«Su familia la vendió como“estéril”…pero un ranchero la embarazó en tres días y se convirtió en…
María la Giganta
En un rincón olvidado del norte de México, allá por 1887, en el pueblo polvoriento de San Isidro del Cerro, vivía María Altamira, a quien todos llamaban la giganta.
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No era un apodo de burla: medía casi dos metros, tenía los hombros de un hombre fuerte y la cintura de una mujer que nunca se doblaba. A sus diecinueve años, sus manos podían cargar un costal de maíz como si fuera pluma, y su voz retumbaba como trueno lejano cuando se enojaba.
Por eso la respetaban y por eso querían arreglarle un matrimonio conveniente. Tres parteras del pueblo —la vieja Gregoria, la tuerta Chona y la estricta doña Refugio— la declararon sin posibilidad de tener hijos después de revisarla con dedos fríos y ojos calculadores.
—Mejor acostúmbrate, muchacha.
Tres prometidos rompieron el compromiso apenas corrió la voz.
Los padres de María, ahogados en la miseria y con siete bocas más que alimentar, acabaron por aceptar treinta pesos de plata que les ofreció un hombre alto, callado y de mirada triste que llegó una noche al jacal.
—Se llama don Jacobo Ribas —dijo el padre sin alzar los ojos—. Es ranchero de la sierra. Quiere una mujer fuerte que le ayude con el ganado. No pregunta por dotes ni por nada más, solo por fuerza.
María no lloró. Tomó su rebozo, su imagen de la Virgen de San Juan y una navaja que había sido de su abuelo. Al amanecer, Jacobo la subió a su caballo negro como la noche y partieron rumbo a las alturas donde ni los federales se atrevían. Tres días de camino duro, subían por veredas donde el aire cortaba la cara y los pinos olían a resina y a libertad.
La tercera mañana, María despertó con náuseas que le retorcían el estómago. Apenas podía sostenerse en la silla.
Jacobo, sin decir palabra, prendió fuego, hirvió agua con jengibre silvestre y le dio la taza humeante.
—Toma despacio.
—¿Es normal? —preguntó ella con voz ronca—. ¿Qué sabes tú de lo que me pasa?
Él solo miró el horizonte nevado y siguió guiando el caballo.
Al cuarto día, cuando el sol se derramaba sobre un valle escondido entre dos cordilleras, llegaron al rancho del silencio, una casa grande de adobe y vigas de ocote, corrales llenos de vacas gordas, un manantial que cantaba día y noche. No era rancho de pobre. María lo entendió todo de golpe.
—Tú no eres ranchero —dijo bajándose del caballo—. Eres médico, ciudadano, te conozco. Tú eres el doctor Rivas que salvó al gobernador hace años. ¿Qué haces aquí escondido?
Jacobo se quitó el sombrero y por primera vez ella vio el dolor grabado en su cara.
—Mi esposa murió hace dos años por complicaciones en el parto y alguien se aseguró de que no pudiera salvarla. Desde entonces vivo aquí. Y sí, María, sé que no estás enferma. Estás embarazada de muy poco, pero estás.
Ella se llevó las manos al vientre, incrédula.
—Imposible.
—Las parteras mienten por dinero. Hay un grupo en varios pueblos: doctores, parteras, hasta autoridades. Marcan a las muchachas fuertes, listas, que hacen preguntas incómodas. Las declaran sin hijos y las entregan a bajo precio. Algunas las usan para trabajos duros, a otras las alejan para siempre. Tú empezaste a preguntar por lo que pasó con tus primas Lucía y Conchita. Por eso te tocó.
María sintió que el mundo se le venía encima. El niño que llevaba dentro, tan chiquito aún, era la prueba de que todo había sido una gran mentira.
Jacobo siguió hablando mientras la guiaba a la casa.

—Tengo pruebas, cartas, documentos, testimonios de muchachas que logré ayudar. El jefe se llama Coman, un doctor extranjero que trabajaba conmigo en la capital. Él fue responsable de lo que le pasó a mi esposa porque ella había descubierto todo. Ahora viene por ti y por mí.
Esa misma noche llegó el invierno con furia. La nieve cerró los pasos. El viento aullaba como alma en pena. Y con la tormenta llegaron ellos.
Primero se oyeron los cascos de los caballos, luego los gritos en inglés y español mezclados. Eran doce hombres armados liderados por el Dr. Coman, alto, rubio, elegante, incluso con el abrigo lleno de nieve. Traía dos guías apache, Cuervo Negro y Mano Rota, pagados con whisky y oro para abrir camino.
—¡Rivas! —gritó Coman desde abajo—. Sabemos que tienes a la muchacha. Entrégala y nos iremos sin más problemas.
