Mi Esposa Estaba En La Bañera Con Nuestro Vecino. Cerré La Puerta Y Tracé Mi Plan Demencial..
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Mi esposa estaba en la bañera con nuestro vecino. Cerré la puerta y tracé mi plan demencial
Era una mañana calurosa en San Angelo, Texas. El sol ardía con una intensidad que parecía querer derretir el aire mismo, y el silencio de la ciudad solo era interrumpido por el zumbido de los insectos y el crujir de las hojas secas en las calles. En la pequeña iglesia del pueblo, los pájaros que solían cantar con alegría en el tejado, en un instante, levantaron vuelo en desbandada, asustados por un sonido que rompió la calma como un disparo.
Desde el interior del baño, llegaban los jadeos ahogados e intermitentes de mi mujer, Nerea. La puerta del baño, que en un momento parecía una simple barrera, ahora era un símbolo de la traición y la desesperación. Sobre el felpudo de la entrada, estaban esas zapatillas de deporte de edición limitada con cámara de aire que le había visto al vecino Iago. No lloré como un cobarde ni irrumpí gritando como un salvaje. Soy supervisor de seguridad en obras de construcción, con quince años de experiencia gestionando riesgos ocultos y situaciones fuera de control. Mi primer principio siempre fue el mismo: mantener el aislamiento físico.
Giré silenciosamente la vieja llave de bronce en el pomo de la puerta del baño y la cerré desde fuera, sin hacer ruido, sin que ella se diera cuenta. Luego, usando el principio de la palanca, empujé con cuidado la cómoda de madera maciza del pasillo, llena de libros viejos y herramientas, que pesaba unos cien kilos, hasta bloquear la puerta firmemente. La calma que sentí en ese momento fue como la de un estratega que ha cumplido su misión: fría, calculada, implacable.
Me encendí un cigarrillo y miré el jamón de pata negra de primera calidad que tenía en la mano, destinado a celebrar nuestro aniversario, un regalo que costaba lo que gano en tres días de trabajo duro. Me di la vuelta y caminé hacia la puerta principal, con la idea fija en qué hacer después. Era hora de ir a buscar a Maite y a sus tres hermanos carniceros para que vinieran a realizar la inspección del lugar. En mi familia, hay una regla clara: quien traiciona a la familia, es como un cerdo enfermo. Hay que deshacerse de él.
Fue un maldito viernes por la tarde. La tormenta en Madrid había inundado gravemente la obra y el capataz anunció que terminábamos antes de lo previsto. Conducía mi vieja camioneta llena de barro, con los limpiaparabrisas moviéndose débilmente, igual que mi estado de ánimo, que aún permanecía tranquilo. Para darle una sorpresa a Nerea, me desvié a propósito a la charcutería más cara de la ciudad y me gasté el equivalente a medio mes de alquiler en una pieza de jamón de primera. Hoy era nuestro quinto aniversario de boda, y aunque últimamente ella siempre se quejaba de mi olor a cemento e incluso se negaba a tocarme antes de que me duchara, quería hacer algo especial. Pensé ingenuamente que un regalo caro podría reparar nuestra relación cada vez más distante. Ahora que lo pienso, fui un completo imbécil.
Aparqué el coche, abrazando ese preciado jamón, pisé los charcos en el pasillo del edificio y entré en casa. La humedad del barro en mi chaleco reflectante y las manchas en la ropa eran prueba de mi trabajo, pero en ese momento, lo que más me impactó fue el olor en el aire. No era a comida, sino a colonia amaderada, esa fragancia cara que siempre usaba Yago, el rey de los mantenidos, el que dicen que cuesta medio sueldo y se la compra su mujer, Maite, esa fiera que monopoliza el negocio de la carne en medio barrio.
Que ese olor apareciera en mi casa era tan absurdo como encontrar un cordero asado en un restaurante vegetariano. Entonces vi esos malditos zapatos. Unas zapatillas de deporte negras y rojas, de edición limitada, tiradas descuidadamente sobre el felpudo, con las suelas aún marcadas por la lluvia. Conocía demasiado bien esos zapatos. Yago los había estado luciendo por la urbanización durante al menos tres meses. Cada vez que paseaba al perro, se paseaba deliberadamente frente a mí, temiendo que alguien no supiera que llevaba en los pies una marca que costaba más de la mitad de mi sueldo.
Como supervisor de seguridad, con un sueldo que solo da para vivir al día, sabía perfectamente el precio de esos zapatos. Yago, ese inútil que apenas mantiene las apariencias trabajando como entrenador personal para mujeres ricas. Si no fuera por su mujer, Maite, no podría comprarse ni los calzoncillos. Pero allí estaban, esas zapatillas caras, pisoteando mi dignidad, como dos pruebas rojo sangre en la entrada de mi casa.
Lo extraño no fue la rabia. Lo que sentí fue una calma extraña, como si mi cerebro, en ese momento, se hubiera convertido en una máquina perfecta, capaz de gestionar riesgos y planear cada movimiento. Como un técnico que sabe que su trabajo es eliminar peligros, así actué. Me quité las botas llenas de barro, puse el móvil en silencio y me moví con cautela hacia el dormitorio principal. Todo parecía normal en el salón, la revista de moda en el sofá, la copa de vino medio vacía, pero el aire estaba impregnado de un olor a traición que no podía ignorar.
