(Jalisco, 1961) La macabra anciana que tuvo r3l4ci0nes con dos burros

(Jalisco, 1961) La macabra anciana que tuvo r3l4ci0nes con dos burros

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Jalisco, 1961) La macabra anciana que tuvo r3l4ci0nes con dos burros -  YouTube
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La Macabra Anciana que Tuvo Relaciones con Dos Burros

Capítulo 1: El Infierno en Jalisco

En los pueblos olvidados de Jalisco, hay secretos que la tierra guarda con celo y verdades tan perturbadoras que ni siquiera el tiempo se atreve a borrar. El año de 1961 transcurría con la parsimonia característica de los pueblos pequeños de Jalisco, en una comunidad rural cercana a Tuxpan, donde los caminos de tierra se perdían entre los maisales y las casas de adobe se aferraban a la ladera de los cerros. La vida seguía el ritmo inmutable de las estaciones. Los hombres trabajaban la tierra desde el amanecer, las mujeres molían en el metate antes de que cantara el gallo, y los niños corrían descalzos persiguiendo lagartijas entre los nopales.

Era un lugar donde todos se conocían, donde los secretos duraban apenas lo que tardaba un chisme en viajar de boca en boca. O eso creían. Doña Refugio Martínez había cumplido 68 años ese marzo. Era una mujer menuda, encorvada por décadas de trabajo en el campo, con manos nudosas como raíces de mezquite y ojos oscuros que parecían guardar historias que nunca contaría. Vivía sola en un rancho alejado del centro del pueblo, a unos 3 km de la plaza principal, donde el camino se volvía apenas una vereda que serpenteaba entre wisaches y piedras volcánicas.

Capítulo 2: La Vida de Doña Refugio

Su esposo había muerto hacía 15 años de pulmonía, y sus tres hijos se habían marchado a la capital buscando mejores oportunidades. Desde entonces, Doña Refugio había elegido la soledad como única compañía. El rancho de Doña Refugio constaba de una casa de adobe con techo de tejas rojas, un corral amplio construido con postes de madera carcomida y alambre oxidado, y un pequeño huerto donde cultivaba calabazas, quelites y chiles. Pero lo que más llamaba la atención de su propiedad eran sus dos burros, animales magníficos a los estándares locales.

Uno era gris con vientre blanco, al que llamaba Cenizo, y el otro era de un café oscuro, casi negro, que respondía al nombre de [ __ ]. Ambos animales lucían bien alimentados, con el pelaje brillante y saludable, algo inusual en una región donde el ganado frecuentemente mostraba signos de desnutrición y descuido. Los vecinos más cercanos, la familia Sandoval, vivían a casi un kilómetro de distancia. Jacinto Sandoval, un hombre de 40 años con bigote espeso y sombrero de palma perpetuamente calado hasta las cejas, comentaba a menudo con su esposa Eulalia sobre lo extraño que resultaba ver a Doña Refugio tan dedicada a esos animales.

Capítulo 3: Los Rumores del Pueblo

No era normal, decía Jacinto, que una mujer de su edad dedicara tanto tiempo y recursos a un par de burros cuando apenas tenía para comer ella misma. Eulalia, mujer pragmática y de pocas palabras, simplemente se encogía de hombros y murmuraba que cada quien sabía lo que hacía en su casa. Pero la verdad era que algo extraño sucedía en el rancho de Doña Refugio, algo que desafiaría toda lógica y comprensión humana, algo que cuando finalmente saliera a la luz sacudiría los cimientos de aquella comunidad rural y dejaría una mancha imborrable en la memoria colectiva del pueblo.

Todo comenzó a hacerse evidente en los primeros días de septiembre, cuando el padre Macedonio Ríos, párroco del pueblo, decidió hacer su ronda mensual de visitas a los feligreses más alejados. El padre Macedonio era un hombre de unos 50 años, robusto, con una voz potente que resonaba desde el púlpito cada domingo. Llevaba 20 años sirviendo en aquella parroquia y se consideraba un conocedor del alma humana en todas sus manifestaciones. Había escuchado confesiones que le habían helado la sangre y había consolado a viudas desconsoladas.

Capítulo 4: La Visita al Rancho

Esa tarde de septiembre, con el sol aún alto en el cielo, pero ya inclinándose hacia el poniente, el padre Macedonio montó su mula Francisca y emprendió el camino hacia el rancho de Doña Refugio. Llevaba consigo su maletín con los santos óleos, una estampa de la Virgen de Guadalupe que pensaba regalarle a la anciana, y una pequeña bolsa con pan bendito del domingo anterior. El camino era pedregoso y la mula avanzaba con paso cauteloso, deteniéndose ocasionalmente para observar algún pájaro o para arrancar un bocado de hierba seca del borde del sendero.

