“Úsame como quieras”, dijo el prisionero de guerra alemán rendido al soldado brasileño
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“Úsame como quieras”, dijo el prisionero alemán… y el soldado brasileño eligió seguir siendo humano
Italia, frente de invierno – Primavera de 1945
La nieve no caía: flotaba.
Se quedaba suspendida en el aire como si el mundo hubiera olvidado el último paso de cualquier cosa: terminar. No era una nevada alegre, de postal. Era un polvo blanco que parecía ceniza, sin prisa, girando sobre un valle italiano que horas antes escupía muerte en todas direcciones.
El olor a pólvora todavía dominaba el ambiente. Se mezclaba con tierra removida, hierro caliente, madera quemada y ese rastro agrio que deja el miedo cuando ha pasado por demasiados cuerpos. Era un olor que no se pegaba solo a la ropa, sino a la memoria.
El soldado brasileño avanzaba despacio.
Llevaba el fusil firme, pero el cuerpo cansado. El uniforme, empapado de barro hasta las rodillas, delataba días sin descanso. Su casco tenía raspones y una mancha seca de sangre que no era suya. Caminaba con cuidado, como le habían enseñado: un paso, mirada, otro paso, escucha. En la guerra el silencio casi nunca era amigo. El silencio era una trampa, o el preludio de algo peor.
Se llamaba João Batista, sargento de la FEB, la Fuerza Expedicionaria Brasileña. Venía de Minas Gerais, de un lugar donde los inviernos no mordían así. La primera vez que vio nieve, meses atrás, pensó que era hermosa. Ahora le parecía una forma distinta de barro: igual de fría, igual de pegajosa, igual de enemiga.
Avanzaba entre piedras rotas y árboles sin copa, esqueletos negros apuntando a un cielo gris. En un muro bajo, de esos que separaban huertos antes de que la guerra los convirtiera en líneas de muerte, vio movimiento.
Se detuvo.
Ajustó el agarre del fusil.
Detrás del muro, un hombre estaba arrodillado con las manos en alto. El casco alemán yacía en el suelo, abandonado como un objeto sin dueño. El uniforme gris estaba rasgado, manchado de barro y de algo más: miedo. El rostro era demasiado joven para cargar aquella guerra. Le temblaba la mandíbula, le temblaban los dedos, le temblaba todo.
—Nicht schießen… —salió la voz débil, casi infantil.
João no respondió. No podía permitirse respuestas rápidas. Había visto rendiciones que terminaban en emboscada, había enterrado amigos por confiar demasiado pronto. Se acercó bordeando el muro, manteniendo distancia. El dedo no apretaba el gatillo, pero tampoco se relajaba.
El alemán levantó aún más las manos, como si quisiera ofrecer el cuerpo entero.
—Ich… ich ergebe… —tragó saliva. Respiró hondo, desesperado, buscando palabras que no fueran solo de su idioma.
Y entonces, en un portugués roto, aprendido quién sabía dónde, dijo:
—Me use como quiser.
La frase cayó pesada.
No por el sentido literal, sino por lo que arrastraba: no era una estrategia elegante, no era un truco. Era agotamiento absoluto, una rendición que venía desde la derrota del cuerpo antes que desde la política. João sintió la frase como un golpe invisible. Aquella guerra tenía muchas lenguas, pero el cansancio era universal.
Dio dos pasos más.
Ahora veía los ojos del prisionero con claridad. No había odio. No había ideología. Solo una súplica sin glamour: sobrevivir.
João habló por fin, firme y sin gritar:
—Levántate despacio.
El alemán obedeció de inmediato. Cada movimiento fue lento, casi ceremonial, como si un gesto brusco pudiera romper el acuerdo frágil que había nacido entre ambos. João indicó con el cañón del fusil:
—Date la vuelta. Manos en la cabeza.
Mientras el prisionero giraba, João sintió algo raro en ese frente: no control sobre la guerra —eso nadie lo tenía—, sino control sobre un destino inmediato. Apretar el gatillo o no. Matar o no. Seguir siendo engranaje o actuar como hombre.
Lo registró con rapidez.
Encontró una pistola descargada, un paquete vacío de cigarrillos y, en el bolsillo interno, una fotografía arrugada: una mujer y dos niños sonriendo hacia un tiempo que ya no existía.
João cerró los ojos un segundo.
Solo un segundo. Lo suficiente para ver la cara de su madre en Minas, la luz tibia de una cocina sin sirenas, el acento de casa, la promesa silenciosa de volver vivo.