Jacobo cerró la puerta de roble, corrió los cerrojos de hierro y miró a María.
—¿Tienes miedo?
—Más que nunca en mi vida —respondió ella—, pero no me voy a esconder.
La primera noche, los intrusos intentaron dañar el corral. Jacobo y María, desde las ventanas altas, dispararon al aire y los ahuyentaron con los dos Winchester que había en la casa. María, con sus brazos gigantes, recargaba más rápido que cualquier hombre. Una bala pasó cerca de Cuervo Negro; el guía maldijo en su lengua y se retiró.
La segunda noche fue peor. La nieve caía tan espesa que apenas se veía a tres pasos. Los hombres de Coman lograron llegar hasta la puerta principal y empezaron a golpearla con fuerza. Jacobo puso una mesa contra la puerta, luego otra, luego el pesado arcón de pino. María, pálida, sentía fuertes dolores. El frío y la tensión la estaban afectando mucho.
—No lo voy a perder —susurró con los dientes apretados—. No después de todo.
Jacobo la llevó al cuarto del fondo, la acostó sobre pieles de oso, encendió el hogar hasta que las llamas rugieron.
—Aguanta, gigante mía, aguanta.
Le dio té de ruda y manzanilla, le puso compresas calientes en el vientre, le habló en voz baja, como si hablara con el niño que aún no nacía.
—Vas a vivir. Los dos van a vivir.
Afuera, los guías intentaron entrar por el tejado. Uno logró asomarse por la chimenea. María, con una fuerza que ni ella sabía que tenía, agarró un leño ardiendo y lo obligó a retroceder. El grito del hombre se perdió en la tormenta.
La tercera noche fue la del milagro. Coman, desesperado, ordenó prender fuego a la casa, pero el viento cambió de repente. La nieve se convirtió en cencellada que apagaba cualquier llama y en medio del blanco absoluto se oyeron otros cascos, muchos, rápidos, con trompetas de la rural que Jacobo había logrado avisar tres semanas antes mediante un vaquero disfrazado de carbonero.
Los rurales llegaron como rayos. El capitán Elisondo, viejo amigo de Jacobo, gritó la orden y los rifles tronaron. Los intrusos fueron rodeados y capturados uno a uno. Coman, herido en la pierna, intentó huir y fue detenido en la puerta principal.
—¿Por qué? —le preguntó Jacobo.
Coman respiró con dificultad y habló con amargura.
—Porque las mujeres como ella son útiles al principio y porque tu esposa iba a hablar. Igual que esta.
María, que ya podía tenerse en pie, se acercó. Sus ojos eran dos carbones encendidos.
—Mi hijo vivirá —dijo—, y tú vas a responder ante la justicia por todo lo que hiciste.
Semanas después, cuando la nieve empezó a derretirse y los jacarandales florecieron morados en el valle, el rancho del silencio ya no estaba solo. Veintiocho muchachas rescatadas, algunas con bebés en brazos, otras con la mirada cansada, llegaron poco a poco. María las recibió una por una. A las que no tenían donde ir les dio hogar. A las que no tenían esperanza les dio trabajo: ordeñar, sembrar, curar heridas, aprender a defenderse.
Jacobo volvió a ejercer la medicina, pero ahora en su propia casa. Operaba en la mesa grande del comedor con María como ayudante. Sus manos gigantes eran las más suaves del mundo cuando cosían una herida o recibían a un recién nacido.
Una tarde de mayo, cuando los nopalitos estaban tiernos y el aire olía a lluvia cercana, María sintió las primeras contracciones de verdad. Jacobo la llevó al cuarto donde había cuidado a su hijo meses atrás. Afuera, las muchachas encendieron fogatas y rezaron a la Virgen Morena.
El parto fue largo y duro. María gritó como gritan las montañas cuando se abren al sol. Pero cuando el niño lloró por primera vez, toda la sierra pareció callar para escucharlo.
Era varón, grande como su madre, moreno como su padre adoptivo. Lo llamaron Libertad.
Esa noche, con el bebé en sus brazos y Jacobo a su lado, María miró por la ventana hacia las estrellas.
—Antes me vendieron por treinta monedas de plata —dijo—. Ahora valgo un mundo entero.
Jacobo le besó la frente.
—Tú siempre valiste un mundo, giganta. Solo que ahora el mundo lo sabe.
Y así, en las alturas donde el viento nunca deja de hablar, nació una nueva leyenda, la de María la Giganta, la mujer que rompió las cadenas del engaño con sus propias manos, que trajo vida en medio de la tormenta y que enseñó a otras mujeres a ser más grandes que sus miedos.