ANCIANO tirado a pozo de CASCABELES por federales…lo que hizo Pancho se volvió LEYENDA
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El Pozo de la Justicia: La Leyenda de Don Refugio y Pancho Villa
Era un día caluroso en el desierto de Durango, en el año 1917. El sol ardía con intensidad, y la tierra seca y agrietada parecía no tener fin. En ese vasto paisaje, un pequeño pueblo llamado Santa Rosa del Cobre se encontraba en medio de un silencio pesado, solo roto por el silbido del viento y el eco lejano de pasos de caballos. La tranquilidad de aquel lugar, sin embargo, estaba a punto de romperse por un acto de crueldad que quedaría grabado en la historia como uno de los más atroces y a la vez emblemáticos de la lucha contra la injusticia.
En las calles polvorientas, en la plaza principal, se encontraba un anciano de 72 años llamado don Refugio Salazar. Era un hombre pequeño, delgado, con ojos que brillaban con la sabiduría de quien había visto más vidas que muchas personas juntas. Su pelo era canoso, su rostro marcado por arrugas profundas, pero su presencia transmitía paz y autoridad. Era el curandero del pueblo, el que con sus manos curaba heridas, fiebres y dolores que la medicina oficial no podía aliviar. Sus manos arrugadas tenían el poder de sanar, y su voz, suave como el viento, era la de un hombre que conocía los secretos de la tierra y los espíritus.
Don Refugio vivía en una humilde casita de adobe en las orillas del pueblo, rodeado de un pequeño jardín donde cultivaba hierbas medicinales: romero, manzanilla, árnica, gobernadora. Cada planta tenía su propósito, cada raíz su secreto. Pero más allá de sus conocimientos en medicina, don Refugio era el guardián de un secreto ancestral, un pozo sagrado que desde tiempos inmemoriales se encontraba en las entrañas del desierto, en un lugar que solo él conocía.
Ese pozo, excavado en roca viva, con paredes lisas como espejo y agua cristalina en su fondo, era mucho más que un simple depósito de agua. Era un lugar sagrado, un sitio de rituales antiguos, un espacio donde los ancestros pedían favores a los dioses del desierto. Los viejos del pueblo contaban historias de poderes sobrenaturales, de curaciones milagrosas, de deseos cumplidos por quienes bebían de su agua con corazón puro. Don Refugio no confirmaba ni negaba esas historias, solo sonreía con esa sonrisa de quien guarda secretos que no puede compartir.
Pero el pozo guardaba otro secreto, uno aún más oscuro y peligroso. En sus profundidades, entre grietas y rocas, vivían docenas de víboras de cascabel, guardianas ancestrales del lugar. Desde tiempos inmemoriales, esas serpientes habían hecho del pozo su hogar, protegiendo con su veneno y su cascabeleo los misterios del agua sagrada. Nadie en el pueblo se atrevía a acercarse sin permiso de don Refugio, y él, con respeto reverente, enseñaba a los niños a no molestar a las víboras, a entender que formaban parte del equilibrio natural del desierto.

Todo en Santa Rosa del Cobre transcurría en paz, hasta que un día fatídico llegó la presencia de los federales. La historia que cambió todo ocurrió en una tarde de febrero, cuando el sol pegaba con fuerza y el ambiente era tenso por la reciente llegada de un destacamento del ejército federal, bajo el mando del capitán Ezequiel Montes, conocido en la región como “el azote de Durango”.
El capitán Montes era un hombre alto, fornido, con bigote negro y cicatriz en la mejilla derecha, recuerdo de una pelea en una cantina. Se jactaba de su bravura y de su autoridad, aunque en realidad su carácter era cruel y despiadado. Desde el primer día, ese grupo de soldados borrachos, ladrones y violadores convirtió Santa Rosa del Cobre en su patio de juegos personal. Requisaban comida sin pagar, entraban en las casas sin permiso, se emborrachaban con el tequila del pueblo y acosaban a las mujeres con miradas lascivas y comentarios que hacían hervir la sangre de los hombres.
El cuartel del capitán Montes era la casa del presidente municipal, que él mismo había desalojado a patadas, y desde allí gobernaba con mano de hierro. La gente vivía con miedo, sin poder decir nada, temiendo represalias o peor aún, la muerte. Pero don Refugio, con su carácter pacífico y su espíritu de paz, no se metía en política. Él solo se dedicaba a sanar, a curar, a ayudar a quien necesitara, sin importar si era villista, carrancista o de cualquier bando.
Un día, en medio de la brutalidad de los soldados, don Refugio fue testigo de una escena que marcaría su destino y el de todo el pueblo. Los federales, ebrios y arrogantes, decidieron que querían conocer el famoso pozo sagrado del que tanto hablaba la gente del pueblo. No por respeto ni devoción, sino por simple deseo de profanarlo y humillar a quien lo cuidaba.
