“¡TE VOY A ECHAR DE MI BANCO!” GERENTE ARROGANTE HUMILLA A CAMPESINO MILLONARIO Y DUEÑO DEL LUGAR
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El hacendado racista y la justicia de Villa: La venganza que nadie imaginó
Era una mañana soleada en el desierto de Chihuahua, en pleno 1917. El sol de junio ardía sin piedad sobre el árido paisaje, haciendo que el suelo pareciera un infierno de brasas y polvo. La tierra seca y dura parecía absorber toda la luz, y el viento, caliente y seco, llevaba en su aroma un olor a injusticia y crueldad. En medio de esa tierra inhóspita, se alzaba una hacienda que parecía un castillo de crueldad y opresión: la hacienda de Teófilo Ortega.
El hombre que la gobernaba no era un simple patrón. Era un cacique que había traicionado a su propia sangre, vendiendo su alma al mejor postor desde los primeros años de la revolución. Mientras sus hermanos, los Jackis, peleaban por la libertad en las montañas de Sonora, él se había convertido en un perro faldero de los federales, y después, en un lobo solitario que mordía a quien se le pusiera enfrente. Su hacienda, llamada San Judas, se extendía por leguas y leguas de tierra robada, tierra que había pertenecido a los pueblos indígenas desde tiempos inmemoriales, donde sus abuelos habían enterrado a sus muertos y donde sus ceremonias bendecían cada grano de arena.
Teófilo Ortega tenía 45 años y una reputación que llegaba antes que él a cualquier cantina del norte. Alto, de hombros anchos como un toro de lidia, barriga prominente que delataba las hartas comidas, vestía trajes blancos de lino fino que contrastaban con su piel morena y sus ojos negros como el carbón. Pero no era su ropa lo que imponía, sino esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos, esa manera de hablar suave que helaba la sangre más que cualquier grito.
—¡Miren cómo se arrastran estos indios! —gritaba Ortega con una carcajada burlona, mientras una joven apache, con los ojos llenos de rabia y miedo, era azotada brutalmente frente a sus ojos—. Aquí no hay respeto ni por los viejos ni por las hijas de nadie. ¡Aquí mando yo!
Sus hombres, sus guaruras, estaban dispersos por el patio, siempre atentos, siempre listos para obedecer su orden. Entre ellos, los más temidos eran Esteban Cantú, un hombre alto y delgado con cicatrices en el rostro, que parecía una sombra en la sombra, y Pascual Orosco, un tuerto con una mano de hierro que usaba para golpear a quienes osaran desafiarlo. Y, por supuesto, Maldonado, un hombre con un ojo bueno y un gusto por crear sufrimientos refinados, que disfrutaba viendo el dolor de sus víctimas.
Pero en ese día, en esa mañana de junio, la historia de crueldad y venganza estaba a punto de cambiar para siempre.

La llegada de los indios apache
Era una mañana calurosa, cuando el sol ya nacía con furia, y el cielo parecía arder en rojo y naranja. La hacienda de Teófilo Ortega se alzaba como una mancha negra contra el horizonte dorado, rodeada de vastos campos que alguna vez fueron fértiles, pero ahora estaban agotados por la codicia y la explotación. La tierra, esa madre que todo lo da y todo lo perdona, había sido profanada por años de saqueo y violencia.
De repente, en la entrada principal de la hacienda, apareció un grupo de cinco indios apache, liderados por un anciano llamado Talisca. Era un hombre de más de 70 años, doblado por el tiempo, pero con los ojos aún brillando con la sabiduría de quien guarda los secretos de siglos. Sus ropas eran sencillas, hechas de hueso y turquesa, y su presencia emanaba una dignidad que desafiaba la brutalidad del lugar.
—Venimos en paz —dijo Talisca en su apache, con un tono calmado pero firme—. Pero si nos hacen daño, también pelearemos. Queremos respeto por nuestras tierras sagradas y por nuestras hijas que tienen trabajando aquí.
La noticia de su llegada llegó rápidamente a los oídos de Ortega, que se encontraba en la galería de la hacienda, tomando su café y disfrutando de su autoridad. Cuando vio a los indios, su rostro se iluminó con una sonrisa burlona y una carcajada que resonó en todo el patio.
—¿Qué es esto? —preguntó, con una voz que intentaba sonar burlona—. ¿Los salvajes vienen a pedir permiso? ¿O vienen a robar lo que no es suyo? ¡Miren qué valientes, pero no saben con quién se están metiendo!
Pero los apaches no se inmutaron. Ignacio Mori, uno de los guerreros más respetados, se adelantó y levantó la mano en señal de saludo pacífico. “General Villa”, dijo en su apache, con un tono respetuoso, pero lleno de determinación—. Nosotros no buscamos pelea, solo queremos que respeten nuestro territorio y nuestras hijas. No queremos más sangre, solo justicia.
Ortega, que en ese momento bajaba la escalera con su arrogancia habitual, lo vio con desprecio y se acercó con pasos pesados. Sus guaruras rodearon a los indios, listos para actuar, pero en ese instante, el anciano Talisca dio un paso adelante y habló con voz firme.
