El General que condenó a su propia hija a muerte por quedar embarazada de un esclavo… ¿la salvó?

El General que condenó a su propia hija a muerte por quedar embarazada de un esclavo… ¿la salvó?

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El General que condenó a su propia hija a muerte por quedar embarazada de un esclavo… ¿la salvó?

La hacienda San Miguel del Valle se alzaba como una fortaleza de piedra volcánica en las afueras de Puebla, sus muros gruesos absorbían el calor sofocante del julio de 1821. El polvo del camino real flotaba en el aire inmóvil, mezclándose con el aroma a tierra seca y bugambilias marchitas que se aferraban obstinadamente a los muros perimetrales. Dentro de la casona principal, construida con la arquitectura colonial característica de la época, techos altos con vigas de madera oscura y pisos de talavera traídos desde la capital, se encontraba el general Ignacio Belarde, revisando documentos militares con manos temblorosas.

No temblaban por la edad, aunque a sus 47 años las campañas militares habían dejado su marca en su cuerpo curtido. Temblaban por la furia contenida que hervía en su sangre desde hacía tres días. Una rabia tan intensa que había dejado de comer, de dormir, de hacer cualquier cosa, excepto caminar de un lado a otro de su despacho como un jaguar enjaulado. Los criados lo evitaban, reconociendo en sus ojos grises la tormenta peligrosa que presagiaba decisiones irreversibles.

Su hija, Valentina Belarde, de apenas 19 años, estaba encerrada en la torre norte de la hacienda. Estaba embarazada de un esclavo. Las palabras resonaban en su mente como campanas de muerte, cada repetición añadiendo capas de humillación, horror y un dolor paternal que se negaba a reconocer ante sí mismo. La noticia había llegado como un hachazo certero al corazón de su orgullo. Doña Remedios, la partera del pueblo, había confirmado lo que las criadas sospechaban desde hacía semanas: Valentina llevaba tres meses de gestación. El padre, según la acusación de Jacinta, una criada chismosa cuya lengua venenosa había sellado el destino de todos los involucrados, era Cu, un hombre de piel oscura, como la noche mexicana más cerrada, traído de las costas de Veracruz hacía cinco años.

El general lo recordaba vívidamente. Había comprado a Cu en un mercado donde los últimos vestigios de la esclavitud se aferraban a la sociedad mexicana como garras oxidadas que se negaban a soltar su presa. Aunque las leyes de la nueva nación independiente teóricamente prohibían tal comercio, en haciendas remotas hombres poderosos como el general Belarde operaban según sus propias reglas con la complicidad silenciosa de las autoridades locales.

Ignacio Belarde no era un hombre cruel por naturaleza, o al menos así le gustaba verse a sí mismo. Había sido un oficial respetado durante las guerras de independencia, condecorado por su valentía en batallas sangrientas contra las fuerzas realistas. Había arriesgado su vida múltiples veces, defendiendo ideales de libertad e igualdad que los insurgentes mexicanos proclamaban con fervor revolucionario. Pero esos ideales, descubrió con incomodidad creciente, eran más fáciles de defender en abstracto que de aplicar cuando amenazaban el orden social del cual él era beneficiario directo.

La sociedad novohispana, aún tambaleándose entre el virreinato moribundo y la independencia recién declarada, no perdonaba tales transgresiones. El sistema de castas, aunque oficialmente abolido, seguía operando en la mentalidad colectiva como un fantasma persistente. Español, criollo, mestizo, indígena, negro. Cada categoría tenía su lugar designado, sus expectativas, sus límites invisibles, pero férreamente aplicados. Y Valentina había saltado por encima de todos esos límites con una audacia que el general no sabía si admirar secretamente o condenar públicamente. Su honor militar, construido sobre décadas de servicio y sacrificio, pendía de un hilo. Su posición en la nueva nación mexicana, donde buscaba un rol político que consolidara su influencia más allá del campo de batalla, se veía amenazada.

La noticia de su hija embarazada de un esclavo había sacudido los cimientos de su mundo. Su apellido, que se remontaba a los conquistadores españoles que habían llegado con Hernán Cortés, un linaje que mencionaba con orgullo, se encontraba ahora empañado por el escándalo de Valentina. Y lo peor de todo, lo que le quemaba por dentro, era la sensación de que su hija, la joven que había criado con tanto amor y sacrificio, se había rebelado no solo contra las expectativas familiares, sino contra el mismo orden social que él había jurado proteger.


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