“No mires ahí.” – El ranchero siguió mirando… y cometió un acto aterrador.

“No mires ahí.” – El ranchero siguió mirando… y cometió un acto aterrador.

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“No mires ahí.” – El ranchero siguió mirando… y cometió un acto aterrador.

El llanto era el único sonido que rompía el silencio bajo el ardiente sol de Guoming. La mujer colgaba de un árbol de álamos, las muñecas atadas con cuerdas ásperas que las habían dejado rojas. Su vestido estaba rasgado de manera que apenas la cubría, exponiéndola a la humillación pública bajo la mirada de quienes pasaban cerca. Las piernas, torcidas y mal amarradas, no solo la mantenían atrapada, sino que también la hacían sufrir, mientras el viento levantaba su tela suelta, revelando más de lo que ya no podía ocultar.

Mercer Rook, ranchero de 49 años, se acercó al escenario sin saber exactamente qué hacer. Miró de reojo, pero el rostro de la mujer, lleno de pánico y vergüenza, lo detuvo. En ese momento, ella gritó las únicas palabras que le quedaban: “No mires ahí.” Era una súplica rota, una petición que nadie debía ignorar. Pero Mercer no desvió la mirada como los otros lo habrían hecho. Él miró lo suficiente para ver más de lo que debía, más de lo que le pedían que no viera. Y en ese momento, algo dentro de él se rompió.

Se acercó a ella, con una calma tensa, y cortó la cuerda que la mantenía suspendida. Con cada movimiento, se aseguraba de no dejarla caer bruscamente, sabiendo que la vergüenza ya era suficiente. Cuando ella tocó el suelo, las rodillas no la sostuvieron y, aunque intentó mantenerse en pie, se aferró a la camisa de Mercer para no caer. No la tocó más de lo necesario. Mantuvo la mirada fija en el horizonte, lejos de su cuerpo, porque ella había pedido que no mirara y, por alguna razón, esas palabras tenían más peso que cualquier otra cosa.

Al fondo, entre la hierba alta, sintió la presencia de otros ojos. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Kiona, la joven mujer que había sido rescatada, notó el cambio en su expresión. “Están cerca”, susurró. “No me dejaron aquí para que muriera.”

Mercer entendió. El terror no provenía solo de lo que acababa de presenciar, sino de lo que debía hacer a continuación. En ese momento, se dio cuenta de que se había involucrado en algo mucho más grande de lo que había imaginado, algo que no podría deshacer. Los hombres que vestían la ley estaban a punto de llegar, y ya no podía esconderse.

El Viaje al Rancho

Con Kiona a su lado, Mercer la llevó rápidamente a su rancho, sin detenerse a pedir permiso, sin preocuparse por lo que la gente pensara. El viaje fue silencioso, solo interrumpido por el sonido del cuero de los caballos y el susurro del viento. Cuando llegaron, Mercer le dio agua, una camisa limpia y espacio para que pudiera cambiarse. Él se quedó afuera, mirando la pared del granero mientras ella se cambiaba, sabiendo que todo había cambiado.

Al salir, Kiona parecía diferente. Algo en su rostro había cambiado; ya no mostraba la desesperación que había tenido antes, sino una firmeza que le daba un aire más maduro. Fue entonces cuando Malcus Prin llegó cabalgando.

Malcus, un hombre que vivía a una milla al oeste, sonrió con demasiada facilidad y no tardó en fijar su mirada en Kiona. Aunque Mercer se mantenía calmado, algo en su pecho se tensó. Malcus comenzó a hacer preguntas que sonaban demasiado amigables, pero sus ojos no dejaban de posar una mirada calculadora sobre Kiona. Cuando mencionó al sheriff y sugirió que podrían necesitarlo, Mercer sintió que algo no estaba bien.

La Mentira y la Trampa

Después de que Malcus se fuera, Kiona rompió el silencio. “Él es la razón”, dijo, refiriéndose a Malcus. No lo hizo con sus manos, pero sabe quién lo hizo. Las palabras de Kiona marcaron un antes y un después en la mente de Mercer. Sabía que había algo más detrás de la historia, algo más oscuro. Pero, por el momento, todo lo que podía hacer era seguir adelante.

Esa noche, Mercer no durmió. Se quedó sentado en la mesa con su rifle sobre las rodillas, repasando lo que había ocurrido bajo el árbol. Sabía que la ley haría preguntas, pero no tenía respuestas claras. El pueblo, con sus murmullos, ya había comenzado a juzgarlo, y aunque él había hecho lo correcto al cortar la cuerda y salvarla, no estaba seguro de si había hecho lo suficiente para evitar las consecuencias que vendrían después.

Al amanecer, Mercer se levantó y revisó el patio, asegurándose de que no los siguieran. El silencio era ominoso, y sabía que algo no estaba bien. La tierra, la misma que conocía tan bien, ya no parecía confiable. Y entonces, el primer disparo resonó en el aire, levantando polvo justo delante de su caballo.

El Encuentro en el Campamento

Con Kiona a su lado, Mercer mantuvo la calma, disparando para ganar espacio. No se trataba de matar, sino de sobrevivir, y los hombres que se acercaban no mostraban miedo. Tres jinetes, uno atrás y dos flanqueando, parecían estar preparados para lo que venía. Fue entonces cuando Mercer vio la placa pequeña en el chaleco del jinete rezagado, esa placa que había simbolizado la ley en su mente, pero que en ese momento parecía no significar nada más que una trampa.

El enfrentamiento no duró mucho. Mercer se movió con rapidez, derribando a los jinetes uno por uno. Cuando la pelea terminó, Kiona fue la que se adelantó, entregando la tela encerada al Marshall, quien ya había llegado para resolver el asunto. Malcus, finalmente, fue arrestado, y Mercer no pudo evitar sentir el peso de lo que acababa de hacer.

El Precio de la Verdad

Kiona, sin embargo, no se detuvo. Entendió que lo que estaba en juego ya no era solo su vida, sino un asunto más grande que ambos. A lo largo del día, las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar. La tela que había sido escondida por su hermano, los números y lugares anotados, ahora tenían un significado más profundo. La verdad de lo que había sucedido no solo afectaba a Kiona, sino que iba más allá.

A medida que avanzaban hacia Cheyen, el viento que soplaba sobre ellos parecía más pesado, como si el destino estuviera marcado por las decisiones que tomaban. El Marshall, al escuchar la historia, no mostró sorpresa. Solo les indicó que no podían detenerse, que debían seguir adelante.

Pero, al final, Mercer comprendió algo importante. Había llevado a Kiona hasta allí no solo para protegerla, sino porque él también estaba involucrado en algo más grande. Y mientras cabalgaban hacia el horizonte, el peso de las decisiones tomadas lo seguía, recordándole que cuando un hombre ve algo que no debía, el verdadero reto es decidir qué hacer con ello.

La historia de Mercer y Kiona no era una historia de héroes. Era una historia de decisiones, de hombres que eligen enfrentarse a lo que otros no se atreven a mirar. Y, al final, cuando el sol comenzó a ponerse, Mercer entendió que la vida, al igual que el viejo oeste, no da segundas oportunidades.

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