ABANDONADA y VIUDA, ella salvó a un hombre, sin saber que era PANCHO VILLA
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La polvareda del rancho El Mesquite se levantaba pesada, pegajosa de desgracia. Aquella tarde de agosto de 1910, el sol caía sobre el desierto de Chihuahua como fierro al rojo vivo, rajando la tierra, secando los arroyos, marchitando los nopales como la esperanza de los pobres.
En ese pedazo olvidado del norte, el olor al miedo parecía tener color. Se mezclaba con el sudor agrio de los que trabajaban el campo y con el tufillo metálico de la sangre que los terratenientes derramaban por cualquier cosa. Allí, donde la sequía hacía gemir las piedras y la vida valía menos que un puñado de tortillas duras, vivía Valentina.
Era una mujer de ojos castaños en los que brillaba más valor que rencor. Chaparrita, de figura firme, con la presencia de quien no se dobla fácil. Llevaba el cabello castaño recogido en un chongo sencillo, enmarcando un rostro bonito marcado por el sol y por la desilusión. Tendría veintitantos años, pero sus ojos ya conocían el sabor amargo de la traición.
Su marido, un hombre parrandero y celoso que bebía más tequila del que trabajaba, la había abandonado después de meses de pleitos y humillaciones. Decía que Valentina era “muy altanera”, que no se comportaba como una mujer de respeto. La verdad era otra: le tenía celos a la fuerza de ella, a la forma en que miraba a los hombres a los ojos sin agachar la cabeza.
De vuelta en la casa de sus padres, en el rancho, Valentina ayudaba en las tareas del día a día. Su padre, don Ricardo, era un hombre de bien, de manos cuarteadas, que le sacaba al suelo seco el sustento de la familia. Su madre, doña Elena, era curandera respetada en la región: conocía las hierbas y los rezos que aliviaban desde el dolor de panza hasta el mal de ojo.
No tenían mucho, pero tenían dignidad. Y Valentina, cargando la vergüenza del matrimonio deshecho en una sociedad que no perdonaba a las mujeres “solas”, nunca negó ayuda a quien tocaba su puerta.
El patio del rancho era de tierra apisonada, con unas cuantas gallinas escarbando y un mezquite viejo dando una sombra rala junto al portal. La casa de adobe, de paredes gruesas, aguantaba algo del calor, pero no lo suficiente. En las tardes sofocantes, Valentina se sentaba en el portal con una jícara en el regazo, pelando tunas o cosiendo ropa rota. Era ahí donde pensaba en la vida, en los sueños que había tenido de chamaca y que ahora se le antojaban secos como el arroyo que cruzaba la propiedad y ya no llevaba agua.
En ese norte, la ley era la del más fuerte. Los terratenientes mandaban en todo: en las tierras, en la gente, hasta en las almas. Quien no se doblaba ante ellos pagaba caro. Sus capataces recorrían los caminos cobrando cuotas inventadas, tomando lo que querían, haciendo lo que se les antojaba. El pueblo sufría callado, porque reclamar era pedir la muerte.
Valentina conocía bien esa realidad. Había visto a vecinos perderlo todo, familias enteras expulsadas de sus tierras por deudas inventadas. Pero aún conservaba algo que muchos habían perdido: compasión. Su corazón se le apachurraba cuando veía a alguien sufrir. Todavía tenía fuerzas para tender la mano, para dividir lo poco que había en la mesa, para cuidar a quien necesitara.
—En el norte, quien no tiene tierra tiene que tener valor, o el sol le quema hasta el alma —decía don Ricardo.
Y Valentina tenía ese valor, aun sin saber lo que el desierto le tenía reservado.
Era ya casi tarde cuando Valentina regresaba de la casa de una vecina, llevando un frasco de piloncillo que doña Elena le había encargado. El camino de tierra, lleno de piedras sueltas, se abría entre el chaparral seco. El calor aún mordía la piel, aunque el sol comenzaba a bajar.
Valentina caminaba con paso firme, acostumbrada a aquellos senderos que conocía desde niña. Fue entonces cuando lo vio.
Un bulto caído a la orilla del camino, medio escondido detrás de unos mezquites. De lejos parecía un costal de maíz roto. Pero al acercarse, el corazón se le encogió.
Era un hombre. Y estaba sangrando.
La sangre se había extendido por la camisa de algodón, tiñendo la tela de un rojo oscuro casi negro. Su respiración era débil, jadeante. Cada vez que el pecho se le inflaba, parecía que podría ser la última.
Valentina dejó el frasco de piloncillo en el suelo y se arrodilló junto al desconocido. El rostro de él estaba sucio de tierra y sangre, pero alcanzó a distinguir que era un hombre de unos treinta y tantos años, moreno, de bigote grueso y expresión dura, incluso inconsciente.