Desde la rendija del cristal esmerilado del baño, escuchaba los jadeos de mi mujer, que en ese momento, en la bañera, disfrutaba de un placer que nunca había experimentado antes. La voz de Nerea, que siempre había sido dulce y suave, ahora parecía llena de satisfacción, de un placer que no podía describir con palabras. La escuchaba describiendo a Yago, usando palabras como “burro con olor a cemento” para referirse a mí, y riéndose de cómo disfrutaba de ella a mis espaldas, con una arrogancia que me heló la sangre.
Esa conversación fue más letal que cualquier puñetazo. No por el dolor físico, sino por la revelación de que, en sus ojos, siempre había sido solo un chiste. Ese marido que se jugaba la vida en obras peligrosas, que volvía a casa cansado y sucio, solo era un burro con olor a cemento en su propia casa. La humillación fue tan profunda que, en un primer momento, solo pude reírme, una risa fría, que salía de las entrañas, como si mi alma se hubiera congelado en ese instante.
Pensé en Maite, la vecina, en la familia Ortiz, en su ley de hierro, en sus reglas de lealtad, en cómo la traición se paga con el mismo peso en sangre y en honor. Todo eso me invadió en un solo momento. La traición de Yago, esa traición que había sido un secreto a voces en el barrio, ahora era un acto público, un espectáculo que no podía ignorar.
Y en ese instante, en medio de esa escena de humillación y venganza, decidí que no solo iba a actuar, sino que lo haría con precisión y sin dejar rastro. La venganza sería fría, calculada, implacable. La idea de destruirlo desde dentro, de hacer que pagara con su misma moneda, me llenó de una determinación que nunca había sentido antes.

La estrategia de la venganza
Primero, saqué mi móvil y tomé varias fotos de los zapatos de Yago en la entrada, asegurándome de que las pruebas fueran irrefutables. Luego, con mucho cuidado, me acerqué a la cerradura del baño, esa vieja cerradura de bronce que en realidad era una trampa diseñada para evitar que alguien quedara atrapado sin ayuda. La llave de la cerradura, que siempre había estado allí, ahora sería mi arma secreta.
Con la precisión de un técnico, giré la llave lentamente, sin hacer ruido, y la llave giró dos veces en el cilindro, bloqueando la puerta desde fuera. La escena en el interior cambió por completo. La desesperación en la voz de Yago aumentó, y la de Nerea se volvió aún más angustiada. Pero yo, en silencio, seguí con mi plan. La vieja cómoda del pasillo, que pesaba más de 100 kilos, la empujé lentamente hasta bloquear la puerta del baño.
El sonido de la madera arrastrándose sobre el suelo, que en otro momento podría parecer un simple ruido, ahora era un aviso de que la presa había caído en mi trampa. La escena en el baño se volvió aún más caótica. Yago empezó a golpear la puerta con fuerza, gritando y maldiciendo, sin entender que ya no podía salir. La vieja puerta de madera, resistente y sólida, resistía cada intento de apertura. La tensión era insoportable, y yo, desde afuera, observaba todo con una calma que solo los que saben gestionar riesgos pueden tener.
Pasaron minutos que parecieron horas. La desesperación en el interior crecía, y las voces de Yago y Nerea se mezclaban en un caos de gritos y golpes. Pero yo, imperturbable, seguí en mi posición. La venganza, pensé, no es solo un acto de ira, sino una estrategia que requiere paciencia y precisión.
Finalmente, cuando la escena alcanzó su punto culminante, entré en el salón con paso firme. La escena que presencié fue como un cuadro de pesadilla: Yago, con la pierna rota, gimiendo de dolor en el suelo, rodeado por los hermanos Ortiz, que mostraban una furia contenida, como bestias enjauladas. La escena era un espectáculo de justicia que se había gestado en silencio, en la sombra de la noche.
La justicia en silencio
El momento de la venganza definitiva llegó cuando, con una calma implacable, los hermanos Ortiz decidieron que Yago no volvería a hacer daño a nadie. La escena fue brutal, pero necesaria. La pierna rota, los gritos de Yago, el silencio de la justicia. La venganza, que en su esencia era una forma de justicia, se cumplió sin necesidad de palabras, solo con hechos.
Y en medio de esa escena de destrucción controlada, entré yo, con la mirada fría, con la certeza de haber hecho lo correcto. La escena quedó grabada en mi memoria, como un recordatorio de que la paciencia y la estrategia son armas más poderosas que la violencia descontrolada. La justicia, pensé, debe ser fría y calculada, como un cirujano que opera sin dejar rastro.
La conclusión
Esa noche, en la oscuridad de mi casa, con el silencio de la victoria en el aire, comprendí que en la vida, a veces, hay que ser como un supervisor de seguridad. Hay que gestionar riesgos, aislar peligros, eliminar amenazas y, sobre todo, actuar con precisión y sin dejar huellas. La venganza no es un acto de ira, sino un acto de inteligencia y justicia.
Y en ese acto, en esa estrategia fría y calculada, reside la verdadera fuerza. La fuerza de quien sabe que, aunque el mundo parezca caótico y sin justicia, la paciencia y la estrategia siempre triunfan. Porque, al final, la justicia no llega con gritos ni con violencia descontrolada. Llega en silencio, como una sombra que se extiende en la noche y que, cuando menos lo esperas, te golpea de lleno.