Coronel COSÍA bocas de esclavos que se quejaban…PANCHO VILLA le COSIÓ BOCA, OJOS Y OÍDOS a él

Coronel COSÍA bocas de esclavos que se quejaban…PANCHO VILLA le COSIÓ BOCA, OJOS Y OÍDOS a él

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La leyenda del coronel que cosía bocas y la justicia de Pancho Villa

En los polvorientos pueblos del norte de México, donde el desierto parece no perdonar ni a los vivos ni a los muertos, hay historias que no se olvidan. Hay nombres que se graban en la memoria colectiva como hierro candente en la carne, y hay hombres tan malditos que hasta el infierno los rechaza. Esta es la historia del coronel Esteban Morales, un hombre cuya crueldad sembró terror en Chihuahua en el año de 1914, y de cómo la justicia, encarnada en Francisco Villa, vino a cobrarle cada lágrima, cada grito ahogado, cada puntada.

El terror de Morales

Morales era un federal enviado por el gobierno de Victoriano Huerta para “pacificar” la región y acabar con cualquier simpatizante de la revolución. No era el típico coronel que fusilaba o azotaba. Morales tenía su propio método: cosía bocas. Usaba una aguja de arriero, gruesa como clavo, e hilo de Enequén, áspero como alambre de púas. Cerraba los labios de cualquier campesino, mujer, anciano o niño que se atreviera a quejarse del hambre, de los abusos, de la injusticia. Así callaba al pueblo, así imponía su ley.

Medía casi dos metros, con bigote negro retorcido y ojos oscuros como pozos sin fondo. Siempre vestía impecable, con botas de cuero fino y una bolsa de cuero negro colgando de su cinturón, junto a su pistola Colt 45. En esa bolsa llevaba su colección de agujas y carretes de hilo, su kit de tortura, sus herramientas del infierno.

Morales llegó a Hidalgo del Parral con 50 soldados tan crueles como él y estableció su cuartel en la vieja hacienda de San José. Los primeros días fueron de vigilancia y miedo. El coronel paseaba por el pueblo, revisando negocios, inspeccionando ranchos, preguntando nombres, anotando en su libreta. La gente sabía que los federales no venían a proteger, venían a aplastar.

El primer cocido

Todo comenzó con don Refugio Salazar, un campesino de 62 años, respetado por todos, padre de siete hijos y abuelo de catorce. Una mañana, don Refugio compraba semillas en la plaza cuando, en voz baja, comentó al vendedor: “Con tanta tropa en el pueblo, ¿quién va a sembrar la tierra? Vamos a pasar hambre este año”. Pero Morales tenía oídos de coyote. Se detuvo en seco, se acercó y preguntó con voz suave como víbora: “¿Qué dijiste, viejo?”. Don Refugio, temblando, repitió su preocupación. Morales sonrió fríamente y sacó su bolsa de cuero.

El pueblo contuvo la respiración. Dos soldados sujetaron a don Refugio, lo arrodillaron en el suelo y Morales, sin prisa ni vacilación, le cosió la boca puntada por puntada. La sangre escurrió por su barbilla, manchando la tierra sedienta de horror. Cuando terminó, Morales anunció: “En Hidalgo del Parral, las bocas que se quejan se cosen. Quien tenga hambre, que lo aguante en silencio”.

Don Refugio quedó de rodillas, llorando lágrimas silenciosas, con la boca sellada y el hilo negro atravesando sus labios. No podía hablar, comer ni gritar. Su dolor fue el inicio del reino de terror del coronel.

El silencio del pueblo

En las semanas siguientes, Morales cosió muchas bocas más. Un joven de 17 años que protestó cuando los soldados robaron las gallinas de su familia. Una anciana que rezó en voz alta pidiendo justicia divina. Un comerciante que cerró su tienda en protesta. Uno por uno, Morales los fue cociendo. El pueblo quedó mudo, mudo de terror y de impotencia.

