Este chico de 16 años se coló en un submarino y su idea infantil lo salvó del arresto.
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El chico de 16 años que se coló en un submarino y su idea infantil le salvó del arresto
Capítulo 1: La noche en que todo cambió
Era la madrugada del 17 de marzo de 1945. El océano Pacífico, en ese momento, parecía un vasto y silencioso espejo de agua, salvo por los ecos de la guerra que retumbaban en sus profundidades. A unos cuarenta millas al oeste de la isla de Sacane, el USS Barbe, uno de los submarinos más activos de la Marina de los Estados Unidos, se encontraba en medio de una misión crucial. La tensión en la barco era palpable.
El casco de acero del Barbe gemía y crujía bajo la presión del agua, y cada explosión lejana, cada detonación enemiga, enviaba ondas de choque que atravesaban el agua, golpeando la tripulación como golpes en el pecho. En la sala de control, las luces vacilaban y se apagaban, dejando todo en la penumbra, salvo las luces rojas de emergencia que parpadeaban con un ritmo inquietante. La tripulación, compuesta por hombres curtidos por la guerra, mantenía la respiración, conscientes de que estaban en una situación desesperada.
El comandante Eugene “Lucky” Flucky, un hombre de experiencia y calma en medio del caos, se aferraba al periscopio, intentando detectar cualquier movimiento del destroyer japonés Ukikuru, que acechaba en las cercanías como un depredador en la oscuridad. La situación era crítica: el Barbe había sido alcanzado por una explosión de una granada submarina, dañando su hélice y provocando una fuga de gases peligrosos en su interior. La batería, que alimentaba la nave, estaba en proceso de fallar, y en pocas horas, el submarino tendría que salir a la superficie o hundirse en las profundidades.
Pero lo que nadie sabía en ese momento era que la solución a ese problema mortal no venía de los comandos ni de las tácticas militares tradicionales. La clave de la supervivencia del Barbe, en ese momento, residía en un pequeño espacio en la sala de torpedos delanteros, donde un adolescente de 16 años, con una idea infantil y aparentemente ingenua, estaba a punto de cambiar el curso de la historia naval.
Capítulo 2: El intruso en el submarino
James Robert “Bobby” Deser no era un marinero convencional. Nacido en Corpus Christi, Texas, en 1929, había crecido en un ambiente difícil. Su padre se había ahogado en el mar cuando él tenía apenas 8 años, y su madre, con recursos limitados, lo había criado sola. Desde pequeño, Bobby había demostrado una curiosidad insaciable por las máquinas, los motores y los sistemas electrónicos. Sin embargo, en la época, a esa edad, pocos podían imaginar que un niño de 16 años pudiera estar en un submarino en medio de una guerra.
Pero Bobby no era un niño cualquiera. Había mentido sobre su edad, falsificando los papeles de su hermano mayor y usando un bigote dibujado con lápiz para parecer mayor. Su sueño era escapar de la pobreza y la rutina en los muelles, y la guerra parecía la oportunidad perfecta. Se había colado en el puerto de Port Aransas, fingiendo ser un marinero veterano, y había logrado subir a bordo del USS Barbe en secreto, hace tres meses.
Su idea infantil, pero brillante en su simplicidad, era crear un sistema que pudiera engañar al sonar enemigo y confundir su detección. Había observado a los veteranos en la sala de torpedos, estudiando cómo funcionaban los sistemas, cómo se comportaba el agua y cómo las burbujas podían ser utilizadas para despistar al sonar. Y ahora, en medio del caos, había construido un pequeño dispositivo en la habitación de torpedos delanteros, un sistema de burbujas artificiales que podía crear una falsa señal de presencia submarina.
Nadie en la tripulación, ni siquiera los oficiales más experimentados, sospechaba que aquel niño, con su rostro juvenil y sus manos temblorosas, había ideado un plan que podría salvarlos a todos.
Capítulo 3: La idea infantil que cambió la guerra
La noche en que todo ocurrió, Bobby había estado trabajando en secreto en su dispositivo. Había utilizado una válvula de presión, tubos de cobre y un regulador improvisado para crear una columna de burbujas de unos 20 pies de ancho, que ascendían lentamente hacia la superficie del agua. La idea era simple: si lograba que las burbujas reflejaran las ondas sonoras del sonar enemigo, podrían engañar a los buques japoneses y hacerles creer que el submarino estaba en otra posición, permitiendo que el USS Barbe escapara de la muerte segura.
