“No mires allá” – Pero el granjero siguió mirando… e hizo algo que enfureció a todos.
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No mires allá
I. El grito en el vacío
Megg Doyle gritaba en el calor vacío del desierto, mucho antes de que alguien pudiera escucharla. Su voz se quebraba bajo el sol, como si el propio desierto quisiera engullir el sonido. Megg pendía torcida en una estructura de madera, en medio de la pradera de Lincoln. Una pierna elevada por una cuerda cruel, el vestido rasgado, la piel viva por el polvo y las astillas. Intentaba cubrirse, tirar del vestido con los puños atados, pero cada respiración solo empeoraba su vergüenza.
La peor parte no era el dolor, sino el miedo a que nadie la viera nunca más como algo distinto a un cuerpo roto, abandonado para los buitres. Susurraba por ayuda, aunque sabía que el desierto no tenía misericordia.
Los hombres de Prescott la habían atado y partido riendo, diciendo que el calor la haría confesar antes del anochecer. Pero no había nada que confesar, solo una verdad que temía moriría con ella si nadie la escuchaba.
II. El jinete en el horizonte
Una sombra se movió finalmente en el horizonte. Un jinete se acercaba despacio, levantando polvo tras los cascos de su caballo. Megg rezó para que no fuera uno de los hombres de Prescott, regresando para terminar lo que habían empezado. Cuando el hombre se detuvo junto a ella, Megg vio un par de ojos azules cansados bajo el ala de un sombrero de vaquero gastado.
Jacob Hill no habló al principio. Solo la miró en estado de shock, suspendida en el viento ardiente. Entonces, su mirada descendió sin aviso, justo al lugar que Megg más deseaba ocultar en la Tierra. Una explosión de vergüenza la atravesó como fuego.
—No mires allá —rasgó su voz.
Jacob apartó la cabeza, la culpa ardiendo en su rostro, pero no podía deshacer lo que había visto. Las marcas en la piel de Megg no eran obra de otra cosa que de un monstruo. Ahora la pregunta era simple y aterradora: ¿ese hombre se iría y la dejaría morir como los otros? ¿O haría lo impensable y arriesgaría todo para salvar a una mujer que nunca debió haber visto?

III. El valor de mirar
Jacob no se marchó. No después de oír la voz temblorosa de Megg, ni de ver los hematomas en sus piernas y la marca de quemadura que nadie debería llevar en la piel. Permaneció bajo el viento abrasador, intentando calmar su respiración, decidiendo qué tipo de hombre sería ese día.
En vez de irse, Jacob dio un paso adelante, despacio, cauteloso. Megg intentó apartarse, pero las cuerdas la mantenían firme. Apretó las piernas por instinto, susurrando de nuevo, más suave:
—No mires allá.
Jacob tragó saliva, levantó ambas manos para mostrar que no era una amenaza.
—Señora, no estoy aquí para mirar. Estoy aquí porque parece que está muriendo.
Su voz era áspera, cargada de culpa, y Megg lo sintió. La mayoría de los hombres eran mentirosos cuando fingían ser héroes. Pero Jacob no se movía como un mentiroso. Se movía como alguien que había visto demasiado y no quería un fantasma más en su conciencia.
Jacob rodeó la estructura, revisando los nudos. Sus dedos rozaron la cuerda y maldijo en voz baja. Los nudos estaban hechos para cortar la piel. Estilo Prescott.
Megg tembló al oír ese nombre. Jacob se inclinó y habló bajo:
—Si él hizo esto, pretendía romper más que tus huesos.
Megg cerró los ojos, una lágrima rodó por su mejilla. Jacob tocó su tobillo con gentileza, verificando la circulación. Megg se contrajo.
—Calma. Solo reviso si puedes sentir tu pie.
—Siento todo —susurró Megg—. Y ojalá no sintiera.
Se miraron por primera vez sin miedo. Ese único intercambio le dijo a Jacob todo lo que necesitaba saber. Ella no era culpable, ni mala, ni nada de lo que Prescott decía. Solo era una mujer intentando sobrevivir en un mundo que le gustaba romper a los más suaves primero.
Jacob respiró hondo y tomó una decisión.
—Te sacaré de aquí.
IV. El peligro regresa
Antes de que pudiera actuar, el sonido de cascos de caballo cambió todo. Dos jinetes regresaban rápido. Hombres de Prescott. La pregunta que golpeó el pecho de Megg era fría: ¿Jacob lucharía para salvarla ahora que el peligro estaba frente a él? ¿O la abandonaría para salvarse?
Jacob escuchó los cascos y todo su viejo instinto despertó. No había tiempo para pensar; pensar hacía que la gente muriera. Se acercó a Megg, tan cerca que ella sintió el calor de su pecho.
—Aguante —susurró él.