El capitán Montes, con su ego inflamado y su sed de poder, se acercó con una banda de soldados borrachos y desafiantes. El anciano curandero salió a su encuentro, con calma, con respeto, pero con firmeza en su voz.
—Capitán, ese pozo es sagrado para nosotros. No se puede visitar sin permiso de los ancianos del pueblo. Es un lugar de ritual, de respeto a nuestros ancestros.
—¿Sagrado? —se burló Montes—. Aquí todo es sagrado, viejo. Dicen que esas víboras son mágicas, que protegen el pozo. Pero yo no creo en esas supersticiones. Vamos a verlo.
El capitán, con su arrogancia, ordenó a sus hombres que avanzaran, y en medio de risas y burlas, se acercaron al pozo. Don Refugio intentó detenerlos, pero ellos no le hicieron caso. Uno de los soldados, un gordo con dientes podridos, se rió mientras se acercaba y tomó una piedra para arrojarla al fondo del pozo.
—¡Vamos a ver qué tan mágicas son esas víboras! —gritó, mientras el cascabeleo siniestro comenzaba a sonar desde las profundidades.
Pero lo que ocurrió después fue algo que nadie esperaba. Desde las entrañas del pozo, un coro de cascabeles empezó a sonar con furia, como si cientos de serpientes se hubieran activado al mismo tiempo. El sonido era aterrador, helaba la sangre y hacía que incluso los borrachos más valientes retrocedieran instintivamente.
—¡Eso no es normal! —exclamó uno de los soldados, con el rostro pálido—. ¡Son víboras de verdad!
Y en ese momento, el horror se hizo realidad. Docenas, quizás cientos, de víboras de cascabel emergieron de las grietas y el agua, enroscándose en el aire y lanzando su veneno con furia. Los soldados, atemorizados, intentaron huir, pero ya era demasiado tarde. El capitán Montes, en su arrogancia, se acercó demasiado y fue el primero en recibir la furia de las serpientes.
Don Refugio, que observaba desde lejos, sintió que el corazón se le detenía. La escena era terrible. El capitán, con su rostro de asombro y terror, fue atacado por las víboras que lo mordieron en todas partes. Gritó, suplicó, trató de alejarse, pero las serpientes no le dieron tregua. En minutos, su cuerpo quedó cubierto de heridas y veneno, y su grito de agonía quedó silenciado en el silencio mortal del pozo.
Pero esa no fue la peor parte. Los gritos de los demás soldados, atrapados en la misma furia de las víboras, resonaron en el aire como un canto de justicia divina. La escena fue tan terrible que incluso los más insensibles en el grupo de Villa sintieron un escalofrío recorrer sus espinas dorsales.
—¡No! —gritó uno de los soldados, cubriéndose con las manos—. ¡Por favor, no! ¡Eso es injusto!
Pero el capitán Montes, en su arrogancia, ya no podía hacer nada. La furia de las víboras los había alcanzado a todos. La escena fue un espectáculo de horror y justicia, una lección que quedaría grabada en la memoria de todos los que estaban allí.
Don Refugio, desde lejos, solo pudo cerrar los ojos y rezar. La muerte de aquel hombre sabio, el que había sido el protector del pueblo, fue un acto de justicia que resonaría en la historia como un ejemplo de que en el desierto, la justicia a veces llega en forma de venganza divina.
Cuando los últimos gritos se apagaron, y solo quedó silencio, Villa se acercó al borde del pozo y, con respeto y tristeza, susurró:
—Descansa en paz, don Refugio. Tu muerte ha sido vengada.
El pueblo entero, que había sido testigo de aquella escena, salió en silencio, con el corazón pesado pero con la certeza de que la justicia había sido servida. La leyenda de don Refugio Salazar, el curandero que fue arrojado vivo a un pozo de víboras, se convirtió en símbolo de resistencia y justicia en una tierra donde la crueldad de los poderosos no siempre pasaba impune.
Desde entonces, en Santa Rosa del Cobre, aquel pozo quedó marcado como un lugar sagrado y temido. Los ancianos decían que las víboras allí no eran simples serpientes, sino guardianas de un poder ancestral, protectores de la memoria de un hombre que se atrevió a desafiar a la injusticia y pagó con su vida por ello.
Y en cada rincón del México revolucionario, la historia de don Refugio y el pozo de las víboras se convirtió en un recordatorio de que la justicia, aunque a veces llegue envuelta en horror, siempre encuentra su camino, y que los hombres como Villa, que luchan por la justicia verdadera, nunca dejan de ser leyenda.