(Tlaxcala, 1961) La mujer que tenía r3l4ci0n3s con un perro
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La mujer y el perro negro de San Miguel Contla
I. El polvo y el secreto
El polvo se levantaba en las calles empedradas de San Miguel Contla cada vez que el viento soplaba desde las montañas. Era un pueblo pequeño, de esos donde todos se conocen por nombre y apellido, donde los chismes viajan más rápido que las noticias del periódico. En el verano de 1961, un rumor comenzó a circular entre las mujeres del mercado, uno tan perturbador que muchas se santiguaban antes siquiera de mencionarlo.
Hablaban en voz baja, con miradas furtivas, sobre Dolores Martínez, una mujer de treinta y dos años que vivía en las afueras del pueblo, en una casa de adobe que parecía haber sido olvidada por el tiempo. Dolores no era desconocida para los habitantes de San Miguel Contla. Había llegado cinco años atrás, tras la muerte de su marido en un accidente en la mina. Sin hijos ni familia cercana, se había instalado en aquella propiedad abandonada que heredó de una tía lejana.
Al principio, la gente sintió lástima por ella. Las vecinas le llevaban comida, le ofrecían trabajo limpiando casas o ayudando en las cosechas. Pero Dolores rechazaba toda ayuda con una cortesía fría que terminaba por incomodar. Prefería la soledad, o al menos eso parecía.
Con el paso de los meses, Dolores se convirtió en una figura cada vez más extraña. Se le veía caminando por los senderos polvorientos al atardecer, siempre acompañada de un perro enorme de pelaje negro y ojos amarillentos. Era un animal imponente, casi del tamaño de un lobo, que caminaba junto a ella con una lealtad inquietante. Los niños del pueblo le tenían miedo y las madres apartaban a sus pequeños cuando Dolores y su bestia pasaban cerca. Nadie sabía de dónde había salido ese animal. Algunos decían que lo había encontrado herido en el monte. Otros susurraban que lo había traído consigo desde quién sabe qué lugar maldito.

II. El rumor y la noche
Los verdaderos rumores comenzaron cuando Tomás Galindo, el hijo del dueño de la tienda de abarrotes, juró haber visto algo que le heló la sangre. Era una noche de luna llena y Tomás volvía tarde de visitar a su novia en el rancho vecino. Al pasar cerca de la casa de Dolores escuchó ruidos extraños. No eran ladridos ni gruñidos comunes, eran sonidos guturales mezclados con algo que le pareció humano.
Movido por una curiosidad morbosa, se acercó a una de las ventanas sucias de la casa. Lo que vio lo dejó petrificado. A través del cristal empañado, Tomás distinguió la silueta de Dolores en lo que parecía ser su habitación, apenas iluminada por la luz temblorosa de unas velas. No estaba sola. El perro negro estaba con ella, pero lo que Tomás presenció desafió toda lógica y decencia. La mujer y el animal estaban en una posición que no dejaba lugar a dudas sobre la naturaleza de lo que ocurría.
Tomás sintió que el estómago se le revolvía. Quiso gritar, quiso correr, pero sus piernas no respondían. Se quedó ahí, paralizado por el horror hasta que finalmente logró apartarse de la ventana y echó a correr por el camino, tropezando con las piedras, con el corazón martillándole el pecho como si fuera a estallar.
Durante días, Tomás no dijo nada. El joven estaba pálido, ojeroso, como si hubiera envejecido años en una sola noche. Su madre, preocupada, lo obligó a confesar lo que le ocurría y cuando finalmente habló, cuando las palabras salieron de su boca entre sollozos de vergüenza y asco, la noticia se extendió por San Miguel Contla como un incendio en temporada de sequía.
Las reacciones fueron de incredulidad mezclada con repulsión. Algunos acusaron a Tomás de estar borracho o de haber tenido una pesadilla, pero otros, aquellos que habían notado las excentricidades de Dolores, empezaron a atar cabos.
III. El padre Eugenio y la sospecha
El padre Eugenio, el párroco del pueblo, fue informado del escándalo. Era un hombre de casi sesenta años, de rostro severo y marcado por décadas de escuchar confesiones y lidiar con los pecados humanos. Pero incluso él, que creía haberlo visto todo, se estremeció ante lo que le contaron.