—Ay, Dios mío… —murmuró, persignándose.
Miró a su alrededor. No había nadie. Solo el viento caliente sacudiendo las ramas secas y el canto triste de un cenzontle a lo lejos.
Sabía que aquel hombre había recibido balazos. Veía los agujeros en la ropa, la carne desgarrada, la sangre que no dejaba de escurrir. Sabía también que los baleados tirados en el camino casi nunca eran “gente de paz”: podían ser bandoleros, podían ser revolucionarios perseguidos, podían traer encima broncas grandes. Problemas.
Pero cuando le tomó el brazo y sintió la piel ardiendo de fiebre, el corazón le habló más fuerte que el miedo.
—No puedo dejar que este hombre se muera aquí como un perro —pensó.
Con esfuerzo, lo arrastró hasta la sombra de un mezquite. Él gimió bajito, sin despertar. Ella se quitó el pañuelo del cuello, lo dobló y presionó sobre la herida más fea: un agujero en el hombro que parecía haber atravesado de lado a lado. Sus manos se mancharon de rojo enseguida, pero no se detuvo.
—Aguante, compa —susurró—. No se me vaya a morir aquí. Voy a traer ayuda. Ya vuelvo.
Se levantó y corrió de regreso al rancho. El corazón le latía en la garganta.
Encontró a don Ricardo en el corral, atendiendo a un becerro enfermo.
—Papá —jadeó—, hay un hombre baleado en el camino. Está casi muriéndose.
Don Ricardo levantó la cabeza, el rostro curtido por el sol se le llenó de preocupación.
—¿Baleado? Valentina… tú sabes que eso puede ser peligroso. Puede ser mala gente…
—Ya sé, papá, pero no lo puedo dejar ahí tirado. ¿No nos enseñó usted que el cristiano ayuda a quien lo necesita, sea quien sea?
Don Ricardo suspiró. Conocía a su hija. Cuando se le metía algo en la cabeza, difícilmente daba marcha atrás.
Agarró una lona vieja y la siguió hasta el camino. El hombre todavía respiraba, pero estaba más pálido; la sangre formaba un charco oscuro en la tierra reseca.
Se persignó también, reconociendo la gravedad del asunto.
Juntos envolvieron al herido en la lona y, con gran esfuerzo, lo cargaron hasta el rancho. Doña Elena casi se desmaya cuando los vio llegar con aquel cuerpo ensangrentado.
—¡Virgen santísima! ¿Qué andaban haciendo?
—Luego le explicamos, mamá. ¡Ahorita ayúdenos a cuidarlo, por el amor de Dios! —dijo Valentina, entrando casi a tropezones.
Acomodaron al desconocido en el cuarto de atrás, un cuartito pequeño que usaban para guardar provisiones. Improvisaron una cama con costales de yute y cobijas viejas. Doña Elena, con sus manos hábiles, comenzó a limpiar las heridas mientras Valentina calentaba agua y rasgaba trapos limpios.
Tenía al menos tres impactos: uno en el hombro, otro de refilón en las costillas y un tercero atravesando el muslo. Heridas feas, profundas, pero ninguna parecía haber tocado órgano vital. Con suerte, y mucho cuidado, podría sobrevivir.
Mientras doña Elena trabajaba, el hombre abrió los ojos por primera vez. Eran ojos oscuros, intensos, que a pesar del dolor y la fiebre conservaban una dureza que imponía respeto. Intentó incorporarse, pero un quejido se le escapó.
—Quédate quieto, muchacho —ordenó doña Elena, sin dulzuras—. Estás muy herido.
El hombre miró a su alrededor, midiendo el lugar. Su mirada pasó por la curandera, por don Ricardo en la puerta, y finalmente se detuvo en Valentina.
Durante unos segundos, los ojos de ambos se encontraron. Ella sintió un escalofrío por la espalda, como si estuviera frente a algo peligroso y fascinante al mismo tiempo.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó él, con voz ronca.
—Gente de bien —respondió Valentina, sosteniéndole la mirada—. Gente que lo encontró tirado en el camino y que no tuvo corazón para dejarlo morir. Y que lo va a cuidar hasta que mejore.
El hombre la miró un instante más, como si la pesara por dentro. Luego asintió apenas y volvió a cerrar los ojos.
Valentina no lo sabía, pero ese gesto sencillo de compasión acababa de cambiarle la vida para siempre.
El hombre al que acababa de salvar no era un fugitivo cualquiera.
Era Francisco Villa.
Era Pancho Villa.
El Centauro del Norte. El hombre más buscado de todo el norte de México.
