(Yucatán, 1928) La macabra relación que tenía una mujer con su perro
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La Macabra Relación Que Tenía Una Mujer Con Su Perro (Yucatán, 1928)
En las noches sofocantes del Yucatán de 1928, los perros aullaban con un terror que helaba la sangre, como si presintieran algo que la razón humana se negaba a aceptar. El aire espeso de la península transportaba más que humedad y el aroma del enekén; transportaba rumores, susurros que se filtraban entre las casas de mampostería de Escanatón, un pequeño poblado a las afueras de Mérida, donde las tradiciones mayas aún palpitaban bajo el barniz del catolicismo impuesto.
Allí, en una casa de paredes encaladas y techos de palma, vivía Soledad UC, una mujer de 32 años cuya belleza había sido notable en su juventud, pero que el tiempo y la soledad habían marchitado como una flor bajo el inclemente sol tropical. Soledad había enviudado cinco años atrás cuando su esposo, Evaristo Pech, un comerciante de enekén, murió de fiebres en circunstancias que nunca quedaron del todo claras. Desde entonces, vivía sola en aquella propiedad a las afueras del pueblo, acompañada únicamente por sus gallinas, un par de cerdos y un perro de raza indefinida que todos conocían como Tzul, palabra maya que significa perro.
Sin embargo, algunos ancianos del pueblo insistían en que significaba algo más oscuro, algo relacionado con los nahuales y los espíritus de la noche. Tzul no era un perro común. Había aparecido en la propiedad de Soledad tres años después de la muerte de Evaristo, emergiendo de la selva como si la tierra misma lo hubiera parido. Era un animal grande, de pelaje negro azabache que parecía absorber la luz del día, con ojos amarillos que reflejaban una inteligencia perturbadora. Los vecinos más cercanos, los pocos que se atrevían a visitar a Soledad, comentaban que el animal no ladraba como los demás perros, sino que emitía un sonido gutural que recordaba más a un gruñido humano que al aullido de una bestia.
Don Casimiro Tun, el tendero del pueblo, fue el primero en notar el cambio en Soledad. Cada semana, ella bajaba al pueblo para comprar lo esencial: maíz, frijoles, sal, aceite para las lámparas. Pero a partir de 1927, sus visitas se volvieron esporádicas, erráticas. Cuando aparecía, lo hacía con el rostro demacrado, con ojeras profundas que parecían pozos de tinta bajo sus ojos y con una mirada esquiva que evitaba el contacto directo con cualquier persona.
Don Casimiro, hombre de pocas palabras pero de observación aguda, notó también las marcas en sus brazos, arañazos profundos que ella atribuía a las espinas del monte cuando salía a recoger leña. Pero fueron las hermanas Canol, Dominga y Perfecta, quienes desataron la tormenta de rumores que eventualmente consumiría al pueblo entero. Las hermanas vivían en una choza a medio kilómetro de la casa de Soledad, y en las noches sin luna, cuando el silencio se volvía tan denso que podía cortarse con machete, escuchaban sonidos que no correspondían al repertorio natural de la selva yucateca. Eran gemidos, decían, gemidos que no sonaban completamente humanos, mezclados con gruñidos guturales y el crujir de maderas viejas.
Una noche de marzo de 1928, Dominga, la mayor de las hermanas, decidió investigar. Armada con un farol de queroseno y el valor que solo la ignorancia o la fe ciega pueden proporcionar, se acercó a la casa de Soledad. La luna llena iluminaba el camino de piedras que conducía a la propiedad, proyectando sombras retorcidas que bailaban entre los árboles de Chico Zapote. Lo que vio a través de la ventana entreabierta la perseguiría hasta su lecho de muerte.
Soledad estaba en el centro de su habitación, completamente desnuda, su piel pálida brillando con sudor bajo la luz mortecina de una vela. Frente a ella, erguido sobre sus patas traseras, se encontraba Tzul, el perro negro. Pero no era la postura del animal lo que congeló la sangre de Dominga, sino la forma en que Soledad lo miraba, la manera en que sus manos acariciaban el pelaje oscuro, los susurros que emanaban de sus labios en una lengua que no era español ni maya, sino algo más antiguo, algo que parecía surgir de las entrañas mismas de la tierra.
