REVELAN Las ÚLTIMAS PALABRAS De los Nazis Antes de MORIR En Núremberg
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Noche de sentencias: Las últimas palabras de Núremberg
I. El silencio y la espera
Era la noche del 16 de octubre de 1946. La ciudad de Núremberg, todavía marcada por las heridas de la guerra, se encontraba sumida en una calma tensa. Afuera, la prisión militar estadounidense estaba rodeada por patrullas y focos de luz. Adentro, en el gimnasio transformado en sala de ejecuciones, la atmósfera era gélida y pesada. El mundo contenía la respiración. Once hombres, once nombres que habían sido sinónimo de poder y terror, aguardaban el final de sus días.
Solo ocho periodistas estaban autorizados a presenciar la ejecución. Habían sido seleccionados entre cientos, cada uno representando a una de las cuatro potencias aliadas. Sin cámaras, sin grabadoras; solo papel, lápiz y sus propios ojos para registrar la historia. En un bar cercano, decenas de reporteros frustrados esperaban noticias, bebiendo café y fumando, ansiosos por escuchar los detalles de lo que pronto sería el último acto del juicio de Núremberg.
La prohibición de fotografiar las ejecuciones en vivo era deliberada. Los aliados temían que las imágenes pudieran convertir a los condenados en mártires. Sin embargo, las fotos postmortem serían permitidas: cuerpos colgados, rostros desfigurados, pruebas irrefutables de que la justicia había sido servida.
II. El verdugo y la técnica
El hombre encargado de administrar la justicia final era el sargento John Woods, un personaje tan controvertido como inquietante. Woods no era verdugo profesional, aunque le gustaba presentarse como tal. Su pasado era turbulento: había sido expulsado de la Marina por ausentarse sin permiso y diagnosticado con personalidad psicopática. Pero cuando el ejército estadounidense buscó voluntarios para ejecutar criminales de guerra, Woods se ofreció. Mintió sobre su experiencia, afirmando haber ejecutado a decenas de condenados en Texas y Oklahoma. En realidad, nunca había colgado legalmente a nadie antes de Núremberg.
Supervisó personalmente la construcción de tres plataformas de madera negra, cada una elevada sobre trece escalones. En la cima, la trampilla y el abismo. El método elegido era el de caída larga, diseñado para romper el cuello instantáneamente. Pero Woods calculó mal las dimensiones: la longitud de las cuerdas era incorrecta para el peso de algunos condenados y la trampilla era demasiado pequeña. El resultado fue una muerte chapucera y dolorosa para varios de los hombres, que se golpearon brutalmente la cabeza al caer, sangrando profusamente mientras se balanceaban.
III. El escenario y la cuenta regresiva
El gimnasio de la prisión, donde hasta semanas antes los guardias jugaban baloncesto, ahora estaba dominado por las orcas. Bajo las luces intensas, las sombras se alargaban sobre el suelo. El sonido dominante en los días previos era el golpeteo de martillos, carpinteros militares construyendo y probando las plataformas. Ese sonido penetraba las celdas de los condenados, una cuenta regresiva auditiva hacia la muerte.
En cada celda, los condenados escribían cartas, rezaban, conversaban con sus capellanes o simplemente aguardaban en silencio. Algunos repasaban sus vidas, otros se aferraban a la negación. Pero todos sabían que el tiempo se agotaba.
IV. El primero en burlar la muerte: Hermann Göring
Hermann Göring, el comandante de la Luftwaffe, creador de la Gestapo y segundo hombre del Reich, era la estrella del juicio. Carismático y peligroso, había sido un aviador condecorado y, tras la guerra, un espectro hinchado por la adicción a la morfina. La desintoxicación forzada en prisión restauró su agudeza mental. Durante el juicio, Göring se convirtió en el líder no oficial de los acusados, intimidando testigos, aconsejando a otros y enfrentando a los fiscales con sarcasmo e inteligencia.
Dos horas antes de la ejecución, Göring fue encontrado muerto en su celda. Había ingerido una cápsula de cianuro que logró ocultar durante meses. Su muerte fue su último golpe de efecto contra los aliados, robándoles la satisfacción de verlo colgado. Aun así, su cadáver fue exhibido junto a los otros condenados. El espectáculo debía continuar.
V. Las palabras finales: un desfile de destinos
Joachim von Ribbentrop
El diplomático fracasado, vendedor de champán convertido en ministro de Asuntos Exteriores, caminó con rigidez hacia la orca a la 1:11 de la madrugada. Sus últimas palabras fueron solemnes:
—Dios proteja a Alemania. Mi último deseo es que la unidad de Alemania se mantenga y que por el bien de la paz haya entendimiento entre el este y el oeste.
Ribbentrop tardó catorce minutos en morir, víctima de una cuerda demasiado corta y un nudo mal colocado. Su muerte fue lenta y dolorosa.
Wilhelm Keitel
El mariscal prusiano, secretario uniformado de Hitler, responsable de las órdenes criminales en el Frente Oriental, pidió dignidad militar hasta el final. Sus últimas palabras fueron:
—Pido a Dios todopoderoso que tenga misericordia del pueblo alemán. Más de dos millones de soldados alemanes fueron a la muerte por su patria antes que yo. Sigo ahora a mis hijos. Todo por Alemania.