Sin embargo, como hombre de Dios, decidió que debía actuar con prudencia. No podía permitir que una turba enfurecida tomara justicia por su propia mano, basándose solo en el testimonio de un muchacho asustado. Necesitaba pruebas. Necesitaba confrontar a Dolores personalmente.
Una tarde de agosto, el padre Eugenio caminó hasta la casa de Dolores. El calor era sofocante y el aire estaba cargado de una tensión palpable. Al acercarse a la propiedad, notó que el lugar tenía un aspecto aún más deteriorado que la última vez que había pasado por ahí. Las ventanas estaban cubiertas con trapos viejos, la madera de la puerta estaba astillada y un olor desagradable emanaba del interior.
Cuando tocó, nadie respondió. Tocó nuevamente con más fuerza. Finalmente escuchó pasos arrastrándose al otro lado. La puerta se abrió apenas una rendija y apareció el rostro de Dolores. Estaba demacrada, con ojeras profundas y el cabello enmarañado. Sus ojos, antes de un café cálido, ahora parecían apagados, casi muertos. El padre Eugenio sintió una punzada de compasión mezclada con repulsión. Detrás de ella, en las sombras de la casa, distinguió la figura del perro negro. Sus ojos amarillos brillaban con una inteligencia antinatural.
El sacerdote intentó entablar una conversación, ofrecer ayuda espiritual, pero Dolores apenas respondía con monosílabos. Cuando finalmente el padre Eugenio insinuó los rumores que circulaban, la mujer se puso rígida. Su expresión cambió de la apatía a algo más oscuro, casi desafiante. Sin decir palabra, cerró la puerta en la cara del sacerdote.
IV. Vigilancia y la noche de la cueva
Los días siguientes fueron de una tensión insoportable en San Miguel Contla. El padre Eugenio convocó a una reunión con las autoridades locales, el delegado municipal, don Arturo Mendoza y el comandante de la policía rural, el teniente Rodríguez. Se reunieron en la sacristía de la iglesia, lejos de oídos indiscretos.
El padre relató lo que había visto y más importante, lo que había sentido en aquella casa. Había algo maligno, algo que iba más allá de la simple inmoralidad o la enfermedad mental. Don Arturo, un hombre pragmático, sugirió que tal vez Dolores simplemente estaba loca, que necesitaba ser internada en un sanatorio. Pero el teniente Rodríguez, quien había servido en la revolución y había visto cosas que le dejaron cicatrices invisibles, no estaba tan seguro.
Decidieron que era necesario actuar, pero con cautela. No podían simplemente irrumpir en la casa de Dolores sin una causa legal clara. El teniente propuso vigilar la propiedad, documentar cualquier comportamiento extraño y buscar alguna razón oficial para intervenir. Mientras tanto, el padre Eugenio realizaría oraciones especiales en la iglesia, pidiendo protección divina para el pueblo.
Fue durante esta vigilancia que ocurrió algo que cambiaría todo. Una noche, aproximadamente una semana después de la reunión en la sacristía, el teniente Rodríguez y dos de sus hombres estaban apostados en un pequeño cerro desde donde podían observar la casa de Dolores sin ser vistos. Era una noche sin luna. La oscuridad era casi absoluta, rota únicamente por la luz de las estrellas.
Alrededor de la medianoche vieron que una luz parpadeante se encendía en el interior de la casa. Poco después escucharon sonidos que les erizaron el vello de la nuca. No eran los ladridos de un perro normal, eran aullidos profundos, casi guturales, mezclados con lo que parecían ser gemidos humanos. El teniente Rodríguez tomó una decisión. Le ordenó a uno de sus hombres que fuera al pueblo y trajera refuerzos, incluyendo al Dr. Salazar, el médico del pueblo, y al padre Eugenio.
Mientras esperaban, los sonidos desde la casa continuaron, aumentando en intensidad. Era como si algo primitivo y salvaje se hubiera desatado dentro de aquellas paredes de adobe.
Cuando finalmente llegaron los refuerzos, eran casi las dos de la mañana. El Dr. Salazar, un hombre de mediana edad con lentes redondos y una bolsa médica siempre a mano, estaba confundido, pero dispuesto a ayudar. El padre Eugenio llevaba consigo un crucifijo de plata y una botella de agua bendita.
