(Hidalgo,1967) El sacerdote que tenia r3l4ci0nes con una chiva

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El Sacerdote y la Cabra: Un Secreto en San Miguel el Alto

Era octubre de 1967 en el pequeño pueblo de San Miguel el Alto, un rincón olvidado en las montañas de Hidalgo, donde la niebla caía cada tarde como un manto de silencio y secretos. La rutina de sus habitantes transcurría lentamente, entre las labores del campo y las conversaciones de siempre. Pero aquel mes, algo cambió. Un rumor empezó a serpentear por las calles empedradas, algo que rompía la monotonía y que, sin duda, marcaría un antes y un después en la historia del pueblo.

El rumor era simple, pero inquietante: el padre Esteban Torrealba, el sacerdote que durante 15 años había guiado sus almas y bendecido sus cosechas, tenía una relación con una cabra. Una relación que parecía sacada de una pesadilla, una historia que parecía imposible en un pueblo tan conservador, tan religioso, tan tradicional. Pero la verdad, como pronto descubrirían, era mucho más compleja y oscura de lo que parecía.

El sacerdote que no llamaba la atención

El padre Esteban no era un hombre que llamara la atención. De estatura media, complexión delgada y rostro afilado que parecía tallado en piedra gris, caminaba por el pueblo con la misma solemnidad con la que oficiaba misa. Su sotana negra siempre impecable, su mirada siempre baja, como si cargara con el peso de todos los pecados confesados en su iglesia de paredes agrietadas. Los feligreses lo respetaban, aunque pocos podían decir que lo conocían realmente. Era un hombre de pocas palabras, de gestos medidos, de sonrisas escasas que nunca alcanzaban sus ojos hundidos.

La iglesia de San Miguel Arcángel, con su campanario despostillado y vitrales opacos por décadas de polvo, se erigía en el centro del pueblo. Era el corazón de aquella comunidad donde todos se conocían, donde los secretos duraban poco, pero las habladurías, esas sí, duraban generaciones enteras. Y fue precisamente en ese lugar sagrado donde empezó todo, o al menos, donde se gestó el descubrimiento que sacudiría los cimientos de aquella sociedad tan conservadora.

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Dolores Méndez, la primera en notar algo extraño

Dolores Méndez fue la primera en notar algo raro. Una mujer de cincuenta y tantos años, viuda, que se encargaba de limpiar la iglesia cada martes y viernes por la mañana. Llegaba temprano, antes del alba, cuando la oscuridad aún cubría las calles y solo el canto distante de los gallos anunciaba el nuevo día. Pero aquel martes, 15 de octubre, Dolores llegó aún más temprano, con un nudo en la garganta y el corazón acelerado.

Su hijo había enfermado durante la noche, y ella, en su desesperación, quería encender unas velas y rezar antes de que llegara el doctor del pueblo vecino. Al empujar la pesada puerta de madera de la iglesia, algo la detuvo en seco. Escuchó sonidos extraños, guturales, provenientes de la sacristía. Su primer pensamiento fue que alguien había entrado a robar, aunque en San Miguel el Alto los robos eran casi inexistentes. Con el corazón en la boca, se acercó lentamente a la puerta entreabierta de la sacristía, de donde escapaba un débil resplandor de luz de vela.

Lo que vio esa madrugada la perseguiría hasta su lecho de muerte, 23 años después. El padre Esteban, con la sotana enrollada hasta la cintura, estaba en una posición que desafiaba toda moral y toda religión. Junto a él, atada con una cuerda a uno de los bancos de madera de la sacristía, estaba Canela, la cabra parda que pertenecía a la familia Solís y que pastaba libremente por los alrededores de la iglesia. La escena era tan grotesca, tan incomprensible, que Dolores sintió que sus piernas se convertían en gelatina. Un grito se formó en su garganta, pero murió antes de nacer.

Atrapada en un estado de shock y incredulidad, el padre Esteban giró bruscamente la cabeza al escuchar el jadeo de horror de Dolores. Sus ojos, normalmente apagados, brillaban con un fuego enfermizo en la penumbra. Por un momento que pareció eterno, sacerdote y feligresa se miraron fijamente. En los ojos del padre, Dolores no vio vergüenza ni arrepentimiento, sino algo mucho peor: una calma perturbadora, como si hubiera sido descubierto haciendo algo tan mundano como leer el periódico. Ella retrocedió tropezando con sus propios pies, su rosario cayendo al suelo con un tintineo que resonó como campanas de alarma en el silencio de la iglesia.

La huida y el peso del secreto

Dolores salió corriendo hacia la puerta, sus zapatos golpeando las baldosas con ecos que parecían gritos de auxilio. Sin mirar atrás, salió a la calle aún oscura, jadeando con lágrimas que comenzaban a brotar de sus ojos, no por tristeza, sino por una mezcla de asco, miedo y confusión que no podía nombrar. ¿A quién podía contarle lo que había visto? La comunidad era pequeña, y acusar al padre Esteban, el hombre más respetado del pueblo, era como acusar a Dios mismo.

En 1967, en un pueblo como San Miguel el Alto, esa acusación era casi una blasfemia. La Iglesia Católica era la institución más poderosa de la región, sus representantes eran intocables y estaban protegidos por una aureola de santidad que los colocaba por encima del escrutinio humano. Dolores llegó a su casa temblando, el amanecer comenzaba a pintar el cielo de tonos rosados y naranjas, pero en su interior solo había oscuridad.

