«Un día te daré un hijo —le dijo bajito— y el ranchero ya no pudo resistirse»

«Un día te daré un hijo —le dijo bajito— y el ranchero ya no pudo resistirse»

La promesa de Refugio

En el año del Señor de 1887, cuando la frontera entre Sonora y Arizona todavía era una línea que se borraba con el viento, vivía en el rancho El Álamo Seco un hombre que todos conocían como don Trinidad Valenzuela. Alto, curtido, de pocas palabras y menos risas. Tenía 42 años, una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda como un río seco y la fama de haber matado a siete hombres, sin contar los que se llevó la revolución de los yaquis.

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Viudo desde hacía diez años, sin hijos legítimos y con el corazón tan duro como el mesquite que rodeaba su hacienda.

Una mañana de polvo y sol rabioso llegó al rancho una mujer que nadie esperaba. Venía a pie, tirando de un burro cojo cargado con dos costales y una guitarra vieja. Llevaba el rebozo negro, el vestido desgarrado hasta las rodillas y el cabello suelto como noche sin luna. Se paró frente al corral, miró a los vaqueros que la observaban boquiabiertos y preguntó con voz clara:

—¿Aquí vive el patrón Valenzuela?

Uno de los peones, el Chirrión, se rió por lo bajo.

—Aquí vive, pero no recibe visitas que no traigan plomo o ganado.

Ella no se inmutó. Soltó las riendas del burro, se acercó hasta la sombra del portal y habló mirando directo a la puerta principal, como si ya supiera que Trinidad estaba detrás espiando.

—Dile al patrón que viene Refugio Morales, la hija de Anselmo, el de San Ignacio, que traigo una deuda de sangre que cobrar y una promesa que cumplir.

Trinidad salió. Llevaba el sombrero bajo, el revólver al cinto y una expresión que helaba la sangre. Pero cuando vio a la mujer, algo se movió dentro de él, algo que llevaba muerto desde que enterró a su esposa en el panteón de Caborca.

—¿Qué promesa es esa, muchacha?

Refugio levantó la cara. Tenía los ojos verdes, herencia de alguna abuela irlandesa perdida en la sierra, y una boca que parecía hecha para decir verdades que duelen.

—Mi padre murió defendiéndote en la emboscada de los Ojitos. Antes de cerrar los ojos, me dijo: “Ve con Trinidad Valenzuela y dile que un día su simiente va a florecer en mi sangre. Yo vengo a cobrar eso.”

Los vaqueros se quedaron mudos. Trinidad apretó los dientes hasta que crujieron.

—Tu padre era un hombre bueno, pero estaba loco. Yo no debo hijos a nadie.

—Pues ahora sí —respondió ella sin bajar la mirada—. Porque un día te daré un hijo, Trinidad Valenzuela. Y ese día tú ya no vas a poder decir que no.

Así empezó todo. Refugio se quedó en el rancho. No pidió permiso, simplemente tomó la casa de la antigua cocinera, la arregló con sus manos y empezó a trabajar como si siempre hubiera pertenecido ahí. Cosía los frijoles mejor que nadie, curaba a los caballos con hierbas que olían a demonio y cantaba corridos por las noches que ponían la piel chinita hasta al más duro de los hombres.

Trinidad la evitaba. Salía antes del amanecer y volvía cuando la luna ya estaba alta. Pero cada noche, desde su ventana, veía la luz de la lámpara en la casita de Refugio y escuchaba su guitarra. Y cada noche sentía que algo se le aflojaba dentro del pecho, como un lazo que se suelta solo.

Pasaron los meses, llegó la época de las aguas y con ella los problemas. Unos cuatreros gringos, liderados por un hombre llamado W. Carver, empezaron a robar ganado en la frontera. Eran quince, bien armados, y no respetaban ni a Dios ni a la Virgen de Guadalupe. Una noche asaltaron el rancho vecino de la Soledad, mataron al patrón y violaron a su hija antes de quemar la casa.

Al día siguiente, Trinidad reunió a sus hombres.

—Nos vamos a la sierra. Esto se acaba.

Refugio lo esperaba en el corral con su caballo ya encillado.

—Tú no vas —le dijo él, seco.

—Voy donde tú vayas y si me dejas, me voy sola y me matan. Tú eliges.

Trinidad maldijo entre dientes, pero no pudo negarse. Salieron doce hombres y una mujer rumbo a la sierra del Pajarito. Durante cinco días siguieron el rastro de los gringos. Dormían poco, comían carne seca y bebían agua de charcos. Refugio nunca se quejó.

Una noche, cuando acampaban en un cañón donde el viento silbaba como alma en pena, Trinidad se acercó a la fogata donde ella calentaba café.

—¿Por qué haces esto, Refugio? Puedes irte cuando quieras. Nadie te detiene.

Ella lo miró a los ojos sin parpadear.

—Porque te quiero desde antes de conocerte, Trinidad. Mi padre hablaba tanto de ti que te soñé antes de verte. ¿Y por qué un día te voy a dar un hijo aunque tenga que morirme intentándolo?