Y por haberlo salvado, Valentina acababa de poner en peligro no solo su vida, sino la de toda su familia.
Durante tres días, Valentina no se apartó del cuarto de atrás. Cambiaba vendajes, limpiaba las heridas con agua hervida y con las hierbas que doña Elena le daba, le daba de comer en la boca cuando lograba tragar algo. Dormía a ratos, en una silla junto a la cama improvisada, con el oído atento a cualquier cambio en su respiración.
El hombre alternaba entre momentos de conciencia y delirios febriles. Cuando estaba despierto, hablaba poco, pero sus ojos nunca dejaban de observar. Estudiaba a Valentina, a don Ricardo, a doña Elena. Pancho Villa no era hombre de confianza fácil: la vida de revolucionario le había enseñado que la traición podía venir de cualquier parte, incluso de los que parecían más humildes.
Pero había algo distinto en aquella familia. Lo cuidaban sin hacerle preguntas incómodas, sin remordimientos, sin codicia. Sobre todo la muchacha: esa mujer de ojos castaños que no apartaba la mirada cuando él la observaba.
Una mañana, mientras Valentina entraba con un tazón de caldo de gallina, él habló:
—¿Cómo te llamas?
—Valentina.
—Valentina… —repitió, como probando el nombre—. ¿Tú no me tienes miedo?
Ella dejó el tazón en la mesita y se sentó al borde de la cama para ayudarlo a incorporarse un poco.
—Miedo le tengo a muchas cosas en este norte, muchacho —dijo—. Le tengo miedo a los terratenientes, a los capataces, a la sequía que mata todo. Pero a un hombre herido pidiendo ayuda… a ese no.
Una sonrisa casi invisible se dibujó en el rostro del herido.
—Eres diferente a otras mujeres —comentó.
—Y tú eres diferente a otros heridos que ya hemos ayudado —replicó ella—. Pero acá nos enseñaron que el cristiano ayuda a quien necesita, sin preguntar mucho.
Mientras le daba cucharaditas de caldo, Pancho Villa la observó con más atención. Notó sus manos callosas, acostumbradas al trabajo duro. Notó la forma firme en que se movía, sin esa fragilidad impostada que algunos hombres esperaban ver. Y notó, sobre todo, sus ojos: ojos que guardaban una tristeza antigua, de la que solo entiende el que ya ha sufrido.
—¿Eres casada? —preguntó de pronto.
Valentina se detuvo apenas un segundo, pero luego contestó:
—Lo fui. El marido me dejó. Dijo que yo era muy altanera, que no sabía quedarme en mi lugar.
—¿Y cuál era ese supuesto lugar? —inquirió él.
—En la cocina, con la boca cerrada, haciendo todo lo que él mandara, aunque estuviera equivocado —respondió con amargura—. Pero yo no nací para ser tapete de ningún hombre.
Pancho Villa asintió despacio.
—Hiciste bien —dijo—. Hombre que no respeta a una mujer, no merece tener mujer.
Fue la primera vez que Valentina vio respeto en los ojos de aquel desconocido. Y también fue la primera vez que sintió, por alguien, una atracción peligrosa, distinta a todo lo que había conocido.
Al cuarto día, la fiebre cedió. Pancho Villa logró sentarse sin ayuda, aunque cada movimiento le arrancaba un gesto de dolor. En ese momento, don Ricardo entró con noticias preocupantes.
—Hay soldados recorriendo la región —dijo en voz baja—. Andan preguntando por un tiroteo cerca de la presa de Las Ánimas. Dicen que un revolucionario huyó herido.
Pancho Villa y Valentina intercambiaron una mirada rápida. Ella no sabía con certeza quién era él aún, pero la sospecha se hacía más fuerte.
—Don Ricardo —dijo el herido, con voz aún débil, pero firme—. Usted y su familia me han salvado la vida. Eso no se me olvida. Pero hay algo que necesita saber.
El hombre mayor se acercó, tenso.
—Soy Francisco Villa —continuó—. Me dicen Pancho Villa.
El silencio que cayó sobre el cuarto fue pesado como plomo.
Don Ricardo empalideció. Valentina abrió los ojos de par en par. Doña Elena, en el umbral, se persignó tres veces.
Todo el norte conocía ese nombre. Pancho Villa, el Centauro del Norte, el hombre que desafiaba a terratenientes y autoridades, que comandaba la tropa más temida de toda la región. Contaban que era cruel, que no tenía piedad; pero también contaban que protegía a los pobres, que castigaba a los poderosos que abusaban del pueblo.