Su hijo seguía febril en la cama, pero ella apenas podía concentrarse en su cuidado. Se sentó en la cocina con las manos alrededor de una taza de café que se enfriaba sin que ella la probara, preguntándose qué debía hacer. Durante tres días, Dolores guardó silencio. El peso del secreto la consumía como un cáncer invisible. Dejó de comer, apenas durmió, y cuando cerraba los ojos, la imagen del padre Esteban en aquella posición antinatural se proyectaba en sus párpados como una pesadilla interminable.

Su hijo se recuperó de la fiebre, pero ella enfermó de algo peor: el tormento de la conciencia. El viernes siguiente, no fue a limpiar la iglesia. Envió a su sobrina con una excusa inventada sobre dolores de espalda, pero la verdad era que no podía soportar la idea de volver a ese lugar, que ahora le parecía profanado, corrupto, manchado por algo innombrable.

Fue su comadre, Refugio Galván, quien finalmente logró que Dolores hablara. Refugio era una mujer astuta, de esas que podían leer los rostros como otros leen libros. Notó que algo andaba terriblemente mal con su amiga y la visitó una tarde con el pretexto de traerle un caldo de pollo. Se sentaron en el pequeño patio trasero de la casa de Dolores, rodeados de geranios y gallinas que picoteaban la tierra.

—¿Qué te pasa, comadre? —preguntó Refugio con preocupación genuina—. Te veo ojerosa, más flaca. ¿Acaso viste al…?

La pregunta quedó en el aire, medio en broma, medio en serio. Dolores rompió en llanto y, entre suspiros entrecortados, le contó todo: cada detalle, cada segundo de aquella madrugada. Refugio escuchó con los ojos cada vez más abiertos, la mano cubriéndose la boca en un gesto de incredulidad absoluta.

Cuando Dolores terminó, ambas mujeres se quedaron en silencio, el peso de la revelación flotando entre ellas como un espectro.

—¡Dios santo y todos los ángeles! —murmuró finalmente Refugio, santiguándose repetidamente—. Comadre, eso que me dices es… no puedo ni pensar en ello sin sentir náuseas.

—Pero estás completamente segura. — Dolores asintió firmemente—. La luz era poca, estaba asustada. Vi lo que vi. Tan claro como te estoy viendo ahora.

El silencio se hizo pesado. La duda, la incredulidad, el miedo y la rabia comenzaron a tejerse en sus mentes. ¿A quién podían acudir? ¿Al alcalde? ¿Al obispo? La iglesia era intocable, y acusar a un sacerdote era como acusar a Dios mismo. La culpa, si se revelaba, sería un peso insoportable para ellas.

La decisión de denunciar

Refugio, con su carácter decidido, propuso algo que parecía imposible: contarle a alguien más. Pero a quién. La comunidad confiaba ciegamente en su párroco. El obispo, en la ciudad, tardaría semanas en responder y, además, seguramente no les creería. Eran solo dos mujeres del pueblo. Pero la verdad no podía mantenerse oculta.

—Al presidente municipal —sugirió—. Es compadre del padre. Él nos escuchará, y si no, podemos buscar a alguien más. Pero no podemos quedarnos calladas ante esto.

Dolores, desesperada, asintió con dificultad. La noche cayó sobre San Miguel el Alto, y con ella, la sombra de un secreto que pesaba más que cualquier pecado mortal. El rumor empezó a circular en susurros, primero en la misa, después en las calles, en las cantinas, en las casas. Nadie podía ignorar lo que se decía: el padre Esteban, el sacerdote venerado, había sido visto en una posición indecorosa con una cabra.

Los años pasaron, pero la historia permaneció en la sombra, como un secreto que todos sabían, pero que nadie quería admitir. La iglesia, la autoridad máxima del pueblo, trató de silenciarlo todo, pero la verdad siempre encuentra su camino.

El castigo y la huida

Finalmente, en noviembre, el alcalde envió un telegrama al obispado. La respuesta fue rápida y contundente. El padre Esteban sería removido de su cargo, trasladado a un monasterio en Morelos, donde viviría en reclusión, sin volver a oficiar misa ni a tener contacto con sus feligreses. La comunidad, por su parte, quedó dividida.

Algunos pedían justicia, otros preferían olvidar. Pero todos sabían que en las paredes de aquella iglesia, en el silencio de la sacristía, algo había sido roto para siempre.

El sacerdote desapareció en la madrugada del 12 de noviembre, escoltado por dos hombres vestidos de sotana. Nadie supo exactamente a dónde fue, pero en el pueblo quedó la sensación de que esa figura, aquella figura sagrada, había sido destruida por un secreto demasiado oscuro para ser perdonado.

Las secuelas y la memoria

Los años pasaron y la historia se convirtió en leyenda urbana. Algunos decían que el padre Esteban era un brujo, otros que estaba poseído por demonios. La verdad, como siempre, era mucho más sencilla y más trágica: un hombre atrapado en un ciclo de represión, impulsos oscuros y una vida que no pudo soportar.

Dolores nunca volvió a limpiar la iglesia. Se mudó a la ciudad, tratando de olvidar. Don Severo, el dueño de Canela, murió años después, dejando a su cabra en una tumba sin nombre. La iglesia fue reformada, los vitrales reemplazados, pero en el fondo, en las almas de los habitantes, quedó una herida profunda.

Y en el silencio de las noches, en los rincones oscuros del pueblo, todavía susurran los secretos. Secretos que el tiempo no pudo borrar, que la religión no pudo esconder, y que siempre buscarán salir a la luz.

Fin

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