Con antorchas encendidas, el grupo se acercó a la casa. Los sonidos habían cesado, pero la sensación de malestar era palpable. El aire mismo parecía más pesado, más denso. El teniente Rodríguez golpeó la puerta con fuerza, identificándose como autoridad. No hubo respuesta. Golpeó nuevamente, esta vez advirtiendo que si no abrían, derribarían la puerta.
Después de un silencio que pareció eterno, escucharon el sonido de un cerrojo siendo corrido. La puerta se abrió lentamente y ahí estaba Dolores, pero la mujer que enfrentaron era apenas un fantasma de lo que había sido.
Estaba en camisón, el cual estaba desgarrado y manchado. Su piel estaba cubierta de arañazos y lo que parecían ser mordidas. Su cabello estaba completamente emarañado y sus ojos tenían un brillo febril, casi demente. El Dr. Salazar dio un paso adelante con su instinto médico suprimiendo momentáneamente el horror. Le preguntó a Dolores si estaba herida, si necesitaba ayuda. La mujer lo miró fijamente y por un momento pareció que iba a responder, pero entonces, desde el interior de la casa se escuchó un gruñido bajo y amenazante.
El perro negro emergió de las sombras, colocándose entre Dolores y los visitantes. Era aún más grande de lo que recordaban y había algo profundamente perturbador en la forma en que miraba a los hombres, no con el miedo o la agresión típica de un animal acorralado, sino con algo que casi parecía inteligencia maliciosa.
El teniente Rodríguez llevó su mano a la pistola que llevaba en el cinturón, pero el padre Eugenio lo detuvo con un gesto. En su lugar, el sacerdote levantó el crucifijo y comenzó a recitar oraciones en latín. La reacción fue inmediata y aterradora. El perro comenzó a retroceder, pero no como un animal asustado, sino como si las palabras mismas le causaran dolor físico. Dolores, por su parte, comenzó a temblar violentamente. Se llevó las manos a los oídos y empezó a gritar.
Aprovechando la confusión, dos de los hombres del teniente entraron a la casa. Lo que encontraron adentro superó sus peores temores. La casa estaba en un estado de deterioro espantoso. Había basura por todas partes, platos con comida podrida y un olor nauseabundo que hacía difícil respirar. Las paredes estaban arañadas con marcas profundas que parecían hechas por garras. Había manchas oscuras en el suelo y en las sábanas de la cama. Manchas que parecían ser sangre. Y en un rincón encontraron lo que parecía ser un altar improvisado con velas negras, huesos de animales y dibujos extraños trazados con carbón en el suelo.
El Dr. Salazar examinó brevemente a Dolores, quien para entonces se había colapsado en el suelo, sollozando incoherentemente. Las marcas en su cuerpo eran consistentes con mordidas y arañazos de un animal grande, pero había también otras lesiones que sugerían actividad de naturaleza íntima.
La decisión se tomó rápidamente. Dolores sería llevada al sanatorio en la ciudad de Tlaxcala, donde podría recibir atención médica y psiquiátrica adecuada. En cuanto al perro, el teniente Rodríguez fue claro: el animal debía ser sacrificado inmediatamente. Representaba un peligro y, además, había algo antinatural en él que perturbaba a todos los presentes.
Sin embargo, cuando intentaron capturar al perro, este se mostró sorprendentemente evasivo. Se escabulló entre las piernas de los hombres y corrió hacia las montañas, perdiéndose en la oscuridad. A pesar de los esfuerzos por perseguirlo, el animal simplemente desapareció como si se lo hubiera tragado la noche misma.
V. Dolores y el sanatorio
Dolores fue colocada en una carreta y transportada al pueblo, donde permanecería bajo custodia hasta que pudieran trasladarla a la ciudad al amanecer. Durante todo el trayecto murmuraba cosas incomprensibles, a veces en español, a veces en lo que parecía ser un idioma desconocido. El padre Eugenio la acompañó rezando constantemente, rociando agua bendita cuando la mujer parecía particularmente agitada.