—Dios mío… —susurró doña Elena—. Le dimos refugio a Pancho Villa…
—Y yo me iré en cuanto pueda caminar —dijo él—. Pero antes quiero que sepan algo: yo no olvido a quien me ayuda. Ni dejo que hagan daño a quien me ha ayudado.
Valentina sintió el corazón latirle en el cuello. Miedo y fascinación se le mezclaban en la sangre. Aquel hombre era peligroso, sí. Pero había una fuerza en él que la atraía, una convicción de hierro como no había visto en ningún otro.
—Pancho Villa no es de hablar, es de hacer —dijo ella en voz baja, recordando las historias de cantina—. Y quien se mete con él… luego no vive para contarlo.
Él la miró, sorprendido de escuchar aquello dicho casi con admiración.
—Es verdad, Valentina —respondió—. Yo hago lo que prometo.
En los días siguientes, mientras él se recuperaba, la tensión en la región aumentó. Los soldados seguían rondando, pero no eran los únicos. Los capataces del coronel Portillo, terrateniente poderoso y cruel, también andaban en la cacería. Había una recompensa grande por la cabeza de Pancho Villa, y muchos querían ese dinero.
Una tarde, Valentina estaba en el patio tendiendo ropa cuando vio polvo levantarse en el camino. No eran uno ni dos caballos. Eran varios.
El corazón se le aceleró.
—¡Papá! —gritó, corriendo hacia la puerta—. ¡Viene gente!
Don Ricardo se asomó por la ventana. La sangre se le fue del rostro.
—Son los capataces del coronel Portillo —dijo—. Unos seis.
Pancho Villa, que ya lograba caminar apoyándose en la pared, se acercó también. Reconoció de inmediato a algunos rostros.
—Capangas —murmuró—. De los que matan por gusto, no nomás por paga.
—Escóndase otra vez, muchacho —suplicó doña Elena—. Vuelva al cuarto.
Pero ya era tarde. Los jinetes habían llegado al portón. El que iba al frente, un hombre alto, de rostro surcado de cicatrices, desmontó. Traía un rifle en la mano.
—Buenas tardes, don Ricardo —saludó, con voz áspera—. Nos dijeron que anda ayudando a gente extraña por aquí.
—No sé de qué habla, Chato Robles —respondió don Ricardo, tratando de mantener la voz firme.
—¿No? Pues déjenos echar un ojito —dijo el capataz—. Nomás pa’ estar seguros.
—Mi casa no es cuartel para capataces —replicó el viejo—. No entran aquí como si fuera suyo.
Chato soltó una carcajada desagradable.
—Se le está olvidando quién manda en este norte, viejo —dijo—. El coronel Portillo ya avisó que quien esté escondiendo a Pancho Villa va a pagar caro. Y nosotros supimos que aquí hay un herido.
Otro de los hombres señaló hacia Valentina.
—Mira, Chato, la mujercita está temblando —dijo con sonrisa sucia—. Apuesto que ella sí sabe algo.
Valentina sintió la mirada del hombre recorriéndole el cuerpo, la misma mirada de siempre, la de los que creen que una mujer sola es presa fácil.
—Ven pa’cá, bonita —dijo el capataz, acercándose—. Vamos a platicar un poquito…
No alcanzó a terminar.
Pancho Villa apareció en el marco del cuarto, apoyado en la jamba, sosteniendo un rifle viejo de don Ricardo. Aún estaba pálido, se notaba el esfuerzo que hacía por mantenerse en pie, pero el arma no le temblaba.
—La plática va a ser conmigo, cabrón —dijo, la voz dura como piedra.
Chato Robles se giró en redondo, alzando su rifle. Los demás capataces desenfundaron. El aire del patio se tensó como una cuerda.
—Pancho Villa… —sonrió Chato—. Pero qué suerte la nuestra. El coronel va a estar muy contento. La recompensa por tu cabeza nos va a dejar ricos.
—Puedes intentar cobrarla, Chato —replicó él—. Pero te garantizo que no salen vivos de aquí.
—Estás herido, general —escupió Chato, usando el título con burla—. Apenas te sostienes. Somos seis contra uno.
—Entonces llevan ventaja —respondió Pancho Villa, esbozando una media sonrisa—. Si fueran nomás dos, hasta me daba lástima por ustedes.
La tensión se podía masticar. Nadie se movía.
Fue Chato quien se echó atrás primero. Escupió al suelo.
—Volveremos, Pancho Villa. Y cuando volvamos vamos a traer a toda la gente del coronel. A ver si muy gallo. —Se volvió a don Ricardo—. Y usted, viejo miserable, va a pagar caro por esconder a este bandido. Su rancho va a quedar en cenizas. Su familia va a pedir la muerte.
Montaron de nuevo y se marcharon, levantando polvo como una advertencia de tormenta.