El plan era arriesgado, y en ese momento, la tensión en la sala de control era insoportable. La batería del submarino se estaba agotando, y las explosiones de las granadas submarinas estaban cada vez más cerca. La orden era clara: si no lograban confundir al sonar enemigo, el barco sería destruido en minutos.
Desde su escondite en la sala de torpedos, Bobby observaba los cálculos, ajustaba la válvula y controlaba la velocidad de las burbujas. Sabía que si lograba que esas burbujas reflejaran el sonar enemigo, podrían engañar a los buques japoneses y evitar la destrucción. Pero también sabía que si fallaba, sería arrestado, juzgado y quizás condenado a la cárcel por su audacia.
—Vamos, funciona — susurró para sí mismo, con el corazón latiendo con fuerza.
Y entonces, sucedió. Las explosiones en el agua se detuvieron, y en la sala de control, los técnicos de sonar comenzaron a gritar: las ondas reflejaban una señal falsa, una señal que no era el submarino. El enemigo había sido engañado.
El comandante Flucky, que había estado observando en silencio, comprendió de inmediato lo que había ocurrido. La pequeña idea de aquel niño había funcionado. La suerte, la inteligencia y la audacia de Bobby habían salvado a toda la tripulación.
Capítulo 4: La heroica noche en la que un niño salvó a un submarino
Durante horas, Bobby ajustó su dispositivo, creando falsas señales, confundiendo al sonar enemigo, que en su desesperación lanzó más granadas sin éxito. La batalla bajo el agua fue brutal, pero gracias a aquella idea infantil, el USS Barbe logró escapar de la muerte.
Cuando la noche terminó, y la amenaza enemiga se disipó, el comandante Flucky ordenó que el joven de 16 años fuera llevado a la sala de mando. La incredulidad en la tripulación era total. El niño que había estado en la sala de torpedos, que había mentido sobre su edad y que había trabajado en secreto, había logrado lo que muchos adultos y expertos no habían podido hacer en meses de guerra.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Flucky, con una mezcla de asombro y respeto.
Bobby, nervioso, solo pudo responder con una sonrisa tímida y un simple: —Solo pensé en una idea infantil. Pero funcionó.
Esa noche, en medio del mar y bajo la presión de la guerra, un niño de 16 años había cambiado el destino de un submarino y, quizás, de toda una campaña naval. Su idea, simple pero brillante, fue la chispa que evitó una catástrofe.
Capítulo 5: El reconocimiento y la injusticia
Pero la historia no terminó allí. La Marina, en su burocracia, no estaba preparada para reconocer a un adolescente que había inventado una tecnología tan innovadora. La noche en que Bobby salvó al USS Barbe, no recibió medallas ni reconocimiento oficial. En cambio, fue separado del barco, acusado de desobediencia y de haber manipulado equipos críticos sin autorización.
Su historia quedó en silencio, en los archivos olvidados, mientras la guerra continuaba. Pero la leyenda de aquel niño que, con una idea infantil, había salvado a un submarino, empezó a circular entre los veteranos y en las historias no oficiales de la marina.
Años después, el comandante Flucky, que había sido testigo de aquella noche milagrosa, escribió un libro titulado Thunder Below, en el que dedicó un capítulo entero a Bobby y su dispositivo de burbujas. En ese capítulo, el joven de 16 años fue reconocido como uno de los héroes anónimos de la guerra, un ejemplo de que, a veces, la genialidad surge en los lugares más improbables.
Epílogo: La lección de un niño
La historia de Bobby Deser, aquel niño que se coló en un submarino y con una idea infantil salvó a su tripulación, nos enseña que la creatividad, la valentía y la ingenuidad pueden ser armas poderosas en momentos de crisis. La guerra, que suele mostrar lo peor del ser humano, también revela que en medio del caos, la esperanza y la inteligencia pueden florecer en formas sorprendentes.
Y aunque la historia oficial a menudo olvida a los héroes anónimos, en la memoria de quienes vivieron esa noche, Bobby siempre será un ejemplo de que, en la guerra y en la vida, las ideas simples pueden ser las más poderosas.