Antes de que Megg pudiera preguntar en qué, la hoja de la navaja brilló. Jacob cortó la cuerda de sus muñecas. El dolor volvió corriendo a sus brazos mientras la sangre comenzaba a moverse. Megg mordió un grito, más por orgullo que por fuerza.
Jacob cortó la cuerda de la pierna y la sostuvo por la cintura cuando cayó. Por un segundo, el vestido rasgado se deslizó y Megg siseó:
—No mires allá.
Él no miró. Soltó su propio abrigo y lo envolvió alrededor de sus caderas, con manos rápidas y ásperas.
Dos caballos se detuvieron en una nube de polvo. Los hombres de Prescott, uno flaco y de dientes malos, sonrió al ver a Megg en el suelo.
—El jefe dijo que la dejáramos hasta el atardecer. ¿Qué estás haciendo?
Jacob se enderezó, manteniendo a Megg tras él.
—Cambio el cronograma.
El segundo hombre olía a whisky barato, ojos perezosos de borracho.
—Oí que solías vestir uniforme. Pensé que sabías seguir órdenes.
Jacob sonrió sin humor.
—Por eso me fui.
El flaco bajó de la montura, mano en la pistola.
—Aléjate de la chica.
Jacob se movió primero, pero ya no era joven. Su puño golpeó la mandíbula del hombre, dolor subiendo por su brazo. El hombre no cayó limpio, tambaleó y contraatacó, dedos alcanzando la nariz de Jacob. Sangre comenzó a salir de inmediato.
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El segundo fue por el revólver. Jacob agarró su muñeca, pero no tan rápido como antes. El otro hombre dio un codazo duro en las costillas de Jacob, justo donde una vieja cicatriz de guerra dolía con el cambio de clima. Dolor blanco estalló en su costado, las rodillas de Jacob cedieron.
La pistola cayó junto a los pies de Megg. En pánico y orgullo, la tomó con ambas manos. Nunca había disparado una pistola, pero apuntó al cielo y apretó el gatillo. El tiro resonó como trueno.
Ambos hombres se congelaron, manos lejos de los cinturones.
—¿Quieren intentarlo de nuevo? —gritó Megg, la voz temblando—. La próxima vez, quizá no falle.
Miraron del rostro ensangrentado de Jacob a la mujer con ojos salvajes y una pistola humeante, y cualquier valor que el whisky les había dado se esfumó. Retrocedieron hacia sus caballos, mascullando y sosteniendo sus mandíbulas. Montaron y partieron en una nube de polvo y vergüenza.
Jacob limpió la sangre de su nariz, escupió tabaco en la tierra.
—¿Puedes montar a caballo?
—Voy a caer —susurró Megg.
—Te sostendré —dijo él.
La levantó a la montura con un gruñido. Montó detrás de ella, un brazo firme para que no resbalara, el otro en las riendas. El caballo saltó hacia adelante, pasando junto a los hombres, rumbo a las colinas Capotán.
V. El refugio
Mientras el viento de la pradera golpeaba su rostro, Megg intentó respirar, pero el mundo seguía inclinado. Sus dedos se soltaron de la crin del caballo, la cabeza cayó contra el hombro de Jacob.
—Quédate conmigo —murmuró él.
Pero los ojos de Megg ya se cerraban. Lo último que sintió fue el latido constante de su corazón contra su espalda antes de que todo se oscureciera.
Las colinas Capotán surgieron como gigantes cansados a la distancia. Megg ya no luchaba contra la montura, desmayada, el peso caído contra el pecho de Jacob, caliente de fiebre, respiración irregular.
Una vieja cicatriz en sus costillas latía con cada respiración, pero Jacob ignoró el dolor como siempre hacía. Guió el caballo fuera de la ruta principal, por un sendero de ciervos entre rocas y arbustos.
Finalmente, pararon en una depresión sobre el río Bonito, escondidos bajo una repisa de piedra. Esa noche, la fiebre de Megg estalló. Temblaba y ardía, murmurando palabras sobre marcas, números y botas en su garganta.
Jacob humedeció una bandana en el arroyo y la puso sobre su rostro, cuello y las partes no marcadas de la pierna, trabajando en círculos lentos hasta que sus dedos quedaron dormidos. Le dio agua poco a poco.
Una vez, la mano de Megg arañó débilmente su camisa y susurró:
—No mires allá.
—No estoy mirando —respondió Jacob—. Solo te mantengo aquí.
Al segundo amanecer, la respiración de Megg se había calmado y el brillo salvaje de sus ojos se tornó claro y cansado. Odiaba la debilidad de sus piernas, pero sentía la fuerza constante de Jacob. El modo en que la cargaba, como si no fuera un peso.
La acomodó sobre una manta y se apartó para que pudiera ajustar el abrigo a su alrededor.
—Voy a revisar esa pierna —dijo Jacob.
Megg tembló.
—No allá.
—No por mí, por ti.