Cuando desaparecieron en el horizonte, Pancho Villa bajó el rifle. Las piernas le flaquearon y Valentina corrió a sostenerlo antes de que cayera.
—¿Está loco? —le dijo, conteniendo un sollozo—. Está muy débil para enfrentarse así…
—No iba a dejar que te hicieran daño —respondió él, mirándola a los ojos—. No después de que me salvaste la vida.
En ese momento, con el cuerpo de Pancho Villa apoyado en el suyo, Valentina supo que algo había cambiado entre ellos. No era solo gratitud. Era algo más profundo.
Don Ricardo se aproximó, preocupado.
—Van a volver. Y van a traer más hombres. Nosotros tendremos que huir antes de que…
—Ustedes no van a huir —lo interrumpió Pancho Villa—. Quien va a arreglar esto soy yo.
—¿Cómo? ¡Si apenas puede caminar!
—Mando recado a mis hombres —dijo—. A los Dorados. Cuando lleguen, arreglaremos cuentas con el coronel Portillo y sus perros.
Valentina lo ayudó a regresar al cuarto. Cuando lo acomodó en la cama, él tomó su mano con fuerza sorprendente.
—Te dije que no olvido a quien me ayuda —dijo—. Y menos olvido a quien amenaza a los míos. Lo que el coronel hizo no se queda así. Pancho Villa no deja una deuda de sangre sin pagar.
Ella debería haber sentido solo miedo. Debería haberle pedido que se fuera cuanto antes. Pero al mirarlo a los ojos, sintió algo distinto: por primera vez en su vida, tenía delante a alguien dispuesto a pelear por ella.
—El coronel cree que va a escapar —murmuró Valentina—. Pero el desierto es grande. Y Pancho Villa nunca pierde el rastro de quien le hizo daño a su gente.
Él sonrió con esa sonrisa peligrosa que Valentina estaba empezando a conocer.
—Así es, Valentina. Así es.

Dos noches después, llegaron.
Valentina estaba en el portal cuando escuchó el sonido bajo de cascos sobre la tierra. El corazón se le subió a la garganta. Pensó que serían los capataces de vuelta. Pero cuando las siluetas se definieron en la oscuridad, Pancho Villa ya se había incorporado en la hamaca donde descansaba.
—Es mi gente —dijo, con una luz en los ojos.
Siete hombres, armados hasta los dientes, sombreros de ala ancha, carrilleras cruzadas en el pecho. Se movían como sombras entrenadas.
El primero en acercarse fue un hombre de estatura media, ojos claros muy fríos, con una cicatriz que le cortaba el rostro del ojo a la quijada.
—General —saludó, abrazando a Pancho Villa con cuidado—. Cuando recibí el recado, pensé que era mentira. Decían que se había muerto en aquel tiroteo.
—Casi, Fierro, casi —respondió Pancho Villa—. Pero Dios y esta familia me salvaron.
Rodolfo Fierro, su mano derecha, miró a don Ricardo, a doña Elena y a Valentina con desconfianza de animal salvaje. Cuando escuchó cómo lo habían recogido del camino y cuidado sin pedir nada, inclinó la cabeza.
—Entonces esta familia es nuestra familia ahora —dijo simplemente.
Los otros se fueron presentando: José Herrera, alto y fuerte como un toro, manos enormes; el Flaco, flaquísimo pero rápido como víbora, famoso por no fallar un tiro; Luis, el Chango; el Víboras; el Bronco. Cada uno con historias que se le adivinaban en las cicatrices.
Doña Elena, aún nerviosa, no permitió que los hombres se quedaran sin comer. Preparó frijoles, tortillas, carne seca y café fuerte. Los Dorados comieron en silencio, agradecidos. Estaban acostumbrados a comer a prisa, a la intemperie, con un ojo en el plato y otro en el horizonte. Aquella mesa de familia era lujo.
Cuando terminaron, mientras las mujeres recogían, Pancho Villa los reunió en el patio. Valentina se acercó, curiosa. Él la miró, dudó, y luego le hizo una seña para que se quedara.
—Compadres —empezó, con voz baja pero firme—. Esta familia me recogió del camino como un perro. Me escondió, me curó, arriesgó su propia vida. Y por eso, los capataces del coronel Portillo vinieron a amenazarlos. Dijeron que iban a quemar el rancho, que iban a hacerlos suplicar por la muerte.
Fierro escupió al suelo.
—Portillo —gruñó—. Ese desgraciado manda matar niños por un pedazo de tierra.
—El mismo —asintió Pancho—. Puso precio a mi cabeza. Mandó a sus perros. Ahora nos toca a nosotros.