Dominga corrió. Tropezó dos veces en su huida desesperada, dejando caer el farol que se apagó contra las piedras del camino. Llegó a su casa con el corazón latiéndole en la garganta, despertó a Perfecta y, entre sollozos entrecortados, le contó lo que había presenciado. Perfecta, mujer pragmática y menos dada a las supersticiones que su hermana, sugirió que quizás la luz de la luna había jugado una mala pasada a los ojos de Dominga, que quizás el cansancio y la imaginación habían distorsionado una escena inocente. Pero Dominga sabía lo que había visto, y al día siguiente, cuando acudió al mercado del pueblo, no pudo contener su lengua.
Le contó a Candelaria Poot, la comadrona. Candelaria se lo mencionó a Jacinto A, el carnicero. Jacinto lo comentó con Tiburcio Setina, el sacristán de la Iglesia. Y así, como fuego en época de secas, el rumor se propagó por todo Escanatón. La historia se transformaba con cada repetición, adquiriendo detalles cada vez más grotescos. Algunos decían que Soledad había hecho un pacto con los señores del Sibalbá, el inframundo maya. Otros aseguraban que Tzul no era un perro en absoluto, sino un nahual, un brujo transformado. Los más viejos del pueblo, aquellos que aún recordaban las historias de sus abuelos, murmuraban sobre los aluxes y los was, espíritus antiguos que podían tomar forma animal y seducir a las mujeres solitarias.

El Conflicto Creciente
El padre Anselmo Carrillo, párroco de la Iglesia de Santa Rosa, intentó calmar los ánimos desde el púlpito. En su sermón dominical del 18 de marzo, habló sobre los peligros de la calumnia y el chisme, citando pasajes del evangelio sobre arrojar la primera piedra, pero sus palabras cayeron en oídos sordos. La semilla de la histeria ya había germinado, y ninguna cantidad de razón o teología podía detener su crecimiento.
Soledad, ajena inicialmente a la tormenta que se gestaba a su alrededor, continuó con su vida de aislamiento. Dejó de visitar el pueblo por completo, subsistiendo con lo que cultivaba en su pequeño huerto y lo que cazaba en la selva circundante. Tzul permanecía a su lado constantemente, como una sombra oscura que nunca se separaba de ella. Los pocos que se atrevían a pasar cerca de su propiedad juraban escuchar conversaciones, el sonido de dos voces en la noche, aunque solo vivía una mujer en aquella casa.
Fue don Celestino Mucul, el comisario municipal de Escanatú, quien finalmente decidió que la situación requería intervención oficial. Celestino era un hombre de complexión robusta, con bigote espeso y manos callosas por años de trabajo en los campos de enekén. No era hombre dado a supersticiones, pero tampoco era tonto. Sabía que un pueblo en estado de agitación podía volverse peligroso, impredecible como serpiente acorralada.
El 25 de abril de 1928, acompañado por Tiburcio Setina y Jacinto Aque, don Celestino emprendió el camino hacia la casa de Soledad. Era media mañana y el sol ya castigaba con intensidad característica de la península. Los tres hombres caminaban en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos, escuchando únicamente el crujir de sus huaraches contra el camino de tierra y el zumbido incesante de las cigarras.
Cuando llegaron a la propiedad, lo primero que notaron fue el silencio, un silencio antinatural que parecía emanar de la casa misma, como si un manto invisible sofocara todos los sonidos. Las gallinas que Soledad criaba no cacareaban. El viento no movía las hojas de los árboles. Incluso las cigarras habían enmudecido. Don Celestino golpeó la puerta de madera con los nudillos, tres golpes secos y autoritarios. No hubo respuesta. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza, identificándose como la autoridad municipal. El silencio persistió, denso y opresivo.
Jacinto, nervioso, sugirió que quizás Soledad había salido a la selva, pero Tiburcio señaló algo que heló la sangre de los tres hombres. La puerta no estaba cerrada con llave, de hecho, estaba apenas entreabierta, como una invitación silenciosa. Don Celestino empujó la puerta lentamente. Las bisagras oxidadas protestaron con un chirrido que rompió el silencio como cristal quebrado. El interior de la casa estaba sumido en penumbra. A pesar de que afuera el sol brillaba con fuerza, las ventanas habían sido cubiertas con trapos oscuros, transformando la vivienda en una cueva.