Cuando abrió los ojos, guardó la foto donde estaba.
—Camina —ordenó, empujándolo apenas, sin crueldad.
El alemán empezó a andar. Cojeaba. Y cada paso parecía un pedido de disculpas que no sabía decir en voz alta. Detrás de ellos el campo de batalla permanecía inmóvil: cuerpos, armas abandonadas, banderas rotas, charcos oscuros que no eran agua.
La guerra no aplaudía rendiciones. No se interesaba por la misericordia. La guerra seguía.
Pero allí, entre dos hombres de lados opuestos, algo había cambiado.
No era paz.
Era solo el instante en que la guerra, por un breve momento, dudó.

El camino corto que se volvió interminable
En el mapa, el trayecto hasta el puesto avanzado brasileño era corto. En el cuerpo, era infinito. La senda serpenteaba entre colinas quemadas, piedras sueltas y árboles mutilados. João caminaba detrás, manteniendo al alemán delante, a la distancia exacta entre prudencia y control.
Cada diez pasos miraba los flancos. Cada veinte escuchaba el aire.
El alemán cojeaba más de lo que João había notado antes. A veces apoyaba una mano en el muslo como si intentara sostener el dolor en su lugar.
—Wasser… —murmuró.
João dudó. Miró a su alrededor. Ningún movimiento sospechoso, ningún crujido fuera de lugar. Aun así el instinto le gritaba: no ofrezcas nada; la guerra cobra.
Llevó la mano al cantimplora, pero no la abrió enseguida. Se acercó un paso, fusil bajo pero listo. El alemán sintió la amenaza sin que João tuviera que decirla. Negó rápido con la cabeza.
—Eu… não… —tragó su propia frase. No quería provocar.
João abrió la cantimplora y se la extendió.
El alemán bebió con cuidado, como si el agua fuera sagrada. Luego devolvió la cantimplora con ambas manos, un gesto de respeto tan torpe como sincero.
João la guardó y se irritó consigo mismo. El gesto había sido humano y, en ese frente, ser humano parecía un riesgo.
Continuaron.
Al salir a un tramo más abierto, un campo raso con cráteres y restos de cercas, João vio al otro lado una construcción de piedra semidestruida: un caserón pequeño, una casa vieja usada como punto de apoyo improvisado por su pelotón.
Y entonces el sonido volvió.
Un disparo distante. Luego otro. Y un eco corto de ametralladora, como un sollozo metálico.
João se congeló.
Agarró al alemán del brazo y lo tiró detrás de una elevación del terreno. El alemán obedeció sin resistencia, la cara hundida en el barro.
João se asomó.
El caserón parecía distinto. Había humo saliendo de una esquina. Una ventana oscura como órbita vacía. Lo más inquietante: no había movimiento “amigo” visible. El silencio cayó de golpe, como si el mundo hubiera vuelto a contener el aliento.
João escuchó con atención. Su corazón golpeaba demasiado fuerte. Lo odió por eso: el miedo siempre te delata antes que cualquier cosa.
Entonces oyó voces en portugués: tensas, rápidas, urgentes.
—Posición… cobertura… rápido…
Eso significaba contacto reciente.
João tiró del alemán por el cuello del abrigo y le susurró:
—Duro. Si gritas, te dejo aquí.
El alemán sacudió la cabeza. Tenía los ojos húmedos, abiertos por el terror, pero firmes.
—Eu não quero… —dijo casi sin sonido—. Eu só quero viver.
João respiró hondo.
—Entonces haz exactamente lo que te diga.
Se arrastraron.
Al acercarse, João vio un cuerpo brasileño tirado junto a un saco de arena. La boina estaba a un lado, manchada. Esa visión encendió algo caliente dentro de él: una rabia seca. No era odio al alemán que llevaba, era odio a la guerra por llevarse siempre a alguien.
Apuntó el fusil y avanzó.
—¿Quién viene? —gritó una voz desde dentro.
—Brasil —respondió João rápido—. ¡Con prisionero, no disparen!
Una cabeza apareció en la ventana, arma apuntada, ojos atentos. Era un cabo, cara sucia, barba sin hacer. Reconoció a João y bajó un poco la mira.
—Estás vivo… —escupió la frase con alivio y rencor mezclados—. ¿Y el resto?
João no respondió de inmediato. Empujó al alemán hacia adelante, manos a la cabeza otra vez.
—Lo agarré rendido. Solo.
