“No lo suficientemente bonitas”: ¿Qué pasó con las mujeres rechazadas por los oficiales alemanes?
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“No lo suficientemente bonitas”: ¿Qué pasó con las mujeres rechazadas por los oficiales alemanes?
La sala olía a desinfectante barato y a papel mohoso. Las paredes y los cuadernos estaban cubiertos de humedad, las ventanas demasiado altas para dejar entrar suficiente luz. En el centro, una larga mesa donde tres hombres uniformados tomaban notas sin mirar directamente los rostros que tenían enfrente. Elise Varnou se encontraba allí, de pie, con la espalda recta, intentando no temblar. Tenía 20 años. Trabajaba desde los 16 en una fábrica textil. Sus manos eran rugosas, su rostro estaba sin maquillar, el cabello recogido en un chongo sencillo. No sabía exactamente por qué la habían convocado. Solo sabía que todas las mujeres de su edad en la ciudad habían recibido la misma orden: presentarse sin excepción.
El oficial a la izquierda levantó la mirada. La recorrió con la vista como si estuviera evaluando ganado. El proceso duró menos de dos segundos. Hizo un gesto lateral con su bolígrafo. Elise no entendió. La mujer a su lado, rubia, alta, de facciones delicadas, fue llamada al otro lado de la sala. Elise permaneció donde estaba. Una nueva orden llegó. Ella debía seguir el pasillo contrario. No hubo explicación, ni conversación. Solo un papel con un sello estampado fue entregado por una secretaria sin rostro, ordenándole que se presentara al día siguiente a las cinco de la mañana en otra dirección.
Elise salió de allí sin comprender lo que acababa de suceder, pero algo dentro de ella lo sabía ya. Había sido rechazada antes de abrir la boca.
Esto ocurrió en marzo de 1943, en una ciudad industrial del noreste de Francia ocupada. Elise no era judía, no era parte de la resistencia, no tenía un historial político. Era simplemente una mujer común. Y en ese sistema, eso significaba que podía desaparecer sin dejar rastro.

Lo que pocos saben es que durante la Segunda Guerra Mundial, existían selecciones que no estaban en los manuales militares. No se registraban como deportaciones. No generaban listas oficiales de víctimas. Eran procedimientos administrativos silenciosos llevados a cabo por burócratas uniformados en salas improvisadas donde el cuerpo femenino era evaluado bajo criterios tan arbitrarios como mortales: belleza, utilidad, aptitud. Y cuando una mujer no cumplía con uno de estos criterios, entraba en una categoría sin nombre, sin estatus, sin protección. Elise había sido rechazada, no porque resistiera, no porque representara una amenaza, sino porque su rostro no había despertado ningún interés. Y, según esa lógica, no despertar interés significaba no merecer nada: ni un trabajo digno, ni ser registrada, ni un futuro. Fue enviada a una unidad de trabajo forzado secundaria. No un campo de concentración famoso, no un lugar que quedara registrado en los libros, solo un almacén reconvertido en las afueras de una zona rural olvidada, donde las mujeres consideradas “inadecuadas” se dedicaban a tareas que nadie quería documentar: limpieza de escombros, clasificación de escombros, carga de material pesado sin equipo adecuado, 12 horas al día, sin salario, sin asistencia médica, sin nombre en los archivos.