El horror alcanzó su punto máximo una tarde de abril. María Guadalupe Rentería, madre de cuatro hijos y viuda, llegó al cuartel de Morales para suplicar un poco de maíz para sus hijos, que llevaban días sin comer. Morales la miró desde su silla y dijo aburrido: “Otra boca quejándose del hambre. Ya me cansé de coser viejos y hombres, a ver cómo se ve una mujer cocida”.

Dos soldados la sujetaron y, frente a sus hijos, Morales le cosió la boca puntada tras puntada. Los niños lloraban y gritaban, pero los soldados los obligaban a mirar. “Que aprendan que aquí no se habla, no se queja, solo se obedece”, ordenó Morales. Cuando terminó, María cayó de rodillas, sangrando y llorando en silencio. Sus hijos la abrazaron, aterrados.

Esa noche, Hidalgo del Parral quedó sumido en un silencio más profundo que tumba. Nadie hablaba, nadie protestaba. El pueblo caminaba con la cabeza agachada y la boca cerrada, no solo por miedo, sino por respeto al sufrimiento de los que ya habían sido cocidos.

Don Refugio murió cinco días después, de infección y desnutrición. María Guadalupe sobrevivió, pero quedó marcada para siempre. Su hija mayor tuvo que cortarle los hilos con un cuchillo de cocina, porque ningún doctor se atrevía a desafiar la orden de Morales.

El niño que buscó justicia

El pueblo rezaba en secreto por un milagro, por un libertador, por Pancho Villa. Porque en el norte, cuando la justicia se vuelve burla, ahí es donde llega el Centauro del Norte. Pablo Rentería, el hijo de siete años de María Guadalupe, vio a su madre sufrir. Algo se rompió dentro de él, pero no fue el miedo, sino la necesidad de justicia.

Esa noche, Pablo tomó una decisión. Esperó hasta medianoche, besó la frente de su madre cocida, miró a sus hermanas dormidas y salió al desierto. Caminó hacia el norte, hacia donde dicen que Villa y sus dorados cabalgaban. No llevaba comida ni agua, solo la camisa ensangrentada de su madre, como prueba y grito silencioso de auxilio.

Caminó durante tres días, guiándose por la estrella polar, cruzando matorrales, soportando el sol abrasador y el frío nocturno, con los pies sangrando y el estómago vacío. Bebió agua de arroyos sucios, lloró por su madre y por el pueblo, pero nunca se detuvo. Villa, Villa, murmuraba como oración.

Al tercer día, vio humo en el horizonte. Reunió fuerzas y caminó hacia él. Encontró un campamento de revolucionarios. En el centro, sentado en una roca, estaba Francisco Villa. Pablo intentó gritar, pero solo cayó de rodillas. Los dorados levantaron sus rifles, pero Villa ordenó bajar las armas. Se acercó al niño y le ofreció agua y pan. Cuando Pablo pudo hablar, le contó todo lo que había pasado en Parral.

El despertar de la justicia

Villa escuchó la historia con atención, examinó la camisa ensangrentada y prometió: “Voy a ir a Hidalgo del Parral, voy a encontrar al coronel Morales y le voy a hacer pagar cada puntada que dio. Te lo prometo por mi madre muerta, por la Virgen de Guadalupe, por todo lo que es sagrado”.

Los dorados rugieron de aprobación. Villa preparó a sus hombres. “Esto no va a ser batalla, compadres, esto va a ser cacería”. Al amanecer, 30 dorados montaron sus caballos, revisaron sus armas y cabalgaron hacia el sur, hacia Hidalgo del Parral.

Cabalgaban como trueno, levantando polvo, con Villa al frente sobre Siete Leguas, su caballo. Durante el camino, Villa planeaba cada detalle. Al llegar cerca del pueblo, divisó el cuartel de Morales desde una colina y diseñó el plan: usar carnada para sacar al coronel.

Mandó a Fierro y Chávez, disfrazados de comerciantes, al cuartel con un mensaje: había revolucionarios heridos escondidos en el pueblo y los vecinos los entregarían a cambio de oro. Morales mordió el anzuelo y salió del cuartel con 10 soldados.