El cabo miró al prisionero como si mirara una serpiente.
—Alemán no se rinde —murmuró, medio para sí, medio para el mundo.
El prisionero temblaba, pero no se movió.
—Yo me encargo —dijo João, más firme de lo que se sentía—. Dime qué pasó aquí.
El cabo señaló adentro.
—Entraron por el flanco pequeño. Rápido. Aguantamos… —tragó saliva y miró el cuerpo afuera—. Perdimos a Nunes. Y el radio se quemó.
El nombre Nunes golpeó a João como un martillo. Lo conocía. Habían compartido un cigarrillo. Se habían reído de una broma mala dos días antes. Ahora Nunes era eso: silencio sobre barro.
El prisionero miró el cuerpo, luego apartó la vista con vergüenza, como si la muerte del otro fuera culpa suya incluso sin haber disparado.
El cabo dio un paso, agarró al alemán por la pechera.
—Habla. ¿Cuántos hay cerca?
El alemán se atragantó.
—Eu… eu não sei… eu sozinho…
El cabo levantó el puño para golpear.
João atrapó el brazo en el aire.
—Basta.
La palabra salió sin grito, pero con peso. El cabo lo encaró.
—¿Defendiendo alemán ahora? ¿Después de Nunes?
João no bajó los ojos.
—Defiendo información y disciplina. Si lo rompes, se vuelve solo un saco de miedo.
El cabo respiró fuerte, ojos enrojecidos por rabia y cansancio. Al final soltó la pechera con desprecio.
—Está bien. Pregúntale tú.
João se giró hacia el prisionero.
—Hablas portugués. ¿Dónde aprendiste?
El alemán parpadeó, confundido por la pregunta en medio del caos.
—Meu pai… trabalho… Hamburgo… porto… brasileiros… eu ouvi… aprendi pouco.
João asintió despacio.
—Nombre.
—Friedrich —respondió, y después de un segundo—. Friedrich Keller.
El cabo soltó una risa sin humor.
—Keller… otro nombre para la lista.
João lo ignoró.
—Unidad. Rango.
—Soldado —dijo Friedrich—. Eu era infantaria… mas… —se detuvo, como si la frase le pesara— no tem mais unidade. Só correr, fome, frio. Ordens… sem sentido.
Órdenes sin sentido.
Esa frase quedó flotando como nieve. João sintió, con una punzada rara, que el enemigo sonaba demasiado parecido a cualquier hombre al final de una guerra.
Entonces llegaron dos soldados brasileños corriendo entre cráteres.
—¡Contacto en el bosque! —gritó uno—. ¡Alemán rondando!
El cabo levantó el arma. João también.
Friedrich quedó quieto, esperando el peor destino.
Y de pronto, con un hilo de voz, mirando directo a João —no al cabo, no a los otros—, Friedrich susurró:
—Eles não vão me deixar vivo… Você vai?
La pregunta pesó como un casco lleno de piedras.
La respuesta no era solo sobre Friedrich. Era sobre quién sería João cuando todo terminara. Si es que terminaba.
João señaló hacia adentro del caserón.
—Entra. Quédate en el rincón. No hagas nada.
Friedrich obedeció al instante.
El cabo lo miró con desconfianza.
—Si intenta huir…
—No va a huir —cortó João.
El motor que venía del lado equivocado
El viento trajo un ruido distinto.
No era disparo. Era motor. Un ronco bajo, distante, pero creciendo.
Vehículo.
João miró el horizonte. Y un detalle le heló la espalda: el motor no venía del lado aliado. Venía de la dirección equivocada.
El sonido creció como un animal saliendo del bosque: primero vibración, luego presencia. João subió a un escalón de piedra rota y miró por una rendija del caserón.
Un vehículo alemán, un camión ligero cubierto con lona, avanzaba despacio por la senda, como si supiera que había ojos observándolo. Detrás, sombras entre los árboles: hombres. Pocos, pero suficientes.
El cabo murmuró:
—Eso no es patrulla perdida. Viene derecho.
João calculó distancia, ángulo, cobertura. Intentó sostener la tormenta dentro de su pecho con un cálculo frío.
En el rincón, Friedrich estaba encogido, manos en la cabeza, respirando en espasmos cortos. Cuando oyó el motor, cerró los ojos como si quisiera desaparecer.
Un soldado brasileño joven, con la cara tiznada, escupió al suelo:
—Van a matar todo. ¿Y si ese alemán es cebo?
Su mirada cayó sobre Friedrich como quien decide dónde pisar.