Él sintió que el mundo se le venía encima. Quiso decir algo duro, algo que la alejara para siempre, pero las palabras se le quedaron atascadas. En cambio, tomó la taza de café que ella le ofrecía y bebió en silencio.

Al sexto día encontraron a los cuatreros. Estaban en un jacal abandonado, borrachos y confiados. Trinidad planeó el ataque perfecto. Los rodearían al amanecer cuando estuvieran más dormidos. Pero algo salió mal. Uno de los centinelas vio movimiento y dio la alarma. Empezó el infierno.

Las balas zumbaban como avispas. Dos vaqueros cayeron en los primeros minutos. Trinidad disparaba con una calma mortal, pero eran menos y los gringos tenían rifles Winchester nuevos. Cuando parecía que todo estaba perdido, Refugio hizo algo que nadie esperaba. Salió de su escondite con la guitarra en la mano y empezó a cantar un corrido a todo pulmón. Su voz se levantó sobre el estruendo de los disparos como un milagro. Los gringos, sorprendidos, bajaron un poco la guardia. Fue suficiente.

Trinidad y sus hombres aprovecharon la confusión y cargaron. La pelea fue cuerpo a cuerpo, cuchillos y culatazos. Trinidad encontró a W. Carver frente a frente. El gringo era grande, con una barba roja y ojos de loco.

—Te voy a abrir en canal, mexicano —gruñó.

—Primero vas a besar la tierra donde pisas —respondió Trinidad.

Se trenzaron como dos demonios. Carver era fuerte, pero Trinidad peleaba con la furia de diez hombres. Al final le clavó el cuchillo en el cuello y lo vio caer gorgoteando sangre.

Cuando todo terminó, nueve gringos estaban muertos y el resto huyeron hacia el norte. Del grupo de Trinidad solo quedaron cinco vivos. Refugio tenía una herida de bala que le rozaba el hombro, pero sonreía como si le hubieran regalado el cielo.

De regreso al rancho, Trinidad ya no la evitaba. Cabalgaba a su lado, le hablaba de cosas que nunca le había contado a nadie: de su mujer muerta de fiebre, de los hijos que nunca llegaron, del miedo que tenía a morirse solo. Refugio escuchaba en silencio y de vez en cuando le tomaba la mano callosa y la apretaba fuerte.

Una noche, después de curarle la herida, Trinidad la miró a los ojos y dijo con voz ronca:

—Quédate conmigo, Refugio. No como criada, como mujer.

Ella sonrió con esa sonrisa que le iluminaba hasta las cicatrices.

—Ya era hora, Trinidad Valenzuela.

Se casaron un domingo en la misión de Tubutama con el padre Ramírez medio borracho y los vaqueros de testigos. No hubo fiesta grande porque los tiempos eran duros. Pero esa noche, en la casa grande del rancho, Trinidad cerró la puerta de su recámara y por primera vez en diez años sintió que volvía a vivir.

Los meses pasaron. El rancho prosperó. Refugio manejaba a los hombres con mano firme y al patrón con mano suave. Cantaba por las noches, cocinaba chile colorado que hacía llorar de gusto y poco a poco fue llenando la casa de vida.

Una mañana de diciembre, cuando el frío cortaba como navaja, Refugio salió al portal con una sonrisa extraña. Trinidad estaba reparando una cerca y la vio acercarse despacio.

—¿Qué traes, mujer? —preguntó sin levantar mucho la voz.

Ella se paró frente a él, le tomó la mano y la puso sobre su vientre apenas abultado.

—Un día te dije que te daría un hijo. Pues ya empezó a crecer.

Trinidad se quedó como estatua. Sintió que el mundo se detenía y que todo lo que había perdido volvía de golpe. Las lágrimas que nunca había derramado ni cuando enterró a su primera mujer le rodaron por las mejillas curtidas. Refugio lo abrazó fuerte.

—Ahora sí eres mío, Trinidad Valenzuela, y nadie nos lo quita.

Meses después nació Anselmo Valenzuela Morales, con los ojos verdes de su madre y la mirada dura de su padre. El rancho El Álamo Seco nunca volvió a ser un lugar de soledad.

Y en las noches de luna, cuando el viento soplaba suave entre los mezquites, todavía se escuchaba la guitarra de Refugio cantando el corrido que ella misma compuso:

“Un día te daré un hijo”, le dije al ranchero.
Y aunque él no quiso creerlo,
hoy duerme en mis brazos su heredero.

Porque el amor, cuando es de verdad, ni el plomo ni la muerte lo pueden detener.

Y así fue. Hasta el día de hoy, en la frontera que ya no existe, cuentan que Trinidad Valenzuela, el hombre que nunca se arrodilló ante nadie, se arrodilló una sola vez en su vida: la noche en que su hijo lloró por primera vez y él, con el corazón en la mano, le dio gracias a la mujer que había cambiado su destino con una promesa dicha bajito en el polvo del camino.

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