La Cena de los Invisibles
I. La llamada
La tarde era tibia y gris cuando sonó el teléfono. Diego, mi hijo, tenía esa voz que usaba para cerrar tratos: rápida, brillante, como si estuviera vendiendo departamentos en vez de invitando a su madre a cenar.
—Cena en La Palmera el jueves por la noche.
Sofía lo está organizando.
Hay unos socios en la ciudad.
Pensé que te gustaría venir.
Dejé que el silencio se alargara, como quien deja correr el agua para que se enfríe. Sabía que Diego lo interpretaría como un problema de señal, y esa pequeña confusión me dio una pizca de poder.
—¿Todavía te gusta el marisco, verdad? —añadió, como si nuestra última comida juntos no hubiera sido en la ventanilla de un autoservicio, el día que él se fue de casa hace quince meses.
—Sí, claro —respondí, porque esa palabra siempre nos salía fácil, a él y a mí.
Colgué y observé el teléfono, preguntándome qué había cambiado. No lo suficiente para merecer ternura, pero justo lo necesario para requerir mi presencia. Con Diego, cada invitación venía barnizada, nunca era solo por cariño; era una posición en la mesa, una pieza en el tablero.

II. Preparativos
El jueves amaneció frío, contradiciendo el pronóstico. Saqué del armario el vestido gris carbón que no usaba desde la gala benéfica en el museo la primavera pasada. Era modesto, elegante, con un escote que sugería esfuerzo pero no ostentación. Mis perlas, reales pero discretas, descansaban frescas contra mi piel mientras las abrochaba.
Me miré en el espejo, alisé los lados de mi cabello y los sujeté con precisión silenciosa. Me veía como yo misma, o al menos como la versión que aún permitía que el mundo viera. Pero esa noche no se trataba de mí; era para llenar un espacio, ser la madre de las apariencias, el asiento del equilibrio.
Me puse el abrigo, guardé la tarjeta de invitación en el bolso y salí por la puerta, no con emoción, sino con la gracia firme de quien está acostumbrada a entrar en salas donde su valor se pesa antes de que pronuncien su nombre.
III. Llegada
Llegué quince minutos antes, lo suficiente para sentirme invisible. El taburete en la barra me daba una vista del comedor sin ser evidente. La Palmera era sobria: asientos de terciopelo verde oscuro, luces tenues que daban un brillo cálido, no un deslumbramiento. Dejé que mis ojos vagaran, escuchando a medias el jazz suave de los altavoces, con los dedos rodeando un vaso de agua sin gas.
A los quince minutos los vi.
Diego con traje gris pizarra, sin corbata, el celular aún en la mano.
Sofía, envuelta en seda marfil, con un bolso que probablemente costaba más que mi primer coche.
Dos hombres los flanqueaban, ambos en ropa informal de negocios, hablando demasiado alto y riéndose de sus propias bromas antes de terminarlas.
Diego me vio y cortó su frase a la mitad.
—Mamá —llamó, acercándose con los brazos abiertos, pero sin intención real de abrazarme—. Lo lograste. Qué valiente usando los rotters de la temporada pasada en el centro. Gran jugada.
Miré mis zapatos, bombas negras, simples, pulidas, discretas.
—Cómodos —dije—. Eso sigue siendo legal.
No sonrió, como si acabara de confirmar su punto.
Sofía besó el aire junto a mi mejilla.
—Carmen, te ves tan clásica como Guadalajara en los 80. Atemporal.
—Qué bueno verte, Sofía.
Nos llevaron a una mesa para seis, cerca de las ventanas del jardín. Los hombres se presentaron como Esteban y Lorenzo, ambos en desarrollo inmobiliario, aparentemente bendecidos con un flujo interminable de metáforas sobre bienes raíces.
IV. El papel
Llegaron los menús junto con la primera ronda de charlas sobre vinos caros. Diego pidió un pinot con un guiño al sommelier.
—Ella es maestra de literatura jubilada —bromeó señalándome—. Sabe de palabras, no de vinos.
Sonreí cortésmente.
—Menos mal que las dos cosas no son excluyentes.
Apenas me escucharon. Lorenzo ya estaba contando una historia sobre un proyecto de condominios en Querétaro, mientras Sofía pasaba fotos en su celular para mostrar una azotea que calificó de “trágicamente mal diseñada”.
Yo escuchaba, ofreciendo asentimientos y sonrisas pequeñas. Sabía mi papel: llenar un asiento, prestar a la reunión un aire de familia, estabilidad para los socios, equilibrio para la imagen.
Observé a Diego deslizarse en su discurso, voz segura sobre metros cuadrados y plusvalías, la risa subiendo y bajando con destreza ensayada. Sofía jugaba su parte, repartiendo cumplidos y anécdotas, tan pulida como sus joyas.
De vez en cuando, Diego me miraba, como asegurándose de que seguía allí, cumpliendo mi función en el arreglo. Me pregunté si alguna vez me veía como algo más que un accesorio, una figura tranquilizadora en el fondo de sus ambiciones.