—¿Cuántos hombres tiene? —preguntó Herrera.
—Veinte, quizá treinta —respondió Herrera a sí mismo—. Su hacienda está a tres leguas, junto al arroyo del Navío. Casa grande de piedra, cuartos de peones donde tiene a la gente casi como esclavos.
Pancho Villa alzó la mirada hacia el horizonte oscuro.
—Vamos a darle una lección que todo el norte va a recordar —dijo—. Vamos a mostrarle lo que pasa cuando alguien amenaza a los que ayudan a los nuestros. El coronel cree que porque tiene dinero y rifles puede hacer lo que quiera. Le vamos a enseñar que hay cosas que ni el dinero ni los títulos compran.
—¿Cuándo salimos? —preguntó el Flaco, acariciando el rifle.
—Mañana en la noche. Necesitamos un día para reconocer el terreno: ver guardias, entradas y salidas. No pienso perder hombres por ir a ciegas.
—¿Quién hará el reconocimiento? —preguntó Fierro.
Fue entonces cuando Valentina dio un paso al frente.
—Yo voy.
Todos la miraron. Pancho Villa frunció el ceño.
—Valentina, es peligroso.
—Conozco la región mejor que cualquiera de ustedes —replicó ella—. Ya he ido a la hacienda varias veces a llevar provisiones que mi madre vende. Sé los caminos, sé dónde se ponen los guardias, sé más o menos los horarios.
Fierro tomó la palabra.
—La muchacha tiene razón, general. Nadie desconfía de una mujer con una canasta.
A Pancho no le gustó la idea, se le notaba. En su mirada, Valentina alcanzó a ver algo nuevo: preocupación por ella. Pero él sabía que la lógica estaba de su lado.
—Está bien —cedió—. Pero no vas sola. El Flaco te seguirá de lejos, entre los mezquites. Cualquier señal mala, él interviene.
Valentina asintió. Tenía el corazón acelerado, pero no era miedo; era algo parecido a entusiasmo. Por primera vez en su vida, no solo estaba soportando injusticias. Iba a hacer algo.
A la mañana siguiente, Valentina tomó una canasta con queso y piloncillo, como si fuera una visita más de intercambio. Doña Elena, temblando, acomodó las cosas.
—Ve con cuidado, hija.
—Siempre —respondió Valentina, dándole un beso.
El sol empezaba a pegar cuando salió al camino. A cierta distancia, invisible entre nopales y mezquites, el Flaco cabalgaba como sombra, atento a cualquier peligro.
La hacienda del coronel Portillo imponía: casa de piedra, portal ancho, techo de tejas rojas. Alrededor, establos, cuartos de peones, depósitos. Valentina contó seis capataces visibles, todos armados, repartidos en posiciones que ya conocía.
Entró por la cocina.
—Buenos días, doña Chona —saludó—. Le traje el queso y el piloncillo que encargó.
—Pásale, hijita, pásale —respondió la cocinera, buscando monedas en una lata vieja.
Valentina, mientras esperaba, observó. Vio que la casa tenía dos entradas principales: la de enfrente y la de servicio. Vio a los guardias cambiar de posición a ciertas horas. Vio al coronel aparecer un momento en el portal, con sotol en mano, gordo, con bigote grasiento.
Y vio algo que le revolvió la sangre.
En el patio, atado a un poste bajo el sol, estaba un niño de unos doce años. Descalzo, sucio, la espalda llena de marcas de látigo. Lloraba quedito, tratando de no llamar la atención.
—¿Quién es ese niño? —preguntó Valentina, con la voz tensándose.
Doña Chona suspiró.
—Pepito. Hijo de Joaquina, la que lavaba aquí —dijo en voz baja—. El coronel dice que robó comida de la despensa. Ordenó azotarlo ayer. Hoy lo dejó amarrado para “dar ejemplo”.
Valentina apretó los puños. El niño estaba ahí, bajo ese sol inclemente, sangrando y hambriento, por robar un pedazo de comida.
—Eso es inhumano —escapó de su boca.
—Es su modo, m’ija —dijo la cocinera—. Ese hombre no tiene piedad.
Valentina cobró el dinero, dio las gracias y se encaminó a la salida. Pero antes de cruzar el patio, se acercó al poste. Cuando los guardias miraron hacia otro lado, sacó un pedazo de queso que se había guardado en el bolsillo y se lo dio al niño.
—Aguanta, ¿eh? —susurró—. Esto no va a durar mucho.
El niño la miró con ojos grandes, húmedos, y mordió el queso con desesperación.
De regreso al rancho, contó todo. Pancho Villa escuchó sin interrumpir, sin quitarle la vista de encima. Cuando ella narró lo de Pepito, él se puso de pie de un salto, ignorando el dolor de las heridas.
