HACENDADO ATEO CRUCIFICÓ TODOS QUE CREÍAN EN DIOS, SIN IMAGINAR QUE PANCHO VILLA LLEGARÍA PRA VENGA…

HACENDADO ATEO CRUCIFICÓ TODOS QUE CREÍAN EN DIOS, SIN IMAGINAR QUE PANCHO VILLA LLEGARÍA PRA VENGA…

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El castigo del ateo y la justicia del norte: La venganza de Pancho Villa

El sol ardiente del mediodía en el desierto de Chihuahua parecía convertir el aire en una olla de presión, un horno donde el calor no perdonaba a nadie. La tierra seca y polvorienta se extendía hasta donde alcanzaba la vista, cubierta de cactus, mezquites y lechuguillas que parecían resistir con desesperación la furia del sol. En medio de ese paisaje inhóspito, se levantaba la hacienda La Providencia, una fortaleza de adobe y piedra que parecía una fortaleza inexpugnable, pero que en realidad era un nido de crueldad y perversión.

Don Bedita [ __ ], el hacendado más rico y sin escrúpulos de toda la región, había convertido esas tierras fértiles en un reino de terror y opresión. No era simplemente un patrón cruel, sino un verdadero demonio vestido de hacendado, que había declarado guerra personal contra Dios mismo. Su historia empezaba años atrás, cuando aún conservaba algo parecido a un alma humana. Había sido un oficial respetable del ejército porfirista, educado en la capital, con modales refinados y una fortuna heredada que crecía como hierba después de la lluvia. Su hacienda, llamada San Bartolomé, era un símbolo de prosperidad y justicia aparente, con peones bien alimentados y una fama de ser justo en sus tratos. Pero todo cambió aquel día fatídico, cuando encontró en su escritorio una carta que le destrozó el alma y convirtió su vida en una pesadilla sin fin.

Era una noche cuando la carta llegó. La encontró en su despacho de caoba, escrita con letra delicada y pulcra, que parecía contradecir la brutalidad que había sembrado en su vida. La firma era de Lupita, su hija, una muchacha de 12 años, que desde hacía meses había decidido abandonar el camino del silencio y la sumisión. La carta decía:

“Papá, no puedo seguir siendo hija de un hombre que usa su poder para aplastar a los débiles. Me voy con la resistencia católica. Prefiero morir luchando por los oprimidos que vivir con la sangre inocente que mancha nuestro oro.”

Esas palabras le atravesaron el pecho como puñales envenenados. Don Bedita, un hombre que había construido su imperio en la crueldad y el desprecio por la fe, sintió que su mundo se desmoronaba. La carta continuaba con denuncias de explotación, de abuso de poder y de cómo usaba la religión como herramienta de control para mantener a sus peones sometidos. La imagen de su hija, esa niña que había criado en la opulencia, ahora rebelde y llena de odio, le parecía una afrenta que no podía soportar.

Esa noche, en su furia, quemó la carta en la chimenea de su estudio, pero las palabras quedaron grabadas en su mente como marcas indelebles. Al día siguiente, mandó buscar a Lupita por todo el estado. Sus hombres la rastrearon durante meses, siguiendo pistas que los llevaban siempre a iglesias quemadas, conventos abandonados y testimonios susurrados de una joven que curaba heridos de guerra y organizaba la resistencia contra las fuerzas anticlericales. Pero nunca la encontraron. La tierra parecía haberse tragado a la niña o, quizás, Dios mismo la había escondido para protegerla.

La transformación de don Bedita fue gradual, pero inexorable. Primero vinieron las noches sin dormir, caminando por los pasillos de su gran hacienda como alma en pena, maldiciendo el día que permitió que las monjas francesas llenaran la cabeza de su hija con supersticiones de débiles. Después llegó el odio, un odio que crecía cada vez que veía a un peón santiguándose antes de comer, cada vez que escuchaba el repique de las campanas de la iglesia, cada vez que alguien mencionaba a Dios en su presencia. Si Dios existiera, se repetía, no habría permitido que mi propia hija me traicionara. Si fuera todopoderoso, no habría dejado que usara su nombre para justificar su rebelión contra su padre.

Las dudas se volvieron certezas venenosas en su corazón. Dios era una invención de los débiles para soportar la opresión de los fuertes. Su hija se había ido porque prefería una mentira cómoda a la dura realidad del poder real. Y esa idea le consumió el alma como un cáncer mortal. La primera víctima fue el padre Joaquín, un anciano sacerdote que había bautizado a Lupita y que había sido confesor de la familia durante décadas. Don Bedita, en un arranque de locura, lo crucificó en la plaza del pueblo, clavándolo en un madero como si fuera un criminal, como si la fe fuera solo una mentira que él podía destruir.