Se arrodilló a su lado, manteniendo la mirada en su rostro mientras sus manos trabajaban el tejido rasgado. Solo cuando ella asintió, bajó los ojos lo justo para ver el daño. La piel alrededor de la marca estaba irritada, hinchada, rodeada de hematomas. Había sangre seca donde la cuerda había cortado.
Jacob soltó el aire por los dientes.
—Ese hombre debería estar encadenado.
—Ese hombre posee la mitad del ganado de Lincoln —respondió Megg—. Y la ley cena en su mesa.
Jacob apretó la mandíbula.
—¿Por eso te hizo esto? ¿Porque viste demasiado?
Megg rió amargamente.
—Vi a sus hombres cortar otras marcas de cuero. Vi ganado extra en la ruta, más del que cualquier vecino reportó como desaparecido. Le dije que los números no cuadraban. Dijo que mis ojos eran el problema. Lo siguiente que supe, estaba atada en esa estructura, y él aseguró que lo único de lo que se hablaría sería de mi vergüenza, no de su robo.
Jacob limpió la herida con agua y una tira de su camisa. Cada toque ardía, pero el cuidado enfriaba algo en el corazón de Megg.
—No tenías que volver por mí —susurró.
—Tal vez no —dijo Jacob—. Pero vi lo que él grabó en ti. Si me alejo, no soy mejor que él.
Se sentaron juntos mientras el cielo se doraba. Dos personas que casi fueron extraños esa mañana, ahora unidos por un secreto escrito en la piel.
VI. La decisión
Megg miró la luz que se apagaba y preguntó lo que la había desgarrado desde que Jacob la liberó:
—Jacob, ¿qué harás cuando Prescott te busque por mi culpa? ¿Huirás o volverás a ese pueblo y arrastrarás sus pecados a la luz para que todos los vean?
Jacob no respondió de inmediato. Observó el cielo sangrar de dorado a naranja, como si pensara junto a él.
—Cuando era joven —dijo al fin—, vestía un abrigo azul y hacía lo que me mandaban. Vi hombres herirse porque miré a otro lado. Prometí a Dios y a mí mismo que no lo haría de nuevo.
—Pero no iremos a Lincoln mañana —añadió—. No con tu pierna así y yo respirando como una mula vieja.
En vez de eso, la llevó a una pequeña propiedad en el siguiente valle, un rancho desgastado administrado por K Turner, un exsoldado federal que debía a Jacob su vida desde un campo lejano.
Cal miró a Megg, su marca y sus hematomas, y su rostro se volvió frío como piedra. Esa noche, cuatro hombres más se sentaron alrededor de la mesa de Cal, todos con canas y cicatrices antiguas, todos con rencores contra los barones del ganado que se creían dueños de todo.
Cal sirvió café tan fuerte que flotaba una herradura, y nadie habló hasta que las tazas estuvieron vacías. Eran hombres cansados, que habían visto a demasiados matones enriquecerse y andar libres.
Enviaron un telegrama a Fort Stanton con el nombre de Jacob y el de dos hombres que habían visto al equipo de Prescott llevar ganado robado por el cañón. El sobrino de Cal cabalgó a Lincoln para contratar un fotógrafo, el tipo que podía cargar su cámara en la espalda de un hombre de lana. Lo llevaron al rancho en secreto.
Megg apretó la mandíbula y dejó que le tomaran una foto de la marca y los hematomas. Prueba que viajaría más lejos que su voz jamás podría.
VII. El enfrentamiento
Días después, Jacob y Megg cabalgaron de vuelta a Lincoln con Cal y los otros soldados viejos detrás. Prescott salió de su oficina, rostro rojo y seguro de sí mismo. Llamó a Jacob tonto, forajido, cegado por una mujer perversa.
Fue entonces cuando Megg hizo lo más difícil. Su mano temblaba, pero su voz no. Dio un paso al frente, ante todos: esposas, peones y el predicador.
—Tú les dijiste que no miraran —dijo—. Les dijiste que no miraran, porque si algún día lo hacían, verían lo que eres.
Con Jacob a su lado, mostró la marca que Prescott había quemado en su piel. Prueba de que el hombre que todos temían nunca temió arruinar a una mujer para proteger su ganado robado.
Un oficial de Fort Stanton, alertado por el telegrama, hizo sus propias preguntas. Al final de esa semana, Prescott ya no era el cazador. Era el cazado, juzgado y llevado en cadenas.
VIII. El final y la verdad
Más tarde, Megg se quedó en el porche de Jacob, mirando un campo que ya no parecía maldito.
—¿Sabes? —dijo suavemente—. Si te hubieras ido aquel primer día, habría muerto pensando que no era nada más que esa marca.
Jacob negó con la cabeza.
—No eres la marca, Megg. Eres la mano que sostiene el hierro.
Esta no es una historia sobre balas ni ganado. Es sobre una pregunta que todo hombre debe enfrentar tarde o temprano: cuando te dicen que no mires, ¿desvías la mirada, o miras directo a la verdad y mantienes tu posición?