Murió intentando preservar una fantasía de honor que había perdido años atrás.
Ernst Kaltenbrunner
El monstruo de las cicatrices, jefe de la RSHA y la Gestapo, con rostro surcado por duelos estudiantiles, subió al cadalzo con más humanidad que en el juicio. Sus palabras:
—He amado a mi pueblo, Alemania, mi patria, con todo mi corazón. He cumplido con mi deber de acuerdo con las leyes de mi pueblo y lamento que mi pueblo haya sido guiado esta vez por hombres que no eran soldados y que se hayan cometido crímenes de los que no tenía conocimiento. Alemania, buena suerte.
Negaba hasta el final cualquier responsabilidad.
Alfred Rosenberg
El ideólogo silencioso, autor de “El mito del siglo XX”, no pronunció palabra alguna. Cuando el capellán le preguntó si deseaba decir algo, simplemente respondió:
—No.
Su silencio fue interpretado como su último gesto de desprecio o aceptación de la derrota intelectual.
Wilhelm Frick
El abogado del infierno, coautor de las leyes de Núremberg, tropezó en el tercer escalón de la orca. Sus únicas palabras fueron:
—¡Viva la Alemania eterna!
Incluso su momento final fue torpe y sin convicción.
Hans Frank
El carnicero arrepentido de Polonia, abogado brillante convertido en tirano, mostró arrepentimiento genuino. Sus palabras:
—Estoy agradecido por el buen trato recibido durante mi cautiverio y pido a Dios que me reciba con misericordia.
Fue el único que mostró paz y resignación.
Julius Streicher
El fanático furioso, fundador de Der Stürmer, fue arrastrado hasta la orca. Gritó:
—¡Purimfest, 1946!
Una referencia a la festividad judía. Antes de que le pusieran la capucha, gritó:
—Algún día los bolcheviques los colgarán a ustedes.
Murió escupiendo odio hasta el último segundo.
Fritz Saukel
El burócrata esclavista, responsable de la deportación de millones de trabajadores forzados, proclamó:
—Muero inocente. La sentencia es injusta. Dios proteja Alemania y haga Alemania grande otra vez. Dios proteja a mi familia.
Murió convencido de que era una víctima.
Alfred Jodl
El estratega sin conciencia, firmante de la rendición alemana, subió a los escalones con pasos medidos y pronunció:
—Mis saludos para ti, mi Alemania.
Fue absuelto póstumamente en 1953, aunque Núremberg ya había dictado sentencia.
Arthur Seyss-Inquart
El traidor eficiente, artífice de la anexión de Austria y verdugo de Holanda, mostró calma cínica. Sus últimas palabras:
—Espero que esta ejecución sea el último acto de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial y que la elección extraída de esta guerra sea que la paz y el entendimiento deben existir entre los pueblos. Creo en Alemania.
Sus palabras eran grotescamente irónicas, viniendo de quien había facilitado la destrucción de dos países.
VI. El amanecer y la memoria
Cuando las luces del gimnasio finalmente se apagaron esa madrugada de octubre, once cuerpos fueron expuestos ante la cámara para que la prensa los fotografiara. Los rostros desfigurados, las heridas de las ejecuciones mal realizadas, la sangre y el silencio. Afuera, la multitud murmuraba, algunos rezaban, otros celebraban. El mundo había presenciado la justicia, pero también la fragilidad de la humanidad.
Los periodistas salieron del gimnasio con sus notas, temblorosos, sabiendo que lo que habían visto no era solo el final de unos hombres, sino el cierre de una era. En sus libretas, las palabras finales de los condenados se convertirían en testimonio para las generaciones futuras.
VII. Reflexión: El peso de las palabras
Las últimas palabras de los nazis ejecutados en Núremberg revelan mucho sobre la naturaleza humana y los límites del fanatismo. Algunos murieron negando todo hasta el final, otros buscaron refugio en Dios, unos pocos mostraron arrepentimiento genuino. Pero la mayoría, incluso en el umbral de la muerte, se aferró a la ideología que los había llevado al abismo.
El verdugo, el escenario, los errores técnicos, todo contribuyó a que la ejecución fuera menos digna de lo que la historia esperaba. Pero lo esencial era el mensaje: ningún crimen queda impune, ninguna ideología puede sobrevivir al peso de sus propios actos.
Las palabras de los condenados, sus gestos, sus silencios, son recordatorio de que la maldad puede esconderse tras la burocracia, el fanatismo, la ambición o la obediencia ciega. Pero también enseñan que, incluso en el último momento, el ser humano puede elegir cómo enfrentar su destino.
VIII. Epílogo: La historia que no debe repetirse
Las ejecuciones de Núremberg marcaron el fin de una era, pero también el inicio de una nueva conciencia mundial. La prensa, los testigos, los verdugos y los condenados, todos fueron protagonistas de una noche que aún resuena en la memoria colectiva.
Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla.