El Soldado OBLIGÓ a la anciana a besar su bota… “El Carnicero” le hizo TRAGAR el cuero
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Justicia en el Norte
Capítulo 1: Humillación bajo el sol
El sol del desierto de Chihuahua caía como plomo derretido sobre Parral en mayo de 1914. El polvo flotaba en el aire caliente, se pegaba a la piel, se metía en la garganta. Pero había algo peor que el calor en ese pueblo: el miedo. Un miedo espeso, pesado, que olía a pólvora y a sangre seca. Y en medio de la plaza principal, frente a la iglesia de San José, un hombre con uniforme de rural federal estaba a punto de cometer el error más grande de su vida.
Coronel Augusto Ramírez, treinta y ocho años, ochenta de estatura, bigote negro engomado al estilo porfirista. Ojos de víbora que nunca sonreían, aunque su boca lo hiciera. Usaba un sombrero de ala ancha con insignia dorada de los rurales. Su uniforme estaba impecable, demasiado impecable para un hombre que supuestamente peleaba batallas. Botas de cuero fino importado de España, espuelas de plata que tintineaban cuando caminaba, recordándole a todos quién tenía el poder allí. Pero lo que más definía a ese hombre no era su uniforme ni sus botas caras, era su sonrisa torcida, la de quien disfruta el sufrimiento ajeno. Esa sonrisa que decía: “Puedo hacer lo que quiera y nadie me va a detener”.
Ramírez llevaba seis meses en Parral, seis meses de terror. Había quemado tres ranchos acusando a sus dueños de ayudar a los revolucionarios. Ejecutado a cinco hombres sin juicio. Violado a dos mujeres y dejado que sus soldados hicieran lo mismo con otras. El pueblo entero lo odiaba, pero el odio allí se guardaba en silencio, se tragaba con rabia, porque hablar era morir. Este coronel representaba todo lo podrido del régimen de Huerta. Era la cara de la tiranía, la personificación de la injusticia que Villa y Zapata estaban peleando para destruir. Era el tipo de hombre que se creía Dios solo porque traía una pistola al cinto y soldados que le obedecían por miedo.
Pero ese día, en esa plaza polvorosa de Parral, el coronel Ramírez iba a cruzar una línea sin regreso. Iba a hacer algo tan cobarde, tan imperdonable, que su nombre quedaría maldito para siempre en la memoria del norte de México. Y tres días después, cuando Rodolfo Fierro, el carnicero del norte, se enterara de lo que pasó allí, ese coronel iba a rogar por una muerte que no llegaría rápido. Iba a suplicar un perdón que no existía. Iba a aprender que en el norte de México la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo y con mauser en la mano.
Lo que estás a punto de leer no es un cuento inventado. Es leyenda, historia viva que se cuenta en cantinas y ranchos de todo Chihuahua hasta el día de hoy. La historia de cómo un hombre cobarde humilló a una anciana santa y cómo la venganza llegó con el filo de un cuchillo y la determinación de hierro de Rodolfo Fierro.

Capítulo 2: La santa del pueblo
El mercado apenas despertaba. Los vendedores acomodaban sus canastas de chile, frijol, maíz. El olor a tortillas recién hechas se mezclaba con el polvo del camino. Las mujeres caminaban con rebozos en la cabeza, los hombres con sombreros de palma, todos moviéndose con prisa, porque cuando hay rurales en el pueblo, lo mejor era terminar tus asuntos y volver a casa antes de que se emborracharan y buscaran pleito.
Doña Refugio Mendoza caminaba despacio por la calle principal. Setenta y ocho años cargando en los huesos. La espalda un poco encorvada por el tiempo y el trabajo. Rebozo negro cubriendo su cabello blanco, manos arrugadas como corteza de mezquite viejo, rostro moreno surcado por arrugas que contaban setenta y ocho años de sol del desierto, de risas, de lágrimas, de rezos. Esta mujer era una santa viva para el pueblo de Parral. Doña Refugio nunca le negó un taco al hambriento. Nunca cerró su puerta al que necesitaba refugio. Curó enfermos con hierbas del desierto que conocía desde niña. Parteó a la mitad de los niños que ahora eran hombres en ese pueblo. Rezó rosarios por los muertos. Consoló a las viudas. Cuidó a los huérfanos. Su historia era la historia de México mismo.
