Recuperar el Gneisenau: el barco hundido que Polonia reflotó

Recuperar el Gneisenau: el barco hundido que Polonia reflotó

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El Último Viaje del Gneisenau

I. El monstruo dormido

En la fría mañana de febrero de 1942, el puerto de Kiel era un hervidero de actividad y nerviosismo. En el dique seco, el acorazado alemán Gneisenau, de 32.000 toneladas, reposaba inmóvil, con su casco herido por campañas pasadas y su tripulación dispersa entre la rutina y el miedo. Nadie imaginaba que esa noche, el monstruo de acero sería destruido no por la furia de la batalla en alta mar, sino por la física implacable encerrada en sus entrañas.

La carga propulsora de la batería principal, diseñada para quemar y no para romper, fue creada para generar una expansión controlada de gases y empujar un proyectil a velocidades supersónicas. Pero esa noche, la física se rebeló. El Gneisenau, encerrado en su caja de acero, se convirtió en una bomba de tiempo.

II. El instante fatal

La Royal Air Force lanzó un ataque sobre el puerto. Una sola bomba perforante atravesó el blindaje superior y cayó en la santabárbara de la torre Anton, donde toneladas de cordita aguardaban su destino. La detonación no fue una explosión tradicional, sino una deflagración: la pólvora ardió a velocidad sub-sónica, pero generó tal volumen de gas que el compartimiento no pudo evacuarlo.

La presión buscó salida y la encontró hacia arriba. La torre Anton, un monstruo de acero de cientos de toneladas, fue arrancada de sus raíles como un tapón de botella. El estruendo fue tal que la ciudad entera tembló. 112 marineros murieron en el acto; la sección delantera del barco quedó destrozada, la estructura interna deformada por el golpe térmico y cinético. El Gneisenau no se hundió gracias al dique seco, pero al amanecer era un cadáver flotante.

III. Anatomía de una decisión

El alto mando alemán se enfrentó a un dilema: ¿desguazar el buque o intentar una de las conversiones más ambiciosas de la guerra? Los ingenieros vieron una oportunidad: el Gneisenau había sido construido con cañones de 280 mm, ya obsoletos frente al blindaje moderno. Si debían reconstruir la proa, ¿por qué no instalar torres gemelas de 380 mm, como las del Bismarck?

La tarea era titánica. El peso adicional hundiría la proa, alterando el centro de gravedad y la estabilidad. Para compensar, decidieron alargar físicamente la proa, añadiendo flotabilidad y equilibrio. Así comenzó una cirugía naval sin precedentes: cortaron el casco justo antes de la coraza principal y retiraron toda la proa dañada, dejando al acorazado con una cara plana y abierta.

IV. El monstruo mutilado

Durante meses, el Gneisenau permaneció así, un gigante decapitado esperando su nueva identidad. Pero la guerra no esperaba. La prioridad del mando alemán viró hacia la guerra submarina; los recursos se reasignaron y, a principios de 1943, se ordenó detener la reconstrucción. El Gneisenau quedó atrapado en un limbo: ni buque de guerra, ni simple chatarra.

Sus cañones fueron desmontados y enviados a baterías costeras. La nueva proa jamás fue instalada. Finalmente, para liberar el dique seco, el casco fue remolcado a Gotenhafen (hoy Gdynia), donde quedó amarrado como un coloso sin futuro, con la proa truncada y la artillería ausente.

V. El peón de la retirada

En marzo de 1945, con la guerra perdida y la artillería soviética retumbando cerca, la Kriegsmarine decidió dar al Gneisenau un último propósito: bloquear el puerto. Remolcado hasta la entrada, fue hundido deliberadamente para sellar el canal y retrasar el avance enemigo. Su superestructura sobresalía como un arrecife de acero, mientras las aguas del Báltico se tragaban el cuerpo del monstruo.

La guerra terminó. Gotenhafen pasó a ser la polaca Gdynia. El Gneisenau, oxidándose en la boca del puerto, se convirtió en un obstáculo para la navegación y, paradójicamente, en un símbolo para la población local.

VI. El invierno y el puente de hielo

Durante los inviernos de finales de los años 40, la bahía se congelaba. Los habitantes de Gdynia cruzaban el mar helado para visitar el acorazado encallado. Fotos de la época muestran siluetas diminutas junto a la mole oxidada, tocando el acero de un navío que había cruzado la Mancha y sobrevivido a la guerra. El Gneisenau dejó de ser un arma y se volvió un hito, un testigo mudo de la historia.

Pero la economía no podía permitirse un puerto bloqueado por 30.000 toneladas de acero. Había que retirarlo.

VII. El desafío polaco

En 1950, la empresa polaca de salvamento marítimo asumió la tarea. El Gneisenau era más que chatarra: aún contenía munición activa y era un laberinto de acero cortante y compartimentos inundados. Los buzos trabajaban a ciegas, soldando placas para sellar las vías de agua, arriesgando sus vidas en cada inmersión. Uno de ellos, Józef Kanevski, murió cuando su línea de aire falló; la guerra se cobró otra víctima, cinco años después de su final.

El navío era demasiado pesado para reflotarlo entero. Se desmontó la superestructura, se cortaron las torretas y se redujo el peso al mínimo. En septiembre de 1951, tras meses de trabajo, llegó el momento decisivo.

VIII. La resurrección y la despedida

El plan era sencillo en teoría: bombear el agua, aprovechar la flotabilidad y romper la succión del lodo. Pero la proa, cortada verticalmente, hacía que el centro de flotación estuviera desplazado. Si la popa se liberaba primero, el barco podría hundir la proa en el fango y perderse de nuevo.

Las bombas rugieron, la estructura crujió, el acero gimió bajo la tensión. Finalmente, con un gemido sordo, el Gneisenau se desprendió del fondo y flotó, bajo y ladeado, pero flotó. No hubo celebraciones: su destino era el desguace.

Remolcado hasta el astillero, fue desmantelado pieza por pieza. El blindaje que había resistido obuses británicos se convirtió en vigas para la reconstrucción de Polonia. El acero que un día fue símbolo de guerra, ahora sostenía escuelas, puentes y viviendas.

IX. El corazón que sobrevivió

Pero el Gneisenau no desapareció del todo. Cuando la modernización fue cancelada, sus torres principales fueron enviadas al frente. La torre César fue instalada en una fortaleza excavada en la roca en Østøya, Noruega. Allí, en un pozo de cinco pisos de profundidad, los cañones del Gneisenau siguieron apuntando al mar, primero para los alemanes, luego para la defensa de la OTAN.

Hoy, la batería César sigue en pie. Quien la visita puede caminar entre los mecanismos intactos, ver los cargadores y las enormes culatas, sentir el pulso de la ingeniería alemana que sobrevivió a la nación que la forjó.

X. El legado del acero

La historia del Gneisenau no es solo la de un naufragio, sino la de la utilidad llevada al extremo. Luchó como acorazado, sirvió de batería costera, fue bloqueador de puerto, materia prima para la reconstrucción y, finalmente, guardián de costas en Noruega. Cada parte de su cuerpo fue usada hasta el final.

El mar no negocia y el desguace tampoco. Pero, en este caso, la ingeniería fue tan robusta que sobrevivió a la guerra y a la nación que la creó. El acero que un día fue símbolo de poder y destrucción, terminó siendo cimiento de una Europa que renacía de las cenizas.

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