(Coahuila, 1956) La terrible mujer que tuvo r3laci0nes con su propio hijo
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La Tragedia de Coahuila: La Casa de los Mendoza
En las áridas y desoladas tierras de Coahuila, el desierto guarda secretos tan oscuros que la misma tierra parece ocultarlos. En un pequeño pueblo cercano a Monclova, donde las casas de adobe se alineaban como soldados cansados bajo el sol implacable, se encontraba una propiedad que todos evitaban mencionar. No era miedo lo que sentían los habitantes al hablar de ella, sino una incomodidad inexplicable que recorría sus huesos y les helaba la sangre. La casa de los Mendoza, ubicada al final de la calle Hidalgo, se alzaba solitaria, separada del resto por un muro de piedra que parecía haber conocido tiempos mucho mejores.
Dentro de esas murallas vivían únicamente dos personas: Guadalupe Mendoza, una mujer de 38 años que enviudó cinco años atrás, y su hijo Roberto, un joven de 20 años que rara vez salía de la propiedad. Los vecinos murmuraban que algo no estaba bien en esa casa.
Doña Carmen, la tendera del pueblo, recordaba cómo Guadalupe había cambiado tras la muerte de su esposo. Don Mendoza, su marido, había muerto en un accidente en la mina, dejando a su mujer y su hijo en una situación económica precaria. Nadie esperaba el aislamiento que siguió a su muerte. Roberto, el joven que antes jugaba con los niños del pueblo y soñaba con ser maestro, cambió de repente. Dejó de asistir a la escuela, dejó de ver a sus amigos, y las cortinas de la casa se mantenían cerradas todo el día, incluso cuando el sol brillaba con fuerza en lo alto.
Don Esteban, el cartero del pueblo, era uno de los pocos que mantenía contacto regular con los Mendoza. Cada vez que entregaba cartas, algo extraño sucedía. Guadalupe siempre abría la puerta apenas una rendija, tomaba las cartas con manos temblorosas y la cerraba rápidamente, como si algo dentro de ella le impidiera recibir visitas. Don Esteban, en varias ocasiones, creyó ver a Roberto a través de una ventana, su rostro pálido presionado contra el vidrio, con una expresión que lo atormentaría por días. Era una mezcla de desesperación y resignación, como si el joven estuviera atrapado en una pesadilla sin fin.
El padre Agustín, párroco del pueblo, también notó la ausencia de los Mendoza en misa. Guadalupe había sido una mujer devota, pero tras la muerte de su esposo, su fe se desvaneció, como el agua que se evapora en el desierto. El sacerdote intentó visitar varias veces, preocupado por la salud espiritual de sus feligreses, pero Guadalupe siempre encontraba excusas. Roberto estaba enfermo, ella misma no se sentía bien… siempre una excusa que cerraba la puerta ante cualquier intento de ayuda.

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La gente comenzó a hablar. Algunos decían que habían escuchado gritos provenientes de la casa durante la noche, mientras otros mencionaban luces extrañas que se encendían y apagaban a horas inapropiadas. Don Rodrigo, el herrero del pueblo, recordó una vez cuando vio a Guadalupe en el mercado. La mujer lucía demacrada, con una mirada perdida, y cuando él le preguntó por Roberto, ella respondió que su hijo estaba bien, pero se alejó rápidamente, como si temiera que alguien la estuviera observando.
Dentro de la casa, la situación se volvía cada vez más perturbadora. Guadalupe, consumida por su dolor, había comenzado a depender cada vez más de su hijo. Su relación comenzó a desdibujarse, y lo que al principio parecía una dependencia natural, se transformó en algo mucho más oscuro. Guadalupe, atrapada en su dolor y desesperación, comenzó a confundir a Roberto con su difunto esposo. Le hablaba como si fuera él, pidiendo atención y cuidado como si fuera el único consuelo que le quedaba. Con el tiempo, esa confusión mental se convirtió en una relación insostenible que no solo los afectaba a ellos, sino a toda la comunidad.
La verdad, sin embargo, no salió a la luz hasta mucho después, cuando el peso de lo que ocurría en la casa Mendoza se hizo evidente de forma trágica. Las noches se llenaron de murmullos y desesperación. Las paredes de la casa de Guadalupe y Roberto guardaban el eco de secretos tan oscuros que ni los habitantes del pueblo podían imaginar. Un ciclo destructivo de manipulación, miedo y desesperación atrapó a Roberto, quien comenzó a dudar de su propia identidad. Sabía que su madre ya no era la mujer que alguna vez lo había cuidado, pero el miedo a perderla lo mantenía atado, incapaz de romper el lazo que los unía.
En la primavera de 1956, Roberto, finalmente consciente de la gravedad de la situación, tomó una decisión: debía escapar. A pesar del miedo y la culpa que lo consumían, algo en su interior le decía que no podía seguir viviendo en ese tormento. Esa noche, con el corazón acelerado, Roberto se preparó para huir. Sabía que escapar no sería fácil, pero la esperanza de una vida mejor, libre del sufrimiento, le daba fuerzas. Cuando la madrugada llegó, salió sigilosamente de la casa y caminó hacia la esquina acordada donde un vehículo lo esperaba. Con un suspiro de alivio, dejó atrás la casa Mendoza, la cual, por años, había sido su prisión.
La huida de Roberto desató una serie de eventos que culminaron en el descubrimiento de la verdad detrás de la relación enfermiza entre madre e hijo. Don Esteban, el cartero, fue el primero en escuchar los gritos desgarradores de Guadalupe cuando descubrió que su hijo se había ido. La mujer, desquiciada por la desesperación, salió corriendo descalza por la calle, llamando a su hijo con una voz quebrada de dolor.
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La intervención del padre Agustín, el médico del pueblo y el juez Ramírez fueron necesarios para que la verdad saliera a la luz. Guadalupe, finalmente admitió lo que había sucedido en su casa, revelando la magnitud de sus actos y el daño que había causado a su propio hijo. Los vecinos del pueblo, horrorizados, no podían comprender cómo algo tan macabro había sucedido bajo su propio techo.
Guadalupe fue llevada a un hospital psiquiátrico, donde pasó el resto de su vida, mientras que Roberto, tras haber sido eximido de los cargos, comenzó a reconstruir su vida en otro lugar. La casa Mendoza fue demolida, pero las historias sobre lo que había ocurrido en su interior perduraron, convirtiéndose en una leyenda oscura que los habitantes del pueblo nunca olvidarían.
La tragedia de los Mendoza fue un recordatorio sombrío de que el mal no siempre llega disfrazado de monstruos, sino que a veces se presenta bajo la forma de amor distorsionado y necesidad insaciable. Las peores prisiones no son siempre las de barrotes de hierro, sino las que se construyen en la mente de aquellos a quienes más amamos.