—Ese desgraciado va a pagar por cada lágrima de ese niño —dijo, con voz cortante—. Dos veces. Una por el chamaco, otra por ustedes.
La tarde pasó pesada, cargada de espera. Los Dorados revisaron armas, afilaron machetes, ajustaron las carrilleras. Valentina ayudó como pudo, llevando agua, comida, vendando de nuevo el hombro de Pancho.
Al ponerse el sol, él la llamó aparte.
—Valentina —dijo—. Quería darte las gracias por todo.
—No tiene que agradecer —respondió ella—. Hice lo que cualquier cristiano…
—No, tú hiciste más. Arriesgaste tu vida. La de tus padres. Y ahora estás ayudando a traer justicia.
Se quedaron en silencio, viendo el cielo teñirse de rojo, igual que la sangre que pronto correría.
—Después de arreglar cuentas con el coronel —continuó Pancho—, me voy a ir. Uno como yo nunca se queda mucho tiempo en un solo lugar. Pero quería que supieras algo: eres diferente de todas las mujeres que he conocido.
Valentina sintió un golpe en el pecho. Lo miró y, por primera vez, vio no al bandido del corrido, sino al hombre que conocía el valor de la lealtad y del honor.
—Y tú eres diferente de todos los hombres que yo he tenido cerca —respondió—. Mi exmarido me pegaba a mí, pero era cobarde con los otros hombres. Tú estás herido, y aun así enfrentaste a seis por defenderme.
Pancho dio un pequeño paso hacia ella. Sus ojos se encontraron, y por un momento el ruido de los grillos pareció desaparecer, el mundo se redujo a esos dos pares de ojos.
—Cuando esto acabe —dijo él—, si tú quieres, puedes venir conmigo. No te ofrezco vida fácil. Vamos a vivir a la carrera, durmiendo donde caiga, siempre vigilando. Pero te juro una cosa: nadie volverá a faltarte al respeto. Nadie va a hacer que bajes la cabeza.
Valentina debería haber pensado en la comodidad de la casa de adobe, en la protección de sus padres. Debería haber dicho que no. Pero en los ojos de Pancho Villa, no vio peligro solamente. Vio libertad. Una vida en la que no sería tapete de nadie.
—Lo voy a pensar —dijo.
Pero los dos sabían que, en el fondo, la decisión ya estaba tomada.
Cuando cayó la noche, los Dorados se prepararon. Sombreros calados, carrilleras cruzadas, armas listas. Pancho Villa, todavía herido, montó con gesto de dolor contenido, decidido a encabezar el ataque.
—El coronel cree que va a escaparse —dijo Fierro—. Pero el desierto es grande, y Pancho Villa nunca pierde el rastro de quien le hace daño a su gente.
—Vamos a enseñarle qué es justicia de verdad —añadió Herrera, golpeando su puño contra la palma.
Antes de irse, Pancho se volvió hacia Valentina.
—Quédate aquí con tus padres. Tranca las puertas. Si no hemos vuelto al amanecer, agarras a tu familia y corres al pueblo más cercano.
—Van a volver —dijo ella, segura—. Y cuando vuelvan, quiero saber que ese desgraciado pagó por todo.
Pancho sonrió con su sonrisa peligrosa.
—Puedes estar segura, Valentina. Va a pagar.
Partieron entonces, siete sombras pegadas al suelo, tragadas por la oscuridad.
En el rancho, nadie durmió. Valentina, don Ricardo y doña Elena pasaron la noche pegados a la ventana, mirando el camino vacío, rezando por justicia, temiendo por la sangre que el desierto estaba a punto de beber.
El sol apenas comenzaba a clarear cuando escucharon cascos de nuevo. Doña Elena y don Ricardo salieron al portal con el corazón en la boca.
Los Dorados regresaban. Valentina volví a la vista antes de que sus padres pudieran verla: venía en la grupa del caballo de Pancho Villa. Estaba sana.
Desmontó y corrió hacia sus padres. Se abrazaron fuerte, como quien regresa del borde de una barranca.
—Gracias a Dios, mija —lloró doña Elena—. Pensé que…
—Está todo bien, mamá. Todo se arregló —la tranquilizó Valentina.
Pancho Villa se acercó a don Ricardo, se quitó el sombrero con respeto.
—Don Ricardo —dijo—, la deuda está pagada. El coronel Portillo no volverá a amenazarlos. Aprendió lo que pasa cuando se mete con quien ayuda a la gente de bien.
Don Ricardo lo miró a los ojos. Hombre sencillo, sí, pero entendía el peso de las palabras “deuda” y “honra”.
