POLICÍA CORRUPTO DESTRUYO AUTO DE UN ANCIANO SIN SABER QUE ERA PADRE DE UN CORONEL Y UN FISCAL

POLICÍA CORRUPTO DESTRUYO AUTO DE UN ANCIANO SIN SABER QUE ERA PADRE DE UN CORONEL Y UN FISCAL

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El Parabrisas Roto

En San Miguel del Río, un pequeño pueblo donde la ley parecía estar escrita en billetes y el miedo se respiraba con cada amanecer, Don Ernesto Valdés era conocido por su vida sencilla. A sus 78 años, este hombre delgado, encorvado por el paso de los años y el trabajo en la carpintería, no se quejaba de su suerte. Su único tesoro era su coche, un viejo sedán azul que, a pesar de los años, le daba la libertad para moverse por el pueblo, ir al médico y visitar la tumba de su esposa en las afueras.

Era un día caluroso de agosto cuando Don Ernesto emprendió su jornada hacia el centro de salud. Al girar la esquina de la avenida principal, se encontró con la patrulla del suboficial Martín Rocha. El policía, conocido por su brutalidad y abuso de poder, no tardó en detenerlo. Con una sonrisa torcida y la arrogancia de quien se siente intocable, Rocha le gritó: “¡Muérete, viejo!”, mientras se acercaba al coche con paso firme.

“¿Papeles?”, exigió el policía, sin siquiera mirarlo a los ojos. Don Ernesto, tembloroso, sacó su cartera y, con la voz quebrada, explicó: “No he hecho nada malo, oficial, mi documentación está en regla, me dieron prórroga”. El suboficial no le prestó atención, revisó los papeles con desgano y sonrió con desdén al ver que la verificación estaba vencida.

“Esto es multa y corralón”, gritó, arrojando los papeles al asiento del coche. Don Ernesto, nervioso, intentó explicar. “Pero oficial, a mí me dijeron que…” Rocha lo interrumpió, ya molesto: “¡Me estás llamando mentiroso, viejo!”.

La gente empezó a detenerse, algunos curiosos, otros ya sabían que lo peor estaba por llegar. “Aprende a respetar a la autoridad, viejo inútil”, le espetó Rocha mientras levantaba la macana y la descargaba contra el cofre del coche. Cada golpe resonaba con fuerza, y el sonido del vidrio estallando llenó el aire.

Don Ernesto, con las manos temblorosas, cayó de rodillas sobre el asfalto caliente, pidiendo, suplicando por favor, que no destruyera su coche. “¡Es mi único coche, con eso voy al doctor!”, imploró, pero no hubo piedad. Rocha continuó, descargando su rabia sobre el coche sin importar los gritos de la multitud.

Al final, cuando el coche ya era un montón de fierros rotos, Rocha le ordenó a su compañero: “Llévenselo al corralón”. El otro agente, mirando el destrozo, le respondió: “Pero ya no prende”. Rocha escupió al suelo: “Que se quede aquí como ejemplo”. Y, con una última mirada al anciano, subió a la patrulla y se marcharon.

El video de aquel acto de abuso pronto empezó a circular entre los grupos de WhatsApp del pueblo. Nadie sabía quién era el hombre al que habían destrozado el coche, pero el destino de Don Ernesto cambiaría en cuanto la verdad saliera a la luz. En su casa, con el corazón latiendo acelerado, Don Ernesto tomó un viejo celular del bolsillo y, tembloroso, marcó un número que rara vez usaba. Al otro lado, su hijo, el coronel Alejandro Valdés, respondió de inmediato.

“Papá, ¿qué pasa?”, preguntó con voz preocupada.

“Un policía me rompió el coche”, respondió Don Ernesto, su voz entrecortada.

La respuesta de su hijo fue fría como el acero: “¿Te hizo daño? No te muevas de ahí, voy a hacer unas llamadas”.

En la capital, la fiscal Mariana Valdés también recibió la noticia a través de su hermano, el coronel. No pasaron muchos minutos antes de que empezara a tomar acción, abriendo una investigación sobre lo sucedido. El video, que ya circulaba por redes sociales, había dejado en evidencia el abuso. Nadie esperaba que un acto tan simple como la destrucción de un coche tuviera el poder de sacudir toda una red de corrupción.

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