El amanecer llegó con una luz pálida y enfermiza que apenas disipaba las sombras de la noche anterior. Dolores fue trasladada al sanatorio de Nuestra Señora de la Misericordia en Tlaxcala, una institución administrada por monjas de la orden de las hermanas de la caridad. El edificio era una construcción colonial de muros gruesos y ventanas con barrotes, diseñado originalmente como convento, pero adaptado décadas atrás para albergar a personas con enfermedades mentales.
El director médico, el Dr. Héctor Villalobos, era un psiquiatra formado en la Ciudad de México que había estudiado bajo la influencia de las teorías freudianas, aunque nunca había abandonado completamente las creencias católicas de su infancia. Cuando le presentaron el caso de Dolores Martínez, el Dr. Villalobos inicialmente lo abordó con escepticismo profesional. Había visto muchos casos de histeria, psicosis y delirios religiosos a lo largo de su carrera. Pero después de leer el informe detallado que el teniente Rodríguez y el Dr. Salazar habían preparado y especialmente después de examinar personalmente a la paciente, comenzó a dudar de sus propias certezas.
Las heridas físicas de Dolores eran innegables y perturbadoras. Además de las mordidas y arañazos, presentaba señales de desnutrición severa, deshidratación y lo que parecían ser múltiples infecciones. Pero era su estado mental lo que más preocupaba al doctor. Dolores alternaba entre periodos de catatonía absoluta y episodios de agitación violenta donde intentaba autolesionarse o atacar al personal. Durante estos episodios pronunciaba palabras en lo que el Dr. Villalobos no podía identificar como ningún idioma conocido.
Consultó con un lingüista de la Universidad de Puebla, quien después de escuchar las grabaciones que habían logrado hacer, sugirió que podría ser una forma corrupta de náhuatl antiguo mezclado con algo más, algo que él mismo no podía clasificar.
VI. El misterio en la montaña
Mientras tanto, en San Miguel Contla, la historia de Dolores y su perro se había convertido en una leyenda que crecía con cada repetición. Algunos decían que la mujer había hecho un pacto con el demonio, que el perro era en realidad un nahual, un brujo transformado en animal. Otros susurraban sobre antiguas brujerías prehispánicas, sobre entidades oscuras que habitaban en las montañas desde antes de la llegada de los españoles.
Fue aproximadamente un mes después del internamiento de Dolores cuando ocurrió algo que reabriría el caso de manera dramática. Una familia de campesinos que vivía en las faldas de la Malinche reportó la desaparición de varias de sus cabras. Los cuerpos estaban mutilados de manera ritual y las marcas sugerían el ataque de un animal grande, muy grande.
Los rastros llevaban hacia las cuevas que perforaban las laderas de la montaña, cuevas que los lugareños evitaban porque se decía que habían sido lugares sagrados para los antiguos habitantes y luego refugio de bandidos y animales peligrosos.
El teniente Rodríguez organizó una partida de búsqueda con varios hombres del pueblo. Llevaban rifles, antorchas y una mezcla de determinación y miedo. El padre Eugenio insistió en acompañarlos, llevando nuevamente su crucifijo y agua bendita.
La expedición comenzó al amanecer de un día nublado de septiembre. El ascenso por la ladera fue difícil. El terreno era rocoso y traicionero. Después de varias horas de búsqueda encontraron la entrada a una cueva particularmente grande. El olor que emanaba de su interior era putrefacto, una mezcla de carne descompuesta y algo más, algo que recordaba al olor que habían percibido en la casa de Dolores.
En el centro de la cámara, sobre lo que parecía ser un lecho de pieles y trapos, estaba el perro negro, pero ya no era exactamente un perro. El animal había crecido de manera antinatural. Su tamaño era el de un oso pequeño. Su pelaje estaba enmarañado y sucio, y sus ojos amarillos brillaban con esa misma inteligencia malévola que habían presenciado antes.
El teniente Rodríguez levantó su rifle apuntando directamente a la cabeza del animal. El padre Eugenio comenzó a rezar en voz alta, su voz resonando en las paredes de piedra. Fue entonces cuando sucedió algo que ninguno de los presentes podría olvidar jamás. El perro abrió su hocico y de él salió no un gruñido o un ladrido, sino algo que sonaba perturbadoramente parecido a una voz humana, gutural y distorsionada, pero inequívocamente intentando formar palabras.