—Se lo agradezco, mi general —respondió—. Pero ahora… cuando se sepa lo que pasó en la hacienda, los soldados van a venir…
—Van a venir, sí. Pero no nos van a hallar aquí —dijo Pancho—. Ya nos vamos a seguir nuestro camino.
Dudó un momento. Luego añadió:
—Y Valentina se va con nosotros.
El silencio fue inmediato. Doña Elena soltó a su hija, mirándola horrorizada.
—Valentina… ¿qué está diciendo este hombre?
Valentina tomó las manos de su madre.
—Me voy, mamá. Me voy a unir a los Dorados.
—¡Eso es una locura! —sollozó ella—. Vas a vivir huyendo, durmiendo en el suelo, siempre al borde de la muerte.
—Ya lo sé —respondió Valentina, serena—. Pero aquí, ¿qué tengo? Un matrimonio roto, la vergüenza encima y ninguna esperanza. Con Pancho Villa tengo otra cosa: libertad. Voy a poder ser quien soy de verdad.
Don Ricardo puso una mano en el hombro de su esposa. En sus ojos había tristeza, pero también orgullo.
—Elena… la muchacha ya decidió. Tú sabes cómo es —dijo—. Y te diré una cosa: desde chiquita se le notaba que el destino la traía pa’ algo grande.
—Y si la matan… —susurró doña Elena.
—Si me quedo aquí, mamá, también me puede matar la vida —intervino Valentina—. Ustedes me enseñaron a tener valor, a ayudar al necesitado, a no agachar la cabeza. Eso hice cuando lo recogí en el camino. Eso voy a seguir haciendo a su lado.
Pancho Villa volvió a hablar, con respeto:
—Doña Elena, don Ricardo, les doy mi palabra —dijo—: Valentina será respetada entre nosotros como nadie la respetó antes. Tendrá protección, comida, un lugar digno. Y lo más importante: tendrá libertad.
Doña Elena lloraba, pero asintió. Sabía que hay cosas que no se pueden encerrar, como el viento o el agua que se escapa entre los dedos.
—Al menos prométeme que tendrás cuidado, mija —suplicó.
—Se lo juro, mamá.
Se abrazaron de nuevo, largo, como queriendo grabarse una en el alma de la otra. Don Ricardo también la abrazó, dando palmadas torpes en su espalda.
—Siempre fuiste distinta, hija —dijo—. A ver hasta dónde te lleva ese corazón tuyo.
Mientras tanto, Fierro se acercó a Pancho.
—General, ¿está seguro de esto? —preguntó, en voz baja—. Nunca hemos tenido mujer entre los Dorados. Algunos no lo van a ver bien.
—La tendrán que ver bien porque yo mando —respondió Pancho—. Y porque Valentina ha demostrado tener más valor que muchos hombres. Me salvó la vida, Fierro. Y salió anoche con nosotros cuando podía haberse quedado. Se ha ganado su lugar.
Fierro sonrió ladeado.
—Si el general lo dice, es ley. Y al que no le guste, que me lo diga en la cara.
Doña Elena entró un momento en la casa y regresó con un pequeño bulto: algo de ropa, algunas cositas personales, un rosario viejo.
—Para que no olvides de dónde vienes —le dijo a su hija.
—Nunca voy a olvidar —respondió Valentina, con la voz quebrada.
Los Dorados ya estaban montados. Pancho ayudó a Valentina a subir a un caballo castaño, fuerte, que habían tomado en la hacienda del coronel.
—Es tuyo ahora —dijo—. Todo revolucionario necesita un buen caballo.
Ella acarició el cuello del animal, sintiendo la fuerza bajo la piel.
—¿Cómo lo voy a llamar? —preguntó.
—Tú decide. Es tu caballo.
Valentina miró el horizonte, ese desierto inmenso que de ahora en adelante sería su casa.
—Coraje —dijo al fin—. Se va a llamar Coraje.
Pancho sonrió, con una mezcla de orgullo y ternura.
—Nombre perfecto.
Empezaron a cabalgar. Valentina volteó la cabeza una última vez. Vio a sus padres en el portal, despidiéndose con la mano. Doña Elena lloraba, pero también sonreía. Don Ricardo la sostenía por los hombros, firme.
A medida que se adentraban en la planicie, el sol subía en el cielo. Pancho Villa se acercó con su caballo al de Valentina.
—En la revolución todos somos iguales —le explicó—. No importa si eres rico o pobre, hombre o mujer. Lo que cuenta es la lealtad, el valor y la honra. No matamos inocentes. No robamos a los pobres. No violamos mujeres. Quien hace eso no es Dorado. O lo echamos… o peor.