—Venimos en paz, pero si nos humillan o nos hieren, no tendremos miedo en responder. La tierra que pisamos fue dada por nuestros abuelos, y no permitiremos que la profanen ni que nuestras hijas sean esclavas en su hacienda.
La tensión en el aire era insoportable. Ortega, que creía tener todo bajo control, se sintió invadido por una rabia que no podía contener. Sin pensarlo, le dio una bofetada a Talisca, que cayó de espaldas, mientras los guaruras se lanzaban a sujetar a los ancianos. Pero la dignidad de los apache no se quebró.
—¡Basta! —gritó un joven guerrero, levantando su lanza—. No permitiremos que humillen a nuestros ancestros ni que roben a nuestras hijas. ¡Ya basta de crueldad!
Pero Ortega, en su arrogancia, no entendió. Ordenó que amarraran a los ancianos en el centro del patio, junto al poste de castigo. El chicote, hecho de cuero crudo y pedazos de metal, fue sacado y preparado para una humillación aún mayor. Los ancianos, con sus cuerpos marcados por la vida en el desierto, fueron atados con fuerza, y Ortega empezó a azotarlos con placer sádico.
—¡Que aprendan quién es en realidad! —gritaba, mientras el chicote desgarraba la piel de Talisca, que no podía evitar gemir de dolor. Pero en sus ojos todavía brillaba la dignidad de quien sabe que no todo está perdido.
El azote fue brutal, y las lágrimas de los ancianos rodaron por sus mejillas, mezclándose con la sangre y el polvo. La gente del pueblo, escondida en los jacales, observaba en silencio, impotente, viendo cómo un hombre cruel humillaba a los pueblos originarios.
Pero en ese momento, la historia de justicia y valentía estaba a punto de cambiar. Porque cuando menos esperaba, en medio del dolor y la humillación, un hombre surgió de la sombra: Pancho Villa.
La llegada de Villa y su justicia
Villa, que en ese tiempo ya era una leyenda en el norte, había recibido la noticia de lo ocurrido en la hacienda. La crueldad de Ortega, su desprecio por los pueblos indígenas, y el azotamiento de los ancianos, habían encendido una chispa en su corazón. Sin perder tiempo, cabalgó con sus hombres hacia la región, decidido a hacer justicia.
Al llegar, encontró a Ortega en medio del patio, rodeado de sus guaruras, con una sonrisa de superioridad. Pero esa sonrisa desapareció en cuanto vio a Villa, que bajaba de su caballo con paso firme y mirada de acero. Sin mediar palabras, Villa se acercó al patrón y tomó su camisa con fuerza.
—¿Qué es esto? —preguntó con voz dura—. ¿Humillando a los viejos y a las mujeres? ¿Crees que con eso te haces más hombre? Aquí, en estas tierras, la justicia no se compra ni se humilla a los débiles.
Ortega, temblando, trató de justificar su crueldad, pero Villa no le dio oportunidad. Con un movimiento rápido, tomó el chicote que Ortega había usado contra los ancianos y se lo clavó en la mano, haciendo que el patrón gritara de dolor. Después, con una fuerza que solo un hombre que ha visto demasiado sufrimiento puede tener, le ordenó que se quitara la ropa y se enfrentara a la multitud.
—¡Que todos vean quién es en realidad! —gritó Villa—. Este hombre no es más que un cobarde, un opresor que se escondía tras su dinero y su poder. Pero hoy, aquí, en esta tierra sagrada, la justicia será hecha.
Ortega, entre lágrimas y gritos de desesperación, fue obligado a arrodillarse frente a los ancianos, a pedir perdón públicamente por su crueldad. Pero eso no fue suficiente para Villa, que le ordenó que firmara un documento devolviendo las tierras robadas y prometiendo no volver a humillar ni a explotar a los pueblos originarios.
—Y si no cumple, volveré —dijo Villa—. Y esa vez, no habrá piedad.
El patrón firmó con manos temblorosas, sabiendo que había perdido todo. La comunidad apache, que había llegado en silencio, empezó a celebrar en sus corazones, pues la justicia que tanto buscaban había llegado en forma de un hombre con un corazón grande y un espíritu indomable.
La justicia que nunca se olvida
Desde aquel día, la historia del hacendado racista y brutal, y cómo Pancho Villa le dio una lección que nunca olvidaría, se convirtió en leyenda. La gente en las rancherías, en los pueblos y en las ciudades contaba esa historia en corridos, en fogatas y en plazas públicas. Era un recordatorio de que en esas tierras, donde la injusticia parecía ser la norma, siempre había un hombre dispuesto a luchar por la justicia.
Villa no era un santo. Era un hombre de sangre y balas, que conocía bien los límites de la crueldad, pero también sabía que la verdadera fuerza residía en el valor de defender a los débiles y en la justicia que no se compra, sino que se conquista con coraje y dignidad.
Y en esas tierras áridas, en esas montañas y valles, la historia de cómo Villa enfrentó al hacendado racista y humilló su arrogancia quedó grabada en la memoria de todos. Porque en el norte, la justicia no se pide, se exige. Y Villa fue el símbolo de esa justicia que nunca se olvida.