João giró apenas, voz baja y cortante:
—Nadie lo toca.
El cabo soltó un riso seco.
—¿Comprando problema?
—Comprando tiempo.
Y sin ceremonia, señaló a Friedrich:
—Levántate.
Friedrich se puso de pie temblando.
—¿Conoces ese tipo de camión?
—Sí —tragó saliva—. Transporte… às vezes munição… às vezes… —miró por la rendija y se le fue el color— às vezes prisioneiros.
João sintió la nuca hormiguear.
—¿Hay oficial?
Friedrich dudó. El cabo dio un paso impaciente, la mano yéndose a la funda.
João levantó la palma.
—No.
Friedrich habló rápido, atropellando el miedo:
—Pode ter… mas tem outra coisa. Eles… —se detuvo, como si la palabra fuera venenosa— eles não vão querer deixar ninguém vivo aqui. Não depois de perder terreno. Eles vêm… limpar.
La palabra limpiar hizo el aire más pesado. “Limpieza” en guerra era una forma bonita de decir: borrar.
El cabo apretó los dientes.
—Entonces habla. ¿Qué harán?
Friedrich miró a João, buscando permiso como un animal buscando la mano que no lo golpea. João asintió apenas.
—Primero cercam. Um grupo pelo mato, outro pela trilha. Se tem resistência… fogo, granada… depois entram. —tragó saliva— Se tiver prisioneiro alemão com vocês… matam ele primeiro. Pra ninguém achar que eles recuaram.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue entendimiento.
João vio en los ojos de sus compañeros una elección formándose: simple, brutal, lógica en la guerra. Deshacerse del prisionero antes de que el prisionero les trajera muerte.
Friedrich también lo percibió. Dio un paso atrás, manos aún en la cabeza.
—Eu… eu não quero… eu falei… eu me rendo…
El cabo levantó el arma y apuntó a Friedrich, no al camión.
El mundo se estrechó.
João empujó el cañón hacia abajo.
—No.
El cabo explotó en un susurro feroz:
—¿Te volviste loco? Nunes está ahí afuera, muerto. ¿Y tú quieres salvar a un alemán?
João sintió el luto intentando volverse venganza. Sintió esa parte de sí que quería simplificarlo todo con un tiro. Y junto a eso, sintió otra imagen: la fotografía en el bolsillo de Friedrich. La manera en que bebió agua. La frase solo quiero vivir.
Miró al cabo.
—Si hago eso, me vuelvo igual que ellos. Entonces, ¿para qué estoy vivo?
El cabo se quedó sin respuesta un segundo. No porque estuviera de acuerdo, sino porque la frase le entró más hondo de lo que quería admitir.
El motor estaba cerca. Ya se oía el chirrido de ruedas, el cambio de marchas.
No había tiempo.
João habló rápido, plan en voz baja:
—Ustedes, flanco izquierdo, una crátera cada uno. Tú, derecha, cubre el matorral. Cabo, conmigo en la ventana. No disparen hasta que yo mande.
El cabo dudó.
João no parpadeó.
—O obedeces o sal de aquí.
En combate, la autoridad no era perfecta, pero la llevaba el que no temblaba. El cabo respiró hondo y asintió.
João se acercó a Friedrich y le habló para que solo él oyera:
—Si quieres vivir, vas a hacer algo por mí.
Friedrich levantó el rostro, desesperado.
—O quê?
—Cuando estén a distancia, vas a gritar en alemán. Vas a decir que aquí hay brasileños armados y que tú eres prisionero. Vas a decir que si disparan, te matan a ti también.
Friedrich abrió los ojos.
—Eles… eles vão me matar mesmo assim.
—Tal vez —dijo João, sin mentir—. Pero si no lo haces, mueres igual. Y nosotros también.
Friedrich tembló. Y por un instante algo se endureció en él: no valor heroico, sino necesidad.
—Eu… eu faço.
El segundo en que la guerra se partió en dos
El camión apareció entero en la senda, un bloque oscuro bajo la lona. Dos soldados alemanes delante, rifles listos, otros dos caminando al lado. En el bosque, movimientos: el cerco.
João sintió que el tiempo se ralentizaba. El mundo se volvió un pasillo estrecho: rendija, blanco, respiración, pulso.
Levantó la mano: espera.
Los alemanes se detuvieron a unos treinta metros. Uno gritó una orden en alemán. No era rendición, era amenaza.
Friedrich inspiró hondo y gritó.
