“Soy virgen”: lo que el general alemán obligó a hacer al prisionero homosexual es despreciable.
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“Yo era inocente”
París, octubre de 1943.
Cuando Théodore Blanchard dijo “soy virgen”, no lo hizo como confesión íntima, sino como defensa. Lo dijo con la voz rota, con el cuerpo agotado, con la esperanza absurda de que esas palabras todavía significaran algo en un mundo donde la humanidad había dejado de tener valor.
Tenía veinte años. Estudiaba literatura en la Sorbona, o lo que quedaba de ella bajo la ocupación. Amaba a Proust, a Rimbaud, a Gide. Amaba las palabras porque las palabras aún parecían limpias. Y amaba a Paul, en silencio, sin tocarlo nunca, sin besarlo, sin siquiera atreverse a decir su nombre en voz alta.
Théodore solo escribía. Cartas que no enviaba. Hojas dobladas y escondidas bajo manuales de latín. En ellas no había actos, solo deseo imaginado, ternura soñada, una inocencia torpe que buscaba entenderse a sí misma. Aquellas cartas eran su único refugio.
Hasta que alguien las encontró.
La Gestapo llegó al amanecer del 15 de octubre. Tres hombres con abrigos de cuero negro, voces secas, movimientos precisos. No hubo explicaciones. Registraron la habitación, leyeron en voz alta fragmentos de las cartas, rieron. Las palabras que habían sido un susurro íntimo se convirtieron en una acusación.
—Esto no son solo palabras —le dijeron—. Esto es un crimen.
Durante días lo interrogaron. Querían nombres, redes, cómplices. Théodore no tenía nada que ofrecer. No conocía bares, ni círculos clandestinos. Estaba solo con su deseo, solo con su vergüenza. Repetía siempre lo mismo:
—No he hecho nada. Soy virgen.
Fue esa frase la que lo llevó ante el general Klaus von Richter.
Von Richter no gritaba. No golpeaba. Observaba. Tenía cuarenta y ocho años, cabello gris perfectamente peinado, modales impecables. Hablaba francés sin acento, citaba a los filósofos griegos, escuchaba a Bach mientras estudiaba expedientes humanos como si fueran piezas de una colección.

Lo que le interesaba no era el delito, sino la inocencia.
—Usted no es peligroso, Blanchard —dijo con una sonrisa que nunca llegaba a los ojos—. Usted es interesante.
Von Richter le explicó, con una calma aterradora, que los criminales endurecidos no le servían. Él prefería a los jóvenes, a los soñadores, a quienes aún creían en el amor, en la belleza, en la pureza de sus pensamientos. Su objetivo no era matar cuerpos: era destruir significados.
Théodore fue trasladado a una celda distinta. Limpia. Con una cama, una mesa, una ventana. El cambio fue más inquietante que la brutalidad. Lo lavaron, lo afeitaron, lo vistieron con ropa civil. Lo trataron como a un invitado.
Aquella noche cenó con el general.
Hablaron de literatura, de Platón, del amor idealizado. Von Richter desmenuzaba las palabras que Théodore había escrito en sus cartas, no para comprenderlas, sino para vaciarles el sentido. Todo lo bello era reducido a algo despreciable. Todo lo soñado, a una mentira.
—La realidad siempre es más sucia que los sueños —le dijo—. Y yo voy a enseñársela.
Lo que siguió no fue amor ni deseo. Fue coacción, amenaza, humillación planificada. Théodore fue obligado a participar en actos que negaban todo lo que había imaginado alguna vez. No hubo intimidad, ni elección, ni afecto. Solo la mirada del general, corrigiendo, dirigiendo, transformando cada gesto en una parodia cruel.
No se describen esos momentos porque el lenguaje no debe repetir la violencia. Basta decir que algo murió en Théodore esa primera vez. No el cuerpo. Algo más profundo.
Durante semanas, el general convirtió aquello en un ritual. A veces en privado. A veces frente a otros oficiales. Siempre con el mismo objetivo: demostrar que el amor no era amor, que el deseo no era más que degradación, que los sueños eran una trampa infantil.
—Mírese —le decía—. Esto es lo que usted es.
Théodore empezó a creerlo.
Uno de los otros prisioneros murió. Luego otro. Los nombres se borraban rápido en ese mundo. El general no mostraba emoción. Solo anotaba resultados.
Cuando finalmente se cansó, lo envió a Buchenwald.
Allí, paradójicamente, la crueldad era más simple. Hambre, golpes, trabajo forzado. Nadie fingía cultura. Nadie hablaba de filosofía. La violencia no pretendía ser una lección moral. Y eso, extrañamente, fue un alivio.
Théodore sobrevivió gracias a una sola cosa: el odio.
No el odio ciego, sino uno preciso, enfocado. El odio a quien había querido destruir no solo su cuerpo, sino su capacidad de soñar. Ese odio lo mantenía vivo cuando otros se dejaban morir.
En el barracón conoció a otros hombres marcados con el triángulo rosa. Todos cargaban historias similares. No idénticas, pero hermanadas por la intención: borrarles la humanidad desde dentro.
—No estás vacío —le dijo Émile, el más viejo—. Estás herido. Si estuvieras vacío, ya estarías muerto.
Buchenwald fue liberado en abril de 1945. Théodore pesaba poco más de treinta kilos. Tenía tifus. Apenas podía caminar. Pero estaba vivo.
Testificó en 1946. No en Núremberg. Los crímenes contra los homosexuales no interesaban. Aun así habló. Contó todo. Su testimonio fue archivado, clasificado, olvidado.
Regresó a Francia. Vivió en silencio. No volvió a estudiar literatura. No volvió a escribir cartas. Las palabras ya no eran refugio.
Cuarenta años después, un historiador alemán encontró su declaración.
—Quiero que el mundo sepa —le dijo—. Porque también soy uno de ustedes.
Théodore habló otra vez. Esta vez alguien escuchó.
Murió en 1992. No recuperó sus sueños. Pero conservó algo más fuerte: la memoria.
Y mientras alguien recuerde su historia, quienes intentaron destruirlo no habrán vencido del todo.