Al acercarse al rancho, el padre Macedonio notó un silencio inusual en el lugar. Normalmente, los burros rebusnaban al detectar la presencia de visitantes, pero esta vez solo se escuchaba el zumbido de las chicharras y el susurro del viento entre los matorrales. La casa parecía dormida, con las ventanas cerradas a pesar del calor que aún se pegaba a la piel como melcocha. El sacerdote desmontó de su mula, la ató a un poste cerca de la entrada y se dirigió hacia la puerta principal.

Capítulo 5: El Encuentro con lo Prohibido

Tocó tres veces, esperando la respuesta de Doña Refugio con su voz cascada invitándolo a pasar. Pero no hubo respuesta. Tocó nuevamente, esta vez con más insistencia, llamándola por su nombre. El silencio persistía denso y cargado de algo que el padre Macedonio no podía identificar, pero que le producía una sensación de incomodidad creciente en la boca del estómago. Fue entonces cuando escuchó un sonido proveniente del corral, un gemido bajo, casi animal, pero con una cualidad que hacía que el vello de la nuca del padre se erizara.

Era un sonido que no encajaba en el repertorio normal de los animales de granja, algo entre un lamento humano y el rebusno ronco de un burro. El sacerdote, impulsado por una mezcla de preocupación pastoral y curiosidad, rodeó la casa dirigiéndose hacia el corral. El sol de la tarde proyectaba sombras alargadas sobre el terreno polvoriento. Las moscas zumbaban en nubes densas alrededor de los bebederos y el estiércol acumulado.

Capítulo 6: La Revelación del Horror

El padre Macedonio se acercó a la puerta del corral, una estructura improvisada de madera y alambre que colgaba medio abierta de sus goznes oxidados. Lo que vio a través de esa puerta lo dejó paralizado, con la sangre convertida en hielo en sus venas y la boca súbitamente seca como el polvo que pisaba. Doña Refugio estaba en el corral, pero no de la manera que cualquier persona decente esperaría encontrarla. La anciana se encontraba en una intimidad antinatural con Cenizo, el burro gris.

La escena era tan aberrante, tan completamente ajena a cualquier experiencia humana normal, que el cerebro del sacerdote tardó varios segundos en procesar lo que sus ojos le transmitían. El padre Macedonio sintió que sus piernas flaqueaban. Una náusea profunda le subió desde el estómago hasta la garganta. Retrocedió tambaleándose, chocando contra el poste donde había amarrado su mula, que relinchó asustada por el movimiento brusco de su amo.

Capítulo 7: La Confrontación

Doña Refugio finalmente notó la presencia del sacerdote. Se separó del animal con una tranquilidad perturbadora. Sin mostrar vergüenza ni sorpresa, como si hubiera sido descubierta simplemente dando de comer a las gallinas, se ajustó la falda con parsimonia y caminó hacia la puerta del corral con pasos lentos pero firmes. Sus ojos, esos ojos oscuros que el padre Macedonio siempre había considerado bondadosos, ahora le parecían pozos sin fondo donde no habitaba ninguna luz divina.

—Buenas tardes, padre —dijo doña Refugio con voz serena, como si estuvieran encontrándose en la plaza del pueblo un domingo después de misa—. ¿Viene usted a bendecir la casa? Debió avisarme, habría preparado café.

El padre Macedonio no podía articular palabra. Abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua, intentando encontrar algo que decir, alguna frase que pudiera encapsular el horror, la confusión, la repulsión absoluta que sentía. Finalmente logró balbucear:

—Mujer, ¿qué has hecho? ¿Qué abominación es esta?

Capítulo 8: La Justificación de Doña Refugio

Doña Refugio ladeó la cabeza, estudiando al sacerdote con una expresión casi curiosa.

—No es abominación, padre, es compañía, es amor a su manera. Usted no lo entendería. Un hombre de Dios como usted que ha renunciado a los placeres de la carne. Pero yo soy viuda, padre, 15 años sin mi Esteban. 15 años de soledad que pesa como piedra de molino. Mis hijos me abandonaron, el pueblo me olvidó. Solo ellos —señaló hacia el corral— me han quedado. Solo ellos me necesitan y yo los necesito.

Las palabras de la anciana fluían con una lógica retorcida que hacía la situación aún más grotesca. Hablaba de aquella perversión como si fuera algo natural, algo comprensible, incluso justificable. El padre Macedonio sintió que la tierra se movía bajo sus pies. En todos sus años de ministerio había lidiado con borrachos, adúlteros, ladrones, incluso con un hombre que había asesinado a su compadre en una disputa por linderos. Pero esto, esto era diferente.

