La Ama Forzó a la Esclava en la Noche de Bodas: Una Venganza Brutal que Nadie Esperaba

La Ama Forzó a la Esclava en la Noche de Bodas: Una Venganza Brutal que Nadie Esperaba

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La Lavandera que Enjuagó con Hiedra Venenosa

La hacienda “La Purísima” se erguía con una presencia majestuosa en el corazón de Veracruz. La arquitectura colonial, con sus techos altos y las paredes de piedra que emitían un calor abrasador, eraconde una historia oscura detrás de sus hermosos jardines. El sol de la tarde iluminaba la casa principal, donde todo parecía perfecto para la celebración de la boda de Victoria Harrington y Edmund Thornton. El aire estaba impregnado con el dulce aroma de las flores de magnolia que adornaban la entrada, sus pétalos caídos como promesas vacías que se desvanecían en el viento. Sin embargo, en el interior de la cocina, en un rincón escondido de la mansión, el aire estaba impregnado con algo mucho más mortal que el perfume floral. Allí, entre las manos de Celia, la lavandera, el destino de todos los presentes en esa boda estaba a punto de cambiar para siempre.

Celia había servido en la hacienda Harrington durante más de seis años. Había sido comprada a una subasta cuando era apenas una niña de 14 años, y desde entonces había sido una sombra en la vida de los Harrington. Había visto lo que otros no veían: las conversaciones secretas en la casa de huéspedes, las promesas rotas, los susurros de la nobleza que gobernaba el lugar. Pero lo peor de todo era que ella misma había sido utilizada, vendida como un objeto para el placer de otros. Victoria, la joven y hermosa heredera de la hacienda, la había vestido, perfumado y entregado como una especie de regalo para su prometido, Edmund Thornton, un hombre de sangre fría y sonrisa arrogante.

Esa noche, la de la boda, Celia tenía un papel que desempeñar. Pero no era el de servir en la fiesta, ni el de limpiar después de la celebración. No, esa noche ella sería la encargada de hacer algo mucho más significativo, algo que destruiría la vida que había sido impuesta sobre ella. La humillación había alcanzado su punto máximo cuando Victoria, con una sonrisa ensayada, la había enviado a la cama de Edmund para satisfacer sus deseos. Un hombre que no la veía más que como una posesión, como un cuerpo disponible para él.

Celia nunca olvidó las noches en que fue enviada a esa cama, cuando su cuerpo era tocado por manos ajenas, cuando su dignidad era robada, una y otra vez, bajo el pretexto de complacer a su ama. Durante esos momentos, el odio creció en su interior. La venganza se fue incubando en su alma, alimentada por cada insulto, cada mirada despectiva, cada orden humillante. Ella era una mujer esclavizada, pero su mente, su corazón, no lo eran. Y eso, a la larga, sería lo que la salvaría.

En la cocina, mientras los preparativos de la boda avanzaban, Celia pensaba en todo lo que había pasado. Había soportado demasiadas humillaciones, demasiado sufrimiento. Había sido vendida, usada, y ahora estaba atrapada en un mundo donde los amos dictaban todo. Pero esa noche, la historia de la hacienda Harrington cambiaría para siempre.

Victoria, con su risa cristalina y su rostro perfecto, había pedido un pastel especial para su boda. Algo que se hablara durante años. Celia, la mejor repostera de la finca, había recibido las instrucciones, y aunque su corazón se llenaba de rabia al pensar en el pastel que preparaba, sabía que sería su venganza. Un pastel que no solo sería delicioso, sino mortal. La esposa y la hija de los dueños de la hacienda serían las primeras en probar lo que había preparado para ellos.

Esa noche, mientras los demás celebraban, Celia se retiró a la cocina. Había reunido los ingredientes necesarios, pero no solo azúcar, harina y mantequilla. Había algo más, algo que su madre le había enseñado en secreto, algo que envenenaría la fiesta y la vida de todos los presentes. La hiedra venenosa, una planta que había recogido en la oscuridad del monte, sería la clave de su venganza. Había molido las hojas con el metate en la choza, obteniendo un polvo tan fino y letal como la rabia que había sentido durante años.

Al día siguiente, mientras todos se preparaban para la boda, Celia se acercó al pastel y comenzó a preparar las capas. El glaseado blanco y suave cubría perfectamente la base, pero la mezcla contenía un veneno sutil, que no podía verse ni saborearse, pero que se filtraba lentamente en el sistema de quienes lo comieran. Lo había puesto con cuidado, calculando exactamente la cantidad para que nadie sospechara, para que el veneno comenzara su trabajo lentamente, de forma casi imperceptible.

Mientras tanto, los invitados comenzaron a llegar. Edmund, elegante en su traje de ceremonia, se acercó a la mesa de la boda con una sonrisa confiada, acompañado de su prometida, Victoria, que irradiaba belleza y orgullo. Los aristócratas del sur, los hombres y mujeres que habían hecho de la esclavitud su modo de vida, se sentaron a la mesa, dispuestos a celebrar una boda que, según ellos, estaba destinada a unir dos de las familias más poderosas de la región. Nadie sospechaba que el pastel que estaban a punto de probar estaba impregnado de una venganza que había sido tejida con precisión.

Celia observó desde la cocina, con las manos cubiertas de harina, como los invitados se acercaban al pastel. Su corazón latía con fuerza, pero no por miedo. Sabía lo que había hecho, sabía lo que iba a suceder. Era el momento de que todos pagaran por sus pecados.

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