Desde entonces, su guerra contra Dios se convirtió en una cruzada personal. No solo mataba a quienes rezaban, sino que destruía iglesias, quemaba conventos, humillaba a sacerdotes y obligaba a las familias a escupir sobre sus propias Biblias. La iglesia de San Bartolomé, que en tiempos pasados había sido un símbolo de fe y comunidad, quedó convertida en un monumento a su blasfemia. Las campanas, que antes llamaban a la oración, fueron silenciadas para siempre. El pueblo, aterrorizado, aprendió a callar, a esconderse, a no rezar. Pero en el fondo, en el alma de cada uno, la fe todavía latía.

Don Bedita, en su locura, creía que había vencido a Dios. Creía que su poder era infinito. Pero no sabía que en el norte de México, donde el viento arrastra secretos entre los mesquites y donde cada piedra guarda memoria de sangre derramada, hay una ley más antigua que cualquier decreto: la ley de la sangre, la ley de la justicia que no se olvida, que no perdona, que solo espera el momento de cobrar.

Y esa noche, en la oscuridad de la hacienda, mientras el sol se ocultaba tras las montañas, una sombra se acercaba silenciosa, como un espíritu de venganza. Era Pancho Villa, el centauro del norte, el hombre que había hecho temblar a los más poderosos con su sola presencia. Cuando Villa y sus hombres llegaron a San Bartolomé, la escena que encontraron fue más allá de la crueldad imaginable. Los cuerpos de los guardias y soldados estaban dispersos por el patio, algunos con heridas que reflejaban su desesperación, otros con la mirada vacía, como si hubieran visto el fin del mundo.

Villa, que en ese momento ya era una leyenda, se acercó al madero de sangre y blasfemia que don Bedita había construido con sus propias manos. Lo examinó con calma, como un cirujano que busca la herida mortal. La sangre seca, los objetos religiosos destruidos, las marcas de tortura en los cuerpos. Todo era un símbolo de la barbarie que había dominado ese lugar.

—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Villa en voz baja, pero con un tono que cortaba el aire como una daga—. Hoy se cumplen ocho días desde que este hijo de [ __ ] crucificó a un niño, a un sacerdote, a un pueblo entero en nombre de su dios falso. Y hoy, esa sangre va a pagar.

El rostro de don Vedita, que en su locura creía tener el control de todo, se volvió pálido como papel. La furia de Villa no era solo un acto de venganza, sino una lección de justicia que el mismo cielo había ordenado. Los dorados, sus mejores hombres, lo rodearon con cautela, preparados para lo que fuera necesario. El silencio en la plaza era absoluto, solo roto por el susurro del viento y el temblor de los corazones.

Villa tomó la soga que sus hombres habían preparado y ató a don Vedita al madero invertido, cabeza abajo, como un símbolo de su propia blasfemia. La multitud, que había llegado por la noticia, observaba en silencio reverente. La justicia del norte no era una venganza ciega, sino un acto de reparación, una lección que ningún tirano podía olvidar.

—¿Sabes qué le hiciste a mi gente? —preguntó Villa con voz firme—. Les robaste la fe, les arrebataste sus iglesias, los humillaste y los mataste en nombre de tu dios falso. Pero en esta tierra, la justicia no se compra ni se negocia. La justicia llega, y llega con todo su peso.

Y esa noche, en medio del calor del solsticio, la justicia del norte se cobró su deuda. Don Vedita, colgado en el madero invertido, gritó y suplicó, pero ya era demasiado tarde. La sangre de los inocentes que había profanado, la fe que había destruido, la justicia que había ignorado, todo le fue devuelto en esa misma moneda.

La lección del desierto y la memoria eterna

La historia de esa noche en San Bartolomé se convirtió en leyenda. La gente contaba en corridos, en fogatas y en las plazas cómo Pancho Villa y sus hombres habían llegado para hacer justicia. Cómo habían enfrentado a un tirano que creía ser invencible y cómo, con sangre, fuego y estrategia, habían destruido su reino de terror.

Villa, que en ese momento ya era un símbolo de la justicia y la venganza del norte, no necesitaba más que su espíritu y su Mauser. La justicia no olvida, no perdona, no se rinde. La historia de don Bedita [ __ ] y la crucifixión invertida quedó grabada en la memoria colectiva como un recordatorio de que en esa tierra, donde la sangre y la tierra se mezclaron en una sola historia, la justicia siempre llega, aunque sea a caballo y con los ojos de fuego de quienes no temen a nada.

Y en el silencio del desierto, donde las estrellas parecen ser los ojos de los muertos, esa historia sigue viva. Porque en el norte de México, la ley de la sangre y la justicia del pueblo son más fuertes que cualquier tirano, y la memoria de los hombres de honor nunca muere. La justicia del norte siempre llega, y llega con la furia y la justicia de Pancho Villa.

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