¿Cómo una judía de 19 años hundió los submarinos de Hitler con una simple pluma?
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¿Cómo una judía de 19 años hundió los submarinos de Hitler con una simple pluma?
Otoño de 1944. En algún lugar del Atlántico Norte, el U13501, una de las nuevas y revolucionarias maravillas de la ingeniería alemana, el submarino tipo 21, se desliza bajo las olas. Es su primera patrulla de combate.
Dentro, el aire huele a acero, a ozono de los motores eléctricos y a la tensa confianza de una tripulación de élite. El comandante observa el hidrófono, un convoy aliado. La presa está cerca. La orden es clara. Profundidad de periscopio. Preparen tubos uno a cuatro. La tripulación se mueve con una eficiencia ensayada. Son los mejores. Operan la máquina de guerra más avanzada de su tiempo.
La orden de fuego llega. “¡Tubo uno! ¡Fuera!” Un silbido de aire comprimido, un violento empujón y el primer torpedo G7 Soundcig se lanza hacia su destino. “¡Tubo dos, fuera!” Y entonces, en lugar de una explosión externa, ocurre un sonido interno, un crujido agudo y metálico, seguido de un torrente de agua helada que irrumpe en la sala de torpedos de proa. El grito del jefe de la sala por el intercomunicador se ahoga por el estruendo del agua.

Inundación en la proa. El sello del tubo dos ha reventado.
El pánico es instantáneo. El submarino, con la proa inundada, se inclina bruscamente hacia adelante. El comandante grita órdenes desesperadas para emerger, para soplar los tanques de lastre, pero es inútil. La presión del océano a 60 metros es implacable. En menos de dos minutos, el U13501, orgullo de la Kriegsmarine, se precipita hacia el abismo, aplastado por la misma presión para la que fue diseñado. En el cuartel general del Befels Haver de Wilhelmshaven, el informe es recibido con incredulidad.
Una semana después, un segundo informe casi idéntico. El U353, gemelo del primero, perdido en sus pruebas de mar profundo en el Báltico. Misma causa. Fallo catastrófico del sello del tubo lanzatorpedos durante una prueba de presión.
Los ingenieros son convocados. Las especificaciones son perfectas. El acero CRB es impecable. Las soldaduras radiografiadas y sin fisuras. El diseño es una obra maestra teórica. La conclusión oficial es un defecto inexplicable en el lote de caucho vulcanizado utilizado para las juntas. Un trágico pero mundano fallo de material.
Buscaron el error en los cálculos de ingeniería, en la metalurgia del acero, en la química del caucho. Nadie pensó en examinar la tinta de los planos. Nadie se fijó en la joven de 18 años, que en un rincón de una oficina de diseño en Kiel los copiaba con una precisión inhumana.