El teniente Rodríguez, operando más por instinto que por pensamiento racional, apretó el gatillo. El disparo resonó ensordecedoramente en el espacio cerrado. La bala impactó al animal en el costado y este aulló con un sonido que parecía surgir del mismo infierno, pero no cayó. En lugar de eso, la bestia se abalanzó hacia delante con una velocidad sorprendente. Los hombres dispararon repetidamente. El perro derribó a Miguel Sánchez, sus fauces cerrándose sobre el hombro del muchacho.
Fue el padre Eugenio quien finalmente tuvo éxito. Se acercó con el crucifijo extendido, gritando oraciones y roció agua bendita directamente sobre el animal. El pelaje del perro comenzó a humear donde el agua lo tocaba como si fuera ácido. La bestia soltó a Miguel y retrocedió aullando de dolor o furia. Aprovechando la oportunidad, el teniente Rodríguez y otro hombre dispararon simultáneamente, esta vez apuntando la cabeza. El perro se desplomó, convulsionó brevemente y quedó inmóvil.
VII. El examen y la leyenda
El cuerpo fue llevado a un cobertizo en la parte trasera de la casa del Dr. Salazar, donde este realizaría el examen postmortem. Esa noche, San Miguel Contla apenas durmió. Las familias se encerraron en sus casas, colocando crucifijos en las ventanas y puertas. El padre Eugenio realizó una misa especial de protección y la iglesia estuvo llena hasta rebosar.
La necropsia se realizó dos días después con presencia de los principales testigos. El cuerpo del animal que había sido conservado en hielo yacía sobre una mesa de madera reforzada. Incluso muerto, la bestia imponía. Su tamaño era simplemente antinatural para un perro. Había detalles en su anatomía que parecían extraños, casi como si el animal hubiera estado mutando.
El cerebro era desproporcionadamente grande para un canino, con patrones de pliegues que recordaban más a un cerebro primate que al de un perro. En el estómago del animal encontraron restos parcialmente digeridos que incluían no solo carne de cabra, sino también lo que parecían ser dedos humanos.
El padre Eugenio mencionó leyendas que había escuchado de los indígenas de la región, historias sobre los nahuales, brujos que podían transformarse en animales y sobre pactos oscuros con entidades prehispánicas que aún moraban en las montañas.
El cuerpo del animal fue incinerado esa misma noche en un claro alejado del pueblo, donde los vientos arrastraban el humo hacia las montañas. El padre Eugenio realizó un ritual de exorcismo antes de la cremación. El fuego ardió con una intensidad inusual. Los presentes juraron ver formas extrañas danzando entre las llamas, sombras que no correspondían con el movimiento natural del fuego.
VIII. Dolores y el final
En el sanatorio de Tlaxcala, Dolores Martínez pasó por una transformación que nadie había anticipado. A partir del momento en que el perro fue incinerado, su condición comenzó a cambiar gradualmente. Los episodios de agitación violenta cesaron por completo. En cambio, cayó en un estado de melancolía profunda. Pasaba horas mirando por la ventana de su habitación con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.
El Dr. Villalobos finalmente logró que Dolores le contara su historia. Fue un proceso lento y doloroso. Dolores relató cómo después de la muerte de su esposo, había caído en una depresión tan profunda que contempló el suicidio. Vagaba por las montañas, buscando quizás la valentía para arrojarse desde algún acantilado. Cuando encontró al perro, herido y atrapado en una trampa, lo liberó y lo llevó a su casa para curarlo.
Durante las semanas que siguieron, mientras el animal se recuperaba, se formó un vínculo entre ellos. Pero entonces comenzaron las pesadillas. Dolores soñaba con rituales antiguos, con figuras sombrías que danzaban alrededor de fuegos en las montañas, con voces que le susurraban en un idioma que no conocía, pero que de alguna manera comprendía.
En estos sueños, el perro era más que un animal, era una entidad, una presencia que le prometía llenar el vacío en su vida, que le ofrecía compañía y propósito. Dolores, en su soledad desesperada, aceptó. No recordaba exactamente cuándo lo onírico se convirtió en realidad, cuando las líneas entre los sueños y la vigilia se borraron completamente. Solo sabía que una noche despertó en su cama con el perro junto a ella de una manera que ningún animal debería estar junto a un humano.
