Un ranchero solitario rescata a una misteriosa joven que estaba colgada en el desierto.
La redención de Anselmo Vargas
El desierto de Sonora se extendía como un mar de arena dorada alrededor del rancho La Perdición, donde don Anselmo Vargas vivía solo desde hacía más años de los que le gustaba contar. El viento traía el polvo de los huesos de quienes se atrevieron a cruzar sin conocer el camino.
Su mujer, doña Lucía, había muerto de fiebre amarilla cuando apenas llevaban cinco años de casados. Su único hijo, Tomás, se fue con los dorados de Villa y nunca volvió. Desde entonces, Anselmo era una sombra entre los mezquites, hombre de pocas palabras y muchas cicatrices.
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Cada mañana, antes de que el sol quemara la tierra, Anselmo encillaba a Rayo, su caballo negro como la noche, y recorría los límites del rancho. Vigilaba el ganado, reparaba cercas y, cuando el silencio era demasiado pesado, hablaba con los coyotes como si fueran viejos amigos.
—Aquí estoy, cabrones —les decía—. Y aquí me quedaré hasta que me entierren bajo este mismo suelo.
Una tarde de julio, cuando el calor hacía temblar el horizonte, Anselmo cabalgaba por el camino viejo que llevaba al pozo de los ahorcados, un lugar maldito donde los bandidos dejaban a sus traidores colgados de un mezquite seco. El viento soplaba fuerte, levantando remolinos de arena que le azotaban la cara.
Fue entonces cuando la vio. Al principio pensó que era un espejismo. Una figura colgaba de un armazón de madera improvisado, dos postes clavados en la arena y una cuerda que sostenía a una mujer por las muñecas y los tobillos. Estaba boca abajo, el cabello largo cayendo como cascada negra, vestida con un vestido roto de encaje que alguna vez debió ser blanco. Sus pies descalzos apuntaban al cielo y su cuerpo se balanceaba lentamente como un péndulo de carne y hueso.
Anselmo detuvo a Rayo en seco. El corazón le dio un vuelco que no había sentido desde que enterró a Lucía.
—Por la Virgen de Guadalupe… —murmuró y espoleó al caballo hacia el armazón.
Cuando llegó, la mujer aún respiraba apenas. Sus labios partidos, la piel quemada por el sol, pero sus ojos, dos carbones negros, se clavaron en él con una intensidad que lo atravesó como una bala.
—Agua —susurró ella con voz ronca, como venida del fondo de un pozo.
Anselmo desmontó de un salto, sacó su cantimplora y le dio de beber. El agua se derramó por su barbilla, pero ella tragó con avidez. Luego, con su cuchillo, cortó las cuerdas. La mujer cayó como un saco de papas, pero él la atrapó antes de que tocara el suelo.
—¿Quién eres? ¿Quién te hizo esto? —preguntó Anselmo mientras la cargaba en brazos.
—Soy Catalina —respondió ella, apenas consciente—. Los hermanos Salazar me traicionaron.
Anselmo la llevó al rancho, la acostó en la cama que había sido de su mujer y durante tres días no se apartó de su lado. Le dio caldo de res, le curó las quemaduras con aloe que él mismo cultivaba y le cambió las vendas con manos temblorosas.
Catalina deliraba en la fiebre, hablando de un tesoro escondido, de una traición, de un hombre que juró amarla y la vendió por unas monedas.
Al cuarto día, Catalina abrió los ojos y lo miró fijamente.
—¿Por qué me salvaste, viejo? —preguntó con voz que ya no temblaba.
—Porque no soy tan hijo de puta como para dejar que te mueran los coyotes —respondió Anselmo sin mirarla.
Ella rió. Fue la primera vez que Anselmo oyó su risa y sonó como campanas en una iglesia abandonada.
Catalina era hija de un minero de Álamos, educada en un convento de monjas hasta que su padre murió en un derrumbe. Entonces se fue con un hombre que prometió llevarla a California, pero era uno de los Salazar, banda de forajidos que controlaba el tráfico de opio y armas entre Sonora y Arizona.
Catalina había sido su amante, su mensajera, su cebo, hasta que descubrió que planeaban matarla para quedarse con el mapa de un tesoro que su padre le había dejado antes de morir: una veta de oro en la Sierra Madre.
—Los Salazar me colgaron para que confesara dónde estaba el mapa —dijo Catalina una noche, sentada en la cocina mientras Anselmo le servía café—. Pero no lo tengo. Lo memoricé y quemé el papel. Ahora viene por mí el cabrón en persona: el Cuervo Salazar.
Anselmo escupió al suelo.
—Conozco al Cuervo. Mató a mi compadre Pancho en el doce. Le debo una.
Esa noche, Catalina se levantó de la cama y se acercó a Anselmo, que dormía en una silla junto a la chimenea. Le puso una mano en el hombro.
—No tienes que pelear mis batallas, Anselmo.
Él abrió los ojos y por primera vez en años sintió algo más que soledad.
—Tal vez ya no peleo por ti —dijo—. Tal vez peleo por mí.
Durante las semanas siguientes, el rancho La Perdición se transformó. Catalina curó sus heridas, pero también curó algo en el alma de Anselmo. Cocinaba, reía, cantaba corridos con una voz que hacía temblar las vigas. Los vaqueros que trabajaban para Anselmo, tres hombres viejos que apenas hablaban, la miraban como si fuera un milagro con falda.
Pero la paz no dura en el desierto. Una mañana, el polvo en el horizonte anunció la llegada de los Salazar. Eran doce hombres armados hasta los dientes, con el Cuervo a la cabeza: un hombre flaco, de ojos hundidos y una cicatriz que le cruzaba la cara como río seco. Cabalgaban con la arrogancia de quienes saben que la muerte viaja con ellos.
Anselmo los vio venir desde la torre del molino. Bajó, cargó su Winchester y se plantó en la puerta del rancho.
—Aquí termina tu camino, Cuervo.
El bandido sonrió con dientes de oro.
—Viejo estúpido, entrégame a la puta y te dejo vivir.
Catalina salió entonces con un rifle en las manos y el cabello suelto al viento.
—No soy de nadie, cabrón —dijo—. Y menos tuyo.
El tiroteo fue breve y brutal. Los vaqueros de Anselmo cayeron uno a uno, pero Anselmo y Catalina pelearon como demonios. Él disparaba con la precisión de un hombre que ha matado antes, ella con la furia de quien no tiene nada que perder.
Cuando el Cuervo cayó con una bala en la frente, los pocos Salazar que quedaban huyeron despavoridos.
Pero Anselmo también cayó. Una bala le atravesó el pecho y la sangre manchó la tierra que tanto amaba. Catalina se arrodilló junto a él, llorando por primera vez desde que la rescataron.
—No te mueras, viejo terco.
Anselmo sonrió con sangre en los labios.
—Nunca estuve tan vivo como estos días contigo.
Y murió mirando el cielo de Sonora con la mano de Catalina en la suya.
Ella lo enterró bajo el mezquite donde la había encontrado. Luego tomó el mapa que llevaba en la memoria, vendió el rancho y se fue a la Sierra Madre. Dicen que encontró el oro. Dicen que construyó un pueblo entero con él.
Pero cada año, en el aniversario de la muerte de Anselmo, regresa al desierto y deja una flor en su tumba. Y los coyotes que antes aullaban de hambre, ahora aúllan de respeto.