La voz le salió rasgada, humana, desesperada, y por eso mismo imposible de ignorar:
—Ich bin Gefangener! Brasilianer hier! Nicht schießen!
¡Soy prisionero! ¡Brasileños aquí! ¡No disparen!
Los alemanes congelaron un segundo.
Un segundo es una eternidad en la guerra.
João lo aprovechó.
El primer disparo fue suyo: seco, preciso. El alemán de adelante cayó como si el suelo le hubiera jalado los pies. El cabo disparó también. A la izquierda, los dos brasileños abrieron fuego contra las sombras del matorral. A la derecha, el otro soldado sostuvo posición con ráfagas cortas, controladas.
El camión intentó retroceder. João apuntó a la rueda delantera: un tiro certero. La rueda estalló y el vehículo se inclinó atrapado. Un alemán intentó usar la carrocería como cobertura. Una granada brasileña explotó cerca, levantando tierra, metal y un grito breve.
El combate duró poco, corto y feo. No hubo espacio para heroísmo. Solo para sobrevivir.
Cuando el último disparo cesó, el caserón respiró otra vez.
João se quedó inmóvil, oyendo su propio corazón. Olor a humo. Tierra movida. El viento arrastrando pedazos de todo.
El cabo miró a Friedrich, aún de pie, manos en la cabeza, ojos abiertos, vivo por un hilo.
—Si hubiera mentido…
—No mintió —dijo João.
Friedrich intentó hablar, pero la voz no le salió. Solo tragó saliva y dejó caer las manos despacio, como si estuviera cansado hasta de rendirse.
João se acercó. Sacó la foto arrugada del bolsillo del alemán y se la devolvió con cuidado.
—Guarda eso. Vas a necesitar recordar quién eres cuando esto se acabe.
Friedrich sostuvo la foto como si fuera la última cosa real del mundo.
Y en su portugués quebrado, dijo bajo:
—Você podia… me usar como quiser. Você escolheu…
João miró hacia el cuerpo de Nunes afuera. Sintió el dolor. Sintió el vacío. Sintió la tentación de la venganza. Y sintió otra cosa también: una decisión que le costaba.
—Yo elegí seguir siendo humano —dijo, más para sí que para los demás—. Aunque cueste.
Un soldado brasileño llegó corriendo:
—¡Sargento! ¡Vienen refuerzos nuestros!
El cabo soltó el aire, aliviado y agotado. Miró a João y su expresión cambió apenas. No se volvió amistad, pero perdió una capa de desconfianza.
—Está bien… te la doy. Ganaste esta.
João no celebró. Señaló a Friedrich con firmeza, sin crueldad:
—Sigues siendo prisionero. Te escoltan. ¿Entendiste?
Friedrich asintió.
—Entendo.
El hilo de sentido en medio del infierno
Los refuerzos llegaron, el perímetro se aseguró, el camión enemigo fue revisado. Encontraron munición, mapas, y señales de que el ataque había sido más que una patrulla perdida: era un intento de “barrer” posiciones, de borrar testigos, de matar por rabia antes de rendirse.
En medio de esa reorganización, la guerra volvió a su ritmo de máquina: órdenes, conteos, guardias, camillas, humo.
Pero dentro del caserón, por unos segundos, quedó algo raro: un hilo de sentido. No era paz. No era perdón. Era la prueba de que, incluso en lo más hondo del barro, un hombre podía elegir no convertirse en demonio.
Esa noche, mientras el frente se acomodaba, João escribió una carta que no sabía si llegaría a Brasil. No habló de heroísmo ni de victorias. Solo escribió una frase sencilla, como si la necesitara para no olvidar:
“Hoy pude matar a un hombre rendido. No lo hice. Y por primera vez en meses, sentí que la guerra no me había ganado del todo.”
Friedrich, escoltado, caminó hacia la retaguardia con las manos visibles. Cojeaba igual. Temblaba igual. Pero en el bolsillo interno, la foto estaba menos arrugada, como si el simple hecho de recuperarla le devolviera un pedazo de nombre.
Nunes seguía muerto. Eso no cambió.
La guerra siguió. Eso tampoco cambió.
Lo que cambió fue algo más pequeño, y por eso más raro: la elección de un solo hombre de no matar cuando podía hacerlo sin consecuencias inmediatas.
Y en un lugar donde la mayoría de las decisiones eran de acero, pólvora y barro, esa elección —silenciosa, incómoda, humana— fue lo único que se pareció a una victoria limpia.