El castigo

En el pueblo, Villa y sus dorados esperaban ocultos. Cuando Morales y sus hombres rodearon la casa del herrero, Villa dio la señal. Los dorados salieron de las sombras, rodeando a los federales. Morales, por primera vez, sintió miedo. Villa lo enfrentó: “Un niño caminó tres días por el desierto para pedirme justicia. ¿Sabes por qué? Porque tú cosiste la boca de su madre frente a él y sus hermanos. Porque convertiste a un pueblo entero en cementerio silencioso”.

Morales suplicó, pero Villa no lo mató inmediatamente. “Primero vas a sufrir todo lo que hiciste sufrir. Cada puntada”. Amarraron a Morales y lo llevaron al desierto.

En un cañón remoto, Villa sacó la bolsa de agujas y el hilo. “¿Reconoces estas herramientas?”, preguntó. Morales solo lloraba. Villa le cosió la boca, 28 puntadas, el doble que a María Guadalupe. Después le cosió los ojos, para que no viera la muerte llegar. Finalmente, le cosió las manos, para que no pudiera arrancarse el hilo ni acabar con su sufrimiento.

“Te voy a dejar aquí tres días, igual que Pablo caminó tres días buscándome. Pero tú vas a estar aquí con desesperación. El sol te cocinará de día, el frío te congelará de noche, la sed te volverá loco y no podrás hacer nada excepto sentir cada segundo de agonía”.

Los dorados dejaron a Morales en el cañón. El sol subió, la temperatura se elevó, Morales se arrastró buscando sombra, pero no había. La sed llegó rápido, las moscas lo devoraban, los zopilotes se acercaron y empezaron a arrancarle pedazos de carne. Morales vivió en agonía absoluta, hasta que finalmente, al tercer día, su corazón dejó de latir. El cuerpo fue devorado por las aves, quedando solo huesos blanqueados y restos de hilo negro.

El regreso de la esperanza

Villa volvió al campamento y llevó a Pablo de regreso con su familia. El pueblo salió a la calle y, por primera vez en meses, gritó de alegría. Villa anunció: “El coronel Morales está muerto. Este pueblo ya es libre. Que todos sepan que en el norte de México, quien cose bocas termina cocido por la justicia”.

La historia se volvió leyenda. Se contaba en cantinas, en mercados, en fogatas. La bolsa de cuero negro terminó en el museo de la revolución en Parral. Los viejos la miran y se persignan, los jóvenes la miran con curiosidad, y todos recuerdan la historia.

Pablo Rentería creció con esa historia, se unió a los dorados y la contó siempre, recordando los nombres de los que sufrieron bajo Morales. “Villa no solo mató al coronel, envió un mensaje: la justicia siempre llega. Puede tardar, puede ser brutal, pero llega”.

María Guadalupe vivió hasta los 82 años, con cicatrices en los labios, pero aprendiendo a vivir con ellas como símbolo de resistencia. Antes de morir pidió a Pablo que contara la historia completa, para que los nombres de los valientes no se olvidaran.

El mensaje eterno

Hoy, más de cien años después, la leyenda sigue viva. En tiempos donde la justicia parece muerta y la impunidad reina, recordamos las historias de Villa. Recordamos que hubo un tiempo donde los tiranos pagaban, donde la justicia era real, donde los hombres de honor existían y donde quien sembraba crueldad cosechaba justicia.

El cañón donde murió Morales todavía existe, dicen algunos arrieros. Entre riscos rojos, se siente un escalofrío, un peso en el pecho, como si el lugar guardara el eco del sufrimiento. Dicen que entre las rocas aún se pueden ver huesos con hilo negro atravesándolos. Verdad o leyenda, no importa. Lo que importa es el mensaje: en el norte, quien cose bocas termina cocido por la justicia.

Así termina esta leyenda, compadre. Que tus hijos la conozcan, que tus nietos la recuerden, porque mientras estas historias se cuenten, Villa sigue vivo, la justicia sigue viva y la esperanza de que los tiranos eventualmente pagan, nunca muere.

Viva Villa. Viva la justicia verdadera. Y que todos los tiranos del mundo sepan: en el norte de México, la palabra de un hombre vale más que todo el oro del mundo, y quien cose bocas termina cocido.

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