Nació en 1836, cuando México apenas estaba aprendiendo a ser país. Vio la invasión americana, la guerra de Reforma, el imperio de Maximiliano caer. Se casó con un revolucionario juarista llamado Esteban Mendoza, que murió peleando contra los franceses en 1867. Crió sola a tres hijos varones en un jacal de adobe, lavando ropa ajena, haciendo tortillas, nunca robando, nunca mintiendo, siempre con la frente en alto. Sus tres hijos crecieron fuertes, buenos, trabajadores. El mayor, Refugio Junior, se unió a las fuerzas de Francisco I. Madero en 1910. Cayó en una emboscada de federales en Casas Grandes. El segundo, Martín, cabalgó con los primeros dorados de Villa. Murió de un balazo en el pecho en la batalla de Ciudad Juárez. El tercero, el más joven, Jesús, apenas veintidós años, murió tres meses atrás defendiendo un rancho de familias pobres contra un escuadrón de rurales que venían a quemar todo. Doña Refugio enterró a sus tres hijos. Enterró a su esposo, a dos nietos, pero nunca enterró su fe ni su dignidad.
Todavía caminaba con la cabeza en alto. Todavía saludaba a todos con una sonrisa, todavía le rezaba a la Virgen todas las noches pidiendo que terminara esa guerra que estaba desangrando a México. El pueblo entero la veneraba, los viejos la respetaban, los jóvenes la cuidaban, los niños la llamaban abuelita, aunque no fueran su sangre. Cuando doña Refugio hablaba, todos escuchaban. Cuando necesitaba algo, todos ayudaban. Era el corazón moral de Parral, la conciencia viva del pueblo.
Capítulo 3: El pecado del coronel
Ese 14 de mayo, doña Refugio solo quería comprar un poco de canela y piloncillo para el té que tomaba todas las tardes. Caminaba despacio porque las rodillas ya no le respondían como antes. Se detuvo a saludar a doña Petra en su puesto de hierbas, compró la canela, pagó con las monedas que juntó vendiendo unos bordados, se persignó frente a la iglesia de San José, como hacía siempre. Y entonces escuchó el ruido de cascos, muchos cascos, galopando duro por la calle principal.
El coronel Augusto Ramírez venía cabalgando con veinte de sus rurales. Venían de una cantina en las afueras donde pasaron toda la noche bebiendo y jugando cartas con dinero robado. El coronel perdió ochocientos pesos, dinero que sacó de la caja fuerte del ayuntamiento y estaba de un humor del demonio. Necesitaba desquitarse con alguien. Necesitaba recordarle al pueblo quién tenía el poder allí. Su caballo, un alazán fino que le quitó a un ranchero al que acusó de zapatista, trotaba por el centro de la plaza. Los rurales lo seguían, todos borrachos, todos armados hasta los dientes, todos con esa mirada de hombres que sabían que podían hacer lo que quisieran sin consecuencias.
Ramírez vio a la gente del mercado apartarse, vio el miedo en sus caras y eso le gustó. El miedo era poder, el miedo era control. El miedo era lo único que estos indios mugrosos entendían, pensaba el maldito. Y entonces vio a doña Refugio. La anciana estaba parada junto a la fuente de la plaza, acomodando sus compras en una canasta de mimbre. No lo había visto todavía. Algo en el coronel se despertó, algo oscuro, algo podrido. No es que tuviera nada contra esa vieja en particular, es que necesitaba humillar a alguien, necesitaba demostrar su poder y una anciana indefensa era el blanco perfecto para un cobarde con uniforme.
—¡Alto ahí, vieja! —gritó Ramírez jalando las riendas de su caballo.
