecto, fue el nombre de él, Luis, y que sonrió como quien por fin llega a casa después de un viaje muy largo.
En el viento del desierto todavía se escucha, cuando la luna está llena, el galope lejano de Rayo de Luna y la risa de una mujer apache que aprendió que el amor puede nacer incluso del odio más profundo, y que la libertad no siempre viene con la victoria en la guerra, sino con la valentía de amar al enemigo.
Tú pagaste por mí y yo pagué por ti. Y al final los dos fuimos libres.