Al principio, Dolores sintió horror y repulsión por lo que había ocurrido. Intentó alejar al animal, pero este se negaba a irse. Y cada noche las voces en sus sueños se hacían más fuertes, más persuasivas. Le decían que no había nada malo en lo que estaba sucediendo, que era una forma de amor más antigua y pura que las restricciones morales impuestas por la sociedad. Gradualmente, su resistencia se erosionó. La soledad, la desesperación y algo más oscuro la llevaron a aceptar y eventualmente a buscar aquellas uniones antinaturales.
Dolores describió cómo el perro parecía crecer con cada encuentro, no solo físicamente, sino también en inteligencia. Comenzó a entender órdenes complejas, a mostrar comportamientos que ningún perro normal exhibiría. Y ella misma sentía que estaba cambiando, que algo dentro de ella se estaba transformando. Perdió interés en todo, excepto en el animal.
Era como si estuviera bajo un hechizo del que no podía ni quería escapar. Las marcas en su cuerpo, las mordidas y arañazos, no eran actos de violencia, sino parte de los rituales que realizaban, impulsados por impulsos que Dolores no podía explicar racionalmente.
El Dr. Villalobos documentó todo meticulosamente, aunque sabía que su informe sería recibido con escepticismo en los círculos médicos formales. ¿Cómo podía explicar a sus colegas en la capital que había tratado a una mujer que había sido víctima de lo que solo podía describirse como posesión demoníaca o brujería?
Dolores pasó tres años en el sanatorio. Durante ese tiempo, con tratamiento médico, terapia y el apoyo constante del personal, especialmente de la hermana Guadalupe, logró recuperar algo de su humanidad perdida. Las cicatrices físicas sanaron lentamente, aunque nunca desaparecerían por completo. Las cicatrices psicológicas eran más profundas. Dolores nunca pudo perdonarse completamente, pero gradualmente aprendió a vivir con esa carga.
En 1964, después de que varios psiquiatras la evaluaran y consideraran que ya no representaba un peligro para sí misma o para otros, Dolores fue dada de alta del sanatorio. No regresó a San Miguel Contla, donde su nombre se había convertido en sinónimo de pecado y depravación. En cambio, con la ayuda de las monjas, se mudó a un pueblo distante en Veracruz, donde nadie conocía su historia. Adoptó un nuevo nombre, María Elena Torres, y comenzó una nueva vida trabajando en una escuela administrada por la Iglesia.
Vivió una vida de quieta penitencia, asistiendo a misa diariamente y dedicando sus horas libres a obras de caridad. Aquellos que la conocieron en esta nueva vida la describieron como una mujer amable pero melancólica, con una tristeza profunda en los ojos que nunca desapareció por completo. Murió en 1983, a la edad de 54 años de cáncer de estómago. Fue enterrada bajo su nombre adoptado y solo la hermana Guadalupe, quien la visitó en sus últimos días, conocía la verdad sobre quién había sido realmente.
IX. El eco y la leyenda
San Miguel Contla, la historia de Dolores Martínez y el perro negro se convirtió en leyenda. La casa donde había vivido fue eventualmente demolida y en su lugar se construyó una pequeña capilla dedicada a San Miguel Arcángel, el protector contra las fuerzas demoníacas.
Los padres del pueblo usaban la historia como advertencia para sus hijos sobre los peligros de la soledad, la desesperación y de adentrarse demasiado en las montañas. Con el paso de las décadas, los detalles se distorsionaron. Se agregaron elementos fantásticos y la verdad se mezcló con la ficción hasta que fue casi imposible separar una de la otra.
Pero de vez en cuando, especialmente en las noches sin luna, algunos habitantes del pueblo juraban escuchar aullidos provenientes de las montañas, aullidos que sonaban demasiado grandes, demasiado profundos para ser de un perro o coyote común.
Los ancianos del pueblo, aquellos que recordaban los eventos de 1961, se santiguaban cuando escuchaban esos sonidos y rezaban para que la oscuridad que una vez había tocado su pueblo nunca regresara.
Miguel Sánchez, el joven que había sido mordido por la bestia, sobrevivió a sus heridas, pero quedó marcado de por vida. Su hombro nunca sanó completamente y sufría de dolores crónicos y movilidad limitada, pero las cicatrices psicológicas eran peores. Desarrolló una fobia severa a los perros que duró toda su vida.