Capítulo 9: La Decisión del Sacerdote

Esto era algo que sacudía los fundamentos mismos de lo que él entendía como naturaleza humana. Esto es pecado mortal, mujer, logró decir finalmente el sacerdote, recuperando algo de su compostura clerical. Es bestialismo. Es una ofensa contra Dios, contra la naturaleza, contra todo lo sagrado. Debes confesarte, debes arrepentirte.

—Arrepentirme de encontrar consuelo donde Dios no me lo dio —respondió doña Refugio, y por primera vez su voz mostró algo de emoción, un destello de ira—. ¿Dónde estaba Dios cuando mi Esteban tosió sangre durante tres meses antes de morir? ¿Dónde estaba cuando mis hijos se fueron y me dejaron aquí para pudrirme sola? ¿Dónde estaba la caridad cristiana del pueblo cuando pasaba hambre el primer año de viudez?

Capítulo 10: La Resolución del Conflicto

El padre Macedonio se aferró a la cruz que colgaba de su cuello, buscando fortaleza en el metal tibio. Eso no justifica. Esto no se puede justificar, Refugio. Esto es obra del demonio. Has permitido que Satanás entre en tu corazón y te corrompa. La anciana soltó una risa seca, desprovista de humor.

—El demonio, dice usted, siempre es el demonio cuando algo no encaja en sus sermones dominicales. Pues si el demonio me dio estos años de compañía, entonces ha sido más misericordioso que su Dios.

El padre Macedonio retrocedió otro paso, sintiendo que debía alejarse de aquella mujer, de aquel lugar maldito. Pero su deber pastoral, esa obligación que había jurado cumplir el día de su ordenación, lo mantenía clavado en ese terreno polvoriento.

Capítulo 11: La Decisión de Reportar

—Debo reportar esto a las autoridades. Refugio, esto no puede quedar así. Necesitas ayuda, tratamiento, quizás internamiento. Esto es una enfermedad del alma.

Haga lo que tenga que hacer, padre —respondió doña Refugio con una calma escalofriante, cruzándose de brazos—. Pero sepa que no me arrepiento, y si me llevan, si me encierran, si me juzgan, gritaré la verdad a los cuatro vientos. Les contaré que en este pueblo cristiano y piadoso, una viuda anciana encontró más ternura en sus bestias que en cualquier ser humano.

Capítulo 12: La Reacción del Pueblo

El padre Macedonio se sintió dividido. Su instinto le decía que esto debía gritarse desde los tejados, que el pecado expuesto a la luz era el primer paso hacia la redención, pero también entendía las implicaciones prácticas de lo que don Gustavo planteaba. Finalmente, decidió que debía actuar.

Al llegar al pueblo, el sacerdote fue directamente a la casa del presidente municipal, don Gustavo Morales. Explicó la situación con detalle, pero también con la necesidad de mantener la discreción. Don Gustavo, alarmado, decidió consultar con las autoridades en Guadalajara.

Capítulo 13: La Autoridad y el Silencio

Los rumores comenzaron a circular rápidamente. La familia Sandoval, los vecinos más cercanos a Doña Refugio, se convirtieron en el centro de atención. Jacinto Sandoval se vio rodeado en la cantina por hombres que querían saber qué había visto, si había notado algo extraño.

La historia de Doña Refugio se convirtió en un secreto que todos conocían, pero nadie mencionaba. La conversación se extendía por el pueblo, y la figura de la anciana se convertía en una leyenda urbana.

Capítulo 14: La Internación de Doña Refugio

Finalmente, Doña Refugio fue llevada al hospital psiquiátrico de Guadalajara, donde fue diagnosticada con demencia senil con tendencias parafílicas. Durante su internamiento, nunca mostró remordimiento genuino, aunque aprendió a decir lo que los doctores querían escuchar.

El rancho fue abandonado, y la historia de Doña Refugio se convirtió en un secreto que el pueblo prefería olvidar. Las paredes de adobe se desmoronaron lentamente, y el viento del desierto soplaba a través de los edificios vacíos.

Capítulo 15: La Memoria Colectiva

La historia de la anciana de los corrales se convirtió en una leyenda urbana, un recordatorio sombrío de que el mal no siempre viene envuelto en historias de fantasmas y leyendas, sino que a menudo habita en lugares reales, cometiendo actos reales contra personas reales.

Capítulo 16: Reflexiones Finales

La memoria de Doña Refugio, aunque perturbadora, es una parte importante de la historia de Jalisco. Nos invita a reflexionar sobre la naturaleza humana, sobre la soledad y la desesperación, y sobre cómo incluso en los momentos más oscuros, la búsqueda de conexión puede llevar a decisiones terribles.

La historia de la anciana de los corrales es un recordatorio de que todos somos humanos, y que en la búsqueda de compañía, a veces cruzamos límites que nunca debimos traspasar. En el fondo, esta es una historia sobre la fragilidad de la condición humana y la lucha constante entre la luz y la oscuridad en nuestros corazones.

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