Doña Refugio volteó. Sus ojos cansados vieron al coronel. No había odio en su mirada, solo cansancio. El cansancio de quien ya vio demasiada maldad en esta vida.
—Señor coronel —dijo ella con voz suave, no servil, solo educada.
Doña Refugio nunca le faltaba el respeto a nadie, ni siquiera a sus enemigos.
—¿Qué haces aquí a estas horas, vieja? ¿No sabes que está prohibido andar en la calle sin permiso?
No había tal prohibición. El coronel se la estaba inventando ahí mismo, pero eso no importaba. En Parral, la ley era lo que el coronel decía que era.
—Perdone, señor, solo venía a comprar un poco de canela para mi té.
—¿Canela? —el coronel se rió. Sus hombres se rieron con él—. ¿Y de dónde sacaste dinero para canela, vieja ladrona? Seguro se lo robaste a alguien.
—No, señor, es dinero honrado de mi trabajo.
—¿Tu trabajo? —Ramírez escupió en el suelo—. ¿Qué trabajo puede hacer una vieja fea como tú? Seguro andas escondiendo revolucionarios en tu casa, ¿verdad? Seguro les pasas información a los villistas.
El corazón de doña Refugio latía más rápido. Ella sabía que cuando el coronel empezaba a acusar a la gente de ayudar a los revolucionarios, alguien terminaba muerto. Ya había pasado muchas veces, pero ella no tenía miedo de morir. Ya vivió suficiente, enterró suficiente.
—No, señor, yo no me meto en política. Solo soy una anciana que reza por la paz.
—¡Mentirosa! —el coronel bajó del caballo, caminó hacia ella con pasos lentos. Sus botas, esas botas caras de cuero español, levantaban nubes de polvo con cada paso—. Tus tres hijos eran revolucionarios. Todos murieron como los perros que eran. Y tú seguro los ayudaste. Seguro les pasabas armas, comida, información.
—Mis hijos peleaban por lo que creían justo, señor. Justo.
La cara del coronel se puso roja.
—¿Te parece justo matar soldados del gobierno? ¿Te parece justo quemar haciendas? ¿Te parece justo desobedecer al presidente Huerta?
Doña Refugio no contestó. Sabía que cualquier cosa que dijera iba a empeorar las cosas. El silencio era su única defensa. Pero el coronel no quería silencio, quería sumisión, quería humillación. Quería ver a esa vieja arrodillada en el polvo suplicando perdón.
El pueblo entero estaba viendo. La gente del mercado se había detenido. Nadie se movía. Nadie hablaba. Todos sabían lo que venía. Todos habían visto esa escena antes con otras víctimas y todos estaban paralizados de miedo porque ayudar a doña Refugio significaba morir con ella.
—¡Arrodíllate! —dijo el coronel.
—Perdón, señor…
—¡Que te arrodilles, vieja sorda! Arrodíllate aquí en el polvo para que aprendas respeto.
Doña Refugio sintió que el mundo se detenía. El sol quemaba más fuerte. El silencio de la plaza era tan pesado que se podía tocar. Ella miró los ojos del coronel y vio lo que había ahí. No era solo crueldad, era sadismo. Ese hombre disfrutaba el sufrimiento ajeno. Era un demonio con uniforme.
—Señor, por favor…
—¡Arrodíllate o te mato a ti misma!
El coronel sacó su pistola, un revólver Colt .45 niquelado con cachas de nácar, lo apuntó directo a la frente de doña Refugio. La anciana se arrodilló. Sus rodillas viejas crujieron al doblarse. El polvo caliente del suelo le quemaba a través del vestido. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de rabia contenida. Rabia por sus hijos muertos, rabia por su México quebrado, rabia por tener que arrodillarse ante un cobarde.
—Así me gusta —dijo el coronel guardando la pistola—. Así deben estar todos ustedes, de rodillas, porque eso es lo que son, indios mugrosos que necesitan que alguien les enseñe su lugar.