El padre Eugenio continuó sirviendo en San Miguel Contla hasta su retiro en 1978. Nunca habló públicamente sobre los eventos de 1961, pero en sus sermones ocasionalmente aludía a la existencia del mal real en el mundo. Sus sucesores encontraron entre sus pertenencias un diario detallado de aquellos eventos escrito en latín que aún se conserva en los archivos diocesanos, aunque pocos tienen acceso a él.
El Dr. Villalobos publicó varios artículos académicos sobre el caso, aunque deliberadamente omitió detalles específicos que pudieran identificar a Dolores o el lugar exacto donde ocurrieron los eventos. Tituló sus trabajos como estudios sobre psicosis compartida, histeria de conversión y los efectos psicológicos del aislamiento extremo, pero en conversaciones privadas con colegas de confianza admitía que había aspectos del caso que no podían ser explicados por la psiquiatría convencional.
Los restos humanos encontrados en el estómago del perro nunca fueron identificados definitivamente. Los análisis forenses de la época eran limitados y las muestras se deterioraron antes de que técnicas más avanzadas estuvieran disponibles. Se agregaron a varios casos fríos de personas desaparecidas en la región, pero sin evidencia concluyente, estos casos permanecieron sin resolver.
La cueva en las faldas de la Malinche fue sellada por orden del gobierno estatal, oficialmente por razones de seguridad pública. Grandes rocas fueron colocadas frente a la entrada y se erigió un letrero advirtiendo sobre el peligro de derrumbes. Pero los lugareños sabían la verdadera razón. Había cosas en esa cueva, energías o presencias que era mejor dejar sin perturbar.
X. Epílogo: Las sombras que no se olvidan
Así la historia de la mujer de San Miguel Contla y su perro negro se convirtió en parte del folklore oscuro de Tlaxcala. Una historia susurrada en la oscuridad, contada alrededor de fogatas, usada para asustar y advertir. Pero para aquellos que habían estado allí, aquellos que habían presenciado la verdad, no era solo una historia. Era un recordatorio de que el mundo es más extraño y más oscuro de lo que la mayoría de las personas pueden imaginar, de que hay límites que no deben cruzarse y de que algunas soledades son puertas que una vez abiertas pueden dejar entrar cosas que nunca deberían haber sido invitadas.
Los archivos oficiales sobre el caso fueron clasificados y eventualmente perdidos o destruidos en las diversas reorganizaciones burocráticas que ocurrieron a lo largo de las décadas. Si alguien hoy intentara investigar los eventos de 1961 en San Miguel Contla, encontraría solo fragmentos, piezas dispersas de un rompecabezas que nadie quiso preservar completo, quizás porque la imagen completa era demasiado perturbadora, demasiado subversiva de las certezas reconfortantes sobre la naturaleza de la realidad que las personas necesitan para dormir tranquilas por la noche.
Pero la verdad, como suele ocurrir, no desaparece simplemente porque sea enterrada o ignorada. Permanece acechando en los márgenes, esperando ser redescubierta por aquellos lo suficientemente curiosos o lo suficientemente imprudentes como para buscarla. Y en algún lugar, en los archivos polvorientos de alguna institución, en los diarios personales de aquellos que ya no viven, en las memorias fragmentadas de los ancianos que pronto también partirán, los ecos de aquellos días oscuros aún resuenan, esperando a alguien que escuche su terrible susurro.
Algunas historias no terminan realmente, solo se desvanecen en las sombras de donde vinieron, esperando el momento adecuado para emerger nuevamente. Esta es una de esas historias. Y si has llegado hasta aquí, si has atravesado cada palabra de este relato oscuro, entonces ya formas parte de ella. Los secretos más sombríos tienen una manera peculiar de adherirse a quienes los conocen, como manchas que no pueden lavarse, como susurros que no pueden ser olvidados.
México está lleno de estos relatos. Historias que nuestros abuelos contaban en voz baja, leyendas que la modernidad ha intentado enterrar bajo el concreto y el progreso, pero que siguen palpitando en los lugares olvidados, en los pueblos que el tiempo dejó atrás, en las montañas donde aún habitan cosas que prefieren la oscuridad.